The Works of Aphra Behn, Volume VI
Chapter 1
La viña mágica
I
La Humanidad tuvo en los tiempos antiguos quien la redimiese del pecado, y en los tiempos modernos tiene quien la redima de la miseria. Si bendice al redentor antiguo, también debe bendecir al moderno, porque los hijos de la miseria no son tiranos menos abominables que lo eran los hijos del pecado.
El redentor antiguo era Jesús, entre cuyas maravillosas virtudes se contaba la de multiplicar los peces y los panes y dar salud al enfermo y alegría al triste por obra exclusiva de su santa voluntad. El redentor moderno, que también tiene la virtud de multiplicar el alimento del hombre y devolver a éste la salud del cuerpo y aun la del alma, es el que va a ser santificado y bendecido en este cuento que recogí en los campos de mi infancia, cuando Dios derramaba en ellos su bendición y no Caín la sangre de su hermano.
II
El valle de Somorrostro se extiende cerca de dos leguas de Oriente a Ocaso, entre una cordillera férrea y otra volcánica que siguen la misma dirección: la férrea resguardándole del calor y la violencia de los vientos meridionales y enriqueciéndole con el precioso e inagotable metal que encierra en sus entrañas, y la volcánica protegiéndole de la furia del mar Cantábrico y de la frialdad de los vientos boreales, y alegrándole con el jugo de las vides que cría en sus estribaciones y faldas del Mediodía.
Junto a su extremo occidental crúzale, de Sur a Norte, un vallecito secundario, de modo que el valle de Somorrostro, parece una cruz tendida, cuya peana es Baracaldo, cuya cabeza es Larrigada, y cuyos brazos constituyen el vallecito de San Juan del Astillero, apoyándose el extremo Sur de estos brazos en Galdames, y el extremo Norte en el mar.
El cuerpo de la cruz que corresponde a San Pedro de Abanto, a Nocedal y a San Salvador del Valle es escueto, severo, casi falto de todo adorno, pero no lo son la peana, los brazos y aun la cabeza. La peana está perpetuamente vestida de fresca verdura; así que asoma la primavera, a la verdura se añaden las flores del guindo y del melocotonero, y así que las flores se agostan, las reemplazan, hasta que los cierzos invernales logran penetrar en el valle por los portillos de Ciérbana y Pobeña que se abren entre el Janeo, el Montaño y el Sarantes, las guindas y las cerezas del Regato y Amézaga y Retuerto y Ugarte, los melocotones y los albérchigos y las ciruelas claudias de Landáburu y San Salvador y Urioste, y los racimos de Sestao y Galindo.
Si la peana de la cruz aparece siempre engalanada, los brazos y la cabeza poco o nada tienen que envidiarle, porque en el punto en que los brazos y la cabeza arrancan del cuerpo, el regazo de las montañas es tan eficaz y amoroso, la temperatura tan benigna y el suelo tan fértil, que allí, cerca del puente de Santelices, está el primer noble de Vizcaya que se cubre de hoja (como lo saben muy bien las abejas de Montellano que bajan a libar sus racimos de flores amarillas), y allí, entre el palacio del marqués de Villarias y los estribos septentrionales del Llangón, está (o estaba cuando la paz florecía y fructificaba en Vizcaya hacía treinta años bajo el glorioso cetro de doña Isabel II) un bosquecillo de naranjos y limoneros, cuyo fruto poco tenía que envidiar al de las regiones meridionales; y allí, en el collado de Memerea, subsiste hace siglos un olivo cuyo fruto recuerda el de las márgenes del Guadalquivir; y allí, en los huertos de Oyancas y Jiba y San Martín de Muñatones y Lascarreras, me cargaron cien veces de rosas y claveles y azucenas aquellas hermosas, modestas y buenas damas que en toda estación salían al encuentro del viajero ofreciéndole entrañable hospitalidad en todas las aldeas vascongadas cuando la paz sonreía en aquellas aldeas amadas y lloradas de mi corazón.
