La voz de España contra todos sus enemigos

Part 4

Chapter 43,813 wordsPublic domain

No estaba España colocada bajo los pararayos de las alianzas políticas, ni tenía de su parte la diplomacia europea, ni se hallaba protegida por los diques de poderosas fortificaciones, ni dispuesta para luchar con éxito favorable contra un enemigo temible y alteramente preparado para asegurar sus triunfos: en tan grave situación, un gobierno, por poco prudente y patriótico que fuera, nunca debió dejarse sorprender, como fué el nuestro sorprendido, ni aceptar una guerra que él sólo sabía los grandes desastres que iba á traer sobre nuestra patria.

En la memoria de todos los españoles quedarán impresos los tristes recuerdos del más grande de los desastres que ha sufrido nuestra patria, y la historia imparcial consignará, que muchos de ellos se originaron por el miedo monumental con que fué á la guerra el Gabinete de la paz, presidido por el H.·. Paz.

Tuvo miedo por lo grave del conflicto: temía, como mal padre, á sus hijos los españoles, y le faltó valor para abandonar el poder: no faltó al Ministerio más que el miedo suficiente para morirse de vergüenza.

* * * * *

Cuando se forme un verdadero juicio de los actos de nuestros últimos gobiernos, entonces admirarán y espantarán los desaciertos por ellos cometidos, los tesoros dilapidados, las vidas inútilmente sacrificadas; entonces se pondrán de manifiesto las previsiones del almirante Cervera, que en tiempo oportuno advirtió al gobierno las deficiencias que había en los buques, la necesidad de estar preparados y de llevar un plan si habían de salir para las Antillas y no exponerse á un desastre inevitable; entonces se verá cuán grande fué la disciplina de nuestros marinos y el valor de los Comandantes de los buques, que conociendo que iban á hacer un sacrificio inútil y á dejar indefensa la península, cuando se les dió la orden, allá fueron á morir heróicamente; entonces se ha de conocer mejor lo que dijo el señor Silvela: que por parte del gobierno la guerra no fué guerra, sino _un duelo á primera sangre_, para salir del paso y salvar la vida de las instituciones; entonces se verá cumplida la horrible sentencia de los liberales, que decían: _sálvense los principios, aunque se pierdan las colonias_.

En efecto: las colonias se han perdido, pero los principios no se han salvado; porque el fracaso del liberalismo y de los gobiernos liberales ha sido completo al dejar á España desmembrada y arruinada.

* * * * *

Cuando los americanos limpiaban los fondos de sus cruceros y acorazados y tenían estacionada en Hong-Kong una fuerte escuadra, y disponían numerosa flota auxiliar de trasatlánticos y trasportes de todas clases; cuando alistaban sus regimientos de voluntarios y formaban sus campamentos cerca de nuestras colonias; cuando tenían bien abastecido sus depósitos de municiones de guerra y llenos de provisiones de boca sus almacenes; cuando por medio de sus cónsules y emisarios se habían informado de todos nuestros escasos medios de defensa y del abandono en que se hallaban las fortificaciones de nuestras plazas más importantes; y cuando no sólo de Cuba y de Puerto Rico, sino también de Filipinas conocían el estado de sus puertos y las débiles escuadras con que podíamos defenderlos, entonces el seducido y confiado pueblo español se entregó por espacio de algunos días á los entusiasmos bélicos, y paseando nuestra bandera al compás de la _Marcha de Cádiz_ y haciendo gala de sus colores, asistía á las corridas de toros y á toda clase de espectáculos, que se convirtieron en patrióticos; entonces con esos derroches de patriotismo liberal y con llamar puercos á los americanos y extender por todas partes las caricaturas del tío Sam, y con criticar y burlarse de la organización militar de los Estados-Unidos y de que sus voluntarios hacían con palos el ejercicio por no tener fusiles; con todos estos recursos y dosis de buen humor y aventurados juicios, que hacían hasta los periódicos más serios y de mayor circulación, creyeron muchos ilusos y algunos cuerdos que íbamos á defendernos de los _yanquis_ y á darles una tremenda zurra.

_Preparados y decididos ellos_, como hemos visto, y _nosotros como estábamos_, con un _gobierno tan pacífico_ y que va á la guerra como el más cobarde de los reclutas, ¿quién no había de prever interminables desgracias? Y en verdad, no hubo cordura en parte del pueblo, ni razón, ni buen sentido, ni energía en el gobierno para elevarse á la altura de las circunstancias y calcular: que un enemigo tan poderoso y bien preparado, á pesar de todo lo que se decía para disculpar nuestra imprevisión y vana confianza, no se puede rechazar ni vencer con música y pergaminos, ni con barcos de madera, ni con una administración corrompida, ni con generales masones, ni con ministros inhábiles é imprudentes.

