La voz de España contra todos sus enemigos
Part 3
En cuanto á las causas de la guerra, afirma: «que los americanos tenían interés en que el conflicto no acabara por las vías pacíficas. El mágico resorte de tan diabólico invento, no era otro que la sed de lucro y el ansia de dominar. Cuba es rica y fácil presa. Nuestro gobierno que es un _fragil mandatario_, tenía que proporcionar destino á el ejército de desocupados, á la carne atrasada, á los patrióticos negociantes y derramar beneficios en forma de comisiones y grados á toda la caterva de talentos ignorados, tanto civiles, como militares, que no habiendo podido entrar en el reparto consiguiente á un cambio de administración, hacen casi imprescindible una guerra que les ponga en el caso de ofrecer sus servicios al país y de que el gobierno aproveche sus aptitudes y salve sus compromisos.
»Las causas apuntadas, continúa diciendo M. Guerry, no son las únicas responsables.
»Para desgracia de la paz, hay cierto eclesiasticismo en este país distinto del existente en España y en Cuba. Hoy, como en los tiempos de Adisson, profesamos la religión del odio y no bastante la del amor. La ocasión presentada al protestantismo para atacar al catolicismo en uno de sus baluartes, era ciertamente extraordinaria, sino _providencial_, y por tanto, no debía desperdiciarse. Tentación era ésta demasiado fuerte para los ministros de las sectas, por lo que unieron sus voces al universal clamoreo por _la guerra á todo trance_, sin reparar en medios ni pretextos.
»Para tan laudable fin se inauguró una política de difamación contra España, acompañada de las más efusivas expresiones de admiración por los insurrectos de Cuba, y de amenazas de reconocimiento de beligerancia y de intervención por parte de los demagogos de ambas Cámaras y de la prensa _jingo_, todo lo cual encontraba eco fiel en las columnas de la prensa protestante y en la voz de sus ministros. ¿Qué resultaba de todo esto? Que España se atemorizaba, la insurrección cobraba nuevos vuelos y la guerra civil, con toda su secuela de horrores, se prolongaba de hecho, cuando nó de propósito.
»Sin impedir el filibusterismo, á pesar de la amplitud de nuestros medios, antes bien, bajo la máscara de amistosa visita, el gobierno envía el _Maine_ á la Habana, intimidando así á una parte y animando á la otra. Acaece la destrucción del acorazado y la pérdida de la mayor parte de su dotación, y el partido de la guerra echa toda la responsabilidad de la catástrofe encima (¿cómo no?) de España. La humanidad se estremece á la noticia del suceso.
»En vano España, ansiosa de paz y temerosa de las consecuencias de una ruptura, paralizada de terror por tan malaventurada ocurrencia, propone una investigación mixta, el arbitraje, cualquier cosa, en fin, que el interés de la humanidad y la justicia puede sugerir. Pero en los Estados-Unidos prevalecen otros sentimientos y el partido de la guerra ve con satisfacción el pretexto que buscaba. Á la proposición de arbitraje se responde con el nombramiento de una comisión investigadora, escogida de antemano para que condene, y sin embargo, esa comisión no se atreve á condenar por falta de pruebas. Gran desencanto y no poco embarazo causa tal decisión. Pero se impone la guerra, con causa ó sin ella, y ya que España no se resuelve á declararla, forzoso es que lo hagamos nosotros mismos, pues la misma ausencia de motivo por nuestra parte hace la idea de la paz más intolerable.
»La codicia, la ambición de mando, la hipocresía religiosa, siempre á la altura de las circunstancias, saben colocarse por encima de las naciones en el terreno de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, obligan á una nación á ir contra su voluntad y sin fuerzas para medirse con tan formidable adversario. Nuestro caballeroso y cristiano presidente concede á su débil y temerosa hermana la reina regente, como él cristiana, tres días para evacuar por completo la isla, á pesar de que bien sabía ser cosa imposible de ejecutar, y por el crímen de dar á nuestro representante sus pasaportes antes de que empiecen las hostilidades, para que su retiro de España sea menos peligroso, precipita la guerra antes del período por él designado.
