La voz de España contra todos sus enemigos

Part 6

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Esto es lo que muchos preguntarán, teniendo á la vista las anteriores consideraciones: y nosotros contestamos diciendo: España puede levantarse de su actual postración y adquirir el puesto que le corresponde, _empezando á ser lo que siempre debía haber sido_.

Hay hombres que parecen destinados para el trabajo y la esclavitud, y otros que llevan en sus frentes el sello de la inteligencia y del poderío; y lo mismo sucede con los pueblos; pero estas cualidades no son permanentes, y cambian ó se modifican con las costumbres y las ideas, que informan la vida de las naciones: por esta causa, un pueblo esclavo puede llegar á ser libre, y otro libre, puede caer en la esclavitud y sufrir la más cruel de las tiranías.

Las cualidades propias de nuestra raza, se avaloraron con el espíritu cristiano que las ennobleció y elevó á su mayor grado de virtud y de perfección.

La España católica no ha tenido que envidiar á ningún pueblo del Universo el valor de sus hijos, la hidalguía de sus sentimientos, su fidelidad á las leyes del honor, el talento de sus gobernantes, el ingenio de sus letrados, la ciencia de sus sabios y las virtudes públicas y privadas de sus ciudadanos.

Tampoco ha podido envidiar el imperio del mundo y las grandezas de la tierra, porque sus hijos le dieron uno tan dilatado, y las otras tan extraordinarias, que las hazañas de los navegantes y de los guerreros españoles y sus conquistas, parecerían fabulosas, si no estuvieran escritas en la historia.

Toda la política de nuestros gobernantes, se ha debido cifrar en la conservación y en la defensa del espíritu, de la religión y el carácter de nuestra patria, y así hubiera sido permanente la grandeza y el dominio español y su influencia enmedio de las grandes vicisitudes porque ha atravesado Europa y pasa el mundo.

¿Quién hubiera resistido á España, unida en la fe, llena de gloriosas tradiciones y ejemplos heróicos, con extensos dominios y fortalecida con todos los adelantos modernos en su marina y en sus ejércitos?

Si á la unión de los espíritus que teníamos, se hubiera agregado la fuerza material, siempre necesaria para la defensa de grandes territorios, del derecho y de la justicia, es seguro que España sería al presente una de las primeras potencias del Universo.

Mas en una hora fatal, empezaron á removerse los cimientos de la nacionalidad española, y desde entonces, los gobernantes, malos católicos y pésimos políticos, no han cesado en su obra demoledora, importando todos los errores y novedades de otros pueblos, que han venido á precipitar nuestra decadencia.

Y para mayor desgracia, no se ha levantado un hombre superior que desterrara esa política exótica, y devolviera á la Corona sus prerrogativas, y al pueblo sus libertades, fueros y franquicias verdaderas.

Comprendemos las inmensas dificultades que existen y que se han de presentar para _la regeneración de España_; pero también sabemos lo que puede hacer un hombre extraordinario en un pueblo donde el mal y la corrupción están sólo en una clase, y no se han extendido á las otras, sino parcialmente.

Acábese primero con los políticos de oficio, ahóguese después el espíritu de la revolución en sus instituciones, renazca la libertad verdadera y foméntense los intereses generales, y entonces el Jorge Monk español, podrá dar principio á la restauración nacional.

VI

Voz de queja...--La Europa salvaje.--El orígen de la revolución.--Aumento de los ejércitos.--El anarquismo.--Los ciegos en Roma, guiando á los ciegos.--Nuestro abandono.--El poder que nos resta.

Hace pocos años, que con un realismo verdadero se publicó una obra titulada _La Europa salvaje_.

Para justificar el título se fijaba su autor en el espectáculo de la corrupción y de los crímenes que ofrecen las ciudades populosas, y en el abandono en que se hallan en todas partes las clases menesterosas, los trabajadores de las fábricas, el pueblo; y en la explotación que se hace en los talleres de las jovenes y de los niños, sujetos á un trabajo superior á veces á sus fuerzas y sin educación moral, ni instrucción religiosa no pueden menos de caer en la más abyecta inmoralidad.

