Part 7
Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pasó en el diván. ¿Dormía? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca, hipnóticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban otros ojos también; cuando me incorporé para abarcar la escena, volvió a oírse el gemido del lecho. Entonces ella dejó caer sus manos, y una sombra huyó de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del padre... A veces, la oía hablar confusamente, como si soñase. En una ocasión me despertó una hora sonando en el reloj de la catedral; abrí los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del velón, y las alas fingían en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimió ella en el diván, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la mariposa ardió en la llama. Hubo una súbita claridad, y todo quedó nuevamente encalmado.
* * * * *
¿Quién reía así en el caserón?... ¡Oh! Es seguro que jamás entre aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fría, sutil, inquietante. Una vocecita atiplada gritó:
--¡Eh, buena ama, vieja ama, eh!... ¿Aún no os ha pedido posada el diablo?
Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio.
Aquella tarde conocimos al nuevo huésped. Era un hombre chiquito y gordo, ágil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto, charlatán. Tenía millares de arrugas junto a los ojos minúsculos y su boca se abría, para reir, en toda la extensión de las mejillas. Saltaba, más que andar. Habíamos comenzado la cena cuando él salió con estrépito de su cuarto y llegó a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la mujer del doctor. Pero botó en la silla, apenas sentado, para gritar:
--¡Eh, vieja, vieja!... ¿Por qué habéis puesto hoy el velón de tres brazos?...
Y se precipitó a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una antorcha. La posadera acudió con otra luz más. Entonces él suspiró satisfecho y arrojó la quemada servilleta.
--Es--dijo mirándonos--que los velones de tres brazos atraen los espíritus.
Osvina lo miró a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo gritó:
--A mi vecina no le molestan los espíritus.
Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento, mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.
Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa, gruñendo:
--¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...
Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente:
--¡Oh!--hizo, con un gesto de alegre sorpresa.--¡Samuel, mi admirable Samuel! ¿No conoce usted a los amigos?
--Señor--protesté--no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a usted en toda mi vida.
El rió:
--¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji, ji!...
Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel, totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar la copa vacía, con un gesto melancólico:
--¡Siempre me ocurre así!...
Y apuró el vino, con un ademán resignado.
Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a mi lado.
--Y bien--dijo.--¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene, como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo amigo.
Encendió su pipa.
--Ya hace cien años, ¿eh?...
Fumó unos largos minutos.
--Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?... ¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí. El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren matarme.
Volvió a envolverse en humo y volvió a reir.
--Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.
Bajó la voz para contarme:
--Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la puerta, duermo confiado.
--¡Es una ratonera!--agregó.--¡Una buena ratonera!...
Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su risa aguda que atravesaba todos los muros.
Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse, sin decir adiós.
Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin... Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a saltitos, como el compañero de Juliano Swart.
* * * * *
Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.
Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:
--¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...
No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:
--Osvina no me quiere.
Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:
--¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...
Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión. Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano, con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:
--¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah, ah!...
Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con saña:
--¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...
Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de ira.
--¡Eh!--gruñó, desasiéndose--¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende jamás.
Después se empinó para decirme al oído:
--Elena no tiene alma.
Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión, parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.
--Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo. Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je, je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma de su Elena!...
Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.
--Es la calavera, que salta--explicó.--Está llena de espíritus.
Y continuó:
--El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase. Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es una hermosa muñeca mecánica!...
Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo suspiró:
--Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca; nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.
Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.
De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos metálicos y se puso lívido:
--¡Han escapado, voto a...!
Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.
Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:
--¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...
Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin contestar, seca la boca, erizado el cabello...
TREMIELGA
(ORTEGA MUNILLA)
A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente, sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era una sonrisa del arco iris.
--Echa más oro ahí--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del amarillo rey.
--¿Cuándo acabamos nuestra obra?--le pregunté a tiempo que cumplía sus órdenes.
--Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha! ¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a aquel desventurado Tremielga!...
--Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien--exclamé festivamente.
Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística salida.
No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros, habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines, el trascoro y la sacristía.
--Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil--me dijo, después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un altar.--¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?
--¡Y cómo si me acuerdo!--contesté, sin dejar de esgrimir el pincel sobre la cabeza de San Marcos.
Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada persona, que parecía un aguilucho desplumado...
--Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia, compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada... pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y relaciones de afinidad.
-Por ejemplo--dije yo--, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma, hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.
--Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle... Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué... Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas, atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla; pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su rostro.
Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa, embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:
--¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí. ¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!
--¿Estás loco, Tremielga?
--Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!
No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente, clavándoseme en el alma como púas de zarza.
--¡Tremielga te tiene envidia!--me decían las gentes.
Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la realidad! ¡Era imposible!
Otra vez me dijeron:
--¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero mucho.
Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda, hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora. Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.
Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla. Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras, señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba--¡necio de mí!--ver en aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!
--¡Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a la mía con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor, con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que bulle por estas venas?--y señalaba con su tembloroso dedo índice los gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las vetas de óxido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino pólvora líquida... Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu alma!
Y se alejó.
¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...
Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del presente, satisfecho del pasado.
--¡Ah, Lucio, Lucio!--exclamó.--Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te compadezco!
Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo, Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en la plaza:
--Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas; fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí duerme el genio!»
El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron:
--¡_El cuadro de las lanzas_, de Velázquez!
Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación de ésta.
Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.
¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré, para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino, dijo:--¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella _Venus_! ¡Ese... Velázquez, me ha robado la _Rendición de Breda_!
NOCHE SERVIA
(BLASCO IBÁÑEZ)
Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su público a la calle.