La voz de España contra todos sus enemigos
Part 7
No cabe duda de que la corrupción de las costumbres, la iniquidad triunfante, la fuerza en lugar del derecho, la indiferencia religiosa en unos hombres, la impiedad sistemática en otros, la oposición de los gobiernos á la autoridad de la Iglesia, la audacia de los herejes y de los sectarios, fomentada por la licencia más absurda, las intrigas de la masonería y todas las pasiones sin freno, son frutos propios de esos principios deletéreos y de esas falsas doctrinas, que han penetrado en el espíritu y en la vida de los pueblos separados de Dios.
Los Estados-Unidos ofrecen un ejemplo notable.
Constituídos conforme á las doctrinas de la independencia y de la indiferencia religiosa, de la secularización social y de la libertad en todas sus manifestaciones, habían de verse allí los efectos naturales del sistema.
Allí se han realizado los sueños de la democracia, los deseos de los republicanos, las aspiraciones de los hombres que no quieren religión del Estado, ni mandamientos divinos en la vida pública: allí el pensamiento es libre y la prensa libérrima y los ciudadanos no tienen más restricciones en sus actos públicos que la de sus faltas y la vara del polizonte; allí el pueblo manda, la masonería impera y gobierna la opinión pública; allí el último aventurero que llega, puede después de algunos años, presidir á setenta y cinco millones de hombres; y halagando sus pasiones y favoreciendo sus intereses, arrastrarlos á las empresas más inícuas y descabelladas: allí, donde las riquezas son tan caudalosas como sus ríos, y son fabulosos sus inventos y sus ciudades soberbias como Babilonia, allí debían presentarse desnudos el progreso y la civilización y desenmascarados los sentimientos humanitarios y todas las mentiras del siglo presente; porque superior á todo lo ingenioso, útil y naturalmente bueno que tengan los Estados-Unidos, es la injusticia, el atropello y la barbarie que han cometido con España y están cometiendo con Filipinas.
* * * * *
Siendo Dios tan justo y bueno, no podía permitir sin altísimos fines los males que vemos y tocamos.
Entregado el mundo á las locuras de las invenciones humanas, necesitaba en este fin de siglo una lección ejemplar para que aprendiera, que ni los hombres, ni los pueblos, pueden ser justos sin la justicia divina.
Nuestra patria se iba apartando de ella, y los Estados-Unidos han querido ser algo más que el azote de Dios, y poseídos de loca ambición y de codicia insaciable, emprenden otra guerra de conquista al imponer su soberanía á las islas Filipinas, contra la voluntad de sus naturales.
Se ha dicho que nunca fueron buenas las segundas partes, y así resulta patente la iniquidad y la traición de los norteamericanos en esa guerra en que un pueblo libre quiere privar á otro de su independencia.
Emancipados de España por el triunfo de la insurrección que ellos favorecieron, tienen los filipinos derecho á su independencia natural; y toda conquista que se haga por los americanos es injusta y contraria al derecho de gentes: pero empeñándose los Estados-Unidos en proseguir su falta, la agravarán cometiendo el crímen de exterminar un pueblo para dominarlo, y las grandes naciones civilizadas que presencian ese horrible espectáculo y no lo impiden, se hacen cómplices de la injusticia y de la inhumanidad de los Estados-Unidos, que demuestran con los hechos cuán bárbaro es el progreso moderno y qué horrible es la civilización, que emplea sus fuerzas poderosas en el latrocinio y en el asesinato.
Si nuestra patria hubiera expiado todas sus faltas, ninguna ocasión como la presente para conocer que no puede hallar justicia en las naciones civilizadas con la civilización moderna; y que el hambre y sed de justicia que siente para reparar sus desastres y regenerar su vida, sólo sus hijos pueden satisfacerla, buscando esa justicia salvadora que eleva á los pueblos, librándolos de las miserias del pecado.