Si á esos cuadros horrorosos se unen los que presentan el agiotaje en los negocios, el soborno de los magistrados y la farsa de las costumbres políticas, tendremos un fiel retrato de las sociedades cultas que, por el refinamiento de los vicios, la sed del oro, el olvido de la religión, de la moral y de la justicia, tienen bastante semejanza con las tribus salvajes entre las cuales se ven los más brutales egoismos.

Pero esas tribus, enmedio de sus instintos salvajes, no abandonan á sus amigas cuando por las contrarias son acometidas; lo cual prueba, que existe entre ellas algún respeto á lo que pudiéramos llamar su derecho de gentes.

La etnografía de la diplomacia europea nos da á conocer que ella misma se ha colocado detrás de los pueblos más bárbaros, y en este sentido, podemos decir que es _ultra-salvaje_.

Europa, en el estado en que se halla, dirán algunos, no podía obrar de otro modo, ni impedir la cruel agresión de los Estados-Unidos.

Es verdad, y esto es lo que vamos á demostrar para que se conozca el valor que tienen las quejas de España.

* * * * *

Cuando al amparo de la Iglesia se formaron las naciones europeas, éstas se inspiraban en los preceptos de la justicia y de la equidad universal; y entonces nació ese admirable derecho de gentes que rigió á toda la Cristiandad, y del cual era árbitro y Juez supremo el soberano Pontífice, que hablando á los reyes y á los pueblos en nombre de Dios, de la obediencia y de la fidelidad debidas, llevaba la justicia y la paz á los tronos de los más poderosos monarcas y á los humildes hogares de las aldeas; pero llegó una época luctuosa en la historia de las naciones de Europa, y en ella se negó la obediencia al Pontífice, se secularizó la política, y se habló á los pueblos en nombre de la libertad y del progreso; y entonces se formaron en el seno de la Europa cristiana esas tempestades sociales y religiosas que llamamos las revoluciones; fenómeno singular y nuevo en la historia de la civilización, y contra el cual es impotente la diplomacia.

En Grecia se sublevan los ilotas, los plebeyos de Roma se retiran al Aventino, los Circunceliones en los primeros siglos de nuestra Era y los pobres de Lyón después, recorren las comarcas y devastan los pueblos; pero todos esos movimientos sociales no son la Revolución, sino la lucha del espíritu de rebeldía y de las pasiones que dominan á los hombres: _la revolución es la negación y el desprecio de toda autoridad legítima ordenada por Dios_.

En la revolución entran como partes principales, la herejía, la injusticia, la ambición y el egoismo humano.

Antes del protestantismo, las herejías tuvieron carácter particular, negando unas un dogma, otras otro; pero el libre examen de la reforma se opuso en primer término á la autoridad de la Iglesia, fundamento de todos los dogmas; y por esta razón, cuando el libre examen se aplicó á la sociedad, nacieron esas luchas de los pueblos contra los soberanos, y de éstos contra sus pueblos; luchas inspiradas por las nuevas doctrinas y sostenidas por el derecho que cada parte se atribuía para que prevalecieran sus ideas y el sistema de gobierno que se proponían; y esto es lo que forma el espíritu de la revolución y sus obras perturbadoras.

En Alemania, donde primero se separaron los pueblos de la Iglesia, no tuvo la Revolución un carácter general por los distintos principados en que estaba dividida; mas en Inglaterra, el movimiento revolucionario se generaliza, y se encuentra con un rey y lo decapita; lo mismo hace después en Francia, donde halla un trono trece veces secular y lo hecha por tierra, llevando á la guillotina al infortunado Luis XVI; como en España destierra á Isabel II, rompe la unidad católica y concede la libertad de blasfemar de Dios.

