La voz de la conseja, t.1 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos

Part 1

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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.) (nota del transcriptor)

_La Voz de la Conseja_

La Voz de la Conseja

Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos.

Recopilación hecha por Emilio Carrère

Firmas del tomo primero

Galdós.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazán.--Unamuno.--Palacio Valdés.--Rubén Darío.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo León.--Nogales.--Répide.--Arturo Reyes y Pedro Mata.

V. H. SANZ CALLEJA

Editores e Impresores

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

:ES PROPIEDAD:

INDICE

_BENITO PÉREZ GALDÓS_

_La novela en el tranvía_ 17

_JACINTO BENAVENTE_

_El criado de Don Juan_ 59

_CONDESA DE PARDO BAZÁN_

_Viernes Santo_ 77

_MIGUEL DE UNAMUNO_

_El sencillo Don Rafael_ 99

_ARMANDO PALACIO-VALDÉS_

_¡Solo!_ 111

_RUBÉN DARÍO_

_El Rey burgués_ 137

_PÍO BAROJA_

_Elizabide el Vagabundo_ 149

JOAQUÍN DICENTA

_La epopeya de una zíngara_ 165

RICARDO LEÓN

_Los tres reyes de Oriente_ 175

JOSÉ NOGALES

_Las tres cosas del tío Juan_ 187

PEDRO DE RÉPIDE

_La enamorada indiscreta_ 203

ARTURO REYES

_Cosas de hombre_ 249

PEDRO MATA

_Fuerte como la muerte_ 261

_AL EMPEZAR_

_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antología de cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estético para poder elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios que honran estas páginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA...

_Yo creo que esta colección de cuentos tiene un gran valor bibliográfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de la novela española, que comienza con el nombre glorioso de don Benito Pérez Galdós. En estas hojas está el gran espíritu de una época noble, fecunda, preñada de ideal artístico, encerrado como en un tabernáculo. Y también me parece que la publicación de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una prueba de amor al libro español, un acicate para la curiosidad del lector indolente y un selecto regalo para el espíritu del lector culto_.

_No osaré jamás hacer una reseña crítica de los nombres insignes que en este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sólo quiero decir sus nombres y los títulos de sus cuentos, para deleitarme al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdós en_ La novela en el tranvía; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre novelesca, palpitante de rebeldía, de amor y de dolor de_ Viernes Santo, _de la condesa de Pardo Bazán. Palacio Valdés, el maestro solitario, os ofrece su novela_ ¡Solo!, _digna de la pluma egregia que trazó_ La aldea perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la novela contemporánea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es una conmovedora y grácil narración de Unamuno, el espíritu más hondo, más multiforme, el corazón más en carne viva de esta época de inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emoción que hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro de una naturalidad encantadora_.

_José Nogales, el castellano artífice de la prosa, nos brinda_ Las tres cosas del tío Juan, _el cuento a que debió su consagración. Arturo Reyes fué un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre, _lleno de gracejo, de ambiente, dueño de la dificilísima técnica del arte del cuento. Como gratitud a la honda emoción estética que nos dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_.

La epopeya de una zíngara, _de Joaquín Dicenta, es un jirón de realidad salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo más personal de este insigne dramaturgo español, todo pasión y violencia, que hoy, día 21 de Febrero, está encerrado entre las cuatro tablas hórridas de un ataúd. ¡Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frívola reseña, los periódicos dicen la muerte del autor de_ Juan José. _Fué un gran corazón y un temperamento único, insuperable de artista_. La epopeya de una zíngara _refleja fielmente el rico carácter emocional de este escritor_.

_El artista de la crónica, Pedro de Répide, nos regala con su novela_ La enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera clásica de la novela del siglo áureo_.

_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irónica elegía henchida de emoción dramática_.

_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y León nos hace esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran éxito editorial. En los volúmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de lo más florido de la intelectualidad española_.

_Todas las orientaciones, todos los estilos, como guía del lector quedarán grabados en estas páginas. Según sus afinidades, el que lea, buscará después las obras completas de sus autores predilectos, La Casa editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentación con el mayor gusto artístico; no es sólo el estímulo comercial el que la guía; acomete la empresa romántica de hacer lectores y de_ hacer _libreros amantes del libro español. Los libros de grandes firmas, de bella presentación y muy baratos tendrán millares de lectores que acudirán al mostrador del librero, y éste saldrá de su éxtasis de fakir, y al par que gana dinero aprenderá a tomar cariño al libro. Hay que hacer la reconquista espiritual de América: antaño fueron los capitanes, ogaño son los mercaderes de libros_.

