Part 4
Hízose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del señor don Juan, y apareció en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis de Paredes, y según cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar el siguiente coloquio:
DON LUIS
Señor don Juan, Dios os guarde.
DON JUAN
Señor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar asiento, y decidme en qué puedo serviros.
DON LUIS
Harto me pesa, señor y amigo, y bien saben el Santo del día y el ángel de mi guarda, que diera años de mi vida por excusar este momento.
DON JUAN
¿Tan apretado es?
DON LUIS
Desagradable nada más, a lo menos por ahora y para mí.
DON JUAN
Venís, pues, a prenderme.
DON LUIS
En nombre de S. M.
DON JUAN
Pues aquí me tenéis; haced de mí como tengáis orden. Pero antes quisiera saber la causa que pudo motivar esta resolución.
DON LUIS
Creo que la crudeza de vuestras sátiras; pero, vamos, abajo espera mi coche, y quizás en el camino pueda hablaros con más claridad que aquí.
DON JUAN
Pero...
DON LUIS
Cumplo órdenes superiores.
DON JUAN
Permitidme al menos....
DON LUIS
¿Qué...?
DON JUAN
Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa.
DON LUIS
Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo demás, no paséis cuidado, que veréis a vuestra esposa y se os llevará la impedimenta que os haga falta y tengáis por costumbre.
DON JUAN
¿Esto es lo que os mandan hacer conmigo?
DON LUIS
En nombre del Rey.
DON JUAN
Pues hágase la Real voluntad.
* * * * *
Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos guantes, y
--Cuando gustéis--dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste, sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al suelo, preguntóle:
--Mas, ¿no lleváis espada?
--¡Pesia mí!--replicó el Conde.--¿Os burláis?
--Dios me libre.
--¿No me lleváis preso?
--Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como amigos vamos, si queréis, podéis llevarla.
Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo llevaba, y le prendió en el tahalí.
Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso.
--¿Os aguardo, señor?--preguntó humildemente el fámulo.
--No--respondió grave don Luis de Paredes.
--Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré responder?
--Que salió por orden de S. M.
--Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas--replicó impertinente el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle:
--¡Al infierno, imbécil!
Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado por dos troncos de mulas.
Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla...
Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida.
En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería.
* * * * *
Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis:
--Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte, salud y paciencia para sufrir estas cosas.
Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino...
PARTE SEGUNDA
CAPITULO PRIMERO
EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY
Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.
En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que se esperaba la vida de S. M.
Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que no me dejara de la mano.
De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca, ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que pensó: «Mejor se está sin Rey.»
Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil:
--«Y como temo que me le han de gobernar...» que así ha sido.
Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e intrigante P. Aliaga.
Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo desnaturalizado.
Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos.
Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.
Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos padecían pena de destierro.
Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos, entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor.
Presentóles al Rey.
Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese.
Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último nombre de todos era el del duque de Lerma.
Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no tenerse como bien nacido.
Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial, y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que sosiegue dentro del Alcázar.
Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso, aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra, no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial.
Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes.
Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.
Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.
Velan continuamente los monteros de Espinosa.
* * * * *
Fué hoy el entierro de S. M. No hay para qué me canse en asentar aquí cómo y en qué manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito tan importante capítulo para la historia deste reinado.
Diz que el nuevo soberano es más activo y emprendedor que su padre.
Espéranse dél grandes iniciativas que redunden en beneficio y prosperidad para la nación.
Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiración, que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los españoles que nos lleve la trampa.
Diez y seis años cuenta el joven príncipe, y desde ha seis está unido en matrimonio con la princesa doña Isabel de Borbón, hija del Cuarto Enrique de Francia y de su segunda esposa María de Médicis.
Cierto que la nueva reina es la más peregrina hermosura de la Corte española.
¡Dios la bendiga!, que bien vale nación tan hidalga, soberana tan magnífica.
Dícese que con el cambio de Rey alzaráse mucho la mano con la gente patricia que cayó en desgracia durante el otro reinado, y también se asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se desplomen.
Parece que la gran fuerza que les está minando llámase don Melchor Gaspar y Baltasar Núñez de Gusmán, y es Conde Duque de Olivares.
CAPITULO II
COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA
¡Válame Dios! y cómo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo de donde no hay harina todo es mohina.
Más de dos meses ha tenídome tullido en cama un desalmado reúma, del que aún no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere bien. Aun menos malo que el posadero fué hombre caritativo y mirando la desgracia que tan sañudamente ciérnese sobre mí, no consintió que me sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo pedía.
--Aquí se estará, padre--me dijo,--y no se desespere y tenga paciencia, que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra, todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.
Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta acción.
En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya lee mejor que un escribano.
Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras veces en el transcurso de un siglo.
Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los puestos que aquéllos dejaban.
Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada, don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.
Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.
Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de volver a ser quien fué, como procuraba.
Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban cuando se partieron.
Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.
Su ingenio ático, parece que es muy bien recibido de las augustas personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas composiciones, que es fama que también al nuevo Rey entiéndesele muy lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de poetas que un Consejo de Estado.
Ahora que el tal usía vese en alto y tan por los suelos a los que tres años atrás estaban por las nubes, dijérase que maneja la enconada sátira con más crueldad y acierto de la que había por costumbre. Como no ve ya en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle.