Por el vallecito que sirve de brazos a la cruz en que en los primeros meses de 1874 tantos y tantos españoles espiraron, todos creyendo que la redención de la patria exigía de ellos aquel sacrificio, aunque muchos de ellos creían un absurdo; por aquel vallecito baja en busca de la mar el río a cuya margen jugué cuando niño ¡y ya no espero descansar cuando anciano! La mar sale a su encuentro hasta el puente de Santelices, que es donde propiamente el vallecito se constituye en brazo izquierdo de la cruz, y como mar y río se abrazan, unen y confunden en uno cuando pasan entre el Janeo y el Montaño, o sea cuando se acercan al término de su viaje, para el río de ida y para la mar de regreso, entonces el río, aunque ha afeminado impropiamente su nombre llamándose ría, es tan ancho y tan profundo que los moradores de una y otra orilla no siempre pueden visitarse, porque no siempre tienen a su disposición una barca que les facilite el paso.
Por esta dificultad de visitarse y de hablarse cuando les diera la gana (que les daba a toda hora y rara vez podían satisfacerla), estaban desesperados Ramonilla la de Aquende y Lorenzo el de Allende, que bebían los vientos uno por otro.
III
Más abajo del puerto de la Berdeja, con cuyo nombre se designa una playa situada en la orilla derecha de la ría entre San Juan y Múzquiz, o la que es lo mismo, casi al promedio del brazo derecho de la cruz, se buscan el Janeo y el Montaño, pero se encuentran con que se opone a su comunicación la ría, y el Janeo permanece con el pie en la ribera izquierda y el Montaño con el pie en la ribera derecha.
Hacia aquel punto hay varias caserías dispersas. en las estribaciones de ambos montes, cobijada cada una de ellas en un bosquecillo de nogales. Una de la de los estribos del Janeo es conocida con el nombre de Aquende, y otra de las de los estribos del Montaño lo es con el de Allende.
Los vecinos de aquellas caserías se dedican casi exclusivamente al cultivo de las viñas, porque casi es ésta la única agricultura que allí permite el terreno.
El Janeo, el Montaño y el Serantes contrastan por su falta de vegetación con todos los demás montes del valle y aun del país. Sea por su naturaleza volcánica, sea por otra causa, lo cierto es que sólo verdea en ellos una vegetación raquítica, interrumpida a trechos por rocas y por tarrizos desnudos y de color rojizo; pero, como según el poeta latino, Bachus amat colles, los viñedos prosperan en las estribaciones y las faldas de aquellos montes particularmente en las de Mediodía y Levante, y constituyen la mayor riqueza de una buena parte de los moradores del valle.
El vino de Baracaldo y Somorrostro, aunque fuese muy estimado de las gentes del país, no lo era de las que no estaban acostumbradas a él, y realmente no debía serlo, porque la impericia de la vinificación era allí superior a todo encarecimiento; pero las mejoras que algunos propietarios han introducido en este ramo de la industria agraria, y se van generalizando entre los demás, han demostrado que allí se pueden cosechar vinos que compitan con los mejores de Burdeos .
De todos modos, en los valles de Somorrostro y Baracaldo los hay ya ligeros, pero sumamente sanos y agradables, que son una verdadera riqueza para el país, pues se venden en la cubera de diez y seis a veinticuatro reales la cántara y los compradores exceden a los vendedores.
Josetón el de Aquende, que no cogía menos de quinientas cántaras de vino y estaba siempre roído por la codicia, se daba a doscientas mil de a caballo todos los años, por dos razones: la primera, porque a pesar de estar situadas sus viñas en terreno inmejorable, como que era un regazo del Janeo, perfectamente soleado y resguardado de todos los vientos que dificultan la maduración de la uva, su vino era muy inferior al que cosechaban muchos de sus vecinos, cuyas viñas ocupaban terrenos que carecían de aquellas condiciones; y la segunda, porque por la misma inferioridad del vino tenía que vender toda la cosecha a principio de temporada, temeroso de que en la primavera se le avinagrase, y veía que aquellos de sus vecinos que no le vendían hasta la entrada del verano, le vendían al precio que querían.