En presencia del espíritu revolucionario, los reyes sintieron vacilar sus tronos, y no teniendo base firme en que apoyarse, transigen con la Revolución, aceptando algunos de sus principios y pactando con sus súbditos la clase de libertades que habían de gozar; y entonces se formaron las constituciones más ó menos liberales y revolucionarias; pero como ni los reyes separados de la fuente de la justicia podían ser justos, ni los pueblos leales, continúa la lucha de los reyes contra la exigencia y rebeldía de los pueblos, y la de éstos contra las injusticias y el despotismo de los reyes; entonces todos los gobiernos, para defenderse, empezaron á aumentar sus ejércitos.

Con la paz armada, no se pueden contentar los hombres; porque por un lado es insostenible á causa de los gastos que origina, y por el otro, no sirve para acabar con las ambiciones de los hombres, ni tampoco hace más justos y benéficos á los gobiernos.

* * * * *

Los gritos de la revolución, se han venido acallando con la fuerza y las concesiones por algún tiempo, pero ya los verdaderos amigos de la revolución se han cansado de esperar su triunfo completo en todos los órdenes y para todos los ciudadanos, y no quieren libertades á medias, ni que unos se sienten á la mesa opípara del presupuesto y otros no tengan ni migajas que comer; ni tampoco quieren que unos trabajen hasta ser víctimas de su desgraciada suerte, y otros no tengan más que pensar en nuevas comodidades y en placeres nuevos; y como no ven en lo humano razón alguna para esta espantosa desigualdad, y no han aprendido la resignación cristiana, en el paroxismo de su despecho y amargura han declarado la guerra á los ricos y á los burgueses, á los gobiernos y á la sociedad, y levantan, llenos de envidia y de furor, la negra bandera de la _Anarquía_.

Siendo el anarquismo un desarrollo procaz de la Revolución, no se puede combatir con éxito, sino acabando con ella, es decir, dejando de ser revolucionarios los gobiernos, para que en los pueblos desaparezca la Revolución.

* * * * *

Los representantes de los gobiernos europeos se reunieron en Roma para tomar acuerdos radicales contra los anarquistas.

Nos parece bien que se castigue con rigor á todos los criminales de cualquier clase y condición que sean: pero ¿por qué no se han castigado antes los delitos políticos y las usurpaciones realizadas en nombre del derecho nuevo y de la unidad de las naciones?

Por esta razón, y porque nunca han sido buenos jueces los delincuentes y usurpadores, no había que esperar de esa asamblea ningún buen resultado.

La primera grave falta cometida por los gobiernos, fué la de elegir á Roma para el mencionado congreso.

Cualquiera otra capital hubiera ofrecido menos inconvenientes; pero la capital del orbe católico, donde se halla el romano Pontífice despojado de su poder temporal contra toda justicia, derecho y conveniencia, no es apropósito para que se condenaran allí los crímenes de los hijos de la Revolución, en presencia de su víctima soberana.

Los gobiernos, movidos sólo por el interés de su propia conservación y por la necesidad de defender á las sociedades del nuevo enemigo, hicieron todos los esfuerzos imaginables, que no pueden menos de resultar insuficientes, porque desconocen la raíz del mal y el remedio oportuno.

Sin duda, en la ciudad del Lacio, para designar el lugar de la reunión y su objeto, pondrían este rótulo:

_Adversum anarquistas conventus._

Y también pudo suceder, que otro moderno y atrevido Pasquín, conociendo á los congresistas y lo que había de resultar de sus acuerdos, lo rectificara con este otro:

_Cœci cumt, et duces cœcorum._

Nosotros, desde lo bajo de nuestra pequeñez é ignorancia, nos hubiéramos atrevido á decir á esas majestades, altezas y señorías representadas en Roma; que si en verdad querían matar el anarquismo, sin exterminar á los anarquistas, practicaran este nuestro consejo:

