La voz de España contra todos sus enemigos

Part 5

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Los espectadores de la derecha comienzan á impacientarse, porque temen que se reproduzca la escena de Cavite.

Romero Robledo grita, Moret se esconde, Sagasta se rasca la barba y atusa el tupé y Blanco se pasea en la Habana tranquilamente; la gran expectación se generaliza y el temor embarga los ánimos.

Á lo lejos se oyen estampidos de los cañones y por intervalos, nutridas descargas de fusilería.

Va á terminar la jornada: Blanco manda que salga la escuadra de la bahía de Santiago _á todo evento_: la marina obedece y las nubes del humo de la artillería impiden que se vea lo que sucede: cae el telón y el público sabe después que la escuadra de Cervera ha sido totalmente destruída.

_Acto III._--En el fondo del escenario se ven las lomas de Santiago y el horizonte cubierto de nebulosidades. Toral se fija en ellas y no puede explicarse este fenómeno.

Una parte de los espectadores empieza á retirarse conmovida y cansada de ver que la trama de la acción resulta siempre contraria á los españoles.

Los _yanquis_ avanzan por tierra para sitiar y tomar la plaza de Santiago.

El coronel Escario no llega en su auxilio: las tropas de Guantánamo no se mueven: el general Pareja espera órdenes superiores: el general Pando ha ido á Méjico y no sale desde la Habana al Oriente con los 30.000 hombres de que hablaron los telegramas.

Linares cae herido, y Toral ve que las nebulosidades aumentan á su alrededor.

El H.·. Paz, tan compasivo y amante de la humanidad, siente desde Madrid la sangre que se ha derramado en Caney y en las lomas de San Juan: lo mismo siente la de los españoles que la de los _yanquis_, y ve á éstos caer enfermos á millares y que se hallan en una situación apuradísima; y entonces, ó porque llega al extremo su compasión, ó porque ha llegado la hora del desenlace, reune á los ministros y piden la paz _á todo trance_.

Aunque se había anunciado, no se presenta Mac-Kinley en las aguas de Cuba con el pendón presidencial que le estaban bordando; pero en cambio, aparece en la última escena con el _imbroglio_ del protocolo en la mano, y como lo tiene bien estudiado, lo pasa sin demora á M. Cambon para que se lo envíe á Sagasta.

Todos los personajes se ocultan en una traslogia: el telón se rompe y los espectadores de acá, indignados y llenos de pavor, condenan la _tragicomedia_.

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IV

Voz de desolación...--Las ruinas de un imperio.--La decadencia de una nación.--La fatalidad y el progreso. No hay efecto sin causa.--El fin de la guerra.--Consummatum est.

_¿Qué resta de mi ayer? No más que el llanto._ _Á mi a afligido espíritu conviene._

Así, en nombre de España, y á la vista de los estragos que había sufrido en la guerra de la Independencia, hablaba un poeta nuestro en una célebre elegía.

Si hoy viviera, es seguro, que no tomaría en sus manos la triste lira para entonar endechas con motivo de la mayor desolación que ha visto nuestra patria.

Es tan luctuosa, que más que el llanto le conviene el silencio.

* * * * *

Más de una vez, no hallando al presente nuestro amor patrio nada que pueda satisfacerlo, hemos abierto antiguos mapas para ver siquiera en las cartulinas la grandeza que tuvo el imperio español.

Los Países Bajos, el Franco Condado, Nápoles, Milán, Sicilia, Portugal, etc., en Europa; en Africa, Orán y otras plazas fuertes; parte de Borneo, Filipinas y otros archipiélagos en la Occeanía; y en América fueron tan extensos nuestros dominios, cual correspondía á la afortunada nación, que la sacara del fondo de los mares.

De tan grande imperio, como de un hermoso palacio arrasado por un ciclón, no quedan ya para España más que las ruínas.

