The Works of Aphra Behn, Volume VI
Chapter 2
-Pues señor, esto es hecho: mañana paso la ría y le pido a Josetón la mano de su hija. ¡Vea usted lo quita- vergüenzas que son los cantares! Muchas veces he tratado de decirle a Ramonilla que la quería, y nunca he podido, porque siempre la vergüenza me ponía un tapón en la garganta. Esta noche, sin necesidad de ponernos colorados, nos hemos entendido con cuatro coplas, de modo y manera que, como quien dice, ya estamos al fin de la calle. ¡Si le digo a usted que al que inventó los cantares por fuerza le dan una serenata todas las noches los ángeles del cielo!
Como arrullado por una serenata de esta especie se quedó Lorenzo dormido.
Antes de rayar el alba ya se había levantado, pensando en el gran paso que iba a dar cerca de Josetón.
Como Josetón madrugaba aquellas mañanas para ir a Triano, donde no sé qué negocios traía, Lorenzo dijo:
-Voyme río arriba a buscar el puente de San Juan, que está donde Cristo dio las tres voces, no sea que Josetón se me escape y me haga esperar veinticuatro horas más, sin saber si me da o no la llave para entrar en la gloria.
Cuando salió a la portalada vio que había ya luz en Aquende, y añadió disgustado:
-¡Por vida de mi poco madrugar! Ya se ha levantado Josetón, y es posible que si voy a buscar el puente, le pase él antes que yo y se me escape. Voy a ver cómo me las arreglo para ahorrarme tan condenado rodeo, pasando la ría por más abajo, aunque la marea debe estar alta.
Así diciendo, Lorenzo tomó cuesta abajo, y pronto se encontró orilla de la ría, que, en efecto, se desbordaba por la pleamar.
Orilla de la ría había un bosquecillo de tamarices y sauces, talado hacía pocos días. Lorenzo desgarró de una mimbrera dos fuertes mimbres, les retorció, los unió por los extremos más delgados, tendió en el suelo este birloto o atadura, echó sobre él tamarices y sauces, ató fuertemente el haz de leña, le arrastró al agua, en la que quedó sobrenadando, buscó un palo largo y grueso que te sirviese de bichero, y se dispuso a pasar la ría en aquella balsa, que ya había usado, unas veces con buen éxito, y otras con malo.
Apenas puso el pie en ella, la balsa se ladeó, y el pobre Lorenzo se fue a fondo; y se hubiera, ahogado a no saber nadar como una rana, gracias a lo cual, no sólo se puso a flote, sino también arribó a la otra orilla.
Dejando un reguero de agua por donde iba, tomó la cuesta de Aquende, diciendo.
-¡Ay, amor, cómo me has puesto! Me da muy mala espina el percance que he tenido al dar, como quien dice, el primer paso en el camino de la gloria, cuya llave voy a pedir a Josetón!
VI
Al salir de su casa se encontró Josetón en la portalada con Lorenzo. Ramonilla, que desde arriba se apercibió de este encuentro, se puso a escuchar desde el alféizar de la ventana de la cocina
-¿Qué es eso, hombre? -preguntó Josetón al náufrago, al verle calado de agua. -¡Qué pícara afición habéis tenido siempre a lo que cría ranas los de Allende! Los de Aquende lo entendemos mejor, pues la tenemos a lo que cría mosquitos.
-¡Eso podía usted decírselo a mi padre, que esté en gloria; pero no a mí, que he hecho una viña más maja!...
-¡Vaya una viña! Tú te pareces a Antón el de Murrieta, que lloraba por cubas y tenía dos cepas.
Con que ¿qué te trae por aquí tan de mañana, muchacho? Si venías a verme, a poco más no me coges en casa.
-Pues temeroso de no cogerle a usted, he querido pasar la ría sobre una carga de leña, y si no sé nadar me ahogo.
-Pues el agua debía ser muy amiga de los de Allende, que están reñidos con su rival el vino. Pero, por lo visto, asunto muy importante te trae.
-¡Y de casta que lo es!
-Vamos, explícate, hombre.
-Pues ya sabe usted, amigo José, que yo, además del ganado, tengo buena casa y hacienda...
-Sí, una casa que cabe en la mi cubera, unas piezas que dan cebera para engordar al de la vista baja, y una viña que da vino para las vinajeras de Montaño, donde hay misa una vez al año.