Czares, Emperadores, Reyes, Presidentes de las Repúblicas, Príncipes y Duques, mandad á vuestros representantes que abandonen el lugar del Congreso, y presididos por el más anciano y respetable de ellos, se dirijan todos juntos al Vaticano, donde está depositada la luz del Cielo, y allí, ante el trono más augusto de la tierra, postrados á los piés del Soberano Pontífice, diga el que preside:

SANTÍSIMO PADRE: Los soberanos de Europa, á quienes hemos venido á representar en las conferencias contra el anarquismo, nos han ordenado oficialmente que nos presentemos á vuestra Santidad declarando:

Que al fin han comprendido la inutilidad de todos los esfuerzos que hagan contra los anarquistas sin la guía y cooperación de la Iglesia Católica, única que en nombre de Dios puede dar la paz á los hombres y á las Naciones.

Reconocen también que una Encíclica de vuestra Santidad, aceptada benévola y fielmente por los gobiernos y los pueblos, puede producir por las luces de la verdad y el bálsamo de la caridad que brotan de la mente y del corazón del mejor de los padres, mayores bienes y más felices resultados que todos los decretos de los reyes más poderosos y respetables.

SANTÍSIMO PADRE: Los gobiernos que representamos, me ordenan que haga confesión de sus culpas ante el sucesor de San Pedro: ellos se arrepienten de todas las iniquidades que han cometido y de los despojos inícuos é inmensos latrocinios que han sancionado; y conocen ya claramente, que toda hostilidad que se hace á la Iglesia de Dios y toda oposición á sus enseñanzas infalibles, se convierten en guerras entre los hombres y llenan de tinieblas al mundo.

La última orden secreta que hemos recibido, la acabamos de cumplir, intimando en nombre de la Europa cristiana al usurpador de Roma, al rey excomulgado Humberto I de Saboya, que en breve plazo abandone esta ciudad y elija otra capital, entre las muchas de Italia, porque nuestros gobiernos se han persuadido hasta la evidencia, de que _mientras el Hijo de Victor Manuel esté en Roma, el anarquismo estará en todas las naciones_....

* * * * *

¡Pobre y desventurada España! Tú que habías puesto el mayor empeño en asemejarte á esa Europa en la libertad, en el progreso y en la civilización, ya conoces, por lamentable experiencia, lo que puedes esperar de ella en tanto no realice ese acto de reparación y de justicia que hemos imaginado.

Después de la gran iniquidad y del robo sacrílego, triunfante y subsistente, cometido contra el Principado civil y la libertad del Romano Pontífice, ¿no había en toda la redondez de la tierra otros Estados que pudieran ser objeto de un nuevo latrocinio, más que nuestra infeliz España?

¿No hay otras naciones débiles, con ricas posesiones codiciadas por los fuertes?

¿No existen imperios infieles, bárbaros y tiránicos que conquistar y civilizar?

¿Por qué el humanitarismo de los Estados-Unidos y su poder colosal, representante del progreso moderno, se ha levantado contra España para despojarla de sus ricas colonias y hundirla en el mayor abatimiento?

No busquemos la contestación á estas preguntas en los cálculos humanos, ni en los secretos de los gabinetes diplomáticos, ni siquiera en los antros de la masonería cosmopolita.

Todos los poderes del infierno y todas las potestades de la tierra y todas las cábalas de la ambición, no hubieran podido arrebatar á España un islote, ni domeñar por un instante la bravura del león castellano, si España no se hubiera hecho digna de que Dios la abandonara.

Antes que ella, otra nación, que también tuvo reyes santos, fué destrozada por sus enemigos; y España es más culpable que lo fué Polonia, porque ha recibido mayores beneficios y fué más fuerte que Cartago, más grande que Roma, más fiel que la Francia de Carlos-Magno, y fué vencedora de Napoleón; pero ha sido más ingrata y desleal que Inglaterra y que la misma Italia, porque había salvado su unidad religiosa de todos los peligros y la sacrificó al imperio de la Revolución, después de reconocer el sacrílego reino italiano.

