La voz de España contra todos sus enemigos
Part 2
En vano Inglaterra transformó el impuesto poniéndolo sobre el te, el papel, el cristal y otras mercancías, que importaban sus colonias; éstas no quisieron admitir los barcos en sus puertos, ó arrojaban al mar las cajas de te y los demás artículos.
Con este motivo la guerra de la emancipación se declaró formalmente en 1775 con el combate de Lexington, la batalla de Barken-hille y el asedio de Quebec, que tuvieron que levantar los americanos por la muerte de Montgomery.
Entonces Tomás Payne, con su folleto titulado _El Buen sentido_, reanimó el espíritu de las colonias para sostener la lucha que, con el auxilio de los franceses mandados por Lafayet, les dió la emancipación completa en 1783.
Washington fué el alma principal en los combates y después en la organización federal de las colonias emancipadas, á las que dotó de una Constitución prudente y sólida, que le ha dado más fama que sus victorias y por la cual hace más de un siglo se rigen los Estados-Unidos.
La historia propia de éstos, podemos decir que empieza con la emancipación de las trece colonias inglesas, que se erigieron en otros tantos Estados, á los cuales se han unido ó anexionado después otros treinta, que con los anteriores forman al presente la gran República.
Muchas de estas agregaciones no se han hecho sin violencia y sin notoria injusticia.
Con la guerra de 1813 se extendieron por las posesiones inglesas del Oriente; y si España les cedió la Luisiana, le fué arrebatada gran parte de la Florida, cuando el año 1810 invadieron los americanos las ciudades de San Marcos y Pansacola, quedándose después con toda la península por el tratado de 1819, que los hizo dueños por el Mediodía hasta el mar de las Antillas.
Por el Norte, muchas tribus de los pieles rojas han pagado con su vida el delito de haber nacido en territorio ambicionado por vecinos poderosos.
Y Méjico, ya teniendo que cederles la California, ya sufriendo el despojo de las provincias de Texas, ha contribuído por el Occidente á el engrandecimiento de los Estados-Unidos, que dueños al fin del Alaska y de otros territorios por compras y conquistas, se enseñorean entre los dos océanos y los hielos de la bahía de Hudson y de las templadas brisas del golfo mejicano.
Y no satisfechos con tantas adquisiciones, rapiñas y exterminios de tribus realizados, se propusieron arrojar á España enteramente de América, por ella descubierta y en gran parte civilizada.
Con lo dicho basta para que se comprenda que los Estados-Unidos conservan su carácter de origen y que forman un pueblo de mercaderes y negociantes, sin otras aspiraciones que las del vil interés; y aunque las cubran con la máscara de los sentimientos humanitarios, de la libertad, de la justicia y de la moral, no son más que impulsos del engrandecimiento propio, de una codicia insaciable y de la más desenfrenada ambición.
En los Estados-Unidos todo se mueve por el resorte del interés: la misma célebre guerra de secesión no tuvo otro origen; y vencidos los intereses del Sur por los del Norte con la libertad de los esclavos, el presidente vencedor Abrahan Lincoln fué asesinado una noche al salir del teatro. Sus enemigos no le perdonaron el quebranto que les había hecho sufrir en sus negocios.
Con una historia de ayer, sin literatura nacional, ni ciencia especulativa, ni moral verdadera, los amantes de estos estudios, se dedican á escribir la historia de Europa, como Prescott, de nuestra literatura, como Thignoc, ó á combatir la moral en la religión, como Drapper.
Toda la grandeza de los Estados-Unidos tiene un aspecto material: sus adelantos son mecánicos y sus ciencias favoritas las naturales; y como no se nutren de ideas verdaderas, han comenzado á degenerar en medio de tanta prosperidad, apartándose del espíritu y de la letra de su Constitución y de los límites que la doctrina de la libertad y del respeto á la independencia de los pueblos les tenía prescritos.
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El observador atento é imparcial, que se fija en los verdaderos intereses de la justicia y de la humanidad, no ve en la breve historia de los americanos del Norte, hechos notables dignos de alabanza.
¿Por qué, pues, se han hecho y repetido tantos elogios de los Estados-Unidos?
¿Por ventura han descubierto otro Nuevo Mundo, ó traído á la civilización elementos nuevos, que libren á los hombres de las miserias de esta vida y los hagan mejores?