* * * * *

Siempre son sensibles para los hombres las pérdidas materiales, pero las sienten más cuando por sus faltas se ven privados de sus bienes; porque entonces reconocen su ignorancia ó negligencia para la buena gestión de sus asuntos; lo cual es signo de decadencia moral.

Un noble, que ha sido privado de la mayor parte de su patrimonio por un latrocinio irresistible, no es un degenerado; pero si no hizo la defensa necesaria, ó sus mayordomos le dilapidaron sus bienes por su incuria, ó los malgastó en orgías con sus amigos, entonces no sólo es completa su decadencia, sino que además quedan manchados sus blasones por la falta de valor, de inteligencia y de sentido moral que manifiesta.

España es una imagen de ese noble; ella, por los crímenes de los extraños, por las faltas de sus gobiernos y las de sus hijos, acaba de perder cuantiosos bienes, y lo que era más estimable, los timbres de su nobleza y la honrosa fama de su gloriosa historia: por esto yace sumergida en la más profunda desolación.

* * * * *

Para muchos, las vicisitudes por las cuales atraviesan las naciones y que se ven lo mismo en las familias, hoy opulentas y que mañana vivirán en la miseria, son inevitables; porque cierta fatalidad acompaña á las cosas humanas en el mundo.

Para nosotros no existe la fatalidad, ni entre los turcos, los cuales si la admiten como consecuencia de su falso sistema religioso, la rechazan en la práctica, y lo mismo en Constantinopla que en Teheran luchan por evitar la completa decadencia del imperio otomano.

Es muy digno de notarse, que los mismos que en las desgracias apelan á la fatalidad, para considerarlas necesarias y sentirlas menos, son los que más creen en las leyes del progreso moderno.

¿Pero qué es? ¿En qué consiste? ¿Cómo no alcanzan todas las naciones que lo desean ese decantado progreso?

Nuestra patria, por entrar en las vías de los adelantos del siglo, se declaró enemiga de sus tradiciones, y al presente, ni posee la grandeza moral é intelectual de sus antepasados, ni ha conseguido la vida exuberante que en lo político y en lo material tienen otras naciones.

Excepcionales é injustas deben ser las leyes del progreso, cuando los pueblos que gozan de él son moralmente bárbaros é inhumanos; y aquellos otros que no han obtenido sus privilegios, se hallan, cual moribundos próximos á la muerte, y expuestos á ver, como España, su ruína y el engrandecimiento de sus enemigos.

* * * * *

Es necesario apelar á los principios de la filosofía y de la razón para conocer con claridad lo que los hombres confunden por sus pasiones é intereses.

No pocos atribuyen la pérdida de nuestras colonias á los frailes y á no haberles dado en tiempo oportuno todas las reformas políticas que reclamaban.

Como no hay efectos sin causas proporcionadas, veamos si esas han sido ó nó las verdaderas.

Hablando de Filipinas nuestro patricio, señor Escosura, que estuvo allí muchos años y conocía bien á los naturales, dice: _ese vasto archipiélago, cuya importancia es inmensa, sólo lo enlaza, une y asegura á la Metrópoli el lazo, la fuerza y el vínculo de los frailes_.

Ayala, siendo ministro de Ultramar, en 1871, dijo:

«Si por imprevisión é imprudencia y por el culto exajerado que en épocas dadas alcanzan ciertas ideas, nos trajesen á tanta desventura, que España amaneciese un día desposeída de sus provincias de Ultramar, veríais inmediatamente y casi anulada nuestra marina, tristes y desiertas nuestras costas, sin expansión ni esperanza nuestro comercio, amenguada nuestra importancia en el mundo, y la nación entera bajo el peso del abatimiento.»

«¿Y quién duda, _que todos los principios, que todos los derechos políticos_, cuya conquista en la Metrópoli hubiera coincidido con esta inmensa tragedia, quedarían para siempre _marcados con el sello del infortunio ignominioso_?»

Notable fué esta predicción, que por desgracia se ha cumplido, y cada año se notarán más los efectos.