[imagen decorativa]
VIII
Voz de esperanza...--La gran crísis.--Palabras de moda. Todos conformes.--Programa de regeneración.--Los temores de Silvela.--El pueblo español, el gobierno y la Iglesia católica.
_Por la espaciosa esfera de este mundo_ _En alas de la dulce libertad_ _Un pueblo á la ventura caminaba._ _Hasta que llegó á dar en el profundo_ _Abismo de su loca veleidad,_ _Que le impide la marcha que llevaba:_ _Y por temor á la cercana muerte_ _Párase al fin á deplorar su suerte._
Como expresan una verdad notable y se acomodan á nuestro propósito, tomamos de un poeta mediocre estos pensamientos.
Es evidente que nuestra patria venía caminando sin rumbos fijos, arrebatada por el torbellino de insensatas aspiraciones y de falsos ideales, que la han traído á una crísis espantosa.
¿Se agravará más la enfermedad que padece, ó empezará España á mejorarse hasta recobrar enteramente la salud?
Esto es lo que ahora hemos de considerar.
* * * * *
Hay palabras afortunadas como algunas personas y cosas, que llegan á estar de moda, cual los últimos figurines venidos de París.
En el siglo presente, la palabra _libertad_ no ha reconocido fronteras: en todos los pueblos se ha aclamado y en algunos llegó á la apoteosis.
Desde el siglo XVI, la palabra _Reforma_ viene resonando por todas partes: la Iglesia consideró necesaria la Reforma y comenzó á hacerla, pero sus enemigos tomaron la bandera y por ellos se hizo la _falsa Reforma_.
Y desde entonces todo se ha querido _reformar_ en el mundo: las ciencias y las artes, el derecho y las leyes, las costumbres y la sociedad, y todo se ha trastornado, como lo fué la religión en las naciones en que triunfó el protestantismo: los hombres no pueden tocar los principios sagrados de la religión, de la sociedad y de la familia, sin profanarlos y destruírlos.
España, la nación más libre del universo con la libertad de los hijos de Dios, quiso también, mal aconsejada, tener su _libertad liberal_ y sus _reformas políticas_, y desde esa fecha su decadencia se precipitó, como la bola puesta en un plano inclinado.
La catástrofe que nos aflije, ha hecho olvidar á muchos las palabras _reforma_ y _libertad_, para recordar á todos la palabra REGENERACIÓN.
Ésta es la que se oye por todas partes, la que escriben los periodistas, la que proclaman las asambleas del comercio, la que invocan los políticos fracasados y la que sirve de bandera á los que ambicionan el poder.
Quiera Dios que ya que tan cara nos ha costado la _libertad_, y tan mal nos han salido todas las _reformas_, que no caigamos en más hondo abismo al emprender el camino de la _regeneración_ de la patria.
* * * * *
Pocas veces se manifiestan en una nación unánimes los pareceres, como ahora entre nosotros.
Todos los españoles, ya inocentes, ya culpables, ora blancos, ora rojos, estamos conformes en dos cosas: en que nuestra patria se halla necesitada de una urgente y completa _regeneración_, y en que todos los políticos son culpables de su actual abatimiento: lo primero es verdad de sentido común, y lo segundo lo han declarado los mismos interesados, desde Montero Ríos con su cuento de Meco, hasta Canalejas que sigue siendo político _por expiación_.
Tan grandes son las calamidades que sobre nosotros pesan, tan terribles las decepciones que hemos sufrido, tan notorias las faltas y desaciertos de los políticos, y, por último, tan tremendos los castigos á que Dios nos ha sometido, que han abierto los ojos á los que no querían ver y á los insensibles les han dado exquisita sensibilidad; por este motivo y excepcionalmente es ahora general y verdadera la opinión de los españoles.
Mas por desgracia nuestra y porque España tiene, sin duda, que pasar todavía por muchas amarguras, esta conformidad desaparece apenas se trata de lo que ha de constituir la regeneración.