»El único y declarado objeto de la guerra era, por nuestra parte, la pacificación, liberación é independencia de Cuba, «tan cercana á nuestras playas.» Después de todo, este objeto podía haberse alcanzado más fácil y prontamente, con más lógica y menos gastos de sangre y de dinero. El plan era sencillísimo: concentrar en la isla y sus aguas nuestros ejércitos y escuadras. Pero no. El primer golpe en defensa de Cuba, de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, hacía imperiosa la destrucción de la escuadra de Montojo y la matanza de sus hombres, que no estaban en aguas cubanas ni americanas, sino en Manila, en los antípodas respecto de Cuba y del centro de nuestro gobierno. Después de Dewey toca el turno á Sampson, quien, no hallando flotas que combatir, bombardea á San Juan de Puerto Rico, pues el «entusiasmo por la humanidad es irresistible». Viene luego la gloriosa conquista de Guam, cuya guarnición y habitantes no saben que hay guerra en existencia, y tomando el bombardeo por saludo amistoso, se excusan de no poder contestar por falta de pólvora.
»No quedando escuadras que destruir, y en nuestro poder Cuba, Puerto Rico, Guam, etc., nos disponemos á atacar á España en su terreno. Y gracias á que pidió la paz, no sin haber nosotros suspendido operaciones en Cuba para dirigirnos á Puerto Rico á toda prisa, pues no había tiempo que perder.
»Y nos glorificamos y damos gracia á la Providencia por haber vencido á una nación pequeña, pobre en comparación nuestra, cargada ya de pesadísima deuda; sus ejércitos mal equipados y dispersos, sus buques á propósito para servir de blanco á los grandes acorazados de la época, sola y sin amigos en el momento supremo.
»Mejor haríamos en entregarnos al ayuno y abrir nuestros corazones á la penitencia, por los espantosos crímenes cometidos y que estamos aún cometiendo contra Dios y la humanidad.
»Si Bob Fitzsimons, en un acceso de furiosa embriaguez, descargase su brazo contra el primer vecino pacífico que encontrase al paso y después de derribarle le limpiase los bolsillos, tanta ocasión tendría como nosotros de ponderar su valentía y dar gracias á Dios por haber escapado milagrosamente del peligro.»
No hemos querido extractar esta segunda parte del escrito de M. Guerry, por ser elocuentísimo y dar idea exacta del espíritu de los Estados-Unidos y de los intereses que han buscado por medio de la más injusta de las guerras; y aunque la cita resulta extensa, nos ahorra consideraciones importantes para declarar toda la indignación que debemos sentir los españoles contra un pueblo tan poderoso como miserable, tan inhumano como hipócrita.
Y ya que un ciudadano protestante llama á sus compatriotas _asesinos_, _incendiarios_ y _ladrones_, bien podemos nosotros, católicos y españoles, lamentar los excesos de la civilización moderna y sentir que nuestro riquísimo imperio colonial haya caído, por culpa de nuestros gobiernos liberales, en las manos groseras de esos vándalos del siglo XIX y por medio del mayor de los crímenes.
No cabe, pues, la menor duda, que por parte de los Estados-Unidos, la única y principal causa de la guerra ha sido la más vulgar, bárbara y desapoderada ambición; y por nuestra parte, el abatimiento en que nos hallábamos y la negligencia de los gobiernos.
España no quería la guerra con la gran República americana, porque estaba cansada de luchar consigo misma, y sólo deseaba se sofocasen las insurrecciones coloniales para reponer sus fuerzas y descansar de las fatigas que le habían proporcionado tantas convulsiones políticas y contiendas civiles.