Nada de esto han realizado: y sus inventos, con ser tan prodigiosos, no pueden compararse con los que ya poseía Europa; y por cierto que no se les elogia porque hayan perfeccionado algunos ó hecho más útil aplicación de otros.
Lo diremos en tres palabras: á los Estados-Unidos se les han tributado tantas alabanzas, porque nuestro siglo ama al becerro de oro, acepta con facilidad servil las opiniones corrientes y aborrece la religión positiva.
Como poseen inmensos y fértiles territorios, bosques vírgenes, minas abundantes y rios navegables, no es extraño que con el trabajo, la industria y el comercio, se hayan enriquecido, y sus grandes capitales llaman la atención de los pobres del Viejo Mundo. Muchos aman á los Estados-Unidos por la sola razón de que son riquísimos.
Otros los admiran porque han oído celebrar la amplia libertad de que gozan allí los ciudadanos, no sólo en la emisión de sus opiniones, sino en el ejercicio de su soberanía; y en particular encomian el respeto y la obediencia que todos tienen á las leyes y á la policía.
Antes de que mediara el presente siglo, muy pocos conocían en Europa la vida, las costumbres, la libertad y la legislación de los Estados-Unidos; pero dos emigrados franceses vivieron allí algunos años, y no lo pasarían muy mal, cuando al regresar á Francia escribieron sus obras elogiando al pueblo que habían abandonado.
M. Renato Laboulaye escribió su _Historia de los Estados americanos_, y M. Enrique de Tocqueville las suyas de la _Democracia en América_ y del _Sistema penitenciario de los Estados-Unidos_.
Si inspiró estas obras el amor á la verdad, ó el deseo de propagar en Francia la democracia, cuando se avecinaba la Revolución de Julio, no es fácil averiguarlo; lo cierto es que alabaron los franceses á los americanos, y esto bastó para que se extendiera la opinión favorable, y para que nuestros Roque Barcia, Pí y Castelar, pusieran por cima de las nubes á la gran República, queriéndonos hacer á todos federales y felices con la democracia.
Más adelante veremos el valor que tienen esos sistemas practicados por los americanos. Los hechos son más elocuentes que las palabras, y sobre todo, los últimos acontecimientos condenan en los Estados-Unidos lo que hubiera laudable en sus leyes y costumbres.
España ha tenido mejor sistema penitenciario que los norteamericanos; era el preventivo que nunca permitía el lynchamiento que ellos practican.
Y para acabar estas consideraciones, sólo diremos: que con razón alaban los impíos, los masones y muchos liberales á los Estados-Unidos, porque allí, como el Estado no tiene religión, ó se contenta con la natural, se pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los amigos de la _conciencia libre_.
Después de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasión de nuestros enemigos, veremos si queda en España un hombre de buen sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos á los Estados-Unidos.
Completaremos este cuadro con algunos datos históricos relacionados con la guerra que empezó por arrebatarnos la isla de Cuba.
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Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba á los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición.
M. Adams preveía bien la dificultad de la anexión por medios violentos, y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas á impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba á España, ofreció á nuestro gobierno un empréstito importante, hipotecando las rentas de la isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasión de apoderarse de la hipoteca.
Los cálculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los políticos _yanquis_ desistieron de su propósito, sino que esperaron la oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.
Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y el embate del huracán azotaba á España, entonces el ministro norteamericano en Madrid, M. Saunders, recibió el encargo de reiterar las proposiciones de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.
M. Saunders, que conocía bien la diferencia que hay entre un _yanqui_ y un español, no se atrevió á cumplir el encargo, y fué preciso que Buchanan le amenazara con la destitución para insinuarse al general Narváez, que era presidente del Consejo.
El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos datos, supo reprimir la impetuosidad de su carácter, y á pretexto de que él no entendía de estas cosas, envió á M. Saunders al marqués de Pidal, ministro de Estado.
En la primera entrevista se mostró muy diplomático, pero en la segunda creyó que podía arrojar la careta diplomática y contestó al embajador de los Estados-Unidos:
«No me es permitido oir hablar de este asunto: ¡húndase Cuba en el Océano: cúbranla las olas antes de cederla á otra potencia!»
