Part 2
Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto. Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre, cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra, el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él. Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de meterse la mano en el bolsillo para pagar.
De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó una carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que decía entre dientes:
«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito. Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su cartera.
El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil, convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.
Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y salir, perdiéndose luego entre el gentío de la calle.
Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche mudó por completo.
Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa cierta y de indudable realidad.
Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista, autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de vengarse de la Condesa, ¡oh, infortunada señora! finge su letra y escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y lo de más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: ¡oh admirable recurso del ingenio! Ésto, que en la vida tiene su pro y su contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada venganza.
Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un desconocido.
IV
Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía, barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros. Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder ser nombrado.
Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito, y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle y las casas, los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviese con rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaban más aprisa que nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más que los norteamericanos; corría con toda la velocidad que puede suponer la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido.
A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares: al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales, algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas de una hélice, tornillaban la masa líquida con su infinito voltear.
Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio: las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de amatista, que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego por un sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo polvo de oro; más adelante, aquella polvareda que a mí se me antojaba producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último, roja como harina de rubíes. El coche iba arrastrado por algún volátil apocalíptico, más fuerte que el hipógrifo y más atrevido que el dragón; y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar nunca; entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca, Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos ellos.
Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa! La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante ama.
Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo convertiría pronto en arrugas.
De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dió un grito de sorpresa y se levantó muy agitada.
--¿Qué es esto?--dijo--Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha entrado usted aquí?
--Señora--contestó el que había entrado, joven de muy buen porte.--¿No me esperaba usted?--He recibido una carta suya...
--¡Una carta mía!--exclamó más agitada la Condesa.--Yo no he escrito carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?
--Señora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y mostrándosela;--es su letra, su misma letra.
--¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!--dijo la dama con desesperación.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...
--Señora, cálmese usted... yo siento mucho...
--Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la voz de mi marido.
En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y después, riendo con cierta afectación, le dijo:
--¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el te.
La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a pasar algo terrible.
Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole sólo con monosílabos. Sirvió el te, y el Conde alargó a Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reir con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche, y dijo:
--¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos, ponte al piano.
La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levantó dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y temeroso como el _Dies iræ_ surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.
Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y atropellados remolinos.
Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar que el piano se tocaba solo.
El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dió un grito.
En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí violentamente y desperté.
V
En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.
--¡Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus rodillas.
--Señora... es verdad... me dormí--contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena.
--¡Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--añadió la inglesa en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su cama _for usted_... _to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_.
Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había. Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada, al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como ahora.
Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención y escuché con toda mi alma.
--¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro.
--Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin sentido.
--Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó el otro.
--Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.
--Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?
Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.
--¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.
¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.
--Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.
El joven se detuvo y me miró.
--¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán.
Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros diciendo:
--_¡Oooh! A lunatic fellow_.
VI
El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.
Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno. ¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!
Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:
--¿Es de usted ese perro tan bonito?
--¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?
Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:
--¡Ooooh! usted... _unsupportable_.
--¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber?
--Era de mi señorita.
--¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.
--¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, _¿verdá usté?_
--¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?
--De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...
--Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te... pues. Y diga usted, ¿murió la señora?
--¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.
--¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.
--¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.
--Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, o no quiere darse por entendida.
Después dije en alta voz:
--¿Con que fué de indigestión?
--Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso.
--Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha ocurrido.
--¿No lo cree usted?
--Sí... sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que sacó el puñal cuando tocaba el piano?
La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas.
--¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente son. Ya se ve: como habrá causa criminal...
--Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
--¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo Mudarra...
La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté, diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y, naturalmente, ocultará todo lo que pueda.
--Usted está loco--añadió la desconocida.
--_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _¡Oooh! ¡my Godi!_
--Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la señora Condesa.
--¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer, riendo con más fuerza.
--¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.
En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso, esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.
No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando:
--_¡Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi fort it_.
Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le contesté:
--Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros. Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto.
No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a los otros dos y dijo:
--¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.
--¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió de una puñalada?
Los tres se miraron con sorpresa.
--De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.
--Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije, interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué?
--¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.
--Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No es verdad que parece cosa de novela?
--¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de nosotros.
--Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.