* * * * *
Se han dado ya á luz muchos programas regeneradores: con uno bueno y bien practicado nos contentaríamos todos los que queremos se haga el milagro, sea éste ó aquél santo el salvador de España.
Quieren unos, que la regeneración sea ó empiece por el orden económico; otros por el político social, y algunos creen que ha de ser moral y religiosa.
Los primeros no piensan más que en el aumento de las riquezas por medio de la explotación de sus fuentes y del desarrollo de la industria y del comercio.
Los segundos, piden reformas políticas y sociales para que las libertades públicas y las iniciativas de cada uno produzcan todos los frutos que han impedido los vicios del sistema y las faltas de los gobiernos.
Y los que piden la regeneración moral y religiosa desean que se comience por negar al error, á las sectas y á la impiedad los derechos que no tienen, y se proclame el respeto y la obediencia á las leyes divinas antes que á las humanas.
Los políticos que han pedido y alcanzado el poder después de los grandes desastres, no podían menos de llevar al gobierno sus programas de regeneración, que, como es natural, se habían de refundir en el del presidente del consejo de Ministros.
Ya nadie se acuerda del programa de Polavieja, ni de las tendencias regionales de otros Ministros, y para la regeneración de España sólo nos queda oficialmente el programa de Silvela: mas como este señor, desde que quiso presidir el gobierno de la nación, ha dado tantos programas, tenemos que reducirlos á su común esencia, esto es, _á la selección, á la liquidación y á la moralización_.
Selección entre las personas, liquidación de las colonias, moralidad en la administración.
Ya hemos visto como ha cumplido el Sr. Silvela la primera parte, recusándose para que entraran en el Congreso los masones y los traidores de la patria.
La segunda la ha realizado sin dificultad, firmando la venta á Alemania de los tres archipiélagos que nos quedaban en la Occeanía; y la última queda aplazada hasta que el Sr. Villaverde reuna nuevos fondos públicos que puedan ser bien administrados.
Estas son las partes positivas del programa regenerador, que á nadie satisface, ni á los mismos que de él están viviendo políticamente.
Ahora debemos ocuparnos en la parte negativa, que es, sin duda alguna, la más interesante.
* * * * *
Todos los que conocen al Sr. Silvela ó se fijan en sus declaraciones, saben muy bien que tiene dos grandes temores: teme á _la reacción_ y á _la dictadura_; y como no le falta talento, sus razones tendrá para manifestar estos temores.
Nosotros sólo podemos juzgar de que iría del brazo del mismo Morayta, porque no le tengan por reaccionario; y respecto de la dictadura, como él no puede ejercerla y ella le privaría del poder, por esta causa la teme.
Pero estas son razones extrínsecas, y nosotros vamos en busca de las fundamentales.
Temen todos los políticos liberales _la reacción_ y _la dictadura_, porque ellas solas pueden regenerar á España, y ellos, si quieren, no pueden.
Por la cabecera de un ilustre enfermo han pasado todas las notabilidades médicas de la nación; y ya en juntas consultivas, ya particularmente imponiendo su parecer el médico de cámara, han ensayado con el paciente toda clase de métodos curativos, agotando la farmacopea y no olvidando los modernos específicos: en lo que más se han manifestado conformes es en que el enfermo necesitaba mucha libertad y nada de reposo, ni de molestas ligaduras, ni cáusticos.
Y después de muchos años, el enfermo no consigue el menor alivio y va perdiendo las fuerzas hasta el extremo de que algunos doctores han declarado, que no sienten ya el pulso indicador de la vida.
Pero es lo cierto, que todos convienen en que la enfermedad no es mortal, que el ilustre enfermo puede aliviarse y recobrar la salud perdida: luego si no mejora, es por la deficiencia de las medicinas ó por culpa de los médicos, que ignoran las más eficaces ó tienen interés en que continúe la enfermedad para cobrar sus honorarios.
