La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos

Part 3

Chapter 34,132 wordsPublic domain

Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullición no solamente a las palaciegas _Losas_, sino a todos los mentideros de la Corte, cuéntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el año de 1611, hallábase en tierra de Italia, no holgándose, sino muy al servicio de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos ilustres próceres del Parnaso que acompañaran al opulento duque de Osuna, la intelectualidad hispana.

Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que a ser actor, en muy grandes cosas.

Comiénzase ahora precisamente la intriga de zapa para derribar de su alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia, más sólidas torres habemos visto caer.

Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino, sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta codicia y desgobierno en instituciones que son una representación terrena de su poder y su grandeza.

Pues, ¿cómo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y allegados del favorito naden en oro y argentería?

A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los derechos y sisas más que cobra su excelencia.

Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria.

Pero el pueblo parece bobo: gruñe cuando siente los aguijones del hambre, y luego que le engañifan un poco, saca de no se sabe dónde y regala a sus esquilmadores las minas del Perú.

El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario, sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables sabandijas del Reino.

Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo Calderón; pónganle donde haya, que de tomarlo ya hará cuenta.

Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce.

Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo de la sátira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se lo aumentará, y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa que reir.

Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde los lomos de vez en cuando.

* * * * *

Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios, que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del segundo Filipo alcanzara, había empezado a debilitarse merced a las negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecían la España.

El duque de Lerma no atendía a otra cosa más de su enriquecimiento y el bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el cobre, procuró lo primero acomodar a los parientes que había necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer después y desta manera guardarse de compartir con ellos las pingües rentas de su ministerio.

Así, mientras el abúlico, inútil y fanático monarca empleaba el tiempo en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito despilfarraba en su tren y aposentamiento harto más lujo que el nieto de Carlos I.

Poca aprensión y menos respeto de su nombre tenía, pues que su encumbramiento y riqueza habían por pedestal la codicia y el logro.

Para despistar un tanto la atención del pueblo, que comenzaba a darse cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgáronse bandos y pragmáticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de casa, y así cargáronse pesados tributos sobre la indumentaria, la vajilla y el mobiliario.

De esto veíanse, naturalmente, libres el Duque y sus satélites.

La pobreza de la nación, con ser ya abundante, vióse más grave en apariencia, pues aquellos que podían, ocultaban notablemente su bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos cortesanos ladrones con hábitos honrados hacían en las desvencijadas arcas del Tesoro.

CAPITULO II

COMIÉNZANSE DE NUEVO LAS SÁTIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS PRÓCERES

A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fué. En los pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.

De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la desaprensión deste hombre.

Apenas supo que el de Lerma, luego que acogióse a capelo, porque vió que le falsean notablemente las alfombras del Alcázar y le está la cabeza poco segura sobre los hombros, fuése a su casa de Valladolid, desazonóle a letras. Frente de las cuales marcha aquesta con ínfulas de señora capitana.

_El mayor ladrón del mundo,_ _por no morir ahorcado,_ _se vistió de colorado._

* *

«A aquel que todo robaba con las armas del favor, le han entendido la flor. Y aquel que atemorizaba, temblando está de temor; que como se ve acusar y el caso es tan sin segundo, teme que le han de ahorcar; y en aqueso ha de parar _el mayor ladrón del mundo_.

* *

La lisonja que volaba derribó al Rey al abismo, y aquel que el mundo usurpaba, idolatrando en sí mismo, en aqueste extremo acaba; y viéndose acongojado con tan enormes delitos, se ha recogido a sagrado, pidiendo la Iglesia a gritos _por no morir ahorcado_.

Mas no es bueno defender quien la Iglesia profanó, pues se la vimos vender, ni la Iglesia ha de valer que durmió como cordero. Ni ha de valerle sagrado ni el roquete arzobispal, que al fin morirá ahorcado aunque como cardenal _se vistió de colorado_.

* *

Pues ahí va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al retortero:

«Ya ha despertado el León que durmió como cordero, se asustó todo ladrón. El primero es Calderón[1], que dicen ha de volar con Josefat de Tobar[2] Rabí, por las uñas, Caco y otro no menos bellaco compañero en el hurtar.

* *

También Perico de Tapia, que de miedo huele mal, con su mujer doña Rapia, toda garduña prosapia y el Señor doctor Bonal[3] recela esposas y grillos; de medrosos, amarillos andan ladrones a pares; que en tan modernos solares se menean los ladrillos.

* *

_Salazarillo_[4] sucede en oficio a Calderón, porque no falte ladrón que estas privanzas herede; pues el villano no puede negarnos que fué primero como su padre, pechero, y que por mudar de estado un sambenito ha borrado para hacerse caballero.

* *

El burgalés y el _bulero_[5], si lo que ven han creído, pueden de lo sucedido inferir lo venidero.

Ya no pasa doctor huero, basta que en tiempo pasado tuvieron tan buen estado desde el principio hasta el fin, que al que nunca vió latín le daban un obispado.»

[1] Don Rodrigo, Marqués de Siete Iglesias.