Pero no pueden gobernar bien una nación, ni librarla con sus prudentes determinaciones de los peligros que la amenazan, aquellos hombres que se han elevado á las esferas del poder por medio de los pronunciamientos, de las intrigas políticas y de sus propias ambiciones.
Es el gobierno del Estado una función de conciencia muy noble y ardua para que la puedan desempeñar debidamente esos hombres, en los cuales, la sed de mandar sólo es igual á su audacia, y ésta es superior á sus talentos por grandes que sean.
El sistema liberal y el régimen de la opinión, que es su engendro propio, no considera estas verdades, y así sobre el pavés de todas las conveniencias y de los intereses sagrados de la patria, de la justicia, de la moral y hasta de la religión, confiere el poder á los hombres que serían buenos en sus profesiones, pero que como gobernantes no pueden ser más calamitosos para los pueblos que tienen que sufrirlos.
Ni el señor Cánovas del Castillo con sus energías personales, ni con sus despreocupaciones el señor Sagasta, han hecho otra cosa que debilitar la nación, hacerla víctima del caciquismo y de la inmoralidad, y exponerla, primero á las injurias del Norte de América y después á su ambiciosa rapacidad.
Esos hombres que nos han empequeñecido, esos estadistas que nos han arruinado, esos políticos que no han sabido gobernar á España, ni conducir la nave del Estado por entre los escollos para librarla de un inminente naufragio, ignoraban, sin duda, aquellas consideraciones políticas del conde de Mirabeau: decía este revolucionario del siglo pasado, que constando á un gobierno los malos propósitos de otro, sin más motivos, lo debía tener como enemigo y como si la guerra se hubiese declarado.
Este pensamiento no tiene novedad alguna; es la antigua sentencia que dice: _si vis pacen, para bellum_.
Nuestros imprevisores y falsos gobernantes han venido haciendo todo lo contrario.
Como si hubieran conquistado al mundo y puesto en paz toda la tierra, y ceñido sus frentes con el laurel de victorias inmortales, no cuidaban más que de las cosas de la paz, de dar y de conceder todo lo que no alterase la paz, como si no tuviéramos enemigos antiguos y ejemplos recientes de sus malos propósitos; como si todos los hombres se hubieran convertido en corderos en la península y en las colonias; como si las malas doctrinas y sectas perversas no fomentaran las insurrecciones, y como si los Estados-Unidos hubieran desistido de querer la posesión de Cuba; así no venían pensando nuestros gobiernos en otra cosa sino en vivir _pacíficamente_ y en hacer la felicidad de España con el turno _pacífico_ en el poder; con estos mansos propósitos, ordenó el señor Cánovas allá por el año de 1878, se hiciera el convenio de Zanjón, para acabar con la insurrección de Cuba, ya casi vencida; pero por dicho convenio no se extinguieron los gérmenes de las futuras, que quedaron alentados con el precio y la forma de la pacificación y con los honores dispensados á los principales jefes.
Con idénticos propósitos concedió por aquella fecha á los Estados-Unidos todas las ventajas comerciales, y algunas políticas que le pidieron en Cuba, y pagó todas las indemnizaciones exigidas.
Con el mismo fin de conseguir la paz, otorga muchos años después, el propio señor Cánovas, las reformas que había considerado inconvenientes para la isla y paga la célebre indemnización Mora: y ya durante la última insurrección parece que no se propone otra cosa más que evitar rozamientos con los norteamericanos y no darles el menor pretexto para una declaración de guerra: por este motivo se siguen atendiendo todas las reclamaciones que hacen, y á gusto de ellas se resuelven las cuestiones de la _Alliance_, del _Competitor_ y del _Laureada_: y aunque el gobierno español sabía que continuaban saliendo de los puertos americanos nuevas expediciones para Cuba, no presenta reclamación alguna al gobierno amigo, que las consentía, si no las autorizaba; y en cambio da severas órdenes á los comandantes de los buques de guerra para que _sean muy prudentes_ y no se repita el caso del crucero _Conde de Venadito_.
