La voz de la conseja, t.1 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos

Part 7

Chapter 73,994 wordsPublic domain

Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba húmeda, templada; el campo mojado por el rocío; el cielo azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazabal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres calles formadas por caseríos.

Entraron en el caserío, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la cabeza; tenía la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara llena de arrugas y el pelo blanco.

--¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--preguntó la vieja a Elizabide, encarándose con él.

--Sí; yo era el que estaba allá.

Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.

Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos, disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni, y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de oficiosidades.

Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento, que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida, Maintoni le miraba mucho a Elizabide.

--Es para burlarse de mí--pensaba éste.--Ha sospechado que la quiero, y coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez conmigo.

Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile. El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella seguía mirando a Elizabide.

Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el _aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba fúnebre.

--Anda, no seas tonta--le dijo su hermana.

Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de una edad primitiva y heroica. Concluído el _aurrescu_, el boticario sacó a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni.

Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.

A lo lejos, entre los montes, se oían los _irrintzis_ de los que volvían de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.

De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:

_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_.

A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia. De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre.

--Y usted, ¿por qué está tan triste?--le preguntó Maintoni con voz maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.

--¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las alegrías de los demás.

--Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación.

--No, no soy malo--murmuró Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre inútil, como dice todo el pueblo.

--¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?

--Sí, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse otra vez a América, ese es un temor grave.

--¡Marcharse! ¿Se va usted a marchar?--murmuró Maintoni con voz triste.

--Sí.

--¿Pero por qué?

--¡Oh! A usted no se lo puedo decir.

--¿Y si yo lo adivinara?

--Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy viejo...

--¡Oh, no!

--Que soy pobre.

--No importa.

--¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted?

--No; al revés.

--Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?--murmuró Elizabide el Vagabundo en vascuence.

--Siempre, siempre...--Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña.

--¡Maintoni! ¡Aquí!--le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se volvió a mirarle una vez, y muchas.

Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...

La epopeya de una zíngara.

(DICENTA)

LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA

El sol caía a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos oficiales de Castilla en cuyas lindes busca inútilmente el viajero un árbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos agostados, planicies incultas, áridos y desiguales montículos, mucha luz en el cielo y poca alegría en la tierra: he aquí el espectáculo ofrecido por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzándose de entre los rastrojos, cruzábanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo, que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del sol.

Tarde calurosa de Agosto, que convertía en inhospitalario desierto el camino y los campos que lo circundaban, era aquélla; y perdida en este desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmósfera, asfixiándose con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, veíase una pequeña y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y amargura en el corazón de quien la mirase atentamente; pero los hombres suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces.

Constituían la caravana una mujer, un burro y tres niños.

La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y de polvo, moviéndose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus brazos a un niño de pocos meses, envuelto en un jirón de lienzo remendado y sucio; el niño estrujaba con sus manecitas el pecho de la madre, y tiraba de él, sujetándolo con sus labios, para extraer el jugo que generosamente le ofrecía. La mujer era joven, y hubiera sido también hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y envejecido, curtiendo su cutis, arrugándolo prematuramente, enflaqueciendo sus carnes y enmarañando su cabellera, que se pegaba entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser bella; pero de su belleza no queda más rastro que el de sus pupilas, expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de su hijo.

Detrás de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo caído y las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga única dos anchos alforjones que caían a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos, sobre un montón de trapos y papeles, iban dos niños, que se servían mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues mientras el más joven dormía con la cara echada hacia atrás, la sonrisa en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco años, retorciéndose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraía sus labios a impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella atmósfera de plomo.

¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Por qué atravesaban el estéril camino con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los individuos de aquella caravana?

¿Quiénes eran? Una familia de zíngaros huérfana de padre, que recorría Europa implorando la pública caridad. ¿De dónde venían? Del inmediato pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para llenar su cántaro vacío, porque los aldeanos la habían amenazado con golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la gitana, si no partía inmediatamente de allí, sin alimento, sin agua, sin reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz mujer, amedrentada, sola, sin sostén, sin ayuda, abandonó la aldea y prosiguió su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavándolos después, con expresión amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del que sólo podía distinguirse la torre de la iglesia destacando en el espacio su contorno gris.

* * * * *

El niño enfermo, incorporándose trabajosamente sobre la alforja que le servía de cama, extendió sus brazos en dirección de la joven, y dijo con voz débil:

--¡Madre!

La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al sitio que ocupaba el muchacho.

--¿Qué quieres, hijo mío?--murmuró, dejando al niño de pecho junto a su hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.

--Agua--respondió éste.--Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema aquí!

Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.

--¡Agua!--gritó la madre con espanto.--¡Agua!... ¿Dónde encontrarla, hijo?

--¡Agua!--repuso el niño.--¡Me muero de sed!...

Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida y rompió en sollozos.

Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera y ademán de loca:

--¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua, hijo mío?...

¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto.

De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles; nadie vino en su auxilio tampoco.

Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro, recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la cegaban la sorpresa y el júbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos y brillantes.

Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso; uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los dientes.

No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno de agua.

--¡Ah, tú también!--gritó la zíngara contemplando a su adversario con rabia.--¡Pues no lo tendrás!

Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín.

Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse, frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados colmillos.

La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa garganta del mastín...

De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado.

Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones, dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban tres hilos de sangre.

Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo; cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos, ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con sonrisa alegre y voz cariñosa:

--Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío!

Los tres Reyes de Oriente.

(RICARDO LEÓN)

LOS TRES REYES DE ORIENTE

Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga pesadumbre en el aire gélido y sonoro.

Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana. Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las tinieblas.

Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir del corazón en las entrañas.

Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.

Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...

* * * * *

Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...»

Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal.

Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la hoz.

* * * * *

La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico. Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en la noche.

A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres peregrinos viajeros.

Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos, la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la túnica un rico manto de armiño.

El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos, en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores; rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de rubíes; el manto, azul.

Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la _xema_ o toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño de oro y esmeraldas.

Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán. Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno de pródigos caudales.

* * * * *

Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire, obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto, una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes peregrinos.

Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad, cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.

El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados de banderitas y alfileres.

--¿Quiénes sois vosotros--dice arrogante el general--que así os atrevéis a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo inexorable de nuestra ley marcial...

* * * * *

--¿No me conocéis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave, sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...

--Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris, de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos cargados de riquezas...

--Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes, al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano; bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos, mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de Jesús...

* * * * *

Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones de los Reyes Magos.