La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 12

Chapter 123,780 wordsPublic domain

Los profesores de la «American Express» dan conferencias con proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante. Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras en ambos idiomas que nos permitirán pedir modestamente las cosas más elementales para nuestra existencia.

Muchos días hay _Forum_, una especie de mitin presidido por el director del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.

Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la telegrafía sin hilos.

Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona para jugar al _bridge_. Muchas tardes se celebran torneos de dicho juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.

Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el _bridge_. Es de origen chino; unos le llaman _Mah Jong_ y otros _Pung Chow_. Las pasajeras van de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero, según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para devorar el dinero.

Dos veces por semana hay carreras de caballos en la última cubierta, con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos, algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.

Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de Indias, con aun _jockeys_ de distintos colores. El suelo de la cubierta tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va avanzando tantas casillas como marca la cifra.

Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de un hipódromo.

Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos una logia en el _Franconia_ mientras dure el viaje. El primer acto de la nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos dinero á todos para los hombres que trabajan en lo más hondo del buque alimentando las máquinas.

Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón. Otro, procedente de Minnesota--uno de los Estados más interiores y tranquilos de los Estados Unidos--, es un sacerdote católico muy joven, grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando vuelta á la tierra entera.

Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en un país de ricos.

Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.

--Levántense temprano--termina diciendo--. Ustedes nada tienen que hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.

Hay en el _Franconia_ otro representante del espíritu religioso más original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados, algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una gran cruz pendiente sobre su pecho.

Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca interesante.

En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que puede encontrarse después de ella.

Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea; lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente incredulidad que tanto abunda en Europa.

Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar sus doctrinas antes de los treinta años.

Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al «esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con sus principales representantes.

Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina, y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.

A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las creencias ajenas:

--Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la moral.

Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella superpuesta de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.

Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y tripulantes del _Franconia_ perdemos un día de nuestra vida; mejor dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que caen al mar sin ser utilizadas.

Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de Julio Verne, _La vuelta al mundo en ochenta días_, que hizo las delicias de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta. Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía, sino miércoles.

El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros. Los pasajeros del _Franconia_ vamos de Oriente á Occidente, ó sea siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que nosotros, cada día perdemos una hora.

Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con asombro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos, según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.

En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en dirección contraria, viven un mismo día dos veces.

Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el _Franconia_. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una sola vez dos hojas del almanaque.

En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo que los navegantes se vean privados de servicio religioso.

Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía que guardarse su sermón.

Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene acompañándome desde Europa.

Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón, recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.

Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que causase tantas víctimas.

Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.

¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?... ¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...

XIV

LOS RESTOS DEL CATACLISMO

Después de diez días de soledad oceánica.--Aparición matinal del Fuji.--Los marinos de la bahía de Tokío.--Carabelas con motor.--La antinomia japonesa.--Enorme destrucción de Yokohama.--La ciudad como fué y como la vemos.--Llegada de mis amigos.--La «koruma» y el caballo humano.--El engaño de la noche en Yokohama.--Vamos en busca del verdadero Japón.

Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen otra vez á tomarnos.

Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas, arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El frío parece influir en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris, que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.

Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico. Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y tempestuoso.

Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas, saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las bellezas de la tierra nipona.

No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración, por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas, desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una remotísima erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso, acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año, prolongándose en onduladas franjas.

Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al abrirse el país á la vida internacional.

Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste, fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas. Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.

Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente, de una tradición orgullosa que no quiere morir, considerándose superior á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan despreciado.

Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias de piratas.

Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.

El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de nuestro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la tierra que en el mar.

Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante de este mar interior.

Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.

Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.

Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.

Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una torre, ni una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces» más famosos.

Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.