Mientras que esto sucede en Cuba, tenemos la suerte de que un valeroso caudillo apague en Filipinas la hoguera de la insurrección que dejó encendida el general Blanco; pero como habían de venir para España todas las desgracias juntas, el afortunado vencedor de los tagalos fué sustituído por Primo de Rivera, que en vez de acabar de extinguir el incendio y de aventar las cenizas, las cubrió con el pacto de _Biagnabató_, para que los traidores, reconocidos en él como jefe, pudieran en adelante, con más prestigio, encender otra hoguera más espantosa.
La paz de Filipinas se celebró oficialmente, sin regocijo público.
La nación no podía alegrarse con la paz comprada por ir perdiendo toda la confianza en los gobiernos que no le daban la paz verdadera.
Por entonces se oyó en Zaragoza una voz anunciando que la autonomía era la paz.
El asesinato cometido en Santa Agueda da á esa voz el poder de conceder la autonomía á Cuba y de proporcionar la paz deseada; y allí se mandó al general Blanco, y la paz ni se encontraba en la manigua, ni aparecía en las cumbres de las montañas, ni nadie la veía por los horizontes del mar.
Pero, al par de todo, nada había que temer: el marqués de Peña Plata estaba ya en la Habana; Primo de Rivera en Manila; Sagasta en Madrid, presidiendo el Consejo de Ministros y Moret era ministro de Ultramar; el partido liberal manda, la masonería impera, la nación calla, y la prensa, que había censurado acerbamente al general Blanco, nada dice.
Es verdad que no teníamos formidables escuadras cuando se van á necesitar, porque los presupuestos extraordinarios destinados para ellas, los gastó en parte Beranger en compañía de otros ministros y con aprobación de Cánovas, y el resto lo hechó al agua.
Después de todo, estábamos mejor sin acorazados, sin fortificar los puertos, sin artillar nuestras plazas de guerra y sin preparación alguna.
La paz no había de alterarse: así lo decía Moret, lo declara oficialmente el Gobierno, lo creen los ministros, como Bermejo, aunque todos los españoles, que no habían perdido el sentido común ni el decoro nacional, entienden, ven, temen y esperan otra cosa.
Nos hallábamos en el período más crítico y veíamos que los gobiernos de España cuidaban mucho de no dar pretexto alguno á los Estados-Unidos; y contra todo lo que era de esperar del carácter español y de nuestra historia, sufríamos toda clase de injurias, humillaciones y exigencias fuera del derecho, de la justicia y de las leyes del honor, llegando hasta consentir una especie de intervención á favor de los reconcentrados; y apesar de todo, el gobierno no puede evitar la guerra.
¿Fué ésta un fenómeno sin causa proporcionada?
No: que como hemos visto, existían las causas morales de la misma: la ambición creciente de los norteamericanos por poseer á Cuba y nuestra debilidad, mayor cada día para poderla defender.
Entre los Estados-Unidos y España estaba Cuba: los primeros se iban cansando de no hallar ocasión oportuna para apoderarse de ella; la segunda la venía defendiendo con tenacidad é inmensos sacrificios; porque sobre ella era su soberanía legítima y representaba á la vez las glorias pasadas. Si bajo la bandera española prospera la autonomía y termina la insurrección, ya se les quitaba á los Estados-Unidos el pretexto para intervenir y se les hacía más remota la esperanza de apoderarse de la isla.
Mas se iban á eclipsar las glorias de España y á derrumbar su imperio colonial, y sólo restaba una esperanza á los que temían estos grandes males: la diplomacia podía impedir la injusta agresión que los Estados-Unidos tenían ya anunciada y dispuesta contra España.
Tratándose de evitar una cruenta lucha y un robo internacional, nada más justo y conveniente que la intervención de las grandes potencias por medio de sus diplomáticos, representantes del derecho, del poder y de la justicia de las naciones civilizadas.