España podía haber rechazado á los americanos, si se hubiera dispuesto para la defensa, levantando fuertes donde era conveniente y construyendo en tiempo oportuno los buques de combate necesarios; si hubiera ahorcado á Sagasta cuando fué por sus delitos sentenciado á esta pena; si hubiera puesto en presidio á Cánovas cuando publicó el manifiesto de Manzanares, que produjo la sublevación de Vicálvaro; si hubiera procesado á Moret y á todos sus cómplices en las malas artes de la política; si hubiera residenciado á los generales, que con sus negligencias y mala administración dejaron en peligro el orden en las colonias; si hubiera fusilado en sus días á todos los jefes y oficiales del ejército que se pronunciaron; si hubiera proscrito la memoria de Riego y demás traidores, en vez de permitir que se venga celebrando con un himno que ha sido heraldo de todos los trastornos sociales; por último, España se hubiera defendido de los _yanquis_ y conservado su imperio colonial, habiendo ella permanecido fiel á su espíritu religioso, á sus leyes y á su carácter tradicional, y no habiendo fomentado en su seno las libertades de perdición, el espíritu liberal y el traidor masonismo, que por medio de los gobiernos degenerados é impíos y de sus cómplices venales y ambiciosos políticos, la tenían privada de todas sus grandezas, de sus nobles energías y de su poder, hasta ponerla en el peligro de los desastres y de las pérdidas más espantosas.

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III

Voz de dolor... La guerra y la democracia.--Los bárbaros del Occidente y sus ideales.--Anarquía gubernamental.--El éxodo de la escuadra.--Invocación: primeras víctimas.--Ansiedades.--Preparando la catástrofe.--Santiago... y abajo España.

Si existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia, desprecio de su religión, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus tesoros públicos, conculcación de la justicia y desapoderadas ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los más cínicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecería que sobre él cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta la más grande humillación, para que recuperara el buen sentido y reconociera sus culpables extravíos, antes de llegar á ser despreciado de sus hijos y de las demás naciones, y objeto de la indignación divina.

Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es el pueblo español, que acaba de ser víctima de las más tremendas desgracias y de las mayores expiaciones.

Sólo en parábolas es posible dar á conocer bien las fuentes del dolor que inundan de amargura el corazón de España.

Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenían deliberados propósitos de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares poseía un rico noble llamado D. León Castilla. Mientras éste tuvo amigos poderosos y fieles servidores, no se atrevieron los ladrones á penetrar en la hacienda de su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fué el gran propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados, entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como se despide á un huésped intruso y molesto. No es posible ponderar el dolor que sufrió el noble propietario al verse desposeído de sus bienes y tratado de un modo tan inhumano, pues sólo conservó la vida no resistiendo á los depredadores de sus bienes.

La democracia, que según sus apóstoles ha venido al mundo para acabar con la tiranía de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz á todos los hombres, reconociéndolos como hermanos, iguales y libres, esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su protagonista ha sido la nación más demócrata del universo: la República federal del norteamérica.

Es evidente que un pueblo sin religión y sin moral verdadera no puede amar á los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad, ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nación son más desiguales las fortunas, ni hay más esclavos del trabajo, ni menos caridad cristiana que en los Estados-Unidos.

* * * * *

Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envió el Señor los profetas, y los apóstoles para predicar á los hombres las verdades del Evangelio: para edificar á los pueblos con el ejemplo de las virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican, permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.

Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual Dios gobierna á los hombres y á las sociedades.

La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus accidentes y terrible en sus consecuencias.

El gigante de la América del Norte, armado para la guerra, se levanta, avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacífico, por el Atlántico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de España en aquellos mares.

No va como nuestro inmortal Quijote á enderezar entuertos ni á desfacer agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.

* * * * *

Entretanto todo es apresuramiento y confusión en las esferas gubernamentales de España. Quieren los Ministros hacer en veinte y cuatro horas lo que no habían hecho en los veinte años transcurridos desde la paz del Zanjón.

Hacen venir del extranjero trenes de municiones, y gastan muchos millones en comprar barcos para la guerra, y que no podían ir al combate.

