Part 9
Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero. Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en plática y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Zúñiga--dijo el del caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los negocios ni los placeres, sino un gran pesar.
--Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmán. Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.
--Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo--contestóle don Diego.
Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos al siguiente día para visitar la ciudad.
No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho. Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.--Son--les contestaron--el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois forasteros al no conocer a tan visibles personas!
Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven, prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el reposo de la siesta.
Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.--Malhaya mil veces, Marcos amigo--le decía--, malhaya mil veces la hora en que nos partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres y sin el asilo de mi tía la priora.
--Sosegáos, señora mía--respondió el escudero--que aína os turbáis y me dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí, pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os espera la paz del monasterio.
--¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la salvación de mi alma.
--Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?
--Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más que cien doctores.
--Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.
--Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.
Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas. Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:
SONETO
Sabio lunar que colocarse supo tan sabiamente en el redondo seno. De orgullo le supongo y gozo lleno por la preciosa suerte que le cupo.
Es flor de tal jardín, él es el astro, astrolabio, astro mago, guía y norte de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte! Planeta de ese cielo de alabastro.
Atrae por quemar. Fuego de Neso. Imán de la mirada. Imán del beso. Para encender los labios con su llama,
y que la apague al recibirlos luego, lago que apaga de la antorcha el fuego, los verdes ojos de la rubia dama.
No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba:
CANCION Amor de yo no sé dónde. Pasión de yo no sé cuándo. ¡Qué necio es lo que se esconde, si el alma lo está buscando! No el severo pensamiento me distraiga de mis cosas. ¿Acaso medita el viento, y acaso piensan las rosas? Viva la bella locura que habla al sol en la pradera, y corre por la llanura cabalgando en la quimera. El sol que en la tarde muere vuelve a nacer otro día. Quien de nosotros muriere a nacer no volvería; día en que no hemos amado, día es que habremos perdido. ¡Oh, amores que ya han pasado, y amores que aun no han venido! Llegue a leer tu mirada mi dulce libro secreto. Sin ti la vida no es nada. ¿Qué sería el Paracleto sin Heloísa? ¿Qué fuera Valchiuso sin el Petrarca? ¿Por qué la encantada barca en vano en el lago espera? ¿Para quiénes la ribera tiene su sombra y su flor? Jardines de primavera, ¿qué seréis sin el amor?
Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción. Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias del amor.
Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan certísima historia.
SEGUNDA PARTE
SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.
--Quiero, amigo don Diego--empezó diciendo el de Guzmán--, ya que sois el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente.
--¿Ya la habéis visto?--preguntó casi temblando don Diego.
--Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo Aldobrandino, primate de este ducado.
Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió, refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el rostro demudado y casi balbuciente el habla.
--Murió mi padre hace tres años--concluyó don Miguel--y he venido yo solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga conmigo a mi palacio de Sevilla.
De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo, que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz el siguiente:
SONETO
Amor es, Filis, brisa perfumada. Ola de un mar de encanto. Golondrina. Es algo que va y viene. Peregrina canción que en la espesura canta un hada. Ha tenido el jardín fulgores raros como luz de un espíritu que pasa, y ese fuego he sentido que me abrasa al resplandor de vuestros ojos claros. La luz y vuestra sombra se perdieron. Amargura y dolor permanecieron. Al bosque y a las almas vuelve el frío. La fuente gime con gemir sonoro. Llorando está el jardín sus hojas de oro porque han muerto las flores y el estío.
Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata, habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y músicos.
Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:--Garrido es el soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera más mozo pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme de balde con mi señora. Válame Dios.
--Miren el orejoncillo con faldas--contestóla Marcos--que en mi tierra la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué llamada por Renata.
--¿Sabes--preguntóla ésta--quién puede ser uno de los galanes de la música de anoche?
--Yo tengo, hija mía--repuso la dueña--tan poca vista para la malicia, que no acierto en esas cosas.
--Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias, que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.
Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que, sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción; pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman. Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla. Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre principal.
Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar, lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y cristiana como ella era.
Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los sucesores de Alfonso de Este, _divi Hércules filius_. Como era natural, tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno, invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los jardines ducales la noche de la fiesta.
Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.
Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera.
Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla, tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán, y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de caballeros leales a sus reyes.
Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de poesía y donosura, que decía así: _Galeote soy de amor_.
Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la presenciaba.
Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con el duque Lionel de Inglaterra.
Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función. Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas. No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su ánima cuitada.
Comenzóse la representación por una loa que se titulaba _El triunfo de la prudencia_. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: _Gran caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción: Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita, dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz, sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia, escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal recibido.