Part 10
Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente. Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal vez de su mismo crimen.
A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar una escena desagradable.
Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron del matrimonio.
El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey, complacido, murmuraba al oído de Cecilia:
--Afortunadamente, la cosa marcha bien.
II
Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia amenazaba destruirle seriamente.
Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:
«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando tan necesitado de consuelo.
»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte, para narrarte mi inmensa desventura.
»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces; solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso e impresionable.
»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno.
»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa editorial dentro de un par de años.
»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo... sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.
»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo envenenado.
»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia, que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables. Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha hecho acto de presencia en el castillo.
»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca, rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.
»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo, porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.
»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me ahuyente el miedo!
»Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey, llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para anticiparme a los designios de la MUERTE.
»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba.
»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...
--¿Qué haces, Luciano?--preguntó de improviso la voz argentina de Cecilia.--Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una mujer que adora a su marido, añadió:
--Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...
--Escribía a Enrique Fontanar--explicó el novelista abrazando con ternura a su mujer.--No quisiera que me llamase ingrato--agregó, cerrando la carta, después de haberla firmado.
James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia:
--¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!...
III
Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:
«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah, ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo negro en mi cabeza.
»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.
»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.
»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...
»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme, agudiza mi sufrimiento.
»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana lo que me sobrecoge y me llena de pavor.
»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre, en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi corazón como los de una campana funeral.
»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión con que mi mano traza estos renglones.
»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos cautelosos. Pasos de _alguien_ que avanza con sigilo como si temiera alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido y horroroso atisbándome implacable.
»¡Oh, Dios mío: me parece que _eso_ se acerca, se acerca! Un penetrante olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...
»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»
Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.
Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.
¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se aproximaron más y él comprendió que _alguien_, inexorable, iba a penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que le hizo retirarse con horror.
El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los hilos. Sólo tenían movimiento sus pies--verdes como los brazos y la cara--que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis.
Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.
Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica, sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido tan violento, que había provocado una paralización casi total de la circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones; nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la contemplación de su obra monstruosa.
Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa:
--¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.
Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado en agua, James Grey añadió:
--Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta...
IV
Aquella misma noche, Cecilia ponía un telegrama a Enrique Fontanar:
«Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer repentinamente.»
Y al año siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con James Grey y partía para Norteamérica.
EL RASGO DE PAÑIZOSA
(GUTIÉRREZ GAMERO)
Oiga usted, contada al menorete, señor don Teótimo, la historia de mis desdichas, y por ellas vendrá en conocimiento de la causa de mi mal--dijo Pañizosa, y prosiguió de esta suerte:--Vine a la corte con más esperanzas que dineros, y pensé que en ella encontraría fácil acomodo, pues traía pocos años, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la añadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un señorón de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado. Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la figura de aquel personaje cuya protección me era tan necesaria, porque mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una recomendación de empuje. Enviéle la del Alcalde; me recibió entre dos luces; díjele mi empeño; me pidió muestra de mi letra; escribí cuatro garambainas que me dictó; le cayó en gracia el carácter de mis rasgos y salíme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De allí a poco recibí una credencial de las de cinco mil reales, y héteme funcionario público en la Dirección de la Deuda, donde me aprendí al dedillo todas las leyes, ordenanzas, pragmáticas y decretos que se han promulgado en España desde que España debe dinero. Con esto fuí ganando la voluntad de mis jefes, que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tenía mi memoria para colocar en ella, como en una anaquelería se coloca el botamen, las infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra providente Administración, echaron mano de mis conocimientos _técnicos_, y desde aquel punto y hora yo fuí el encargado de las cosas difíciles. Mis compañeros, viéndome siempre al yunque del trabajo, me echaron encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de emisión o pujos de arreglo en que yo no interviniese.
--¡A ver! que venga Pañizosa y nos diga qué fecha lleva la ley de...--exclamaba el segundo jefe de la Dirección.
--Oiga usted, Pañizosa: esta noche, a las nueve en punto, aquí. El diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los reúna para que mañana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le pagará a usted un café y media tostada; enciende usted la chimenea, y con toda calma hace usted la notita--me mandaba el oficial del negociado.