-Es verdad que en casa y viñedo me aventaja usted, pero en piezas de pan llevar no, porque no tiene usted ninguna...
-Ni me hacen falta tampoco, teniendo viñas para coger al año quinientas cántaras de vino, que en estas laderas de Janeo son la cosecha más segura y saneada.
-En fin, José, cada uno tiene lo que ha heredado de otros o él se ha agenciado, como a mí me sucede. Lo principal es que uno sea trabajador y honrado, tenga buena salud, sea aún joven, y quiera a aquella con quien se case, como yo quiero a Ramonilla...
-¡Adiós con la Colorada! ¡Ya pareció aquello! -dijo para sí Ramonilla, dándole un terrible vuelco el corazón.
Y su padre se echó para atrás, poniendo cara de perro al comprender que Lorenzo iba a pedirle la mano de su hija.
-¡Muchacho! -exclamó Josetón-. ¿Qué significa eso de que quieres a Ramonilla?
-Lo que significa es que su hija de usted y yo nos queremos, y si usted lo permite nos casaremos juntos...
-¡Ni tampoco desapartados! ¡Pues no faltaba más, hombre, que la mi hija, heredera de todo lo de su padre, y entre ello viñas que dan al año quinientas cántaras de vino, se casara con uno que no coge arriba de cuarenta o cincuenta cántaras!...
-Pero, José, si yo no tengo más que una viñita, tengo otras cosas...
-Aunque tuvieras las minas del Potosí no te casarías con la mi hija no cogiendo tanto como yo; porque me he empeñado en que la mi hija sólo se ha de casar con uno que coja tanto vino como su padre...
-Pero ¿quién le dice a usted que yo no puedo llegar a cogerlo?
-Pues cuando llegues hablaremos, si es que aún estamos a tiempo.
-Así como hice una viña en que cojo cincuenta o más cántaras, puedo ir haciendo otras, aunque sea tomando terreno del común, y coger quinientas o más...
-Te he dicho y te repito, que mientras no tengas quinientas en tu cubera no te casas con Ramonilla. El día que las tengas me avisas para que las vaya a ver y a probar; las veo y las pruebo, y si la mi hija está aún soltera, haz cuenta que eres ya yerno mío.
Por más esfuerzos que el pobre Lorenzo hizo por apear de su burro a Josetón, no lo consiguió, porque la verdad era que Josetón quería un yerno que, cuando menos, fuese tan rico como su hija, aunque de su riqueza formasen parte tan pocas cepas como las de Antón el de Murrieta; y el primer pretexto que le ocurrió para rechazar a Lorenzo fue que Lorenzo cogía menos vino que él, y decirle que sólo le daría su hija cuando cogiese tanto, que era, a su parecer, decirle que no se la daría nunca.
Josetón, firme en sus trece, tomó el camino de San Juan, y Lorenzo, chorreando aún agua, y casi decidido a atarse los brazos con un mimbre para no poder nadar y echarse en seguida a la ría, tomó estrada abajo hacia el vado.
Cuando llegaba a la mitad de la cuesta, sintió pasos de alguna persona que corría tras él, y trascatándose, como por allí dicen, vio que quien corría, sin duda a su alcance, era Ramonilla, hecha un mar de lágrimas.
El resultado de la entrevista que Ramonilla y él tuvieron en la estrada, que era sombría y desierta, y sólo la alegraban los pájaros que cantaban sus amores en la enramadas de avellanos, zarza rosas, parras silvestres y madreselvas que la entoldaban, el resultado, repito, de aquella tierna entrevista, de la que Ramonilla volvió con las mangas del vestido mojadas, sin duda de tanto como había llorado, fue que Ramonilla y Lorenzo se juraron amor eterno: Ramonilla por medio de un «así Dios me salven», y Lorenzo por medio de un «y si no, me caiga muerto»; y para comunicarse sus pensamientos desde Aquende y Allende, arreglaron un telegrafillo que muchos años después hubiera venido de perilla para comunicarse con los bilbaínos el ejército, que, yendo a libertar a la invicta villa, acampó meses enteros en las alturas que dominan a Somorrostro, casi sin poder decirse los de afuera y los de adentro esta boca es mía.
