Part 1
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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (nota del transcriptor)
_La Voz de la Conseja_
_La Voz de la Conseja_
_Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos_.
_Recopilación hecha_
por
Emilio Carrère
_Firmas del tomo segundo_
_Bernardo Morales San Martin.--Diego San José Concha Espina.--W. Fernández-Flórez.--J. Ortega Munilla.--V. Blasco Ibáñez.--F. Trigo. José Echegaray.--Alvarez Quintero (S. y J.).--Alvaro Retana.--Gutiérrez Gamero.--Antonio de Hoyos y Vinent_.
_V. H. SANZ CALLEJA_
_Editores e Impresores_
C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23
MADRID
Derechos reservados de reproducción y traducción en todos los países.
INDICE
BERNARDO MORALES SAN MARTÍN
_Olor de santidad_ 17
(Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.)
DIEGO SAN JOSÉ
_Así murió el conde_ 55
CONCHA ESPINA
_El rabión_ 135
W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ
_La fría mano del misterio_ 149
J. ORTEGA MUNILLA
_Tremielga_ 167
V. BLASCO IBÁÑEZ
_Noche servia_ 181
FELIPE TRIGO
_Pruebas de amor_ 193
JOSÉ ECHEGARAY
_Los anteojos de color_ 203
ALVAREZ QUINTERO (S. y J.)
_Vida nueva_ 215
ALVARO RETANA
_El disfraz_ 225
GUTIÉRREZ GAMERO
_El rasgo de Pañizosa_ 249
A. DE HOYOS Y VINENT
_Eucaristía_ 263
OLOR DE SANTIDAD
Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.
(B. MORALES SAN MARTÍN)
I
La del alba sería cuando don Rodrigo Pacheco salió de Tordesillas, mustio y cabizbajo, caballero en su mula y camino de Valladolid.
Un buen trozo del camino que de Salamanca a Valladolid conduce llevaba recorrido la cabalgadura, cuando el noble caballero, que alegraba sus ojos tristes contemplando a la indecisa luz del amanecer la corriente del río, de verdor recamada, paró en seco a la mula, tornó la señoril testa hacia el altozano sobre el que se levantaba la murada villa, en la margen derecha del impetuoso Duero, y quedó un momento pensativo.
La gótica crestería de San Antolín y de Santa Clara; las torres y cúpulas de San Miguel, de San Juan, Santiago, San Pedro y Santa María, y los torreones de las cuatro puertas de la villa, recortábanse sobre el cielo limpio y cárdeno de aquel amanecer estival, evocando en el alma del buen Pacheco toda su historia y toda la tragedia de su martirio.
De súbito, irguióse sobre los estribos, abandonó las riendas, y tendiendo los brazos hacia la villa, que comenzaba a desperezarse, sorprendida en su sueño por los suaves besos de las brisas serranas, exclamó el de Pacheco, con voz apocalíptica:
--¡Toda mujer propia tiene algo de Xantipa! ¡Leonor de Alderete! ¡Dios te perdone como te perdono yo!
Y espoleando a la reflexiva cabalgadura, que quizá sentía como propio el dolor de su amo, exclamó airado:
--¡Arre, mula!
Dió un salto la sorprendida bestia y tomó un galope ligero que hizo afirmarse al caballero en sus estribos.
Alto ya el sol, perdido en el horizonte el caserío tordesillesco y casi a la vista de Simancas, aún no se había borrado la expresión de dulce y resignada melancolía del rostro del buen caballero, último vástago de la ilustre estirpe de los Pachecos...
II
Don Rodrigo era un santo.
Desde muy niño mostró su afición a jugar con altarcitos, a predicar sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo dulcemente acordado que procuraba el niño tener el son de las diversas campanitas.
Conforme iba creciendo el mozo, afirmábase en él más y más su vocación religiosa, y contra la voluntad de su padre--que para más altos destinos reservaba a su hijo, por la firme amistad que le unía con su deudo don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,--no hubo más remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar Teología y Cánones.
Para el precoz hidalguete no había más mundo que el que divisaba yendo de Tordesillas a Salamanca, ni más ciencia que la contenida en los enfáticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la _Ubérriman civitatis_, como llamó en una bula el pontífice Alejandro IV a la famosa Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos, transparentaba la mística ambición del heredero de los Pachecos y Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a él le reservaba el Criador en la tierra.