Y en verdad que no había motivo para que Josetón estuviese siempre roído por la codicia, pues era viudo, y toda su familia se reducía a su hija
Ramonilla, y además de ser dueño de la casa y la hacienda de Aquenque, que habitaba, lo era de unas riquísimas veneras de Triano, cuya explotación tenía arrendada y le producía un dineral; pero Josetón, aunque hombre de bien, era muy terco y corto de entendimiento, lo cual explica la anomalía de que cosechase mal vino en excelentes viñas. Temeroso de que se anticipasen las lluvias del cordonazo de San Francisco, como llaman los marinos y los de las marismas al equinoccio del otoño, y le maleasen la cosecha, vendimiaba antes de madurar debidamente la uva; doliéndole el aumento de jornales y la disminución de uva, no consentía que las vendimiadoras se entretuviesen en limpiar el racimo de hojas, tierra y uvas podridas, ni consentía que racimo alguno, por verde que estuviese, dejase de ir al lagar o la tina. Razones de este jaez, es decir, de economía mal entendida y falta de inteligencia en la vinificación, se aunaban a lo interior para que el vino de Josetón fuese muy inferior al que cosechaban casi todos los demás vecinos del concejo.
Frente por frente de su casa, aunque agua por medio, tenía Josetón un buen modelo de vinificadores discretos. Este modelo era Lorenzo el de Allende, que aunque no tenía más que una viñita, cuya historia es digna de contarse, y esta viña no le daba arriba de cincuenta cántaras de vino, sacaba de ella tanta utilidad como Josetón de la mitad de las suyas.
La viñita de Lorenzo estaba medianamente situada, pues la combatían los vientos del Sudoeste, y sólo la bañaba el sol al declinar; pero Lorenzo la cavaba y recavaba con tanta frecuencia, que no consentía que creciese una yerba en ella; aunque los zaragozanos del valle anunciasen el diluvio universal y los fríos siberianos para antes de San Miguel, no vendimiaba un racimo mientras la uva no estuviese dorada como oro y dulce como la miel; el día que se decidiese a vendimiar había de ser como hecho de encargo para aquella operación; aunque necesitase doble tiempo y trabajo para vendimiar, ni una hoja de parra, ni una yerba ni una uva podrida, ni un terroncillo había de ir a casa, y por supuesto, todo racimo que no estuviese bien sazonado se quedaba en la viña para solaz de los rebuscadores de grapas.
Por estos medios y otros subsiguientes y no menos acertados, conseguía Lorenzo un par de pipas de vino de veinte a veinticinco cántaras cada una, que vendía al precio que le daba la gana así que llegaba la canícula, en que las gentes se despepitan por el buen chacolí, que a la par alegra la pajarilla y refresca la sangre.
Lorenzo era trabajador y económico, pero na codicioso como Josetón. Sus padres habían fallecido hacía pocos años dejándole casi niño; pero cultivando unas piececillas que le habían dejado en la veguita de la ribera, explotando la viñita que había hecho en una cuestecilla que no daba más que brezo; vendiendo buena parte de la fruta de los nogales, los cerezos, los perales, los manzanos y los melocotoneros que rodeaban su casita; cuidando con esmero e inteligencia unas cuantas cabezas de ganado que también le habían dejado sus padres, y ganando algunos cuartos al tráfico de la vena cuando las ocupaciones de la labranza se lo permitían, iba tirando perfectamente, y en su casa todo iba bien, a lo que no contribuía poco el buen gobierno de Turis (Ventura), que era una buena mujer de cuarenta y tantos años, tía segunda suya, que había ido a asistir a su madre en la extrema enfermedad de ésta, y se había quedado en la casa a instancias de Lorenzo.