¿Quién no ve en ese ilustre enfermo al pueblo español, que no han podido vigorizar ni engrandecer todos los políticos que con el sistema liberal se propusieron hacerlo feliz y poderoso?
Algunos de la familia quieren que se llamen á los curas á ver si con sus exhortaciones y consejos consiguen mejorarlo.
Nunca está demás un sacerdote á la cabecera de un enfermo; pero la misión de la ciencia hay que dejarla á la ciencia misma; y en este caso con mayor motivo.
España no se puede reconstituir sin la política y sin los políticos; la una y los otros son necesarios para gobernar á los hombres en sociedad: así lo ha ordenado. Él mismo que dispuso fuera su Iglesia dirigida y gobernada por sus ministros.
Si una mala política y unos políticos peores han degradado y corrompido á España, otra política y otros hombres podrán regenerarla.
Y no hay que juzgar las doctrinas por los hombres, sino á éstos por sus doctrinas; y como los liberales están ya por ellas juzgados y condenados hasta en su propio juicio, no es posible que ninguno de ellos, ni sus partidos puedan regenerar á España.
Los buenos médicos procuran una reacción en sus enfermos cuando es necesaria; ¿por qué los políticos, como Silvela, temen á la reacción, si es indispensable para salvar á nuestra patria de la presente crísis? ¿Y si esa reacción no puede verificarse más que por una especie de dictadura, venga mil veces la dictadura franca, antes que una sola vez la mayor postración de España?
Hagamos, por lo tanto, los sacrificios necesarios para librar á nuestra amada patria de todos sus enemigos interiores y después de los exteriores.
* * * * *
Engañan al pueblo y lo seducen criminalmente, todos los que dicen que es soberano, y luego se burlan de su ignorancia, lo explotan y dominan, constituyéndose en sus maestros y representantes.
El pueblo nunca ha sido, ni es, ni será soberano en el sentido que le dan los liberales: el pueblo debe ser objeto de la solicitud y del amor del soberano; para el pueblo, Dios ha constituído los poderes públicos; la Iglesia y el Estado existen para servir, dirigir, enseñar y salvar á los hijos del pueblo.
Siempre menor, no tiene el pueblo la inteligencia de las clases elevadas; pero tiene el sentido común y razón suficiente para conocer á los gobernantes que se interesan por su bien y le hacen justicia, y entonces los ama y muere por defenderlos; pero cuando son egoistas ó injustos, como los gobiernos liberales y no está el pueblo del todo sugestionado, entonces desprecia á esos gobernantes, no los ama y sólo quiere el remedio de sus males.
Sin poder directo para el gobierno de los pueblos en lo temporal, Dios ha puesto á su Iglesia entre los gobernantes y los gobernados, para hacer á éstos dóciles con sus doctrinas y preceptos saludables, y á los otros, justos y benéficos.
Cuando á título de una independencia mal entendida y de una libertad falsa se prescinde de la Iglesia, entonces los gobiernos se ven privados en el cumplimiento de sus deberes de las luces superiores, y los pueblos no tienen quien los proteja y libre de la ambición de los hombres y del despotismo de los imperantes; si las potestades públicas yerran y no son justas y buenas algunas veces, ahí está la Iglesia, que es infalible y santa, instituída por Dios en el mundo para dirigirlas y salvarlas.
[imagen decorativa]
IX
Voz de temores...--El exceso del mal.--Los odios.--Los políticos de oficio y la Revolución de arriba.--Nuestra dedicatoria.--El todo por el todo.
Muy fundados son los temores de España ante el gran problema que tienen que resolver sus hijos con la mayor urgencia.
Muchos, con infantil candidez, han venido creyendo, que cuando llegaran las cosas públicas al exceso del mal, entonces vendría el remedio impuesto por la dura ley de la necesidad.
Ahora conocerán, que de los males sólo Dios puede tomar ocasión para superarlos con la abundancia de bienes: el mal, por su naturaleza, produce el mal, como la corrupción insectos inmundos.
Mal, muy mal llegó España á encontrarse al principio del siglo; peor después cuando perdió sus grandes colonias en América, y en la península adquiere ardor bélico la división de los españoles; y acabadas las primeras guerras civiles, confiaron muchos en que la paz nos daría alguna bienandanza; pero una revolución insensata abrió las puertas del abismo para derramar sobre España innumerables plagas, que han sido, como los gérmenes de las que ahora lamentamos, sin consuelo ni alivio.
Todavía, nadie lo dude, podemos estar peor y llegar á ser fácil presa de nuestros implacables enemigos, si al torrente de las calamidades que nos arrastra, no oponemos el remedio que está á nuestro arbitrio, cegando con valor las fuentes del mal con el bien en pro de la nación.
* * * * *
Hay males más terribles para un pueblo que la pérdida de sus bienes y de una parte de su territorio y la muerte de millares de sus hijos, y esos males son los odios de unos ciudadanos contra otros por las diversas ideas y sentimientos que dominan en los ánimos y que se manifiestan en las grandes crísis.
Hemos visto con inmenso dolor á algunos españoles, formar sectas y asociaciones que han hecho traición á nuestra patria, y cuando sus corifeos principales debían, por lo menos, estar avergonzados y retirados de la vida pública llorando sus crímenes, se presentan audaces á provocar á las víctimas de su iniquidad, excitando los odios contra los inocentes.
Nadie podía creer que los Moraytas y Blasco Ibáñez, pidieran los decretos de la Revolución en los tiempos de _la Regeneración_.
¿Cómo no ha de temer España que el odio enconado de sus hijos sea un impedimento gravísimo para restañar sus heridas?
* * * * *
Llamamos políticos de oficio, á todos los que por ambición, deseo de lucro ó de aura popular, se dedican á la política: éstos son enemigos de la autoridad que ellos no ejercen, del pueblo que avasallan para dominarlo, y tienen por contrarios á todos los de su oficio que no los favorecen ó no reconocen su jefatura ó partido.
Son, por lo general, excépticos, presuntuosos y tan audaces como lo requiere la profesión. Para salvar las apariencias, proponen algo y prometen más, y como todos no pueden á la vez explotar á la nación, han inventado el turno de los partidos y ese convencionalismo político, que es la mentira menos dañosa de sus falsos principios y procedimientos corruptores.
¿Y creen algunos que esta clase de hombres podrán hacer un cambio radical en el régimen del Estado, ó una revolución desde arriba?
Sueñan despiertos todos los que esperan algún eficaz remedio á nuestras desgracias, procurado por semejantes políticos.
«El Sr. Silvela, ha dicho un escritor, ve claramente la necesidad de una revolución, pero no la siente, ni en todo caso acierta á encontrarle la embocadura.»
Si esto puede decirse, con verdad, del prohombre de la selección y regeneración ¿qué se puede esperar de los demás?
Los liberales jamás echarán por tierra su obra: ellos no confesarán sus errores, ni renunciarán á la centralización, ni suprimirán esos organismos, que, como las diputaciones provinciales no sirven más que para el fraude; ellos continuarán con el sufragio, sabiendo que es mentira y tendrán caciques, aunque sea una barbaridad.
* * * * *
Algunos de nuestros lectores, amigos de la claridad y enemigos de la confusión, dirían al empezar este libro: ¿por qué lo dedicará su autor á la Marina y al Ejército?
¿No es nuestra Marina la que ha perdido tantos buques sin causar apenas daño á los enemigos?
Nuestro ejército ¿ha conseguido algunas victorias?
¿Cómo á una Marina que sumergió sus barcos, y á un Ejército que ha entregado virgen la plaza más fuerte del Nuevo Mundo, se les hacen laudables dedicatorias?