En 1853 reanudóse la interrumpida gestión por otro ministro del gobierno americano, M. Soulé, que era un francés naturalizado, y aunque de algún talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fué muy desairado en Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas contra los altivos españoles.
En 25 de Abril de 1854 recibió plenos poderes del presidente para negociar con el gobierno de S. M. católica la cesión de la isla de Cuba á los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.
En momento más intempestivo no podían haberse otorgado semejantes poderes. El desairado embajador creyó llegada la hora de intimidar á España con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado, M. Marcy: que era necesario recurrir á la fuerza para obligar al Gobierno de Madrid á entrar en negociaciones.
Más cautos y conocedores del carácter español, el presidente y el ministro de Estado, insistieron en que sólo por el camino de la moderación y de la prudencia se podría llegar al término apetecido.
Mucho después, el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo: «Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la gravitación política.»
Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: «Se ha sugerido al gobierno la idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna de consideración si se encontrase España dispuesta á discutir este punto.»
El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debió ver las cosas y los últimos gobiernos españoles del mismo modo, cuando se volvió á hablar de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debió pensar con los suyos: _que era más breve el tomarla de cualquier modo_.
Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron _sesenta y tres expediciones filibusteras_ para fomentar y sostener las insurrecciones, tan ruinosas y mortíferas para la isla, como para España.
Y últimamente, el Sindicato de la misma ciudad, bajo los auspicios de Mac-Kinley, hizo los postreros esfuerzos para asegurar por medio de la guerra sus capitales con la adquisición de la garantía que se les había ofrecido.
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España ¿ha sido víctima de una especulación comercial? ¿Era legítima la constante aspiración de los Estados-Unidos por adquirir la isla de Cuba? ¿Cómo se hace popular una guerra injusta en una nación de 75 millones de almas?
Importa mucho estudiar y conocer estos fenómenos de los pueblos libres.
Sin duda, España ha sido víctima de algo más de lo que supone un negocio mercantil.
No ha sabido, ni por último ha podido contrariar la ambición de los Estados-Unidos: tantas eran sus culpas que el honor nacional no podía ya cubrir con su gloriosa bandera.
La guerra llegó á hacerse tan popular en la gran República, que Mac-Kinley, para llegar á la presidencia y sostenerse en ella, tenía que desplegar el pendón de la conquista.
El hombre de negocios, el autor del _bill de Aduanas_, el pacífico ciudadano, se ha visto en la necesidad de emular las hazañas de Alejandro, de César y de Napoleón, y sin salir de su casa blanca de Washington, contraer méritos suficientes para que le llame la historia: Mac-Kinley el conquistador.
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II
Voz de indignación...--Importancia de la guerra para España y para los Estados-Unidos.--Causas de la guerra.--El pueblo español y su gobierno.--Los primeros desaciertos.--Cobardía monumental.--Duelo á primera sangre.--Ellos y nosotros.
Las afrentas y las calumnias, al par que las injusticias y los atropellos, no causan el mismo efecto cuando se hacen á un pueblo ignorante y bárbaro, que cuando se dirigen á una nación ilustrada y noble, que sabe estimar su honra. Por este motivo fué tan grande la indignación que sintió España al verse insultada y provocada al fin por la incalificable agresión de la gran República americana.
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Es preciso recordar algunos antecedentes para conocer en toda su extensión la importancia que tenía este conflicto, tanto para España, como para los Estados-Unidos, y por ampliación para las demás naciones á causa de su aspecto internacional y de la lucha de ideas, sentimientos é intereses que representaba.
La mayor parte de este siglo la han empleado los hombres políticos de España en combatirse, ya con obras, ya con palabras, aceptando unos las teorías modernas y las instituciones liberales, y defendiendo otros las tradiciones, la fe y la verdadera libertad del pueblo español; y cuando los primeros, dueños del gobierno por más de sesenta años, sin haber tenido la suerte de engrandecer á la nación con sus trabajos políticos, ni de pacificarla con sus nuevas Constituciones, habían proclamado el presupuesto de la paz para consagrarse á el fomento de los intereses y á la prosperidad de la nación, se encontraron con insurrecciones nuevas, que todas las reformas liberales si no las provocaron, no pudieron evitarlas.
