Part 11
Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahíto de honradez, y, con tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que mi gente comiese aquel día. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron mis energías yéndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales caían lagrimones como puños.
¿Que dónde fuí? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario, al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso. Cumplí con mi deber y salíme del despacho de Su Excelencia tranquilo como un santo, cargado de elogios y lleno de plácemes, pues los _repórters_ de los periódicos que van a última hora al Gobierno a husmear noticias enteráronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de la luna.
Hizo la casualidad que, por la época a que me voy refiriendo, hallábase la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razón, sin duda, a tal inopia de emociones, los periódicos de mayor circulación relataron el hecho, adornándolo con todo linaje de galas imaginativas, gastando en mi pro _la mar_ de tinta, sacando a plaza mi penuria para que más resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: «Rasgos como el de Pañizosa no necesitan comentarios», o bien: «En medio de esta sociedad escéptica y egoísta, un acto semejante refresca el alma»; etcétera, etcétera.
¡A qué cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de Beneficencia, y otro pidió al Gobierno que, en adelante, se llamase _calle de Pañizosa_ la del Tribulete, donde vivo.
De poco me sirvieron los encomios, pues como _mi rasgo_ fué obra que hice en pecado de duda, no me aprovechó, y ni siquiera me holgué con el premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me remitió, con una tarjeta, el dueño de los cuartos, y que devolví dignamente. ¡Pues no faltaba más sino que las tomase!
No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusión de que los aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese a mi puesto. ¿No tenía sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aquí que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo siguiente:
«No sabemos por qué razón se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto que no es más que el cumplimiento de un deber. ¿Tan bajo se halla el nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria y por fuera de los límites de lo humano aquello que debe estar en la conciencia de toda persona decente? ¿Acaso no castiga el Código penal a los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueño? El _desprendimiento_ (¡y lo subrayaba, Sr. D. Teótimo, lo subrayaba!) de Pañizosa no constituye, por fortuna, una excepción de la regla, y como éste podríamos citar millones de ejemplos. ¡Quién sabe si la cartera contenía, además de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no confesadas todavía! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que las encontró, pero no al que las extravió, el cual habrá dado por bien hallados los veinte si se había despedido de los treinta...»
¿Concibe usted infamia mayor? ¿Ha visto usted en su vida nada que se parezca a tan ruin villanía? No la devoré en silencio, sino que acudí a los mismos periódicos mis panegiristas; éstos replicaron, el de la embozada calumnia duplicó la sospecha con frasecitas reticentes, y, por si fueron más o menos los infaustos billetes tentadores de mi conciencia, se armó la gran polémica, a que puso fin aquel famoso crimen cuyos detalles soliviantaron la opinión, distrayéndola del _rasgo de Pañizosa_.
Quedóse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se presentó una mañana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que, sabedor de mis cuitas, acudía piadoso a compadecerlas. Así que se enteró de ellas dióme un fuerte abrazo y me prometió remedio inmediato. Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; pertenecía al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposición tendría la credencial. ¡Como que era coser y cantar!--¡Dios lo haga y que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!--pensé yo.
¿Creerá usted que la adversa suerte se había cansado de perseguirme? Pues oiga, amado don Teótimo, lo más gordo, lo más tremendo, lo que puso fin y punto a mi probada paciencia, lo que colmó la medida de mi desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remitió con otra suya, llena de excusas y perdones.
Y Pañizosa entregó a don Teótimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al pie de la letra, decía así:
«El Ministro de Hacienda.--Particular. Señor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la reposición de su recomendado, el Sr. Pañizosa. Realmente los informes que en la Dirección me han dado de este antiguo funcionario son excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde mediaron cien mil pesetas, y aquello _no quedó claro_.
»Y usted comprenderá que, siendo esta situación tan escrupulosa en lo que a la moralidad administrativa atañe, no debemos echar mano de gente cuya fama tenga el menor tilde.
»Repitiéndole mi sentimiento, queda suyo afectísimo amigo q. s. m. b.,--_José Sánchez Pantalla_.»
* * * * *
* * * * *
NOTA IMPORTANTE.--Si entre los lectores de estas líneas se halla alguno que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, sírvase recomendarle eficazmente a don Leandro Pañizosa, que vive en la calle del Tribulete, número 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su misérrimo estado.
EUCARISTIA
(HOYOS Y VINENT)
Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol, filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla. En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la imagen andrógina del franco príncipe Luis _el Santo_ alzaba hacia la bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de concertantes.
Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido, volaban hacia el trono de Dios.
Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan--Murillo y Rafael--; a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda resolución, apasionamiento y valor, la de Juan.
Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.
Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica:
--¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de venir a ti.
Tras un instante, la voz pura negó:
--No, Padre.
--A ver--insistió el cura--; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna falta de respeto.
--No recuerdo, Padre--tornó a replicar.
El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de sus ojos, _ojos color de cielo_, irradiaba sobre el rostro cándido, prestándole un aura de luz.
--¿Papás no tienes, verdad, hijo mío?
--No, Padre.
--¿Hermanitos?--interrogó nuevamente.
--Tampoco.
Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió:
-¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho?
Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz:
--Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.
Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada.
El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido.
Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves, armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante, revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces litúrgicas.
Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados, daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto mancillan una vida entera.
Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños, con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.
Había explosiones de maternal cariño que estallaban en besos, mimos y caricias. Los niños brincaban alegres en un florecer magnífico de ensueños y sonreían confiados en el umbral de la vida. Sólo Juan y Jesús yacían abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su refugio. Jesús, doliente, contemplaba el espectáculo de la alegría ajena. Juan, más resuelto, le brindó, en un gesto afectuosamente fraternal, sus brazos.
Pero Jesús, por primera vez, le rechazó, e incapaz de resistir más, refugióse a llorar en un rincón.
* * * * *
Typographical errors corrected by the etext transcriber:
Mulier quoe sola cogitat, male cogitat=> Mulier quæ sola cogitat, male cogitat {pg 26}
vociferendo descompuesta=> vociferando descompuesta {pg 27}
como si se abriese las puertas de la gloria=> como si se abriesen las puertas de la gloria {pg 52}
como tengan eco en las _Losas_=> como no tengan eco en las _Losas_ {pg 73}
es hombre conciencia=> es hombre de conciencia {pg 97}
de lo que afirman=> de los que afirman {pg 113}
los milles de espectadores=> los miles de espectadores {pg 123}
trazas de rufían que de soldado=> trazas de rufián que de soldado {pg 126}
canturia de su voz=> canturía de su voz {pg 172}
lo que me inquietan=> lo que me inquieta {pg 244}