La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 14

Chapter 143,862 wordsPublic domain

Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos, confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.

El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el XVI, ha durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.

Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos, además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca.

El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo», sólo intervenían en querellas teológicas.

A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa, que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba de Yedo.

Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros, durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte del Japón.

En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado, que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.

Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que la palabra Kio-To con una transposición de sílabas.

Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la guerra de los daimios contra el Shogunato.

Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la antigua capital.

Lo más célebre en ella es el _Daibutsu_ ó Gran Buda, imagen la más completa y hermosa que existe del divino Gautama.

Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una pulgada de la tierra nacional.

Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de oro entre el follaje que los nutre y sostiene.

Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo y pueblo hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las crestas de las colinas.

Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña _musmé_[B], apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las madres llevan también el último _musko_ sujeto á su espalda, como si formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas, pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á todas horas.

Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro automóvil abre grupos vociferantes de _muskos_, panzuditos, mofletudos, de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas. Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras lecciones, de que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen divino.

Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura. Luego vamos á visitar el _Daibutsu_.

La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán.

Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas.

Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos, sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las casas que existen entre él y la costa.

Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suavemente por uno de sus lados esta figura colosal. El _Daibutsu_ es verdaderamente hermoso. Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.

El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses gordos, panzudos y joviales de los chinos!...

Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del cristianismo--siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús--, tiene millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su doctrina conquistó menos adeptos.

Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las mayores voluptuosidades para que no conociese el dolor. Mas un día, al escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo, como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.

Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la Misericordia.

Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en el rincón de un puerto.

Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña, enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y sus intentos de sublevación popular.

Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del edificio caemos en la noche.

Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las oscilaciones de la luz roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos. Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.

En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con una sonrisa fija y sin vida.

Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su enormidad, aunque no es tan grande como el _Daibutsu_ sentado. Hace sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone respeto y hace pensar.

Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un _yen_ (un dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas. Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de alfombra.

Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el _Daibutsu_ de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».

Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.

Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos triangulares perdidos en el infinito.

Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.

De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros, de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la alegría serena y reposada de la paz.

El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en lo alto y envían su resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la noche.

Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos, como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.

--Vivid en paz--dice--, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros: la Guerra.

XVI

LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN

Los Japoneses disfrazados de europeos.--Bozales higiénicos.--La gorra del estudiante.--Las calles de Tokío.--Los tres colores del Japón.--Las interminables cortesías.--Los cinco peinados de la japonesa.--Almuerzo en el restorán Koyokan.--La ceremonia de la hospitalidad.--El baile de las «geishas».--Mi conferencia en el salón de fiestas del «Hochi».--Concierto orquestal.--La cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.--Salto asombroso de la música japonesa.

Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil encontrarlo en la gran estación de Yokohama.

El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo, volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar.

Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada, nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los que parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las dos puertas.

Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y empiezan á leer.

Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más grotescamente vestida.

Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda, pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla, hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos pequeños bancos sujetos por una correa entre el dedo gordo y el siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap.

Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados, y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes.

La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos, con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos, tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del dentista.

En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del cáncer. Pregunté, y supe que, para evitar la _grippe_, el japonés se coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la estética personal y el deseo inconsciente de afearse.

Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros sentimientos.

Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede, saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas, teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la cortesía japonesa.

Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.

Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle distante, que era el destinado para la llegada del tren especial, y al enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden corriendo.

Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón he encontrado pequeños _muskos_ con un kimono azul á redondeles blancos por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.