--¡Oh! ¡Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le oían antaño decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los Pachecos! ¡Lograr luego un beneficio, después una canonjía, quizá un obispado... y si la magnanimidad divina lo consentía, seguramente el capelo cardenalicio! ¡Oh, Dios mío! Perdona mi ambición, que sólo en tu santo y ejemplar servicio emplearé los dones que te dignes concederme!--gemía el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en los libros de los teólogos González de Segovia, Soto, Gallo, Salmerón, y de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustín, y otras lumbreras del Concilio trentino...
Pero Dios, en su infinita sabiduría, lo dispuso de otro modo, y todo el castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un invierno, cruelísimo para las gentes y los campos tordesillescos, llamó el Señor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la señora doña María, no resignándose a vivir sola en el inmenso caserón de los Pachecos, retuvo en él al joven canonista.
Resignóse éste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de interrumpir sus estudios para ayudar a doña María en el gobierno de su casa y hacienda y en la dirección de cierto litigio en que la testaruda dama venía empeñada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gótica capilla de San Antolín y a ciertas donaciones de sus antepasados, que usufructuaban indebidamente los nombrados deudos.
La infatigable pleitesía puso en movimiento cúmulo tal de jueces, escribanos, letrados y hasta teólogos, que embarullaron a maravilla el litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello misericordia. Cierto teólogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso una transacción honrosa, que cierta feliz circunstancia ayudó a imponer y acatar como tabla salvadora.
--¡Lo mío, mío, y lo tuyo de entrambos!--decía doña María a los Alderetes.--Y arguyó el teólogo:
--_¡Quod homines, tot sententiae! ¡Consensus omnium fecit legem! ¿Cur tam varie?_--Y replicaba doña María, sin dar su brazo a torcer, en buen castellano:
--¡Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que la teje!
Pero el teólogo, terco también, tronó en griego, para mayor claridad:
--_¡¡Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!_
Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y señora la máxima del gran Isócrates, ambos humillaron la cabeza.
Poco tiempo después... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San Antolín de Tordesillas, uníanse en santa coyunda Leonor de Alderete, hija única de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, único vástago de los Pachecos.
Solamente Dios, la señora doña María y el culto teólogo casamentero supieron lo que costó vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindió a los Alderetes, venció la mística resistencia del hijo de su amor, que gemía al recibir la santa bendición, unida su diestra a la de la hermosísima Leonor de Alderete:
--_¡Una salus victis, nullam sperare salutem!_--y fueron las últimas palabras con las que se desvaneció el fracasado teólogo, para dar paso al flamante marido.
III
Pero don Rodrigo no era feliz.
Doña Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo--único hombre que se acercó a ella,--sintió por él una avasalladora pasión. La llama de amor sin nombre que tantos años contenía en su pecho, de doncella casta, pero afectiva, estalló devoradora, porque Rodrigo Pacheco, por su figura y por su carácter, era el galán soñado, el Amadis de sus ensueños... Boda que comenzó siendo forzado acomodo, fué a poco tierno idilio que unió dos almas con la más pura, pero también arrebatadora, de las pasiones.
Llevábale cinco años doña Leonor a Rodrigo... y quizás por ello fué maestra que inició al joven en los honestos deliquios amorosos de su idílica unión. Pero, aunque dama de espléndido cuerpo y hermoso rostro, altivo continente y distinguido ademán--conjunto sin par en Tordesillas--dió en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las guedejas de su apuesto marido.
Este, que fuera del amor a Dios, no sentía otro afecto que el de su esposa, padecía martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y honrado, la espléndida dama dudaba de su pureza y ponía en tela de juicio su probada honradez.
Veinte años llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo hubiera bendecido su unión concediéndoles el bien de los hijos, cuando un atardecer recibió el apocado señor de Pacheco, por un propio, una misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitándole a ir a Valladolid el próximo 19 de Julio, día en que haría su entrada en la ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Añadía el valido que convenía al servicio de la monarquía católica que don Rodrigo Pacheco fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazón, y le esperaba en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle instrucciones oportunas sobre la política que convenía al duque se observara en Tordesillas y villas comarcanas.
¡Y allí fué Troya!
--¿A Valladolid... vuestra merced?--y reía nerviosa e irónica la celosa doña Leonor. Y de súbito exclamó, abriendo el torbellino de sus celos:
--¡Sí! ¡Te conozco, fementido caballero! ¡Ir a Valladolid es un ultraje a la fe jurada a mi amor único!
--¡Leonor! _Mulier quæ sola cogitat, male cogitat_--replicó don Rodrigo, acordándose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y añorados tiempos de Salamanca.
