Part 2
Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre. Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho...
«Pero... ¿no sería ñoño escrúpulo de monja llamar a la servidumbre y alborotar la sosegada mansión con el pretexto de rehusar tan rico lecho, que indudablemente le había cedido alguna de las hijas del doliente huésped por una delicadísima galantería mujeril que antes debía agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un villano?»
Y quedó entregado a sutiles razonamientos escolásticos, bajo las finísimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar levantarse ni poder conciliar el sueño...; pero consolándose en su martirio si, por dicha, la cama en que yacía pertenecía a la menor de las hijas de don Gutierre.
VII
En el seno de las tinieblas veía el señor de Pacheco la figura, castamente ideal, de doña Celia, la menor de las niñas, en opuesta visión a la más espléndida y sensual de doña Violante, la hermana mayor... Ni una sola vez acudió a su magín el recuerdo de la figura de su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doña Celia, la niña gentil, tornaba a embargar su ánimo y sus sentidos anegados en el vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y éstos algarabía.
Don Rodrigo incorporóse, tentó sus ropas, empuñó su espada y aguardó.
Las voces se apagaron de pronto; pero el oído del caballero percibió en el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera paso a alguien. Suave rumor de pasos que a él se acercaban, confirmó sus sospechas. «No cabía duda, alguien había entrado en la estancia.»
Pronto fué la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavísimo y enervador, cada vez más penetrante, cada vez más cercano, envolvíale como ola de éter, sumiéndole en un mar de confusiones, cuando el tibio aliento de una boca rozó su rostro, y la caricia de unos brazos desnudos, blandos y mansos, oprimió su cuello robusto, al mismo tiempo que una voz argentina, pero angustiada, gemía en su oído:
--¡Acorredme, caballero! ¡Protegedme o muerta soy!
Don Rodrigo quedó suspenso...
Soltó la espada, de improviso, y con ambas manos cogió los trémulos brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello.
Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse, muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba su alma pura.
La voz argentina arrulló a su oído:
--¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte!
--Permitidme, señora, que...--y el sofocado caballero no sabía qué decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.
--¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara...
--¿Qué decís, señora?--interrumpió el cándido corregidor.
--Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su galán el balcón de su camarín...
--¿Es posible tal infamia?
--¡Sí, caballero, sí!--y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:--Esta noche, que partió conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza! ¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi mal aconsejada hermana!
--¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida!
-¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo peligroso riesgo para vuestra merced...
--¿Pero entretanto... señora...?--y el buen don Rodrigo no sabía cómo librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar amparo.
-¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este aposento!...--y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con extrañas angustias:
-¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco!
--¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...--y la medrosa niña se estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos, sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida, mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.
En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil clarividencia, murmuró el caballero paternalmente:
--Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de ropa...--al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad respondió desmadejadamente:
--¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín... y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!
-Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...--dijo don Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que le ceñían amorosos.
-¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi inocencia nos protegen!--y con suavísima presión dejóse caer blandamente la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...
VIII
El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos emplomados cristales piaban alegremente los pájaros en el cercano y umbrío jardín... y don Rodrigo Pacheco despertó del único sueño de su vida que había tenido sabrosa realidad.
Y encontróse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que sus brazos robustos cobijaban aún la dormida estatua de doña Celia, desceñida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del día todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a los encandilados ojos del ex canonista.
Este quedó lívido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le acusaba en pleno día del pecado cometido en las negruras de la noche... ¡La más horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa tordesillesca, por añadidura, había incurrido con aquella preciosa niña que, confiada en la hidalguía del caballero, dormía aún sin recelo en sus brazos!
--_¡Nihil impossibile sub sole!_--gimió aterrado el caballero, y por primera vez la imagen de su esposa surgió ante sus ojos como la musa de la propia tragedia, arrojándole al rostro la sentencia con que le despidió al salir don Rodrigo hacia Valladolid: _¡Nihil impossibile!_
--¿Y qué hacer?... ¿Cómo huir?... ¿Cómo dejar a la tímida paloma que dormía en sus brazos? ¿Cómo presentarse ante don Gutierre, el caballero que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? ¿Cómo escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habíale hecho caer al cuarentón corregidor? ¡Buena justicia administraría quien comenzaba vilipendiándola! ¿Qué dirían su conciencia y su rostro a la señora corregidora al llegar a ella?--Y al evocar otra vez en aquel trance la arrogante y severa figura de su dueña y señora doña Leonor de Alderete, como irritada Themis, desasióse don Rodrigo de los ebúrneos brazos que le aprisionaban aún rendidos en sueño de amor; vistióse apresuradamente, ciñóse la espada, echó sobre sus hombros la negra capa de seda valenciana... y después de dejar caer una última, compasiva y desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre, abrió quedamente la puerta, huyendo de su víctima, de su crimen y de sí mismo.
Salió a un pasillo; estaba solitario. Cruzó la habitación donde una lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo monstruoso; no había nadie. Vió abierta una puerta fronteriza por la que entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigió a ella. ¡Era la puerta de la escalera!