VII
Ramonilla y Lorenzo eran tan poco leídos, aunque ambos sabían leer un poco, que ignoraban por completo la historia de Hero y Leandro, que era la suya, sin más que poner a Ramonilla en lugar de Hero, a Lorenzo en lugar de Leandro, a Aquende en lugar de Sestos, a Allende en lugar de Avidos, y a la ría de Somorrostro en lugar del Helesponto; pero si no la sabían la adivinaban; pues Ramonilla prohibió a Lorenzo que pasase a nado la ría para visitarla, temerosa de que Lorenzo tuviese el desastroso fin de Leandro.
Ambos se consumían por comunicarse sus amorosos pensamientos; pero como Josetón andaba listo para impedirles toda entrevista hasta cuando iban a misa, el telegrafillo consabido no paraba de jugar.
Al decir el telegrafillo he hecho mal, pues eran varios los que habían inventado y adoptado Lorenzo y Ramonilla; y nombro el primero a Lorenzo, faltando a la galantería debida al bello sexo, dignamente representado por Ramonilla en una modesta aldea donde no se usa en la cara ninguna de esas porquerías que tan feas ponen a las madrileñas guapas, porque Lorenzo era el principal inventor de ellos.
El que usaban con más frecuencia, particularmente cuando el ruido del viento o de la riada no lo impedía, era uno de sistema mixto, o lo que es lo mismo, acústico retórico-poético.
Por ejemplo, Lorenzo estaba apacentando los bueyes en los ribazos de la fuente, y Ramonilla cogiendo una haldada de serugas (alubias verdes) en el huerto de detrás de casa. Ramonilla cantaba este cantar:
Cavila todo el que quiere mucho a su novia o su novio; para no cavilar mucho casarnos debemos pronto.
Y Lorenzo entonaba al oírle este otro:
Cavilo a todas las horas mucho, remucho, muchísimo; pero, hablando con franqueza, inútilmente cavilo.
Como Ramonilla y Lorenzo habían convenido de antemano en que lo único aprovechable de estos cantares sería la primera palabra de cada verso, resultaba que Ramonilla había dicho a Lorenzo:
-¡Cavila mucho para casarnos!
Y Lorenzo había contestado a Ramonilla:
-Cavilo mucho, pero inútilmente.
Otro de los telegrafillos era nocturno, y aunque pesado, seguro.
En cada casería suele haber un farolillo, que se usa con preferencia al candil, particularmente cuando hace aire, tanto porque es menos expuesto a apagarse, como porque es menos expuesto a producir un incendio. En Allende, lo mismo que en Aquende, existía ese farolillo y se usaba todas las noches.
Ramonilla y Lorenzo habían numerado una porción de palabras o ideas, calculando que eran las que con más frecuencia necesitarían comunicarse.
El número de veces que se hacía brillar la luz del farol en la ventana de una u otra casa, correspondía al número que designaba cada una de aquellas palabras o frases. Pongamos algunos ejemplos.
-¡Bendita sea la madre que te parió! -era lo que decía el farol cuando brillaba una sola vez.
-¡Tienes tú más salero que el mundo! -decía cuando brillaba dos seguidas.
-Esta noche me ha arrimado mi señor padre un linternazo que me ha hecho ver las estrellas decía cuando brillaba tres.
-Tu señor padre es muy arrimado a la cola, aunque me esté mal el decírtelo -significaba cuando brillaba cuatro.
-Anoche a poco más me desmayo de placer soñando que ya nos habíamos casado -quería decir cuando brillaba cinco.
-Rabio de celos aparte -quería decir cuando brillaba seis.
Y así sucesivamente.
De manera que así se las componían del mejor modo posible los pobres muchachos; pero así y todo estaban cada vez más quemados, porque le doy yo al más pintado eso de estar dos muchachos derritiéndose de amor uno por otro, y tener que verse sólo desde lejos, y tener que hablarse sólo por telégrafo. Luego pensaban que si no se habían de casar hasta que la cosecha de vino de Allende igualase a la de Aquende, la cosa iba larga, porque, aun hechas las viñas, no comienza a dar fruto, hasta los tres años. ¡Más de tres años haciendo telégrafos! ¡El diablo tiene cara de conejo!
En éstas y las otras iba pasando el verano y se acercaban las vendimias, que debían ser muy buenas y abundantes, pues las viñas y los parrales tenían más racimos que hojas, y el tiempo había sido a pedir de boca para la maduración de la uva.