Al gobierno liberal, autor de los mayores daños que venían arruinando á nuestra patria, y heredero de todas las debilidades y corrupciones de sus antepasados, le quedaba el último recurso á que apelar, y cuando nuevamente pretendió el poder, después de lanzar á los cuatro vientos su nuevo programa, lo puso en práctica, repitiendo: _la autonomía es la paz_.
Y la autonomía concedida á Cuba y á Puerto Rico, fué la chispa que aumentó el fuego de la insurrección y el deseo de la independencia en la isla de Cuba é hizo más difícil la solución del problema, que tenían en sus manos los Estados-Unidos.
Á la altura en que se encontraba la cuestión cubana, apoyada públicamente por nuestros enemigos, el resolverla por medio de un expediente decoroso, salvando los intereses de España, hubiera sido el mayor triunfo para el Gobierno y la más grande victoria que hubiese hecho olvidar todos sus desaciertos y faltas pasadas.
Con el gobierno liberal quedarían salvados los procedimientos liberales, las intenciones de sus más ilustres representantes y hasta el régimen en lo que no tiene de falso y pernicioso; por esta razón entrañaba tanta importancia la guerra para nosotros: así es, que los gobernantes han perdido en ella el poco prestigio que les quedaba; y juntamente con el territorio acabaron de perder el crédito ficticio de sus doctrinas, dejando por el suelo el sistema que ha traído sobre la nación tantas calamidades.
Era para ellos cuestión de honra y de vida, y la vida y la honra la han perdido deplorablemente.
Para los Estados-Unidos tenía también la guerra una grande importancia.
Desde su emancipación han sido vecinales sus luchas; mas ahora, deseosos de adquirir mayor influencia en el mundo, se propusieron arrebatar á España sus colonias, entrando en desigual batalla con una nación europea, sin consideración á su buena amistad, ni á los títulos legítimos de posesión, ni al derecho internacional.
Los Estados-Unidos querían poner su civilización á la altura de la civilización de Europa en lo tocante al derecho de la fuerza, como el primero de los derechos, según la frase de un célebre estadista: _le premier droit le force_, y lo han conseguido haciendo sus bárbaras é injustas conquistas con el consentimiento de las primeras potencias del mundo; y así han logrado entrar de lleno en el concierto de la civilización moderna, usando del derecho de la fuerza, contra la fuerza del derecho.
Si por un caso raro de la adversa fortuna hubieran fracasado en sus ambiciosos proyectos, por lo pronto reinaría entre ellos la mayor confusión, y la culta Europa no contaría con el _leal concurso_ de la gran República americana, para las célebres conferencias de la paz en La Haya.
Por la grande preparación que hicieron para la guerra y los medios que emplearon tomando por aliados á los mismos insurrectos, hasta celebrar con ellos convenios oficiales, que por cierto no pensaban cumplir, como el celebrado con Aguinaldo por el consul americano de Singapoore, y después con Dewey, se puede comprender la importancia que daban los Estados-Unidos á la guerra que iban á hacer á España. El gobierno de un pueblo tan grande no llegaría á infamarse ni á recurrir á cierta clase de tratos, sino mediando para él intereses de valor extraordinario.
¿Y cuáles eran estos intereses, que movieron á una nación civilizada á declarar á otra una guerra injusta, inhumana y hasta cruel, por las circunstancias en que la última se hallaba?
El conocimiento de las verdaderas causas de la guerra, nos manifestará la clase de intereses que perseguían los Estados-Unidos.
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Es común sentencia de los filósofos, la de que sólo llegan á el conocimiento verdadero de las cosas, los que estudian y conocen bien sus causas.
Vamos, pues, nosotros á exponer las causas de la guerra hispano-americana y así podremos dar razón de sus lamentables resultados.
Á juzgar por los efectos, han debido concurrir motivos poderosos para que se realizaran sucesos tan notables.
Pero juzgando por lo que á nuestra consideración se ha presentado, vemos que no existían esos _casus belli_, que de ordinario promueven las guerras entre las naciones.
España nada había pedido, ni nada había negado á los Estados-Unidos, y éstos la trataban como nación amiga hasta la víspera de intimarle la evacuación de Cuba.
¿Dónde se encontraban las causas jurídicas de la guerra? En ninguna parte, porque no existían.