La historia de la viñita de Lorenzo, que he dicho es curiosa, lo es, en efecto, tanto, que merece capítulo aparte.
IV
Lorenzo sentía en el alma no haber heredado de sus padres más parras que dos moscatelas, que trepando por las esquinas del costado meridional de la casa, se alargaban mutuamente los brazos y formaban con ellos frondoso dosel sobre las ventanas correspondientes al piso principal, desde donde a su debido tiempo se alcanzaba su dulce fruto.
Su padre sentía también no tener viña alguna, como las tenían casi todos sus vecinos, lo que consistía en que carecía de terreno a propósito para viñedo. Casi todas sus heredades estaban en la vega, donde, por una parte, las viñas no prevalecen por ser húmeda y demasiado profunda la tierra, y por otra parte, todo el terreno que tenía le necesitaba para la siembra de cereales y cebo para el ganado.
El único terreno que la casería de Allende tenía fuera de la vega era un pedazo costanero y cayueloso, llamado el Brezal, que ni yerba siquiera producía. Muchas veces tuvo el padre de Lorenzo tentaciones de quebrantar para viña aquel terreno, pero desistió de ello creyendo que por su mala exposición daría escaso y mal fruto la viña que allí se plantase.
-Un día, poco después de haber fallecido la madre de Lorenzo, que sobrevivió pocos meses a su marido, fue por Allende un ingeniero francés, encargado de levantar ciertos planos del abra de Pobeña y la ría de Somorrostro, por encargo de una Compañía industrial que proyectaba hacer allí buen puerto para la exportación de la vena de hierro del extremo occidental de Triano y de las veneras de Galdames y Sopuerta.
Las estribaciones occidentales del Montaño, donde estaba la casería de Allende, eran el punto más conveniente para los principales trabajos del ingeniero. No bien éste apareció por allí, Lorenzo salió a su encuentro, le saludó cortesmente, y le ofreció su casa y su ayuda en cuanto pudiera servirle.
El francés aceptó agradecido el ofrecimiento, pues tenía que ocuparse allí algunos días, y hospedándose en Allende, se ahorraba la molestia que le hubiera originado el hospedarse en San Julián de Múzquiz o San Juan del Astillero.
Cuando terminó el ingeniero sus trabajos en Allende, y se disponía a partir, acabó Lorenzo de enamorarle, negándose a admitir retribución alguna por la hospitalidad y la ayuda que le había dado.
Es de advertir que aunque el ingeniero francés hablaba con dificultad el castellano, Lorenzo y él habían conversado largamente sobre los asuntos del primero, y Lorenzo se había lamentado al segundo de que la casería de Allende careciese de terreno apropiado para viñedo, pues el del Brezal no lo era.
-Vamos -dijo el francés a Lorenzo- ya que es usted tan desinteresado para conmigo, voy a confiar a usted un secreto que de seguro le ha de valer a usted más que el puñado de pesetas que rehúsa. Al dar noticia los periódicos franceses de mi próxima partida para España con objeto de estudiar la construcción de un puerto en Somorrostro, se me presentó un anciano que había hecho por aquí la guerra en tiempo de Napoleón, y dándome un planito que conservo en mi cartera y he consultado apenas llegué aquí, me dijo: «Estando a punto de caer en manos de los brigantes, como llamábamos a los españoles con este abuso de la palabra a que tan propensos somos los franceses, y tan caro puede costarnos el día que riñamos con quien pueda meternos el resuello en el cuerpo, enterré en Somorrostro en un brezal, cuya situación exacta señala éste planito, un tesoro que no he tenido medio de ir a recobrar. Ya que va usted allá, y es persona de fiar, tenga la bondad de buscarle y traérmele. Le enterré a tres pies o tres y medio de profundidad, abriendo un hoyo con la bayoneta, no recuerdo si en la parte baja, en la media o en la alta del Brezal». Mi partida se dilató algún tiempo, y entretanto el veterano, que se dedicaba al oficio de viñador, en que era inteligentísimo, falleció sin dejar pariente alguno que le heredase. Conque, amigo Lorenzo, herédele usted, que nadie tiene más derecho que usted a heredarle, siendo de usted el terreno en que está el tesoro. Aquí tiene usted el plano del Brezal, y al respaldo de él hallará escritas por mano del viñador algunas instrucciones relativas al mismo asunto.