En este particular, está dicha la última palabra por hombres tan competentes: los que cortaron _el lazo, la fuerza y el vínculo de los frailes_, que _enlazaba, unía y aseguraba_ á la Metrópoli el Archipiélago, esos son los causantes de su pérdida, como los demás que han aplicado _los principios_ y los _derechos políticos_ que ahora y para siempre _quedan marcados con el sello del infortunio ignominioso_.

* * * * *

¿Qué diría el mismo Ayala, que aunque liberal, conservaba no poco del carácter español, si hubiera visto que además de los principios y de los derechos políticos, iban á quedar marcados con el sello de la ignominia todos sus colegas?

Como todo tiene término en este mundo, había también de tener su fin la guerra, que nos hacían los americanos, y, para nuestra mayor desventura, él fué el que agravó nuestros males.

El gobierno de Sagasta pidió la paz, sin tener ninguna garantía de la magnanimidad de los Estados-Unidos, y firma un Protocolo que resultó un lazo echado al cuello.

Si por el art. 1.º debía renunciar España á su soberanía en Cuba, por el art. 2.º cede Puerto Rico á los Estados-Unidos por gastos de guerra; y por el 3.º sólo se estipula la cesión de una de las islas Marianas y la ocupación temporal de Manila con el famoso _controle_ sobre el Archipiélago.

Las conferencias de París, demostraron la terrible ambición de los norteamericanos y la degeneración de los delegados españoles, que nunca, contra el parecer de la nación y de toda Europa, debieron consentir el injusto despojo, contrario al derecho y á la sinceridad de los tratados.

Convenir en que los Estados-Unidos adquieran las Filipinas por una compensación de 20 millones de dollars, fué el colmo de la debilidad, que los españoles de otros tiempos jamás hubieran tenido.

Ante la felonía de nuestros enemigos, no quedaba otro recurso que el de la protesta, interrumpiendo las negociaciones, y que Europa hubiera sido el árbitro de nuestra causa: todo antes que la deshonra.

Pero el gobierno lo entendió de otro modo; y como no supo defender el territorio, tampoco tuvo valor para salvar la honra de España, y dió ocasión para que le atribuyeran todos los crímenes que se pueden imputar á los hombres sin abnegación y sin carácter.

* * * * *

Los Estados-Unidos no han sido los autores, pero sí han proclamado en París el moderno derecho internacional: el _vae victis_ de los antiguos.

Bien merecía el cerebro de Europa presenciar esta afrenta hecha á la civilización cristiana.

_El crímen de este siglo_, que empezó por el acto _humanitario_ de la liberación de Cuba (que no se verá libre del dominio de los _yanquis_) había de ocasionar á España desgracias imponderables, el sacrificio de miles de millones, y lo que es más sensible, la muerte de tantos españoles y el cautiverio infelicísimo de millares de soldados que por otra guerra criminal, sufren en Filipinas privaciones indecibles: debiéndose agregar á todo esto el desprestigio y la humillación en que ha quedado España; cargada, por último, con una deuda espantosa, impuesta en parte por sus enemigos.

Al ponerse el sello á esta obra de grande iniquidad, exclamó el Sr. Montero Rios, según dijeron los telegramas: _consummatum est_; y en efecto, llegaron á su colmo las desventuras de nuestra patria; se ven arruinados innumerables españoles, otros que vuelven como esqueletos, y el mar queda cubierto de cadáveres, y no hay familia que no tenga que sentir dolor: ya por la desolación, ya por la muerte.

Lloremos duelo tanto: ¿Quién calmará ¡oh España! tus pesares? ¿Quién secará tu llanto?

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V

Voz de aflicción...--Males sin remedio.--Culpas de antaño, remordimientos de ogaño y notabilidades obscurecidas.--Continuamos lo mismo.--Todo ha fracasado.--El árbol maldito.--Una esperanza.

Tan aflictivas habían de ser para nuestra patria las consecuencias de la guerra, como fueron sus procedimientos y sus principios.