Si el más obligado por los títulos de la justicia, de la piedad y del honor á defender al inocente le abandona, es más culpable que todos; y esto ha hecho España, y con razón podemos decir, que por su aquiescencia ha triunfado en el mundo la Revolución, cuando se entronizó en Roma.

Ahora España lamenta sus culpas tardíamente al tocar el abandono en que Europa la ha dejado, semejante al abandono en que ella dejó al Romano Pontífice.

* * * * *

Nadie duda de que es grande el poder de los hombres; ellos perforan las montañas, allanan los valles, cruzan los mares con la velocidad de los vientos, encadenan los rayos de las tempestades y hacen que la luz estampe en las cartulinas las maravillas de la creación; pero no pueden suspender ni variar las leyes naturales, que son superiores al poder de todos.

En el orden moral, los límites del poder humano son más extensos: pueden los hombres despreciar la religión, conculcar la justicia, desconocer el derecho, interrumpir la paz, y en el santuario de las leyes proclamar el imperio de la fuerza bruta, del ateismo y de la Revolución: pero también tienen potestad para venerar la religión, restablecer la justicia, constituir el derecho, determinar las leyes, enaltecer la fuerza moral, vencer la Revolución y condenar el absurdo ateismo; haciendo que reine en el universo la fraternidad cristiana, la igualdad y la libertad verdaderas, heraldos de la civilización y de la gloria del Salvador de los hombres.

VII

Voz de justicia...--Causas principales.--Su naturaleza y sus combates.--Luchas nuevas y problemas antiguos.--El progreso y la civilización desnudos.--Los sentimientos humanitarios desenmascarados.--La justicia salvadora.

Según las ideas en que se inspiran, las aspiraciones que tienen, los hechos que realizan, y por ende, los méritos que contraen, reciben las sociedades, daños ó beneficios, según el orden de la justicia que reina sobre todos los seres morales.

Como las naciones no tienen más que la vida presente, en ésta son premiadas con bienes temporales, ó castigadas, ya cayendo ante la injusticia de los hombres, ya siendo azotadas por la justicia divina, como ha sucedido á nuestra patria, por haberse apartado de los senderos del bien.

En todo el mundo no existen más que dos causas principales, la causa de Dios y la causa de los hombres: la primera está representada y defendida por la Iglesia y por los fieles que le están sumisos, la segunda no tiene institución propia y la representan los hombres libres con las asociaciones que forman y la propagan con las fuerzas de su ingenio y de su efímero poder.

La primera es inmortal, y transitoria la segunda: pero si la causa de Dios no puede faltar en el mundo, se debe tener presente que no se halla vinculada á una ú otra región, á esta ó aquella raza, es la causa de todo el género humano y puede acabarse en unos pueblos y propagarse en otros.

Hasta el presente, por ejemplo, la causa de Dios ha tenido su vida y su representación propia en nuestras colonias: de aquí en adelante podrá vivir en ellas la Iglesia católica, pero no como vive la madre entre sus hijos.

¿Por qué se ha obrado este cambio, sino porque allí ha triunfado la causa de los hombres?

Dios permite el triunfo de la injusticia para castigar á los pueblos que han dejado de sostener dignamente su causa; y la Iglesia, al sufrir las consecuencias del poder humano, se prepara para conseguir nuevas victorias, mientras que la nación culpable es realmente castigada.

Ya la bandera de España, enarbolada por el genio de Colón, no existe en el Nuevo Mundo, y los laureles que tremolándola alcanzaron tantos insignes capitanes, se han marchitado; ya las hermosas bahías de la Habana, de Puerto Rico y de Manila no reflejan los colores del pabellón español izado sobre sus fortalezas; ya en los días de los _patronos_ de España no será saludado con el estampido de los cañones en aquellos mares; ya la armoniosa lengua de Castilla no dictará leyes á ambos mundos; ya se han desprendido las mejores perlas de la rica corona de los reyes católicos, ya la soberanía de España no existe en América ni en la Occeanía.