En efecto: los diplomáticos se mueven, toman en consideración la gravedad del asunto, reciben instrucciones de su gobierno y se reunen en Washington los representantes de las grandes naciones de Europa; y recibidos con las formalidades republicanas por Mac-Kinley en su gabinete de la Casa Blanca, todos juntos, como buenos amigos, exponen sus pareceres y al fin acuerdan:
Que verían con satisfacción que los Estados-Unidos desistieran de mandar á España su _ultimatum_, porque no hallaban las razones de justicia ni de derecho internacional, ni aun de conveniencia, por las cuales se pudiera despojar á una nación de parte de su territorio, sobre el cual era legítima su soberanía y que podía conservar en paz, si en el mismo no se fomentaran las insurrecciones.
No conformándose con este parecer el representante de la Gran Bretaña, todos retiraron sus notas y alegatos, manifestando que sus gobiernos se declararían neutrales y dejaban en libertad al de Washington para que ejecutara la redención de Cuba, según la _resolución conjunta_ del Congreso federal.
¡Qué decepción tan amarga debieron sufrir todos los que habían puesto alguna esperanza en la diplomacia europea!
Hace más de dos siglos que ésta no es lo que fué en los pasados; amiga del derecho, defensora de la justicia y amparo de los débiles contra las arbitrariedades de los fuertes.
La diplomacia actual no es lo que fué cuando la Europa formaba la cristiandad bajo la influencia y la dirección suprema del Romano Pontífice: ahora no es más que el órgano de los intereses materiales y de las arbitrarias é injustas aspiraciones de las grandes potencias; en sus congresos no se respeta la moral, la justicia no se conoce y el derecho se mide por la fuerza que representa cada nación y por los intereses que pueden contrariar ó favorecer.
Ante el imperio de la fuerza, en este siglo de la libertad, del progreso y de la civilización, los débiles han sido condenados á muerte ignominiosa; el derecho de conquista reclama sus fueros y la guerra dará la paz á el mundo cuando las grandes potencias se hayan destrozado ó se informen del espíritu católico, que ciegamente rechazaron.
Aunque muy desventurada, hoy más que ayer, es España una nación noble y generosa; la falta de sus hijos le han causado enormes daños; pero sus enemigos nada tenían que temer de ella ni ha ofendido á sus adversarios; y no obstante, es abandonada por las potencias en el más grave conflicto.
Y ciertamente, la nación de la fe y del honor ¿qué podía esperar de la pérfida Albión, del luterano imperio de Alemania, de la cismática Rusia, de la judaizante Austria, de la Francia masónica y del sacrílego reino de Italia?
Á las causas de la guerra que hemos reconocido, hay, por consiguiente, que agregar la de la culpable indiferencia ó complicidad de Europa; así, pues, la guerra más inícua de este siglo se ha verificado por la codicia insaciable de los Estados-Unidos, que no conocen _la justicia_; por la degeneración de España, que se ha apartado de las vías de _la justicia_; y por el absurdo egoismo de la culta Europa, que la mueve á obrar contra _la justicia_.
* * * * *
Si un gobierno no es la suma de todas las inteligencias de la nación, y de todos los sentimientos patrióticos y de todos los intereses legítimos, y no es moralmente superior á todos los súbditos, entonces es una _autoridad nominal_ y el mayor enemigo del Estado; porque ocupa un lugar preeminente que no corresponde á la ignorancia, ni al egoismo, ni á la ambición, y mucho menos á la impiedad y á las pasiones, que jamás se encumbran en un pueblo sin atraer sobre él todo género de perturbaciones y de infortunios.
