La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 11

Chapter 113,946 wordsPublic domain

Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de hombre, pero de un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación.

En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo.

Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo, y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros, nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor, se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de costra sólida emergidos de la inmensidad del mar.

Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de Honolulu, y en ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los ejercicios náuticos de los canacos.

El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera, utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga, avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las rompientes.

Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla.

Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por dos medios arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de pagaya.

Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas.

El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un _koa_, que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas.

Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y se esparce hasta la orilla del mar.

Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana un aspecto irreal. Hay ocultas en su complicada frondosidad centenares de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño.

En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del _Franconia_ y tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín.

Permanezco bajo el _koa_, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y sillas vacías.

De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros, algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual al suyo.

Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuelve á sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo. Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban por formar la corona de penachos que lo circunda.

Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar.

El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas.

Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho más numerosas las mujeres que los hombres.

En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria. Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza. La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estudiantes, y los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas.

Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos del romanticismo.

Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con acompañamiento de flores.

Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados, algunas mujeres vuelven sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo palabras incomprensibles que deben ser agradables.

Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas.

Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del hemisferio en que viven.

Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco», muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago, donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un discurso en la lengua de su patria.

A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas después, en su casa. Ésta resulta interesante por haber sido el palacio en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami.

El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado, representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos, que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en carne, volviendo al archipiélago como un Mesías.

Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano. Estos mantos--lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro frigio--están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la vestidura imperial parece hecha de pedazos de bandera española. Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras reales.

El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la época en que fué construída--el primer tercio del siglo XIX--, la hizo un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado, dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación, fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina, adquirió este palacio para habitarlo.

Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos. Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina.

La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de aquella época. Son los jardineros de Lilinu-Kalami, un matrimonio de viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados, cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón, conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora.

La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de su reina. El viejo es un caballero canaco con _smoking_ blanco y corbata negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones, y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos.

Hace la gobernadora mi presentación.

--Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella.

--¡Oh, la reina!--gimotea la vieja.

Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus buenos tiempos de reina viuda, cuando las _hulas_ bailaban en el inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos.

Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de España y otras soberanas de aquella época.

Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el jardín. Media hora después vuelven los dos ancianos con un regalo para mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami. Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura como un fruto.

El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y podré guardarlo siempre como un rosario oloroso.

Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía delegada.

La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga, una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes.

Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós:

--Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español. Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos. Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas, los primeros enviados de la civilización europea.

XIII

LA SEMANA SIN LUNES

Navegando al margen de la tempestad.--Bailes, juegos y asistencia á la escuela.--Carreras de caballos en el buque.--La libertad religiosa de los norteamericanos.--El cura democrático de Minnesota.--El Mesías de Los Ángeles.--Dejamos de vivir un día entero.--Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.--¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?...

Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero durante una larga despedida.

Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza _El collar de las islas_, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos sigue hasta fuera del puerto. Pero el _Franconia_ acelera su marcha y los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de calado enorme.

Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como un collar de diamantes desgranado, y esta visión resucita en mi memoria el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será la más larga del viaje.

Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias. Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos, como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre áspero.

Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo.

El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros. Como el _Franconia_ no tiene las prisas de un paquebote mercante y cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical, como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico.

Seguimos el empuje favorable de la corriente ecuatorial del Pacífico Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen; corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es cuando el _Franconia_ pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno.

Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes, luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos.

Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y apenas nos fijamos en el Océano. El _Franconia_ cobija una actividad intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las tardes hay conciertos, todas las noches baile.