_Hemos creído, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia. Además, hasta hoy no había una colección con honores de Antología de los cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para lectura en las escuelas de párvulos, que acababa en Jovellanos y Martínez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se había editado nada, que yo recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por lo menos diez florilegios por cada generación literaria_.

_En estas páginas daremos acogida, no sólo a los cuentistas españoles, sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica_.

_En este primer tomo damos_ El Rey burgués, _de Rubén Darío, uno de los grandes artistas_--_no de América ni de España, sino de la Humanidad y de todos los tiempos_.

_Abramos la primera página de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma despierta a la emoción del arte y recojámonos. La voz gloriosa de Galdós, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente, oid_...

_E. CARRERE_

La Novela en el Tranvía.

(GALDÓS)

LA NOVELA EN EL TRANVIA

I

El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante ¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta apretón de manos.

Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de agilidad, el rechazo de su bastón.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque siempre de índole rigurosamente honesta.

Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar, si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Ibamos tan estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano.

--¿Y usted adónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima de sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado por cuatro ojos.

Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo:

--Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanito ¿dónde está? con otras indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.

Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó a desembuchar.

--¡Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos no se vería en situación tan crítica.

--¡Ah! es claro--, contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo de mi compasión a la señora Condesa.

--¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla! Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los mayores crímenes.

--¡Ah! ¡Sí es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su indignación.

--Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su rostro que de allí no puede salir cosa buena.

--Ya lo creo, eso salta a la vista.

--Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose honestamente aquí, y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus locuras y se acabarán las penas.» Me parece que estoy en lo cierto.

--¡Ah! sin duda--, contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.

--Pero no es eso lo peor--añadió Cascajares, golpeando el suelo con su bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de distraer a la Condesa.

--El marido tendrá la culpa de que lo consiga.

--Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud; todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.

--¿De veras? ¿Y quién es ese hombre?--pregunté con una chispa de curiosidad.

--Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!

--Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando también el peso de mis iras sobre aquel hombre.

--Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la Cibeles. Sí; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi amigo, adiós.

Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.

II

Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; unos están alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de más allá ríe, y a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y éste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan, quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen, mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros!

¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad; había leído algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de folletón hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer, con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue:

«Sentía la Condesa una agitación indescriptible. La presencia de Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orígen atrevíase a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente señora.

»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para despedirle.

--»No se asuste usía, señora Condesa--, dijo con forzada y siniestra sonrisa, que aumentó la turbación de la dama;--no vengo a hacer a usía daño alguno.

--»¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!--exclamó la dama, dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas!

--»¿Por qué tan arisca, señora Condesa?--añadió el feroz mayordomo--. Si yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas. Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande amor que ha sabido inspirarme.

»Al decir esto, Mudarra dió algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó con horror y repugnancia de aquel monstruo.

»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial concupiscencia.

--»¡Ah, puerco espín!--exclamó con ira al ver el natural despego de la dama.--¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le presento el papelito...

--»¡Infame!--gritó la Condesa con noble arranque de indignación y dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad a ese precio. Salga usted de aquí al instante.

--»Yo también tengo mal genio, señora Condesa--, dijo el mayordomo devorando su rabia--; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco... Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso de hacer un disparate... con que señora mía...

»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dió algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se levantó de un salto gritando:--«¡No; salga usted! ¡Infame! Y no tener quien me defienda... ¡Salga usted!»

»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dió un resoplido, hizo un gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa, trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación inmediata y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la imagen del monstruo.

»CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitación de la Condesa, se dirigió a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa, comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien empezó a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con febril ansiedad del modelo a la copia y por último después de gran trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo la carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Había prometido a usted una entrevista y me apresuro...»_

El folletín estaba roto y no pudo leer más.

III

Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que existía entre las noticias sueltas que oí de boca del señor Cascajares y la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepín. Será una tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse? Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un capítulo de sensación ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín ¿qué hará? ¿quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo daría por saber...