La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
Part 10
Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy, después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta considerable la población japonesa.
Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más interesante de sus curiosidades: el volcán de Kilauea, que es en realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la zona templada ó de los países nevados.
Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones.
Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos, pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que destilan continuamente las plantas.
Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan sombrero de _cow-boy_ puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de vegetación.
Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes, empezamos á atravesar una meseta árida y desierta, de muchos kilómetros de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán; un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas, iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años.
Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava, aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico.
Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un kilómetro.
Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares, formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su piel negra formada de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo, que se eleva unos instantes y vuelve á caer.
En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente.
No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del cuerpo apoyada en la piedra...
Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua. Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio, una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes, extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta kilómetros.
Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan curtido y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas.
Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive, á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable, roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón. Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies.
Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á, retroceder.
--De día--añade--es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si ustedes volviesen en plena noche!...
Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el «Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas partes.
El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y sustenta las hermosuras naturales más dulces y tranquilas de la tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del Océano, como algo soñado que no existió nunca!...
En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía.
Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen, hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio, personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos permite vernos igual que en pleno día.
El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter.
Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul. Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos.
Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes, la noche tropical extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar, eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico.
Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil, voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los músicos en el «Volcano Housse».
Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación.
En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa, pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto, en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que tal vez no volveremos á ver nunca.
Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director del Parque Nacional.
Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de amable sonrisa, que recorre á caballo incesantemente los bosques de _koas_ (árboles gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente al hotel.
Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante. No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro fachadas.
El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y minerales.
Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas me muestra todo esto, añade con simplicidad:
--Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda. Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada semejante.
Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural que desciende recta en el suelo.
--La he sondeado más de cien pies--sigue diciendo--, sin encontrar el fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin provecho para nadie. Va usted á ver.
Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la grieta.
Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre á través de una chimenea de ladrillos.
--Esto lo he inventado yo--añade con orgullo--. Ahora no es agradable, pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da gusto estar aquí.
Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita.
XII
LA CIUDAD FLORIDA
Los nadadores de Honolulu.--Las casas jardineadas de los empleados.--El mundo fantástico del Acuario.--Los peces-hombres.--La playa elegante de Vaikiki.--Nataciones en Diciembre.--Los saltadores de olas.--El gigantesco árbol del «Moana Hotel».--El niño del sombrero.--Almuerzo en la Asociación de la Prensa, con más mujeres que hombres.--El palacio de Lilinu-Kalami.--Los dos Jardineros.--El collar de la reina.--La señorita que por primera vez en su vida habla con un español.
Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar. Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla Encantada y otros la isla Florida.
Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes, cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más abundante en flores que hojas.
Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo, producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra.
Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso.
Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del _Franconia_. Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la bienvenida, entonando como es de ritual el _Aloha_ y _El collar de las islas_. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del mar.
En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la jardinería en esta isla que en la de Hawai.
Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores norteamericanos.
Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los viajeros asomados en las bordas. El _Franconia_ marcha despacio buscando la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el agua como delfines.
Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte, y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á gritos.
En ninguna parte he oído voces como las de estos bárbaros nadadores. Al escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos.
Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad.
Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas, aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una ciudad del interior de los Estados Unidos.
Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción, recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito sombreado por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme.
Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de elegancia graciosa son de madera: los llamados _bengalows_.
Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre. Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas, con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las avenidas parecen gigantescos ramilletes.
Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios destinados á las gentes de sueldo modesto, Indudablemente deben sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra.
Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden encontrarse en ningún otro mar.
Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre. No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior, como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y ensombrecidas por la influencia atmosférica.
Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las Nereidas.