Es evidente que el pueblo español tiene más espíritu de sacrificio, más virtudes y más inteligencia que sus gobernantes; por esta causa es más honda cada día la separación que existe entre el gobierno y los gobernados. Éstos conocen el engaño de que son víctimas y dejan vacíos los comicios. No sienten la derrota de un Ministerio porque saben que será peor el siguiente. Vieron venir sobre España toda clase de adversidades y clamaron por el remedio que no se ponía; y cuando se le han pedido sus bienes y sus hijos los han dado generosamente á la patria, mientras que á los gobiernos les importa poco que sucumba todo por continuar en el poder.
Y no se diga que cada nación tiene el gobierno que se merece; porque España, ni es digna de los gobiernos liberales que la han pervertido y arruinado, ni los viene sufriendo, sino como una calamidad impuesta, que cada año se hace más insoportable.
Mucho ha degenerado la nación española, pero en gran manera se equivocan los que la juzgan por sus gobiernos, sus cómplices y amigos políticos.
* * * * *
Los peritos en una materia nunca deben equivocarse; y los arquitectos que han trazado el plano de un edificio, si después no saben darle la solidez necesaria, dejan á otros la dirección de la obra; lo mismo debió hacer el gobierno sagastino cuando se equivocó en el asunto tan importante, como fué el de la paz, y no pudiendo consolidarla, debió al momento entregar el poder en manos más acertadas.
No estando preparado para la guerra, jamás debió emprenderla; pues gobierno desprevenido es siempre vencido: y si la pretensión de los americanos hizo necesaria la guerra, á la fuerza debió, por lo menos, oponerse un Ministerio de fuerza, ya que no la dictadura, como las circunstancias lo exijían: y este fué el segundo desacierto que se cometió por los políticos, ya fracasados en lo de la autonomía cubana, dada sin oportunidad y sin necesidad verdadera.
El tercer desacierto, más graves que los anteriores, fué el aceptar la guerra, no con ánimo de vencer, pero ni siquiera con el de la defensa necesaria, sino que como después se ha visto claro, el gobierno fué á la guerra para llegar á la paz por cualquier camino. En este sentido, España fué entregada al poder de sus enemigos implacables, y no pudo hacerse la paz contando siquiera con alguna condición favorable, como la de la resistencia posible que hubiera quebrantado las fuerzas del enemigo.
* * * * *
Los que atraviesan los mares llevando sus mercancías á países lejanos, fian sus vidas y sus intereses á la pericia y desvelo de los pilotos; y éstos, al emprender la navegación, tienen á la vista no sólo las rutas generales y las cartas marítimas, sino también las predicciones que desde sus observatorios hacen los sabios naturalistas: y de igual modo confían los pueblos sus intereses y su seguridad á los gobiernos que dirigen la nave del Estado: y los gobernantes han de ser tan prácticos y entendidos en el arte de la política y han de tener tan presente los dictámenes de la ciencia y las enseñanzas de la historia y de los hechos, que puedan con seguridad evitar y salvar los escollos que en la marcha de los negocios públicos se presenten.
No haciéndolo así, ó son gobernantes torpes, que no han debido aceptar nunca la responsabilidad del poder, ó son unos vulgares ambiciosos, que no tienen valor de declarar sus equivocaciones y de sacrificarlo todo al bien y á la salvación de la patria.
La nación española, más por las necesidades del momento, que por expontánea voluntad, tuvo que poner su confianza en el gobierno que le prometía la paz, evitando la guerra, al resolver el problema de Cuba.
Mermadas sus fuerzas, consumidos sus capitales y muriendo sus soldados en lucha insidiosa y fratricida, el pueblo español anhelaba el término de los sacrificios que estaba haciendo por el honor y la integridad de la patria, y no quería la guerra con los Estados-Unidos, sino en cuanto fuera la conclusión de todos los males que venía sufriendo.
El gobierno, no obstante las injurias, las notas y los mensajes de la República norteamericana, seguía creyendo en su buena amistad; y entonces fué cuando de improviso se presentó la guerra como una tempestad formada por las densas nubes que se veían en los horizontes, y que impelidas por los vientos huracanados llevan la desolación y la muerte á las comarcas que invaden.