Después de una paz leonina, nos hemos quedado sin las Antillas y sin las mil quinientas islas del Archipiélago magallánico, y al presente, no sólo estamos conformes con nuestras inmensas desgracias, sino que casi casi nos alegramos de ellas, aunque nunca imaginamos que serían tan grandes.

Nosotros, que hemos amado siempre desde el primer horizonte que al nacer vimos en nuestra patria, hasta la última isla del remoto Océano, en que flotaba la bandera española, como fiel testigo de la grandiosa herencia que nos dejaron nuestros antepasados; y hemos sentido la destrucción de las escuadras y los reveses del ejército, ahora estamos, si nó alegres, á lo menos insensibles ante la desmembración y la deshonra de la patria.

¿Cómo se ha obrado en nosotros tan notable cambio?

Se ha realizado, porque nos hemos convencido de que el imperio que se dió á la lealtad y á la fe, no le podían conservar la incredulidad y la rebeldía, ni ser patrimonio de la indiferencia, lo que fué rico premio de la constancia: y hemos visto también, que la pesada mole de un edificio, creada sobre las espaldas robustas de hombres gigantes, no podía ser sostenida por miserables pigmeos; y en fin, porque es cierto, que el honor y la gloria que acompañan á la soberanía legítima sobre las naciones y los pueblos arrancados á la ignorancia y á la barbarie, y civilizados por la religión y las leyes justas, no debían brillar en la frente de los gobernantes que se han degradado por sus bastardas ambiciones y están manchados por sus delitos.

El que es Soberano del universo, quita á los servidores inútiles los talentos que les había dado y los entrega á otros para que negocien con ellos; y del mismo modo traslada los reinos de la tierra de unos á otros pueblos; y _el reino, nación ó poder que no le sirva_, PERECERÁ.

* * * * *

Ahora sienten muchos que hayamos tenido colonias, porque por ellas nos han venido tantas calamidades. ¡Como si pudieran quejarse los hijos de la rica y noble herencia que les dejaron sus padres, porque no han sabido guardar la una, ni ser fieles á la otra!

Por más de tres siglos hemos poseído pacíficamente nuestras colonias, y con más prosperidad y adelantos que las de otras naciones; si las acabamos de perder con tantos daños de vidas y haciendas y hasta del honor patrio, no se atribuyan estas desdichas al haber sido España una nación colonial, sino al régimen funesto que se entronizó en ella en el segundo tercio de este siglo, y á los gobiernos sectarios é inmorales que han venido corrompiendo y arruinando la peninsula, á la vez que por sus representantes llevaban los gérmenes de las divisiones, sectas impías y malos ejemplos á las colonias, donde siendo, como es natural, más débiles los vínculos del patriotismo y de la autoridad, se habían de romper de un modo cruento al violentarlos nuestros enemigos.

¡Qué grandes responsabilidades han contraído ante Dios y ante la patria, los que por sus culpas y desaciertos perdieron nuestras colonias!

¡Qué delito de lesa nación han venido cometiendo las autoridades y los españoles que llevaron á las colonias la masonería y fomentado en ellas la inmoralidad y el desprecio de la España católica!

Si es cierto, como es notorio que algunos generales y gobernadores se condujeron como masones en Ultramar, y allí, por sí ó por otros, han favorecido las logias de donde brotaron las insurrecciones ¿qué tormentos no sufrirán al presente?

Debieron saber esos infelices, que el fuego de la discordia abrasa más que el de un horno ardiendo, pues éste no quema sino lo que en él se arroja, y el otro se extiende hasta consumir los más grandes imperios.

Á la vergüenza y al dolor presentes, se unirán los anatemas de la historia para todos los culpables.

