La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 13

Chapter 133,881 wordsPublic domain

Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual, con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años, consideró la prostitución industria útil, sin deshonra para las familias de las hembras que la ejerciesen.

Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores, improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país, _musmés_ frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte, cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete, mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores, sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de media hora.

Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor, cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos fugitivos.

Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contemplan ahora sus ruinas desde el buque, dicen todos lo mismo:

--Ha sido más horrible que lo imaginábamos...

El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.

Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis traductores.

Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor mortandad.

Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico. Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses la lengua y la literatura de su país.

Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.

Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles, pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este muelle.

Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo estar más seguros, perecieron todos.

Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados. Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.

Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El cataclismo ha ido más allá de las fuerzas del hombre. En las calles de Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.

--Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia--me dice uno de los periodistas--, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de proceder á la reconstitución de lo destruído!...

Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después, estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas. Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente este muelle que pisé al desembarcar.

Corremos las calles de la ciudad montados en _koruma_. El lector sabe indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento, con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus varas.

Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de su vehículo, entra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía é intérprete.

En Yokohama hay que valerse de la _koruma_, por ser más cómoda que el automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como cirios.

Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden sobre los escombros de los cataclismos.

Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida, acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar. Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el incendio siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona.

Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las calles y el servicio de tranvías.

Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables eléctricos y de lámparas.

Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un suelo que en realidad sólo mantiene ruinas.

A la media hora de pasear en _koruma_ por Yokohama me siento tristemente aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas, montones de cascote y anchas zanjas con agua putrefacta.

Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.

Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de la tierra.

Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un automóvil--lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros--, da sus órdenes al conductor:

--Vamos á Kamakura.

XV

LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA

Origen divino del pueblo japonés.--La vanidosa hermosura de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.--El Espejo y el Sable.--Una dinastía de 2.600 años.--El feudalismo japonés.--Los daimios y sus fieles samurais.--La corte de Kioto la Santa.--Los «Generalísimos» de Kamakura.--Kio-To y To-Kio.--El Camino de Kamakura.--Ante la imagen del Gran Buda.--La diosa de la Misericordia.--Un gigante divino de bronce sumido en la noche.--Lo que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.

El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que data de veinticinco siglos.

Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa contemplando atentos la lección de la pareja alada.

El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas islitas.

Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á consecuencia de este parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente, y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla, fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.

Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie, tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para crear los primeros hombres.

Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó un caballo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor, Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes piedras.

Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al desprenderse los velos.

Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á iluminar el mundo.

Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana, y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que registra la Historia, llamado Jimmuteno. De él descienden en línea directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en el trono durante 2.600 años.

Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte. Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.

Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes directos de Jesucristo.

Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á Amatérasu para que contemplase su belleza.

Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón, nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus descendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo como si fuese mi propia persona.»

El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.

No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se adoran á sí mismos.

Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho Impetuoso».

En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye ó aumenta según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles samurais.

Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en 1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país, acabó con ella.

Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, «hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una decadencia vergonzosa.

En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era el famoso _Hara-Kiri_.

Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas, ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos diabólicos de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos, adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.

Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas, arrasando completamente las tierras del enemigo.

Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué Kioto.