--¡Señor de Pañizosa! ¿Sería usted tan amable que se sirviera resolverme este endiablado expediente que no sé por qué coyuntura meterle la pluma?--me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recién salido del aula.
Y así, entre unos y otros, me traían y me llevaban como si fuera un zarandillo.
Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de consolarme ante la firme persuasión de que yo era el hombre indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada podía hacerse que saliese a derechas.
¡Cuántas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus autores de pega, se fabricaron en este caletre mío! ¡Cuántas mejoras en nuestra maravillosa Administración se vendrían a mi casa, si las tirara la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron! Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar fuertes raíces en la Dirección y me procurase algún adelanto en mi carrera; y si este segundo extremo de mi legítimo deseo no se realizaba nunca, pues ascensos y prebendas caían siempre del lado de los más ignaros, consolábame con la creencia de que ningún Ministro se atrevería a dejarme en la calle, porque al menor intento se habrían de levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan útiles mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos.
De esta suerte se deslizaron diecisiete años de mi existencia, sin otro accidente que aquel tremendo batacazo que pegué por causa de unos saeteros ojos que me atravesaron la autonomía. Y fué que en un baile de verbena callejera conocí a cierta joven, modista de oficio, que con el mirar sólo partía las piedras, y que me llevó blandamente al santo nudo, regalándome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones.
Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro que contiene mi prole, con más la señora de Pañizosa, fuera tanto como contar las gotas que un invierno llueve. Pensé que con los cinco mil reales del empleo y los ágiles dedos de mi cara cónyuge, que se despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriríamos de hambre tan aína; y por yerro de cuenta perdí el sosiego, porque Flora, que tal es el nombre de mi mujer, dió en la flor de echar gente al mundo, con que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis méritos y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tenía trazas de llegar.
En cambio llegó la terrible catástrofe fraguada por un desalmado Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeñaba en la mecánica de la Deuda pública, y para satisfacer aspiraciones de no sé qué elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decretó mi cesantía, y con ella la ruina de una familia honrada.
Que al momento me dediqué a buscar recomendaciones capaces de ablandar las berroqueñas entrañas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En semejante tarea ocupé mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis pobres hijos, para quienes busqué en vano, pordioseando aquí y pidiendo allá, algo con qué comprarles el más sencillo alimento, se enredaron mis pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ángulo de la pared y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medió espacio, y me hallé con una cartera de buen tamaño, de esas que usan los cobradores de la Bolsa. Tendí entonces la vista por la calle, pues quizás no estuviese lejos el que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por allí se parecía, púsemela debajo del brazo, subí los ciento quince escalones que conducen a mi vivienda, me metí en la alcoba, cerré la puerta, abrí el cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y rincones un montón de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil pesetas. ¡Una riqueza!
Lo primero que me vino a las mientes fué dar gracias a la divina Providencia, que así premia al justo y limpio de corazón cuando en ella confía, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cuán sano es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada aventura, término de nuestros quebrantos y principio de la felicidad. Pero al ir a poner por obra tan alegre decisión, paralizóse mi cuerpo, una llamarada de vergüenza me subió al rostro, el recuerdo de mi intachable fama me llamó a la realidad del deber, y la idea de que el dueño de la cartera quizás fuese un pobre, encargado de llevar y traer valores, fué creciendo, creciendo en mi espíritu, y ya vi en la cárcel al descuidado dependiente convicto de ladrón y condenado a presidio, y deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente tendría, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso daría la existencia.
Júrole a usted, señor D. Teótimo, por la hora de mis postrimerías, que aquella bellaca tentación de quedarme con las ajenas pesetas duró muy poco, no más que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me parecieron siglos, porque mientras cogía el sombrero y me preparaba a salir, oí llorar con desgarradora pena al más pequeño de los muchachos, a mi pobre Esteban, un serafín del cielo, que protestaba a voces contra el forzado ayuno. Lo que entonces sintió esta flaca naturaleza mía no se puede expresar con palabras. Figúrese usted que dentro del pecho se le meten todos los cariños de la humanidad y luego se le rompen en mil pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dará usted ligerísima idea de mi sufrimiento.