Y por mucho que se esfuercen en acallar los remordimientos de la conciencia disculpando sus faltas pasadas con las especiosas razones de los males inevitables, nunca podrán impedir que la historia diga á las futuras generaciones: que en el siglo del liberalismo llegó España á la mayor postración y á perder sin verdaderos combates casi la mitad de su territorio; y que tuvo que repatriar un ejército de 200.000 hombres; y que sucumbió su marina, puesta al alcance de los enemigos, como la presa destinada á saciar el hambre de las fieras; y que gastó muchos miles de millones sin fruto y sin haber siquiera alimentado bien á los que la defendían; y que todo esto sucedió cuando un gran masón y liberal cínico era presidente del gobierno de la católica España....

Y añadirá: que en esta obra de la desmembración y de la deshonra de España, le ayudaron otros masones y conspícuos liberales que le precedieron y acompañaron en la gobernación del Estado.

Esos hombres funestos para España, fueron, entre otros, Moret y Beranger, Blanco y Primo de Rivera, Romero Robledo y Montero Ríos, Castelar y Silvela, Martínez Campos y Cánovas del Castillo; éste restaurador civil y el otro militar de la dinastía, que presencia el despojo y la ruína de la nación: y que formaban el ministerio que fué á la guerra y que pidió la paz _á todo trance_; hombres tan notables como Gamazo y Correa, Romero Girón y Groizard, Puigcerver y el duque de Almodóvar, Capdepón y Auñón: y que estas notabilidades consumaron la obra antipatriótica que había venido preparando el liberalismo auxiliado de la masonería.

Así como á los hombres que fundan un imperio, engrandecen su nación ó con su heroísmo la libran de sus enemigos, se han levantado en todos los tiempos, trofeos, erigido estátuas ó escrito sus nombres en letras de oro sobre los mármoles y los bronces, la historia no tendrá más que páginas amargas y negra tinta para escribir los nombres de aquellos que, salvando los buenos propósitos de algunos, han contribuído á la ruína de la rica, noble y fiel España.

Los nombres de todos los que, durante este siglo han faltado á sus juramentos de fidelidad, hecho traición á la patria, entregándola indefensa al poder de sus enemigos, se podrán escribir como epitafio en el sepulcro de las grandezas españolas.

¡Cuán triste es la realidad!

La mayoría de los españoles siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si la patria no se hallase en la crisis más espantosa, como si muchos de ellos no resultaran culpables de los tremendos castigos que hemos experimentado y de la expiación terrible que sobre nosotros pesa.

Algunos creen que las causas de tantos males sólo tienen ya un interés histórico; y no falta buen número, que por el estado de perversión y falta de sentido moral, no se conmueven por las públicas desgracias; aunque éstas se presentaran á su vista, formando por su magnitud y variedad una montaña tan elevada como los picos del Himalaya.

Aquí, ó no se preveían los peligros, ó no existía el patriotismo suficiente para evitarlos; antes como ahora, no se cuidan los gobernantes y los que aspiran á serlo, más que de las intrigas y de los pugilatos para seguir la obra funestísima de la política de los partidos.

Por el contrario, no considerando moralmente el proceder de nuestros enemigos, es preciso reconocer, que han hecho una barbaridad; pero que la han realizado con admirable astucia y prudencia consumada, según el espíritu del mundo; así es, que antes de la guerra, durante la misma, y después, se ha visto España como el león, cogido en un fuerte lazo, del que no ha podido librarse sino perdiendo hasta su natural fiereza.

* * * * *

Dejando aparte la intervención que la masonería haya tenido en nuestras innumerables desgracias, hay motivos suficientes para atribuir grandes responsabilidades á los gobiernos, á los políticos, á la prensa, á muchos particulares y principalmente al régimen parlamentario.

Á los gobiernos, por sus imprevisiones culpables y notorios desaciertos, y por venir sacrificando la justicia y los intereses de la nación á sus miras personales y al favor de sus amigos y partidarios.

Con frecuencia se venían cometiendo desfalcos é irregularidades en la administración pública y en los servicios del Estado, y no han puesto remedio alguno, ni se ha visto el castigo de los prevaricadores.