--_¡Nihil impossibile!_--arguyó la dama, que también era, aunque celosa, muy leída.--¡Si vuestra merced va a Valladolid... será para caer en el pecado!...
--¡¡Leonor!!
--¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más impura de las liviandades!
--¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios confunda!
--¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú!
--¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!--y don Rodrigo alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio--y miró al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún.
Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la cámara y vociferando descompuesta:
--¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable!
Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo:
--¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas!
IV
La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su cumplimiento. Además, ¿había de estar toda su vida supeditado a las faldas? Su madre, la inflexible doña María, impidió que fuera clérigo, matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, ¿había de impedir su esposa--¡otra tozuda Alderete!--que siguiera una carrera política honrosa, comenzada por una corregiduría, y Dios y el duque de Lerma sabrían dónde podía acabar?
Y el débil y ocioso caballero mandó ensillar su mejor mula y salió para Valladolid, dejando a doña Leonor convulsionada como una demoníaca y vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores:
--¡Se va y le pierdo para siempre al miserable! ¡No subirá más a mi tálamo si duerme una sola noche en Valladolid! ¡Toda el agua del Jordán no bastará para purificar al impuro!--Y se retorcía como una poseída, rodeada de mayordomos, dueñas, doncellas y mozas de cántaro... mientras el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la mole del histórico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible polilla roía con saña toda nuestra leyenda de oro; y poco después columbraba el caserío de la futura corte de las Españas, extendido sobre verde prado y recortado sobre una lejanía de suaves lomas y sinuosos cerros castellanos.
Y el futuro corregidor de Tordesillas entró, sonriente y magnífico, caballero en su mula, en la noble y real «Villa de Ulid».
V
Era el día 19 de Julio de 1600.
La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en corte de los Felipes, «nunca desplegó tal aparato y dignidad en las ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos». El joven rey demoró su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el año siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad.
Pasados aquellos primeros días de gala regia y festejos populares, don Rodrigo pudo ver al poderoso valido.
El duque le recibió y agasajó conforme a los altos merecimientos del caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularísima estima los Sandovales, y le entregó el real despacho de corregidor de Tordesillas.
--Tengo en alta estimación vuestras dotes, que, acrisoladas por el ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harán pasar a la corte en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores leales...--dijo el duque, abrazando cariñosamente a don Rodrigo.
Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados, temía el pobre corregidor a la celosa corregidora.
Y sin esperar a más--porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia, quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,--allá se fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo, convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.
VI
Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría, como su Tordesillas de su alma.
Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.
Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del famoso condestable, cuyo libro singular _Claras y virtuosas mujeres_, había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia, donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...
--La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la iglesia de religiosas de Portacoeli--habíale dicho el duque...--y, por fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada de su deudo don Gutierre.
Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres golpes recios y rotundos.
Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil preguntó con timidez:
--¿Quién va... a estas horas?
--¡La paz de Dios!--respondió don Rodrigo con voz entera.--¿Vive aquí don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas a visitarle--agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía, preguntó otra voz como arrullo de tórtola:
--¿Cómo se nombra el caballero?
--Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...
--¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la puerta...
Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con enorme velón.
--Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán.
Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don Gutierre.
Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba.
Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre.
No se hicieron aguardar éstas...
Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y no habrían tenido tiempo de destocarse...»--pensó don Rodrigo.
Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como si esperara órdenes.
«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»--dijeron las discretas niñas.
El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar el alba a Tordesillas.
--Todo puede concertarse--objetó la mayor de las niñas,--si tan urgente es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte cuando guste a su querida Tordesillas.
--Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...
--¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas de mesón! ¡No faltaba más!--dijo la más joven de las niñas de don Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué don Rodrigo le llegaban al alma.
--Lo que nos duele--arrulló la mayor--es que durante estos días os hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros asuntos os traigan a Valladolid.
--¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el señor corregidor de Tordesillas!--exclamó, expansiva y jovial, la que parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad.
Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa; tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo. «¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos, alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse en aquel de Valladolid toda la vida!»
Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena estaba servida.
Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su templanza.
--«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don Rodrigo--decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una pechuga de capón ricamente aliñada.
-«El vino como rey y el agua como buey»--exclamaba riendo la menor de las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y de suave aroma.
Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para embriagar al caballero...
Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su dueña.
El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron, despidiéndose de él muy humildemente.
--¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo!
Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y sopló la luz.