La viñita de Lorenzo estaba que daba gusto el verla.
Era toda de uva blanca, y sólo tenía algunas hileras de cepa de uva negra, con la que Lorenzo sacaba un vinito de ojo de gallo que era lo que había que ver, y sobre todo lo que había que beber.
Lorenzo dijo para sí:
-El caso es que con la telegrafía y las cavilaciones todo lo tengo, como quien dice, patas arriba, y éste es mal medio de salir de pobre, único, según Josetón, de que su hija y yo nos salgamos con la nuestra de «casarnos juntos». La viña está diciéndome que piense un poco más en ella y un poco menos en Ramonilla, y me dice muy bien. Ya que no pueda echar en cara a Josetón que cojo más vino que él, debo hacer lo posible para echarle en cara que lo cojo mejor.
Así diciendo, Lorenzo se echó a pensar qué mejoras haría aquel año en la vinificación que superasen a las que cada año había ido haciendo, y entonces se acordó del manuscrito que le había dejado el francés, con tanta más razón, cuanto que, según decía el papel de la cajita enterrada, las instrucciones del viñador no tanto enseñaban a hacer buen vino como a hacer mucho.
Buscó el manuscrito, pero se encontró con que las instrucciones que seguían al plano del Brezal estaban escritas en francés, y, por consiguiente, no entendía jota de ellas.
No faltaba en Somorrostro persona capaz de ponérselas en buen castellano; pero temeroso de que el traductor divulgase en Somorrostro su contenido, si éste era verdaderamente útil, se fue a Bilbao a buscar quien se las tradujera.
Lo que trajo de Bilbao fue, además de la traducción del manuscrito, un tubo de cristal a manera de termómetro, llamado gleucómetro, que, aunque para mí está en griego este nombre, creo que ha de significar medidor de azúcar o cosa así, y además un papelón de azúcar.
Al día siguiente fue a la viña, donde ya había algunos racimos maduros, y volvió, trayéndose aquellos racimos, con los que se encerró en la cubera.
Lo que en la cubera hizo Lorenzo aquel día y los dos o tres siguientes, ni la misma Turis lo supo; pero lo cierto es que el telégrafo jugó mucho, que uno de los telegramas de Lorenzo fue éste: «Antes de Nochebuena nos casamos, con la bendición de de tu padre»; que Ramonilla y Lorenzo, de alegría, no cabían en el pellejo; que Lorenzo fue a Bilbao con el carro, que volvió de noche trayendo muy disimuladamente unos sacos de azúcar que encerró en la cubera, y que con igual disimulo fue después proveyéndose de cubas vacías para una cosecha tan grande como la de Josetón.
VIII
Lorenzo, después de vendimiar él y Turis la viñita, por cierto con excelente sazón, se encerró una porción de días en la cubera, a la que Turis y él subieron durante aquellos días, o mejor dicho, aquellas noches, centenares de herradas y calderas de agua de la fuente del Avellanal.
El telégrafo continuaba jugando y transmitiendo excelentes noticias.
Una hermosa tarde del veranillo de San Martín, que es precisamente cuando la justicia permite poner ramo para la venta de los vinos nuevos, se vistió Lorenzo la ropa dominguera aunque era sábado, y reventando de alegría y satisfacción, subió río arriba hasta San Juan, pasó el puente por Oyancas, allí tomó la calzada de Muzquiz, y se plantó en Aquende, donde ya se sabía que andaba Josetón muy ocupado en dar la última mano a su cosecha de vino, y muy contento porque la cosecha, si no aventajaba en calidad a la de otros años, la aventajaba en cantidad.
Josetón, lejos de demostrar disgusto al verle, mostró satisfacción, porque ansiaba, como quien dice, pasarle por los hocicos el rimero de cubas llenas que tenía en su cubera, para que se muriera de envidia comparando aquellas cubas con el par de ellas que Josetón suponía en la cubera de Allende.
-¿Qué tal ha sido la vendimia por Allende? preguntó a Lorenzo, con una sonrisita burlona capaz de cargar a Cristo padre.
-Buena -contestó Lorenzo con modestia. -¿Y por Aquende?