Bajó por ésta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zaguán estaba entornada... ¿Dueña, mayordomo, y acaso don Gutierre, estarían en misa en la vecina iglesia de las religiosas de Portacoeli? Todo parecía preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vió en la calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un remordimiento dolorosísimo.
Sin tornar los ojos al caserón de don Gutierre, y ya orientado por la luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, llegó presto a su posada, mandó ensillar su mula y pidió la cuenta al huésped.
Este sonreía socarrón e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero, denunciadoras de una noche toledana, o, más legítimamente, vallisoletana. Echó mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el atolondrado caballero--que ni la mirada acusadora del posadero podía resistir,--y quedó sin habla, aterrado.
¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella.
Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus pecados...
IX
Abstraído por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no notó hasta cerca de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba las ropas y el cuerpo clásicamente modelado de «la cándida paloma vallisoletana», le acompañaba como rastro de su pecado, dejando una estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fué lo que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. ¡Las ropas, los cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sér todo del buen Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado!
¡Doña Leonor no mintió! ¡Ella era una santa y él un lascivo ruín y empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podría olvidarse quizá; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y continuas penitencias... Pero, ¿y aquel maldito y penetrante perfume que le acompañaba como una acusación, como la mejor y más terrible prueba de su liviandad y de su adulterio? Porque doña Leonor, ¡que no usaba perfumes!, preguntaría, inquiriría, no podría explicar por qué aquel vaho cortesano le acompañaba y trascendía hasta Tordesillas, y la furiosa Xantipa le arrancaría los ojos y las entrañas al señor corregidor.
Llegó a Simancas. Apeóse en el mesón del Toledano; pidió un aposento, agua y jabón; encerróse; lavóse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y aquellas barbas con que le retrató su deudo el sevillano Pacheco, y salió de allí, donde harto le conocían y estimaban, después de airear un buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcón del aposento. Remozado y contento salió a lomos de su mula, libre, al parecer, de graves cuidados.
X
Apenas dejó atrás el caserío de Simancas, tornó a percibir, cada vez más penetrante, aquel diabólico perfume que debió de haber aliñado maese Satanás en sus filtros y redomas demoníacas, y la vil cortesana en cuyos brazos durmió el caballero, infiltróle hasta las entretelas de su alma. Y ¿cómo entrar en Tordesillas?
Ya columbraba la crestería de San Antolín, la cúpula de Santa María, los torreones del palacio donde lloró durante media centuria su viudez la triste reina de Aragón y Castilla doña Juana--llamada «la Loca» por insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de amor, como ya entendía don Rodrigo,--cuando éste apeóse en un recodo del camino, sombreado por espesos árboles. Ató las riendas de su cabalgadura a uno de aquéllos y contempló la ondulante corriente del Duero, en cuyas aguas tantas veces se bañó siendo niño.
Un audaz pensamiento asaltó al atribulado Pacheco.
Agazapado entre unos matojos, despojóse de sus ropas, que dejó sobre aquéllos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros vivos lanzóse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano se arrojaría a las ondas purificadoras del Jordán, murmurando en remembranza de sus felices tiempos de teólogo: _¡Vestigia nulla retrorsum!_
El Duero, algo crecido, traía impetuosa corriente, en la que don Rodrigo dió varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano y delatador...
Distraído, perdió pie, la corriente le arrastró; dió una voltereta desesperada; logró subir a flote y asirse a una rama en un recodo del río. Tiró de ella para subir; cedió la débil rama, y el cuerpo del desdichado caballero se lo sorbió el Duero impetuoso... llevándole inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de cuyos tajamares quedó detenido como miserable despojo del pecado.
* * * * *
Doña Leonor recibió el cuerpo exánime de su esposo con grandes e íntimos transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada señora:
--¡Me han asesinado a mi dueño y señor! ¡Justicia, justicia!
Las ropas abandonadas en la margen del río, la bolsa vacía y la falta de la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a sospechar que don Rodrigo fué robado y arrojado al río para que no pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no podía suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida ésta. Y entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acercó a la verdad.
Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traía.
Don Rodrigo recibió cristiana sepultura en San Antolín; doña Leonor encerró para siempre su dolor en su caserón, atenazándola el remordimiento de haber martirizado con su pasión de celos infundados a aquel santo varón que Dios le concedió por marido. Y como ella, toda Tordesillas lloró al varón ejemplar, dos veces santo, por su martirio de casado y por su muerte trágica.
Ya sexagenaria doña Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo para trasladarle al alabastrino sarcófago que hábiles artífices italianos construyeron para guardar los restos mortales del señor de Pacheco y de la señora doña Leonor, cuando le fuera llegada su santa hora.
Asistió al solemne acto doña Leonor, acompañada del clero, servidumbre y mucha gente del pueblo, que aún amaba la memoria del caballero.
Abrióse el ataúd y fué como si se abriesen las puertas de la gloria. Suavísimo, embriagador e inefable perfume invadió las bóvedas de San Antolín, asombrando a todos los circunstantes.