Además, el conde de las Almenas ha dicho: que había que subir al cuello muchas fajas; y los tribunales de honor han expulsado á algunos como indignos de llevar el uniforme militar, y sin duda quedan otros que faltaron á sus deberes, descuidando á los soldados y no defendiendo sus puestos con la diligencia y el valor necesarios.
¿Por qué, pues, se dedican obras á los que tan mal parados se hallan, y no han hecho todo lo posible para salvar á la patria?
Nosotros no hemos dedicado nuestro trabajo á los culpables, que son una excepción, sino á la Marina y al Ejército que se han sacrificado en el cumplimiento de sus deberes y que han sido víctimas de la pésima dirección de los políticos y de las malas artes de la política.
Dedicamos nuestro trabajo al Ejército y á la Marina, porque cuando debieron sublevarse, han dado el ejemplo de la mayor disciplina, con el cual, y con la expiación sufrida, han reparado las faltas de otros tiempos; y como clases sujetas á una ley rigurosa, podrán, siendo fieles á ella y á los intereses de España, contribuir poderosamente á su regeneración.
Apesar de todas las teorías de libertad, de progreso y de civilización, ó más bien por las mismas, la fuerza pública es hoy un elemento importante en las sociedades, porque ella, bien dirigida y empleada, tiene el objeto inmediato de conservar el orden y de hacer entrar al mundo en razón, ya que de la razón prescinde.
Lo diremos sin rodeos: España no puede regenerarse sin que el Ejército y la Marina deshagan la obra que con su ayuda se levantó; pues los políticos de oficio, ni se arrepienten, ni se enmiendan, ni tienen valor, ni fuerza moral para regenerarnos.
* * * * *
Las naciones más civilizadas conservan su preponderancia, no abandonando sus tradiciones y apoyándose en la fuerza: tienen del pasado el espíritu nacional, y del presente los adelantos del siglo.
No se censura á Rusia porque siga en el cisma, ni á Turquía por que no haya abolido la falsa leyenda del Alcorán, ni Alemania porque siga el luteranismo, y sus sectas Inglaterra, y á España se le ha hecho por su fe la guerra más despiadada por propios y extraños.
Todos los que han combatido nuestra fe con el pretexto de la libertad y del progreso han sido los primeros enemigos de España, y hoy pueden ver el fruto de su obra nefanda, y la necesidad que tiene nuestra patria de salvarse, cueste lo que cueste.
X
RESUMEN Y CONCLUSIÓN
La luz brilla con un esplendor meridiano y todos los objetos se perciben con facilidad: el movimiento que las auras imprimen á las plantas y á las flores, anima de tal suerte la naturaleza, que forma un admirable concierto con el canto de los pájaros y el murmullo de las fuentes: el pintor que ante un paisaje semejante no hiciera un hermoso cuadro de perspectiva, bien puede guardar sus pinceles y borrar de su paleta los variados colores.
Guardaremos nuestra tosca pluma, sin emborronar en adelante más papel, si á juicio de nuestros compatriotas no hemos logrado siquiera imprimir en las páginas de este librito, algo de lo que todos vemos en la atmósfera, en las nubes, y en el cielo que envuelven como un sudario el dolor de España por sus muchas desventuras.
Hemos querido también consignar lo que la misma siente, y lo que desean los españoles, y todo lo que hay, palpita y vive en este gran pueblo español, digno de otra fortuna.
Por esta causa, en las voces de España hemos expresado todo lo que por ella sentimos; y en las reflexiones damos á conocer toda la indignación que abriga nuestro pecho contra sus bárbaros enemigos y los malos españoles que la han puesto en el presente marasmo.
Si los cuadros en que hemos dividido nuestro trabajo no resultan tan interesantes, dolorosos é instructivos como el asunto, es por nuestra falta de habilidad y de suficiencia, que nunca deploramos más que ahora, cuando tan grande es el amor patrio que debemos tener y manifestar.