-Ahora lo verás y lo probarás -dijo Josetón encaminándose a la cubera-. Chica -añadió a Ramonilla, que andaba por arriba derritiéndose por hablar con su novio cara a cara, como Dios manda -bájate una jarra, un vaso y algo que echar a perder.
Ramonilla bajó poco después con lo que su padre pedía. Lo que bajaba para echarlo a perder era un pan y un plato de nueces.
Josetón y Lorenzo fueron probando vino de diferentes cubas que Josetón no se cansaba de ponderar y admirar, poniendo al trasluz el vaso, sin que Lorenzo tomara parte en su admiración ni en su contemplación más del mínimum de lo que la cortesía reclamaba.
-¡Ya ves -dijo Josetón- que una cosechita de más de quinientas cántaras de este vino no es moco de pavo!
-Ciertamente que no lo es -contestó Lorenzo.
-Hombre, lo dices con una frialdad, que al verte y oírte, cualquiera creería que estas cosas no te cogen de susto.
-Y creería muy bien.
-Hombre, no digas disparates.
-Para probarle a usted que no los digo, voy a suplicarle a usted una cosa.
-¿Y qué cosa es esa, muchacho?
-Que mañana oiga usted misa mayor en San Juan, y luego se vaya conmigo a Allende, donde comeremos juntos y probaremos el vino de mi cosecha, a ver qué le parece a usted.
-Hombre, iré con mucho gusto, pero me guardaré de empinar mucho el codo por temor de dejarte sin vino.
Lorenzo se despidió de los de Aquende, cambiando con Ramonilla una picaresca y triunfal mirada que quería decir:
-¡Ya estamos a punto de pescarnos mutuamente!
Al día siguiente Josetón fue, en efecto, a misa mayor a San Juan, adonde fue también Lorenzo, y reunidos después de misa se encaminaron a Allende, tomando la ribera derecha, que no hace un siglo era junquera estéril y aun nociva a la salud pública, y hoy es vega fertilísima y sana.
Turis, que había oído misa primera en San Juan, como Ramonilla en San Julián, tenía ya preparada una comida de padre y muy señor mío, sólo por complacer a su sobrino, que por su gusto, aunque era incapaz de hacer daño a una mosca, lejos de preparar obsequios a Josetón, hubiera huido de Allende por no encontrarse con él.
Turis tenía motivos más que sobrados para aborrecer a Josetón; pero como era tan buena, estaba lejos de aborrecerle, aunque hacía más de veinte años que había procurado no dirigirle la palabra.
Turis y Josetón estaban para casarse, y todos creían que estaban muertos de amor uno por otro,pero pronto se vio que si Turis lo estaba, Josetón era todo lo contrario. Un tío que tenía en América Turis había prometido a ésta mil ducados de dote, pero cuando ya se iban a leer las amonestaciones, se recibió una carta de que el indiano había muerto de pesadumbre por haberse llevado la trampa todo su caudal, y entonces el sinvergüenza de Josetón se llamó Andana, y poco tiempo después se casó con otra que tenía el dote de que Turis carecía, y enviudó sin quedarle más familia que Ramonilla.
Turis tuvo más de una ocasión para casarse, pero las rehusó todas, porque había jurado casarse con Josetón o no casarse con nadie, y era mujer que no faltaba a sus juramentos.
Pensaba no saludar siquiera a Josetón el día que éste fue a Allende; pero al ver que Josetón la saludaba un poquito conmovido, no tuvo valor para hacerle un desaire, porque Turis era un alma de Dios, y como dijo el otro, donde fuego hubo, cenizas quedan.
-Vamos a ver la tu cubera, hombre -dijo Josetón a Lorenzo con la acostumbrada sonrisita burlona, así que llegaron y se saludaron Josetón y Turis.
-Adonde vamos ahora -contestó Lorenzo- es a despachar la ración, que mi tía es buena cocinera y no gusta de que se le pase lo que tiene a punto. En la mesa haremos la postura al vino nuevo, y luego bajaremos a ver si eran o no fundados los temores que usted tenía ayer de dejarme sin vino si alzaba con mucha frecuencia el codo.
La mesa estaba dispuesta con mucho aseo y primor, y Josetón y Lorenzo se sentaron a ella.
-Tía -dijo Lorenzo-, suba usted vino sin duelo.
-¿De qué barrica quieres que lo suba?