En vano los bautizan con los nombres de _Patriota_, de _Rápido_ y de _Meteoro_; porque ni sirven para defender á la patria, ni son rápidos en la navegación, aunque sean meteoro en las manos de los agentes de negocios.

Al fin se hacía algo, y se improvisaban las defensas como los ministros, y éstos daban señales de actividad, formando nuevas escuadras que habían de pasar y repasar el canal de Suez, como principio de una repatriación anticipada.

Como si la anarquía hubiera tomado asiento al lado del gobierno para aconsejarle lo que era más pernicioso á la patria, así no se daban órdenes prudentes ni salvadoras, y todo se dirige por el patrón de las primeras disposiciones dadas á los marinos del Atlántico.

* * * * *

Damos un nombre bíblico á la salida de la escuadra de las islas de Cabo Verde, porque nos recuerda otra catástrofe en el mar.

Si el gobierno fué, según las apariencias, sorprendido por la guerra, lo fué mucho más nuestra marina en su estado de preparación, no en el ánimo de sus jefes.

Faltas gravísimas, que aquí no debemos mencionar, habían impedido á la escuadra su preparación, el abastecimiento y el encontrarse en lugar oportuno para defenderse, sin muy graves inconvenientes, de las poderosas escuadras de los Estados-Unidos.

Además de esta circunstancia tan desfavorables, tenía nuestra marina la mayor de todas; cual era su gran inferioridad en el número de buques y en el poder ofensivo y defensivo de los mismos; y no obstante los informes, representaciones y telegramas dirigidos al gobierno, éste, tan mal asesorado como peor influído, sin concierto ni plan, ordena la salida de la escuadra para el mar de las Antillas, donde ya la esperaban las enemigas.

Creemos que en la historia de los ejércitos y de la marina, no se ha ofrecido otra ocasión en la que se pudiera justificar de algún modo la desobediencia, ó un pronunciamiento.

El que hizo la marina en Cádiz en Septiembre de 1868, y que dió origen á la Revolución, nunca se ha justificado; pero el regreso de la escuadra de Cabo Verde y su desobediencia á las órdenes del gobierno para salvar los intereses generales que éste comprometía, mandándola á sufrir una derrota inevitable, hubiera tenido su razón y justificación debida: primero entre las personas conocedoras del arte de la guerra, y después ante la nación, cuando los resultados correspondieran á los motivos que se habían tenido presentes, como los dejó expuestos el inteligente y prudente general Cervera: mas la marina, por medio de su digno jefe y de los comandantes de los buques, había prometido obedecer en todo, y cumplió su palabra, evitando una confusión y un ejemplo funesto para el porvenir de nuestra patria.

Si al fin del siglo, tanto el ejército como la marina, hubieran desobedecido al gobierno, se podría decir ahora, que habíamos acabado de perder nuestra soberanía en América por la falta de los llamados á defenderla; y entonces el régimen liberal y la turba de los políticos habrían quedado impunes y en cierto modo libres de las tremendas acusaciones, que actualmente pesan sobre ellos, y por las cuales han de ser sentenciados á perpétuo ostracismo.

Habiendo, pues, la marina cumplido con exceso sus deberes, toda la responsabilidad de los desastres y de las pérdidas consiguientes, quedan á cargo de los que ordenaron tan imprudente salida.

* * * * *

Mientras que á la ventura sale nuestra escuadra, singla desde Hong-Kong la que tenían allí estacionada los americanos, para bombardear á Manila....

Sombras inmortales de Magallanes, de Legazpi y de Simón de Anda, ¿por qué no salís de vuestros sepulcros á detener esos buques enemigos? ¿No veis que van á destruir vuestra obra civilizadora?

Llevan en sus bodegas cajas de fusiles y ametralladoras para renovar la insurrección fratricida; y sobre las cubiertas, la formidable artillería que destrozara nuestros barcos y la ciudad de Manila, por vosotros fundada y recuperada.

Sus tripulantes son hijos de la América del Norte, donde la perfidia tiene su asiento, y su trono la ambición y la soberbia; ellos no van á ese Archipiélago como vosotros fuísteis, para libertar de la idolatría y de la barbarie á sus habitantes y someterlos á la obediencia de un rey católico; van á llevar la discordia, la guerra y la libertad del error; van á establecer el imperio de la masonería y de la indiferencia religiosa; van á robar á España sus derechos y á explotar las riquezas del país en beneficio propio.

Como las aves de rapiña que se preparan para caer de improviso sobre sus presas, así ellos vienen presurosos desde las costas de la China, donde estaban esperando el día fatal de una guerra insidiosa y contra todo derecho premeditada....