«¿De dónde venía aquel fragante olor, que por primera vez en su vida percibían los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos del fenecido caballero? ¿Y qué otro olor podía ser aquel si no era el «olor de santidad» en que murió indefectiblemente don Rodrigo Pacheco, por sus muchas virtudes y su muerte de martirio?» pensaron los buenos tordesillescos, y clamó el pueblo a una voz:
--¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Allí estaba aquel perfume suavísimo que su alma santa dejó en sus huesos, proclamándolo! ¡Allí estaba la esposa del buen caballero, dando fe de ello con sus lágrimas de sincero arrepentimiento!
Y es fama que cuando alguien afirma todavía que don Rodrigo Pacheco murió en «olor de santidad», ¡unos huesos se estremecen en el fondo del alabastrino sarcófago, recordando una inmortal noche de amor en Valladolid!
ASI MURIÓ EL CONDE
(DIEGO SAN JOSÉ)
BREVE PREÁMBULO
Ha más de cinco años que vine a la Corte al olor de un beneficio en la catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por contundentes y apretadas cartas de la gente más notable de la metrópoli del Ebro, aun no conseguí otra cosa que agotar los recursos, pero no la paciencia (que desta necesarísima virtud fué el Señor servido de darme muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las _Losas_ del Alcázar y aun muchas de las dependencias que están situadas en la parte baja, donde tantos anhelos como los míos se estrellan o estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de la ilusión satisfecha.
Son estas dichas _Losas_ la más concurrida plaza del mundo, donde se venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amañan y dan vida.
¡Qué sé yo el cúmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por allí, subir como la espuma y despeñarse como el agua, en estos cinco años!
En lo que mi pretensión venía de camino pensé entretenerme escribiendo cada día un pliego de las cosas que allí viera u oyera, y vean aquí vuesas mercedes cómo al cabo heme encontrado con una croniquilla un tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas.
En tal manera acostumbraban a suceder allá cada día las nuevas, que si todas hubiera de relatarlas tal y como las presencié o llegaron hinchadas a mis oídos, habría menester de todo el estanque del Retiro trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de papel.
Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que tienen los señores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros delante a fin de que les abran paso, que si no, no fuérales posible echar un pie tras otro.
¡Tanto que pedir hay en España!
¡Y son tan pocos los días en que el Rey puede dar!
¡Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cómo está la villa, toda de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey carroña!
Pero volviendo a lo mío, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra un mucho gallarda de la mejor forma española (que aun no se me ha pegado esta procesal al uso, la cual entiendo que sólo se emplea para las causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero aquí entresacar no más de una, que es aquella que trajo la muerte de don Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos reinos y los de Nápoles.
Sea así, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), allá te va lo que hasta mí llegó.
PARTE PRIMERA
CAPITULO PRIMERO
EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA DE DON JUAN DE TASSIS
Este afán angustioso de las pretensiones, no tendrá fruto muy abundante, y bien compréndese que así sea, pues que tantas ramas se chupan la savia, que no es mucho que se queden sin florecer.
El pedir y pretender está tan dejado de la mano de Dios, que en verdad que va a ser necesario dejar el oficio.
Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no como nuestra ansiedad y nuestra fantasía empéñanse en presentárnoslas, ¿qué va a hacer S. M. si todo anda como él no quisiera y ya es mucho milagro que haya faltado para él, y no piensen que esta triste desdicha anduvo muy lejos?
No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan los perniles y los tocinos en tan grande y crecido número que haya necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que vénganse a tierra, sino que telarañas, polvo y hollín tienen por colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa más si no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de reales.
Aun carbón no envían los carboneros de Palencia y ha de guisarse con leña, y ésta porque es cortada y traída de las posesiones del Real Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. más de queso y fruta.
Díjome ayer un pinche de cocina, con más cara de hambre que la cuaresma, que dos meses y medio cúmplense agora de que no se den en palacio las raciones que teníase por costumbre, y ansí anda toda la servidumbre, esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurrección de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el día de San Francisco pusieron en la mesa de la Señora Infanta un capón que ella tristemente enfurecida mandó levantar porque hedía a perros muertos.
Siguió aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas rebanadillas como torrijas, pero no venía solo ni mal acompañado, que traía sobre sí, como animal fenecido que era de muchos días, todas las moscas palaciegas. La justa indignación de la infelice subió a la cumbre, y levantándose fuése a llorar a su aposento, por no dar con todo por una ventana.
Su yantar de aquel día no fué más de un mendruguillo de pan remojado en negro y espeso vino de Arganda.
En palacio no se comerá, y estarán las personas de la real familia con las tripas juntas y los tristes ojos como queriéndose esconder en el cogote por vergüenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los impuestos crecen sobremanera, como el jabón en el agua.
Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de España, de que dentro de quince días se doblará el importe del papel sellado.
No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que muriendo presto, acabe del todo.
Si los señores ministros y consejeros no se cortan las uñas, no ha de tardarse mucho el día en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la Salve los sábados, acudir cada día a la sopa de los conventos.
No siendo para cacerías u otras diversiones, en que sólo el Señor Rey se emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas dijérase que salen de algún antro subterráneo que custodian los enanos guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en las consejas.