Part 9
Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.
Días felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba convencido de que la Naturaleza me había traído al mundo para gozar.
Y yo procuraba complacer a la Naturaleza.
¡Ah! ¡Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color!
Un día ¡día aciago!, me sentí mal de la vista: me acordé de las antiparras, me las puse y me fuí a la calle.
¡Horrible! ¡Horrible! ¡Invención admirable, prodigiosa, estupenda, pero horrible!
Y decía otro párrafo:
Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca.
Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas, la red nerviosa que por todas partes se extiende.
Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglíficos de aquellas microscópicas pirámides, que los ahumados cristales de mis anteojos traducen al lenguaje vulgar.
Se ven los sentimientos: cómo se agitan, cómo se estremecen, cómo circulan a modo de oleaje sutilísimo, hundiéndose unas veces, flotando otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeño y tan grande.
Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla, cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a rastras.
¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa!
¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro blanco y gris con red sanguinolenta!
No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro. Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa, algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos!
¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos!
Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras sueltas.
¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!...
Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos seguidos.
Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy divertida.
Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay! ¡Los anteojos, los anteojos de color!
Y lo que más me extraña es que nunca veo un cráneo solo: siempre veo dos, y son distintos.
Pero uno de ellos es el _mismo siempre_: vago, confuso, indeciso, incompleto.
¿Por qué será esto? ¿Por qué serán dos?
Es un fenómeno que me confunde y que no puedo penetrar; ¡pero siento no sé qué angustia intolerable!
Y aunque este segundo cráneo no lo veo bien, veo que es muy ruin.
El egoísmo es su nota dominante: ¡yo!... ¡yo!... eternamente ¡yo!
¡No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no esté impregnada del _yo satánico_! ¡Ya me repugna! ¡Ya me da náuseas!
¡No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundió en un líquido en cuyas gotas todas había escrito el egoísmo la palabra _yo_, y que la masa blanducha se empapó del miserable y monótono flúido!
¿Pero qué imagen es esa?
¿De dónde viene? ¿A quién pertenece?
Aquí se encuentran muchas líneas tachadas.
Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas.
Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío.
Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro.
Ayer lo vi por duplicado.
Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a un espejo.
Y me vi en él. Me vi dos veces.
Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo era bueno.
Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta.
Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros hombres; y yo no quiero verme ya nunca más.
Y en la última cuartilla había unas gotas de sangre.
Fué la sangre que se hizo en la mano al romper de un puñetazo los anteojos de color.
VIDA NUEVA
(ALVAREZ QUINTERO)
La señora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, había muerto de ochenta y siete años, única enfermedad aceptable para morirse. Fué muy llorada, no sólo porque desaparecía de entre los vivos, sino porque a su paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo--el señor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre _Cuña_;--hijos, presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y demás plaga de la familia.
Tal se la quería en todo el pueblo, donde también dejó huella imborrable de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invención, una para curar los sabañones y otra para amasar pestiños; tal se la quería, que aun después del novenario del fallecimiento, el señor Rafael, el afligido _Cuña_ y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequívocas del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi todas las noches a su casa a darles compañía. Aseguraba la malicia que a lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba de espaldas; pero ¿de qué no se ha de sacar partido y se ha de hablar mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acabó el aguardiente, _Cuña_ se quedó solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no autoriza a creer a los murmuradores, sino a señalar, lamentándola, la pícara casualidad.
Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas prendas. Así, pues, en casa del gran _Cuña_ se hablaba de todos los vecinos del pueblo que no estaban allí--a excepción de la muerta, que tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;--se jugaba a la brisca y al tute, se empinaba el codo un poquillo y, a última hora, se contaban cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio señor Rafael tenía la mejor gracia del mundo.
Sólo en una habitación de la casa rendíase a la señora Manolita callado y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media luz de un quinqué de petróleo, hacían calceta cuatro viejas. Hablar, no hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algún carraspeo, algún suspiro... Pero bien sabe Dios que la señora Manolita no se les caía del pensamiento.
¿Y no había nadie más en aquel sosegado cuartito? Sí, por cierto: en un rincón, borrados por la sombra, había un hombre y una mujer charlando sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y suave, que no podía ser sino charla de enamorados. El estaba mal embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantón de estambre. En los ojos de los dos brillaba la alegría, el contento de vivir... Sobre la falda de la mocita dormía un gato negro, pequeñín, del que salía un rumor continuado y monótono, que por allí se llama «hacer la ollita». Otro gato, tal vez habría buscado la falda de una de las viejas por hallarse más cerca del brasero; pero éste era un gato de buen gusto, y prefirió el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle.
Oigamos a los enamorados:
--¿Pensó usté en aqueyo?
--No.
--¿Por qué?
--Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale.
--Me es iguá. ¿Sale?
--Miste: lo que tengo de responderle a usté, lo sé desde er día que estrenó usté la capa.
--¿Le gusté?
--Me gustaron los embosos.
--Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de usté.
--Con mis labios no juega nadie, amigo.