Y tú, sombra de Monroe, que en este siglo has proclamado desde el Capitolio de Washington, que Europa no tenía derecho para intervenir en los negocios de las naciones americanas, ¿por qué permites que tus ciudadanos intervengan en los de la Occeanía?

Si tu colega Mac-Kinley y su Congreso ordenan esta invasión contraria á tu doctrina, vuela, ve y diles: que si América ha de ser para los americanos y la Occeanía para los occeánicos, que los _yanquees Shoes_, ó los de los zapatos de madera con clavos, regresen á su país de orígen y dejen á los pobres indios, que viven y á los _pieles rojas_, que no han exterminado, y no se entrometan más en querer á su vandálico modo dominar al mundo.

Si así no lo haces y no te obedecen, quedará tu doctrina deslucida y tu pueblo á la altura de los bandidos....

No hay obra de iniquidad, ni infamia increíble, ni sangriento crímen que no se haya cometido en el mundo por la ambición humana.

Ella llevó á Alejandro al Asia, hizo pasar al César el Rubicón, puso el alfange en las manos de Mahoma, trastornó la Europa por medio de Bonaparte y conduce á las Antillas y á Filipinas las flotas americanas.

La ambición pone el ridículo mandil en el pecho de los hombres, la mentira en sus bocas y el odio en sus corazones; la ambición fomenta las insurrecciones de los mambises y de los tagalos, la codicia de los sindicatos de Nueva York, y el vehemente deseo de riquezas y honores en los soberbios; y en tanto que exalta por un lado las pasiones infernales, por el otro hace que se les sacrifiquen todos los deberes.

Por la ambición de mando se creen los políticos estadistas eminentes, y por no dejar el poder cuando lo han alcanzado, persisten en sus errores, y á su ambición sacrifican la conciencia, la dignidad, y el patriotismo. Por la ambición de algunos españoles se halla España á los burdos pies de los _yanquis_.

Desventurada patria mía, que tienes por gobernantes á hombres imperitos ó sin conciencia: mira como entregan á tus hijos á las crueles manos de tus enemigos; la obra de tres siglos se ha derrumbado en cuatro horas, al sepultarse ardiendo tus débiles barcos en la bahía de Manila.

Las primeras víctimas han muerto heróicamente, pero sus sacrificios no salvarán tu soberanía en aquellos mares; porque la inmoralidad, la corrupción, la discordia de las sectas y el mal ejemplo de tus representantes, habían ya debilitado tu poder y tus derechos soberanos.

* * * * *

Después del gran desastre de Cavite, eran extraordinarias las ansiedades del pueblo español por saber la suerte que esperaba á la escuadra de Cervera, refugiada en la bahía de Santiago de Cuba, cuya plaza, bloqueada por mar, empezaba á ser hostilizada por tierra.

En vano en sentidos y enérgicos telegramas había pedido refuerzos el general Linares: la escuadra estaba segura en la bahía, y sus tripulantes ayudaban á defender por tierra la ciudad.

Los rusos se vieron en Sebastopol en un trance parecido, y aunque tenían en el puerto ciento dos buques de guerra con más de dos mil cañones, no intentaron romper el bloqueo: pero las autoridades españolas no ven siquiera la ayuda que les presta la fiebre amarilla diezmando cada día el ejército de Sthafer: todo parece que va dirigido á preparar la catástrofe más horrenda.

«Cuando se piensa en la situación insostenible del ejército _yanqui_ ante Santiago de Cuba; cuando se palpa que los infames invasores iban á sufrir un terrible descalabro, y luego se ve que en los momentos decisivos llegó la orden de que saliera la escuadra y á esto siguió la capitulación, etc. etc., no hay más remedio que confesar, que chorrea sangre todo lo ocurrido y que en ello hay algún misterio, sólo conocido por determinados personajes.

No somos nosotros solos los que lo decimos.

He aquí otra opinión autorizada.

El capitán de fragata ruso Livene, que estuvo como agregado naval en la flota americana durante la última guerra contra España, ha dado recientemente una conferencia en el Círculo de los Ejércitos de mar y tierra en San Petersburgo, sobre el desembarco efectuado cerca de Santiago de Cuba por los norteamericanos, á la cual han asistido el general Kouropatkine, ministro de la Guerra, bastantes generales y más de cuatrocientos oficiales de la guarnición.

Lo más saliente de dicha conferencia fué lo que sigue:

Siendo siempre un desembarco muy peligroso cuando el enemigo tiene elementos en el mar, aunque sean poco considerables, los americanos tomaron con razón, como primer objetivo de la campaña, la destrucción de la flota del almirante Cervera, que se había refugiado en la bahía de Santiago de Cuba. Pero no pudiendo franquear el estrecho paso de la entrada, bien defendido por torpedos, ni destruír las baterías españolas, colocadas demasiado elevadas sobre el nivel del mar para ser alcanzadas eficazmente por los proyectiles de la flota, tuvieron lógicamente que recurrir á la acción combinada del ejército de tierra y de la escuadra.

Al principio, según el plan propuesto, la acción debía ser convergente, pero como consecuencia de lo débil de la disciplina, de la carencia de organización, y, sobre todo, de la falta de unidad en el mando y dirección, se prescindió del plan primitivo y se vino á esas acciones divergentes que estuvieron á punto de hacer fracasar lo concebido y comenzado con tanta fortuna. _Las circunstancias se hicieron de tal modo difíciles para los americanos, que la cuestión de una retirada honrosa fué planteada._

Les era imposible penetrar en la bahía, no podían apoderarse de las posiciones españolas del E. de Santiago, y el ejército se hallaba aislado de la flota, que era su base de operaciones, careciendo de los objetos de primera necesidad y aniquilándose rápidamente á consecuencia de las enfermedades. En el momento de la rendición de Santiago existían 11.750 enfermos, de los 16.000 hombres que contaba el ejército americano.

En tal momento fué cuando el almirante Cervera, obedeciendo órdenes categóricas venidas de la Habana, salió de la bahía é intentó abrirse paso á través del bloqueo enemigo.»

Cuando un testigo imparcial de los hechos emite juicios tan severos contra las autoridades de Cuba, bien podemos nosotros sentir todas las consecuencias de tales desaciertos; pero al sentirlas debemos expresarlas en la forma propia.

Sea, pues, el resumen de este párrafo la siguiente:

TRAGICOMEDIA

_Acto I._--Las escenas se suceden con una rapidez asombrosa en el tiempo y en los distintos lugares.

En Filipinas, se hallan en Subic los cañones á la altura del gobierno español, por el suelo: la bahía de Manila y la isla del Corregidor están casi tan fortificadas como Subic; pero en cambio el almirante Montojo sale con su escuadra á tomar posiciones y á impedir, _como un espartano_, la entrada en la bahía _al desequilibrado Dewey_, como le llamó _El Imparcial_.

Hay por todas partes gran expectación.

En Madrid, el primer actor, nada teme: ha mandado.... de paseo á Woodfford y descansa en su poltrona tranquilamente.

El público se impacienta porque no adivina el argumento de la tragicomedia.

Allá en lontananza, hacia el Oriente, se ven unos barcos pesados y de poco andar que entran en la gran bahía de Manila y se dirigen á Cavite. La escena, contra todas las reglas del arte, queda desierta.

Las sombras de la noche impiden que se vea lo que pasa en el escenario.

Suenan primero unos cañonazos, y después todo queda en silencio....

Cuando con sus arpadas lenguas y alegres trinos empiezan los cantores pajaritos á saludar la alborada del primer día de Mayo, se oyen terribles descargas de gruesa artillería, y los rayos del sol, que despuntan por el Oriente, iluminan una espantosa catástrofe. La escuadra de Dewey destroza é incendia á mansalva la del contraalmirante Montojo, que para salvar á lo menos el honor, hunde en el fondo del mar sus ardientes barcos.

Los espectadores quedan aterrorizados porque ya han visto el principio del fin, y oyen los lamentos de los moribundos.

_Acto II._--El escenario representa los horizontes brumosos del Occéano Atlántico.

Todos los asistentes miran y remiran, con extraordinaria fijeza para descubrir el rumbo de una escuadra que salió de Cabo Verde.

Ni los del viejo, ni los del nuevo mundo, ven por donde va, ni por consiguiente á dónde se dirige: unos creen que la han visto hacia el Oriente por el Cabo de Buena Esperanza; otros la suponen en las costas meridionales de los Estados-Unidos, y como pasan días sin que nadie la divise, la llaman _la escuadra fantasma_.

Entre tanto, aparece en la nueva escena un personaje semigigante y declara oficialmente: que la escuadra de Cervera ha entrado en la bahía de Santiago de Cuba.

Notable sorpresa causa la noticia en todo el público.

Al momento, aparecen á gran distancia muchos buques americanos que se dirijen hacia el Oriente de la Isla de Cuba.