-De cualquiera de ellas, porque todo es igual. Josetón se desató en pullas con motivo de la dificultad de elección de barrica que Turis había consultado con su sobrino.
Turis subió un jarro de vino que lo menos hacía dos azumbres.
-Hagamos boca -dijo Lorenzo, llenando los vasos de un vino de ojo de gallo chispeante y ya completamente clarificado.
Josetón, después de confesar que el vino tenía buena apariencia, desocupó el vaso y no pudo menos de confesar que superaba a la apariencia el sabor.
También confesó Josetón que Lorenzo sacaba mejor vino que él de peor uva, pero lo confesó sosteniendo que tal habilidad no compensaba la ruindad de la cosecha de Lorenzo.
La comida terminó con mucha animación de la gente, y sobre todo de Josetón, a quien el vinillo de Allende había puesto más alegre que una pascua, y hasta había hecho el prodigio de despertar en él una sensibilidad que la misma Turis desconocía.
Por fin bajaron los tres a la cubera, a cuya puerta se quedó parado Josetón, sorprendido de ver unos rimeros de cubas aún mayores que los que en su cubera había.
-Ya ve usted -le dijo Lorenzo- que por mucho que empine hoy el codo no ha de dejarme sin vino.
-Pero, hombre, ¿qué quiere decir esto?-exclamó Josetón sin salir de su asombro.
-Esto -contestó Lorenzo- quiere decir que tengo una viña verdaderamente mágica, o lo que es lo mismo, que tengo en mi cubera tanto vino como usted en la suya, y por lo tanto estoy en el caso de suplicarle a usted que me cumpla una promesa que me hizo: la de consentir que Ramonilla y yo «nos casemos juntos».
-Pero ¿todas esas cubas están llenas de vino?
-Véalo usted.
Josetón fue dando con los nudillos de los dedos en todas las cubas, con lo que se cercioró de que estaban llenas.
-Ahora -dijo Lorenzo -quiero que se cerciore usted de que el vino que contienen es hermano del que hemos bebido.
Josetón metió una especie de saca-vinos de caña en la primer cuba que halló a mano, le desocupó en un vaso, miró el vaso a trasluz, probó el vino, y dijo:
-Sí, hermano del que hemos bebido es.
-Siga usted probando.
-No necesito más pruebas, que para muestra basta un botón; pero dime, Lorenzo, ¿cómo has hecho este milagro?
-Con esta receta que me dejó el ingeniero francés -contestó Lorenzo, enseñando a Josetón las instrucciones originales.
Josetón quiso leerlas, pero se encontró con que estaban en lengua que no entendía, y exclamó, devolviéndole el pliego a Lorenzo:
-¿Quién demonio entiende esto?
-Yo, porque el francés me enseñó a entenderlo.
-Pero hombre, explícame...
-Lo único que debo explicarle a usted es que con esta receta y uva para cincuenta cántaras de vino, hago yo quinientas cántaras.
-Pues entonces -exclamó Josetón, brillando sus ojos de alegría y codicia-, ¿cuántas no harías con uva para quinientas, que es la que yo cojo?
-Calcule usted, amigo José.
-Hombre -dijo Josetón abrazando a Lorenzo entusiasmado y conmovido-, llámeme ya suegro y déjate de cumplimientos.
IX
Si Lorenzo no creyó conveniente dar a conocer ni aun al que iba a ser su suegro las instrucciones con que tan maravillosamente había multiplicado el vino de su cubera, el escritor público, que no debe contentarse con aspirar a deleitar, pues debe aspirar también a instruir, no se halla en el caso que Lorenzo.
Yo fui quien en Bilbao tradujo a Lorenzo el texto francés, y cuando terminada la operación me dijo Lorenzo, desciñéndose el extremo de la faja encarnada que le servía de bolsa: «Conque, don Antonio, ¿cuánto es el trabajo de usted?» «Nada, Lorenzo -le contesté-, más que tu permiso para quedarme con una copia de estas instrucciones, que publicaré cuando venga a pelo, y un trago de vino de tu cubera cuando vaya por Allende».
Lorenzo creyó que yo era un escritor casi tonto, según lo barato que trabajaba, y quizá no se equivocó, porque era muchacho más listo que yo.
Las instrucciones que traduje eran éstas, vertidas al castellano: