Part 5
--Sé que vais donde ella está--plañía, entre lágrimas y amenazas la infelice dama;--sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de trompetas y tambores harélo publicar como un edicto.
Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira, y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...
Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.
* * * * *
Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía.
Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar el suelo.
Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba.
No quiso volver la cabeza.
Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos.
Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía:
--No es la ocasión a propósito para burlas. Estáos quieto, Conde.
Las manos cedieron.
La reina miró al galán.
Y el galán era el rey.
--¿Qué Conde esperábais?--preguntó con una calma terrible, en la que agazapábanse todas las violencias.
Y doña Isabel respondió, maestramente, envolviendo su faz en una plácida sonrisa:
--Al de Barcelona. ¿No sois vos, Conde de Barcelona?
CAPITULO V
LA JORNADA DE ARANJUEZ.--«LA GLORIA DE NIQUEA», COMEDIA QUE DON JUAN DE TASSIS COMPUSO «ALEVOSAMENTE» PARA FESTEJAR EL CUMPLEAÑOS DEL REY.--UNA PIEDRA MÁS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE ÉL MISMO IBA CONSTRUYÉNDOSE
Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su estrado del Agosto.
Madrid arde, y aún no entró del todo el mes de Mayo.
¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro.
Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.
La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.
La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de comedias.
No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico Soplillo.
La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.
Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.
Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día ensayando la aparición de la hermosa deidad.
Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo.
Desta comedia, _La gloria de Niquea_, suele decir:
--Es la primera y la única que ha salido de mi pluma; pero acaso ella sea la que me dé la inmortalidad.
Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doña Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse, alguien ha oído decir a S. M., en tono de amoroso reproche:
-¡Que me lastimáis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han de darnos que sentir.
Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas sonríen. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige escenas de unas comedias suyas, que le están escribiendo Villaizán y Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atúsase el boscaje que luce por bigotes, y se ríe.
Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histórica, en que han de moverse todos estos personajes.
* * * * *
Llegó, al fin, la ansiada tarde de la comedia.
Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emoción, que para otra cosa no teníase vida, si no era para conllevar el júbilo.
Aun los negocios de Estado suspéndense hasta que pase la fiebre escénica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un secretario, diciéndole:
--Mire, señor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse mañana, y es asunto de muy grande urgencia.
Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del honor:
--Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas con este desasosiego?
* * * * *
Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.
Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo.
Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca vista, que a todos tenía con el alma en los ojos.
Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra:
«Yo soy, en opaco bulto y en obscura confusión, con manto de estrellas, noche negra, imagen del temor.
Soy cómplice tenebroso de cuantos hurtos Amor no fía de las auroras y esconde a la luz del sol.
Amadis, duerme seguro; duerme, que en sueño no puedes temer los peligros desta encantada ilusión.»
cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenzó a arder toda la escena, y no quedó cosa en pie.
La confusión fué grandísima, y nadie miraba a más que ponerse en salvo, sin cuidarse, grandes ni pequeños, de auxiliar a sus reyes.
Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas iniciado el fuego viósela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que acudió a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho después, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada. Y puede que al receloso no dejárale de asistir razón.
* * * * *
Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincón apartado del jardín, Villamediana y un paje sostenían este diálogo:
--¿Olvidaste la lección?
--No, señor.
--Bien; ya sé que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes ni otro después, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la tela. Ya sabes cómo pago y ya sabes cómo castigo.
Oyéronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve diálogo quedó allí.
* * * * *
Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía, por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama en los brazos.
--El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el teatro--decía el galán;--y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces reina: de mi vida y de mi patria.
--¡Ay, Conde! Que nos habemos perdido--decía ella.--Pobres de nosotros.
--Pobres, no; felices, porque nos amamos.
Cerca sonaron voces de
--¡Aquí está la Reina!
Y más chillonas que todas, las del bufón Miguelillo, que decía:
--¡La salvó Villamediana!
CAPITULO VI
DESPUÉS DE LA QUEMA
Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenzó a correr por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y más intensidad dijérase que había a raíz de acontecer la desdicha.
La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace, más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo.
No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de sus egoístas aspiraciones.
Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.
No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y lacitud del sauce.
No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana, el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora.
Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades.
Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.
En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico.
Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo:
--Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren mis achaques que esté para que me sirvan.
No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo en otra ocasión, porque en aquella no había lugar.
Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados cortesanos.
Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza de rompe y rasga.
Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.
CAPITULO VII
AQUELLA FIESTA DE TOROS...
Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.
Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.
Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre.
Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de Santidad.
Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.
Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la plebe para presenciarlas.
Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera.
Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre, ¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida!
Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle entrar todo galán y enjoyecido:
«Qué galano entra Verger con cintillo de diamantes, diamantes que fueron antes de amantes de su mujer.»
¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano!
Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.
Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo.
Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un murmullo de simpatía entre los miles de espectadores.
Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e iban luego a ocupar su puesto en la liza.
Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí todas las simpatías de la gente.
Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema.
Nadie le comprendía.
Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales de plata.
Sobre ellos, escrita iba esta divisa:
_Son mis amores._
Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué quiera decir ello.
En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico.
Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se quedaran mudos.
El Rey no atendía sino el bullicio de fuera.
El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que era muy pintoresco.
A la postre, acabóle Soplillo diciendo:
--¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de su emblema?
--Sí--respondieron las damas.
--Y encima, como abrazándolos--replicó el histrioncillo,--¿no lleva escrito «Son mis amores?»
Y las damas tornaron a afirmar.
--Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».--Y el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que comienza a andar por las páginas de la cartilla.
La Reina quedó como muerta.
El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero día, y rugió más que dijo:
--Pues yo se los haré cuartos...
* * * * *
Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y la nobleza.
El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra.
Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el toro cayó redondo sin rastro alguno de vida.
Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara el ceño de su augusto esposo, exclamó:
--¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.
A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la corrida por terminada):
--Pica bien, pero muy alto.
CAPITULO VIII
DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO
Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía).
Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves líneas a su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qué emplear el tiempo, no anota y comenta con el celo que hasta aquí tuvo por norma.
* * * * *
Ha dos o tres días que no viene por las _Losas_, y por ende ni pide ni importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en Flandes y en Italia.
A decir verdad, tenía más trazas de rufián que de soldado.
De toda su estampa veíase que era hombre capaz de cualquier hazaña, como ésta no tuviere la nobleza por norma.
Traía no sé qué cartas para el almirante don Fadrique Enríquez, y siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos. No logró ser recibido por el dicho magnate, y al fin una mañana (que a todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consiguió ver al Conde Duque, y de entonces acá no ha vuelto por las _Losas_ en guisa de pedigüeño, sino que derecho iba al despacho de S. E. el señor don Gaspar.
Ignacio Méndez le decían.
La última vez que se le vió salía a la par de Olivares, y alguien dice que al punto de despedir a éste junto al estribo del coche, oyóle estas palabras:
--Descuide Vuecelencia, que destos días no pasa, y si hasta aquí no pudo ser, fué porque no hubo lugar. Ahora yo fío que sí, y todos quedaremos algo más que satisfechos. No habrá medio de que hable. Pero miren que yo voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en la Corte...
CAPITULO ULTIMO
Y ASÍ MURIÓ EL CONDE
Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta, Conde de Villamediana.
Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera caída de muerte criminal.
Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese destierro, como otras veces aconteciera.
El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero que eran accidentes que nadie podía evitar.
Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca.
Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.
--De amores dicen que murió--habló Villamediana en el primer corro que halló a mano;--buena enfermedad es, y Dios me acabe della.
Prosiguió luego la charla.
Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones, cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.
De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de Osuna, y de todo hizo tiras.
Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse:
--Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida.
Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer religioso.
Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la regia antecámara.
* * * * *
A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio.
Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre, pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora.
Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos pliegos que portaba.
Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes.
Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le hubiese reparado.
La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle.
No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por saltarles al rostro.
Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán, y hablaron con esta brevedad:
--Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester?
--Hasta mañana a las once, disponed de mí.
--Me place.
--¿Me necesitáis?
--Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda.
--Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si gustáis, a mi aposento.
--Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo, charlaremos.
--¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo aconsejo.
--Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios...
--Andad, andad, don Juan, que nos miran.
Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde.
Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle Mayor.
Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas mulas que le arrastraban.
Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un recado importante que no consentía testigos.
Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta.
Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón y fué a salir a las espaldas.