Cada infelice que sale de los límites de la Corte por la desgracia del Rey, lleva como cédula o pasaporte la consiguiente diatriba del señor don Juan.
Es de leer la que dicen que asestó al derrumbado duque de Uceda cuando salía para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de él:
«El Anti-Pablo, a mi ver, fundó, si bien no sé cómo, en humo lo mayordomo y el viento lo sumiller. Hoy polvo, Nabuco ayer; ¡ved lo que en el mundo pasa! pero a ninguno traspasa ver en tan mísero paso, al que de nadie hizo caso y de todos _hizo casa_.»
En esto paréceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber caído en desgracia, y arrastrar su humillación ante las mismas gentes que antes fueron testigos o víctimas de su despotismo.
Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamación del nuevo soberano, y que en su panegírico y encumbramiento ha empleado don Juan tan diestramente la péñola, cual sabe hacer uso della en los vejámenes.
¿Por qué no le tocará Dios en el corazón y se arrepentirá de tan terribles burlas? Demás que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie había de señalar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir antes los suyos.
A la postre, a los 21 de Octubre, inauguróse el capítulo de justicia de este reinado con la muerte en patíbulo de don Rodrigo Calderón. (Lamentable suceso, que tampoco presencié y dello me huelgo.)
Diz que ha muerto muy distinto de como vivió, y en todo arrepentido de su pasado.
No sé por qué me parece que este proceso, más que la primera justicia del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre, para hacelle caer dentro de las leyes, hásele achacado la muerte de aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometió, pues si sólo ahorrárasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones de los fondos del Estado, díganme si no había de estar la mayor parte de los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisión perpetua.
No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se dedican a la vida contemplativa.
¡Cómo acordaríase el infelice marqués de Siete Iglesias, yendo para el cadalso, de que ya le profetizó Villamediana tan mal fin aquella tarde que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la Guardia española, don Fernando Verdugo!
¿Pendencia con verdugo, y en la plaza? Mala señal, por cierto, te amenaza.
CAPITULO III
DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DIÁLOGO QUE CIERTA MAÑANA TUVIERON DOS ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RÁPIDAMENTE HACIA SU LAMENTABLE FIN
No habrá dos días que hube necesidad de avistarme con un secretario del nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del marqués del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que mi pretensión, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste un regular avance.
Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretaría de cámara, y a fe que no hube ocasión para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme del asiento que tomé al entrar, vine a tener conocimiento de muy transcendentales sucesos.
La sala es sombría y espaciosa; da a un patio, y como toda ella está profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el señor duque de Alba trajo de Flandes, no puede entrar allí la luz con todo esplendor.
No dijérase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres campiñas no habían querido tener reflejo en sus lagos y habíanse vuelto a España escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices.
De hacia un ángulo del aposento oíase este coloquio, sostenido por dos hombres:
--Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningún género. Y créame vuesamerced, que aunque en lo que atañe a la Reina no haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasión para acabar con Tassis, jamás lo podremos conseguir. Ahora está muy metido en Palacio...
--Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones.
--Y bien quisto del Rey...
-Será por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse.
--Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaetó con tanta saña como en el otro reinado hízolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna.
--Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie.
-Llegado a oídos del Rey, aunque sólo sea por cortar la murmuración, no tardará en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Nápoles.
--Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con él no hay vida tranquila.
--Ni honra segura.
--Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que quieren escuchárselo...
--Ya sé, es doña Francisca de Tabora.
--Dama de la Reina.
--Justamente.
--Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan tomarse esas afirmaciones.
--¿Por qué?
--¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su último destierro era la Tabora su amante?
--¿Esas tenemos?
--Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que, durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes de separarse.
* * * * *
He aquí pues, que desprendidos de las explícitas y secretas declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la mencionada doña Francisca de Tabora.
Y a lo que parece, la ofendida dama no tenía en contarlo el paño de lágrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio.
CAPITULO IV
EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE HAYA ACONTECIDO
En achaques del corazón ya es sabido, porque es como ley fatal de la vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello úrdense y amañan los más extraños idilios y amancebamientos que es dado imaginar.
Y así parece que aconteció en este caso, la gentilísima hermosura de la hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor, padre de la humanidad, los ha llamado a su reino.
Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora, dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no arriesga su honorabilidad, y sólo parece que compromete su corazón.
Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.
Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías del Conde caigan, sino en el Rey (porque éste, muy bien entretenido fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves sucesos que lamentar.
Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio...
Y hubo un día en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella sola en el coche, don Juan, que servíala de caballerizo, estuvo tan imprudente, que desde luego pensó en poner término a situación tan difícil y comprometida.
--Apenas lleguemos a palacio--le dijo--habemos de hablar; id haciendo cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho...
Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los honores debidos a sus dos veces reina...
Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola.
Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M. emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.
Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los verdes v aun escabrosos de su madre Venus.
No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o estotro grave consejero.
En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que había de lo vivo a lo pintado.
Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio destas cosas.
Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía.
Licenció a todas.
Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos, llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle regalado las señoras monjas.
Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar.
Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las cumbres del Guadarrama.
Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en la mansedumbre de sus fuentes escondidas...
Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.
Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche habían de salir para el virrey de Nápoles.
Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de _Damas_, cuando topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada.
Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios.
Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas.
Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura y alegría y eróticos poemas del Amor.