* * * * *

La indiferencia con que verá el mundo ese cambio de soberanía, no podemos tenerla nosotros, que vemos interrumpido el destino de España, vemos las luchas de las razas y el triunfo de la fuerza contra el derecho, que señala rumbos peligrosos á la civilización.

Había la cristiandad quitado á las guerras la ferocidad y la barbarie, y no pudiendo evitarlas enteramente (porque habrá guerras mientras haya hombres ambiciosos y enemigos de la paz) las había reducido á las justas y á las de legítima defensa; y para librar á los guerreros de sus deseos de venganza y del latrocinio, hizo de la milicia una profesión noble y hasta religiosa. Las órdenes militares fueron en los siglos cristianos el modelo de los ejércitos civilizados, que servían á la causa de la justicia.

Pero ni los hombres ni los pueblos en general, quieren ya servir la causa de Dios, y tremenda y llena de problemas difíciles se presenta la causa de humanidad, emancipada de la Iglesia.

¿Quién obtendrá en el mundo la hegemonía?

¿Será la raza anglo-sajona, arrebatando á la latina su antigua preeminencia?

¿Quién dominará al envejecido Oriente?

¿Cuál será el porvenir de la raza amarilla y de los pueblos infieles?

¿En el siglo XX, será el mundo católico ó presa del anarquismo?

En lo humano, todo lo que haya de suceder parece que está sujeto á la potencia de los acorazados y al poder de los cañones y de los fusiles de tiro rápido: pero éstos se pueden caer de las manos de los mercenarios, los otros derrumbar las murallas de la iniquidad, y aquéllos hundirse en los mares; y sobre las ruínas del poder de los hombres, irá adelante la nave de la Iglesia conduciendo todo lo que se salve de la catástrofe de la iniquidad.

Un día se oyó en el mundo una palabra que no había salido de las academias de Grecia, ni de los liceos de Roma, ni de las Sinagogas de los judíos, ni era el oráculo de los templos paganos, ni la voz de la ciencia antigua; y esa palabra que oyeron los habitantes de Jerusalem, los del Ponto y la Galacia, los de Siria y la Bitinia, los que habitaban la Mesopotamia, los persas, griegos y latinos, hizo que todos los hombres se reconocieran como hermanos, porque era la palabra de Dios: y después de diez y nueve siglos, aquellos que se tienen por humanitarios y civilizados, destruyen en lo posible los efectos de esa palabra divina y renuevan las guerras de razas y la lucha de los fuertes contra los débiles.

En los pueblos antiguos, muchos de los problemas modernos estaban resueltos por la ignorancia, la esclavitud y la tiranía: pero las sociedades cristianas no pueden soportar por mucho tiempo el dominio de la fuerza, ni vivir como esclavas, ni tolerar los absurdos de la impiedad: por esta causa, en unas latente, en otras manifiesta, existe en todas las naciones esa lucha de la verdad contra el error, de la justicia contra la iniquidad, del derecho contra la fuerza, ya proceda ésta de los reyes, ó de los pueblos por medio de los presidentes de las Repúblicas.

* * * * *

Si los principios y las doctrinas de la civilización moderna fueran verdaderos, buenos y conformes á la naturaleza y al fin de las sociedades, es indudable que serían mejores y más perfectas aquellas en las cuales, su aplicación é imperio no tuvieran límites, ni hallaran obstáculo alguno: y si son falsos, perjudiciales y opuestos al bien general, es evidente que llevarán mayor ó menor perturbación y daños á las sociedades en que sean admitidos y practicados con más ó menos extensión y sentido lógico.