Los políticos españoles no han hecho más que parlamentar y enmendarse unos á otros la plana, sin llegar ninguno á escribirla bien: y lo mismo ha hecho la prensa de grande y de pequeña circulación; pues si alguna vez ha clamado contra las inmoralidades y pedido el juicio de residencia para algunos gobernadores de Ultramar, cesaba en sus campañas patrióticas, cuando no le producían beneficios ó veía encumbrados á los personajes que antes consideraba dignos de graves censuras y de penas graves.

Mientras que los particulares gozaban de los favores de la política y del caciquismo, no han visto con malos ojos lo que había de redundar en daño para la nación; y por esto resultan culpables de complicidad en el régimen, que ha originado tantos males y ruínas como se revelan en el estado presente.

Se puede, por lo tanto, asegurar: que en nuestra patria han fracasado todos los gobiernos liberales, los políticos y su política, la prensa callejera y la de los gabinetes, los particulares que defraudan á la Hacienda, queriendo vivir de ella; y ha fracasado también el régimen de la opinión y el sistema parlamentario, productores de tanta corrupción y del abatimiento nacional: aquí ha fracasado todo, menos el espíritu de España.

* * * * *

Por la falta de patriotismo y de amor al bien común, no se ha querido, ni aún se quiere comprender, que la raíz de todos los males que sufre España, se encuentra en el abominable empeño de regirla y gobernarla con los principios y las doctrinas por la Iglesia condenados.

¿Qué frutos puede dar un árbol maldito?

El liberalismo, que ha penetrado hasta en las costumbres del pueblo español, es ese árbol cuyos frutos de perdición nos parecen ahora tan amargos.

Hallábase Napoleón I en el apogeo de sus glorias militares, y cuando puso sus manos conquistadoras en los Estados de la Iglesia, fué excomulgado por el romano Pontífice; y despreciando la excomunión prosigue su obra; mas después llegó á conocer que su mayor falta había sido la de no respetar al Pontífice romano.

Entre las muchas faltas cometidas por la Nación española, ha sido la más grave, la de dejarse dominar por los errores del liberalismo, que la han privado de todas sus grandezas, de sus energías y de sus virtudes cívicas y religiosas; por esta causa no ha tenido ahora valor más que para sufrir sus derrotas y le han faltado alientos para sentirlas y llorarlas.

* * * * *

Los que miran las cosas presentes como hijas de lo pasado y creen en la fecundidad del mal y en la eficacia de la virtud, deben reconocer con nosotros: que en el estado en que se hallaba España, y dada su marcha política, (que por desgracia aún no ha variado) no convenía para nuestro mejor porvenir el triunfo en la pasada guerra.

Al fijarse en lo que acabamos de aseverar, algunos, sin razón, nos tacharán de pesimistas ó faltos de patriotismo.

El primer efecto de la victoria, hubiera sido el consolidar las instituciones liberales y el hacer perpétuo el turno de los partidos con todas las consecuencias de la mayor centralización, del despotismo é imposición de nuevos errores.

El segundo, el aumento de las ambiciones y de la corrupción que siguen á la prosperidad en el mal, y entonces era ya inevitable la total ruína de España; porque el triunfo no nos hubiera dado las fuerzas de los bárbaros, ni las virtudes históricas, que ya no existen en la generalidad; en tanto que ahora, abatidos y humillados podremos levantarnos de nuestra postración, trabajar y hacernos dignos de nuestro pasado y de la misión que tiene España entre las naciones civilizadas.

En apoyo de nuestro parecer, vemos lo que ha dicho _The Pall Mall Gaccettee_: «que si España tiene valor para mirar el porvenir con calma, su último infortunio será un beneficio en realidad.»

Y _The Globe_ añade: «que si España deja de existir como potencia colonial, no por eso ha quedado destruída como potencia europea. Posee cuantiosos recursos, y si sabe aprovecharse de ellos, sus desdichas podrán ser un beneficio á pesar de las apariencias.»

* * * * *

¿Pero de qué modo podrá salir nuestra patria de la presente crisis y volver en lo posible á su pasada grandeza?