--Pos a vé si me contestan formales: ¿cuándo me saca usté der purgatorio?
--Así que pase er frío. Ya vé usté si lo apresio.
--Es que disen que año nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero principiá el año que viene en la gloria bendita. Es desí, que de su reja de usté no me van a despegá ni con agua caliente.
--¡Está usté aviao! En Enero no _pelo yo la pava_.
--¿Por qué?
--Por mó der relente.
--Yo ensenderé un puro, y usté se arrima a la candela.
-Me via a quemá.
--Güeno; pos lo dejaremos pa Febrero. ¿Le paese a usté bien?
-No, señó; ¿en un mes loco vamos a empesá una cosa tan seria?
--Según eso... _la vamos a empesá_. Ya está usté cogía.
--Ayá veremos.
--Quié desí que si no es en Febrero, será en Marso.
--¿En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y espinacas los viernes?... No pué sé.
--¡Caramba, niña, que va un trimestre de dificurtaes!
--¿Y qué le hasemos?
--Pero ya está entendío: usté a lo que tira es a dí con las flores, pa que to sean flores entre nosotros. ¿Verdá? ¡Y que tengo yo unos claveles disiplinaos, que ayá por Abrí eyos solitos van a escaparse de la maseta pa írsele a usté ar moño!
--Si viera usté que he leído en er Saragosano--porque yo sé leé--que en er mes de Abrí va a diluviá... ¡Y yo no quiero que usté se moje en la ventana!
--Pasiencia. ¿Ha leído usté si en Mayo habrá só?
--En Mayo, sí.
--¡Ole!
--No, no; pare usté er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones menos en Mayo.
--Explique usté eso.
--Porque en Mayo se arregló mi hermana Esperansa con su novio, y le salió vano.
--¿Y vi yo a pagá eso?
--¿No lo pago yo?
--Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase usté.
--En Junio andaré yo mu ocupá con los esámenes de mi hermaniyo.
--¿Ah, sí?
--¡Claro!
--¡Está bien, hombre, está bien! ¿Es decí que medio año tirao a la caye? ¿Y qué me cuenta usté de Julio? ¡Un mes tan bonito!
--Me horrorisa la copla:
Los amores de Julio son chaparrones. No hagas caso, muchacha, de esos amores.
--¡Por vía e la coplita e Dios!
--Pos Agosto también tiene la suya. Oiga usté y quéese usté helao:
Los amores de Agosto yo no los quiero porque pasa er verano, viene el invierno.
--¡Así no vamos a acabá, niña! ¡Antes que el invierno, yega el otoño! ¿Le gusta a usté Setiembre pa pelá la pava conmigo?
--Sabe usté, que como a mi hermaniyo le van a dá calabasas en Junio, en Setiembre se me va a podé ahogá a mí con un pelo, hasta vé si sale o no sale.
--¡Camará! ¿Y Ortubre?
--En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná.
--¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre?
--Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros, castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó.
--¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más!
--¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes.
--¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan:
A la luna de Enero te he comparado, que es la luna más clara de todo el año.
Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la mujer.
Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo, durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero.
Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano _Cuña_, que desde el otro mundo les decía:
--¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque--¡qué demonio!--yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que quererse.
Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el primer tema de la primera _pava_.
EL DISFRAZ
(ALVARO RETANA)
I
Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos--dijo el famoso novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que salían de su cigarro turco--; pero no puedo sustraerme a ella. Desde hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la noche en que _la vi_, hoy hace quince días, he perdido el reposo. ¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE--una muerte de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica envoltura negra y mate--buscando un nuevo traje entre las percalinas de colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no pudiese evitarla ni burlarla.
Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un invencible horror.
Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado, puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre, demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.
--Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase dar idea de mi espantosa situación--prosiguió el joven novelista, contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y reluciente como la de un lobo.--Dominado por la convicción de que ELLA me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece, porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña. ¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen; amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna en agrio y desabrido...
Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa; Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó:
--Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de Avila le sería muy conveniente.
--Allí debe hacer un frío atroz en esta época--interrumpió Enrique.
--Eso no le hace--replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al doctor.--Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además, no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no encontraríamos...
--El caso es que tengo tanto trabajo por entregar--afirmó el novelista--que no quisiera ausentarme todavía de Madrid.
--Mira--dijo Cecilia, decidida--opino, con el doctor, que por encima de tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como esa neurastenia desaparece.
--¡Qué buena eres y cuánto me quieres!--exclamó el joven escritor, abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano, añadió con aire triunfal:--Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por tener una mujercita tan cariñosa como la mía.
James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó inadvertido para Enrique Fontanar.
¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su hierática inmovilidad!
James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un reptil!
De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española, que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más desesperados.
A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que _alguna vez_ podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al hombre.
Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y, por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas de languidez.
Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la envidia.
--¡Le calumnian sus enemigos!--exclamaban algunos partidarios suyos.--¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de hacer daño a una mosca!...
Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar, diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo. La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey, desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su marido.