Mas como el hecho horroroso se ha verificado, hay que referirlo á otras causas, que son las causas morales.
Los sentimientos humanitarios y de amor á la justicia, á la libertad y á la independencia de los pueblos, que luchan por ser libres, alegados por los _yanquis_ para declararse primero á favor de los cubanos é intervenir después para librarlos del dominio de España, se han visto que no eran más que pretextos y no móviles verdaderos.
Los Estados-Unidos amaban á Cuba, no á los cubanos. En ese deseo de poseer la isla, que dejamos consignado en el párrafo de _la venta de Cuba_, es en donde tenemos que reconocer la causa principal de la pasada guerra, por parte de los norteamericanos.
En la historia de las guerras hechas por los anglosajones, se conocen unas con el nombre de _guerras del te y del algodón_; á las que hay que añadir ahora _la del azúcar_.
Tenemos informes y datos suficientes para hacer esta afirmación.
Los Estados-Unidos no producen más que 900.000 toneladas de azúcar y necesitan 2.000.000 para su consumo. No querían, ya que son tan poderosos, ser por más tiempo tributarios de España por los derechos del azúcar, del tabaco, ni por los del café de Puerto Rico.
Aunque esto es verdad, no debemos admitirlo como causa exclusiva del conflicto. Las causas morales son como los fenómenos meteorológicos, en los cuales entran varios elementos, que se desarrollan y producen funestos resultados cuando en su marcha no hallan obstáculos disolventes.
Si España hubiera podido contrarrestar la acción de los Estados-Unidos, la guerra no estalla.
Pero nos veían cada año más débiles y degenerados, y por esto, ciegos por la ambición y la codicia, se lanzaron como el águila hambrienta sobre el indefenso cordero.
Mucho importa á nuestro propósito y nos será fácil demostrar, que las causas morales de la guerra han sido: _nuestra degeneración, la degeneración de los Estados-Unidos y la de Europa; tres degeneraciones que tienen un mismo origen_.
Al lector que juzga por lo enunciado más que por la demostración de la verdad, creemos verlo sorprendido ante estas afirmaciones categóricas y generales.
Bien puede asegurarse, dirá, que España se encuentra degenerada; pero decir lo mismo de Europa, y sobre todo, de los Estados-Unidos, si no es un juicio erróneo, tiene mucho de paradógico ó de intención odiosa.
Veamos quien está en lo cierto.
Degenera un hombre, una familia y una nación, cuando se apartan de las leyes y de la conducta que les dieron el ascendiente que tenían, el poder y la prosperidad que gozaban, como se debilitan los organismos vivientes al alimentarse de substancias extrañas.
Á los principios de la libertad y de la independencia, á las leyes del trabajo y de la industria, y á las artes pacíficas é inventos útiles, han debido los norteamericanos su principal crecimiento, el desarrollo de los capitales y la unión legal que disfrutaban viviendo en la abundancia y con las grandes comodidades de una civilización y de un progreso notables, más por lo material que por lo moral y justo.
Ahora, sin que nadie pretendiera estrechar los límites de sus fronteras, ni impedir su comercio, ni turbar la paz interior de sus Estados, construyeron buques, no para su legítima defensa, ni para llevar los productos de su industria y de sus feraces campiñas á otras regiones, sino para extender su poderío por todas partes.
Han querido aumentar sus riquezas monopolizando los productos de otros países, que han robado á su legítimo dueño: al derecho de la libertad unen el de la fuerza y el de la conquista: han dedicado sus buques á la piratería, y sus ciudadanos libres serán en adelante mercenarios del imperialismo.
Este es el principio de la degeneración de un pueblo, que pasaba por modelo de las naciones civilizadas.
No con razones propias ó inventadas confirmaremos nuestros juicios, sino con los testimonios de un honorable norteamericano, publicados en el _Atlante Journal_.
M. Dupout Guerry, ha juzgado la conducta del gobierno y del pueblo americano, y empieza por calificar la guerra con España como _el crímen del siglo_.
No disculpa las faltas cometidas por los españoles en las colonias, y dice: «que los Estados-Unidos, con más rápidos y efectivos procedimientos, han llevado á cabo el robo, el asesinato y el incendio, en incomparablemente mayor escala.»