[2] Don Jorge de Tobar.

[3] Oidor del Real Consejo.

[4] Secretario de Estado que antes lo había sido del Duque de Uceda.

[5] El _burgalés_ don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de Castilla y Arzobispo de Burgos. El _bulero_, el Patriarca de las Indias, don Diego de Guzmán.

CAPITULO III

TODOS CONTRA EL CONDE

Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador.

A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la muerte a sí propios.

Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras, que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.

Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.

Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos.

Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado.

Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea, sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y promesas pendencieras.

No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.

Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan, aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.

Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los siglos.

No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las _Losas_, lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi puesto.

Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición.

Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante libro de las aventuras de S. E.

¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!

Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió.

Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde habitara la pécora, echóla en cara el oficio:

«Aquí vivió la _Chencha_, aquella joya por las hechuras _Caca_; este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor fué buena boya.

»¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre con tramoya.

»Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada.

»Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a un pretendiente y la célebre _Chencha_ está casada.»

Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego, está la tal que arde como yesca.

Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría examen de conciencia y acto de contrición.

Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?

¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la prohibición que diz que tuvo de ir allá?

»Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para ser caballos.

»Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros, pocos gallos.

»Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la repare, un vulgo necio y un Góngora discreto.

»Un San Pablo entre muchos _Sambenitos_ esto en Córdoba hallé, quien más hallare póngaselo a la cola a este soneto.»

Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.

Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora.

Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.

Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo, que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece moquero de acatarrado.

Yo, en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él como pudiera, magüer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese lugar a las razones.

A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que nadie le mira bien.

CAPITULO IV

CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE

No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de ropas de unos bonos que esotrodía repartió en las _Losas_ la marquesa del Valle, cuando salió para su destierro condenada por no sé qué acerbas injusticias metidas por malas artes en los ánimos de las reales personas.

Las ropas eran todas prendas para seglar, y así es que, no valiéndome por mi condición de clérigo, las vendí, y como ellas eran harto razonables, no me las pagaron mal del todo.

El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fué un auto sacramental, que dicen _No es humano quien no cree, o el más fiero centurión y justicia del cielo_, cuya obra débese a uno de los más ilustres ingenios de la Corte.

El concurso del público fué tan asaz y numeroso, que al salir del Corral del Príncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fué asfixiado un pobre celador entre las apreturas.

Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una menina de la Señora Reina, que llamaban doña María de Velasco, y que siendo ayuda de cámara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir que de cólico, aunque más bien puede decirse que por glotona.

Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más lastre.

Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara del estercolero.

A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal.

Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados tres días, luego de su muerte.

Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados que solíanle atormentar.

Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al túmulo donde reposa su marido.

¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y arregladora de desconciertos!

Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar, ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.

¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!

De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose.

¡Tan ciegos venían, que de no andar yo listo, cayeran sobre mí, y aun me regalaran con algún tajo!

Otros cuantos de su ralea íbanles a la zaga, y los muy descomulgados, en lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzábanles como a perros, apostando por cada uno.

A la postre todo finó con que el uno, más diestro y más fiera que el otro, envióle dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despachó del mundo sin que dijera ¡Dios, valedme!

Dió a correr, mas por pura casualidad, halláronse tres o cuatro corchetes (y fué la casualidad dicha que salían de otra taberna) y cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron.

Llevábanle por la Puerta del Sol a la Cárcel de Corte, cuando al llegar esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les servía, y poniendo mano a las negras, quitáronle de las garras alguacilescas.

Ahora andan a ver de arreglar la osadía, que aun siendo quienes son, no pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca.

Diz que para el jueves prepárase comedia en el Príncipe para mujeres solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque quepan más.

Dícese que él acudirá con la Reina desde las celosías, y que tienen repletas más de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor de la fiesta por patio y cazuela.

¡Válgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas niñerías y no le ha para solucionar mi pleito, que, según ayer me dijo el secretario del Consejo, no más que de su real firma habrá tres mortales años que está dependiendo!

También la querella contra el de Villamediana parece que no va como él quisiera, y se está preparando en secreto la mejor forma de desterrarle nuevamente.

CAPITULO V

EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA

Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.

Por el amplio y soleado patio de las _Losas_ procuraba yo matar esta mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia nosotros llegaban otros dos sacerdotes.

El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.

En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén.

El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes.

Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas, fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo:

--Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene España.

--Hermano--respondióme el tal con faz risueña y noble,--yo no soy más de un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja, téngala luego, pero a cambio de la suya.

--Venga como quisiéredes--repliquéle,--que la bendición de Lope de Vega bien vale cuanto se pida.

Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile la mía.

A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de la Penitencia.

Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un corredor...

Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el ilustre autor de la Dorotea.

El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía entendederas para más, preguntábame después si aquel _compadre_ era alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir:

--¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones, que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima Virgen que arreglara esto.

No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias.

Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono contra los poetas tonsurados...

* * * * *

Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía demora de ningún género.

Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mandó que pasase luego quien quisiera que fuese.

Quedó en pie para recibir visita de tanto cumplido.