Lorenzo dio las gracias al ingeniero por el generoso obsequio que le hacía, y el ingeniero se marchó.
Lorenzo se dedicó a hacer catas en el Brezal en busca del tesoro, pero el tesoro no parecía.
-No nos andemos por las ramas -dijo Lorenzo-; lo mejor es empezar por la hondera, abriendo de orilla a orilla una zanja de cuatro pies de profundidad (pues más vale que sobre que no que falte), como quien rompe terreno para viña, y sigamos abriendo zanja sobre zanja, aunque sea hasta la cabecera, mientras el tesoro no parezca, que tiene que parecer buscándole así.
En efecto, Lorenzo empezó a quebrantar el Brezal del modo que había dicho, y como no le convenía que se supiese el objeto con que lo hacía, tanto por temor de que se riesen de él los que no tenían tantos motivos como él para creer al ingeniero francés incapaz de burlarse de nadie, como por temor de que algún malhechor le diese un mal rato, queriendo robarle el tesoro, contestaba afirmativamente a los que le preguntaban si al fin se había decidido a hacer su viñita.
Iba ya quebrantado todo el Brezal y no parecía el tesoro; pero al abrir la última zanja, que correspondía precisamente a un pedacillo de terreno que había cavado y descepado la víspera de la llegada del francés para probar si en él se daban las patatas, exhaló un grito de alegría, encontrándose con una cajita de madera, que no dudó contuviese el tesoro, aunque no acertaba a explicarse cómo no se había podrido estando enterrada tanto tiempo.
La caja pesaba tan poco como si estuviera vacía, y esto dio muy mala espina a Lorenzo. Apresuróse a abrirla, y sólo encontró en ella un papel escrito en mal castellano, que venía a decir:
«Plante usted de viña el terreno que haya quebrantado, cultive usted bien la viña y beneficie bien su fruto, para lo cual le servirán a maravilla las instrucciones escritas al reverso del plano del Brezal, y habrá encontrado usted el tesoro que buscaba, tanto más, cuanto que esas instrucciones no tanto enseñan a hacer buen vino como a hacer mucho. Realmente el tesoro no merece este nombre; pero para hombres tan modestos y de tan pocas necesidades como usted, un verdadero tesoro será el fruto de la viñita que plante en el terreno que haya quebrantado».
Lorenzo dudó, al leer esto, si debía maldecir o bendecir al francés; pero suspendió la decisión hasta consultar las instrucciones adjuntas al plano.
Estas instrucciones estaban escritas en francés, que naturalmente era griego para Lorenzo, y faltó poco para que Lorenzo hiciera añicos instrucciones y plano; pero se contentó con guardar el pliego en el bolsillo, y pasó a decidir si se había de enojar o alegrar con el chasco que el francés le había dado.
Lorenzo era naturalmente inclinado a la benevolencia, y concluyó al fin por decir:
-Indudablemente debo estarle agradecido, porque lo cierto es que en chanzas o en veras me ha hecho un gran favor. Como quien no quiere la cosa, me encuentro con una viñita casi hecha y derecha, y al francés se lo debo; pues si no es por él hubiera continuado el Brezal dando sólo brezo y caracoles, y dentro de poco tiempo me dará un par de cubas de chacolí, que, bueno o malo, contribuirá a mi agostillo. Dios le dé mucha salud al franchute, y a mí me la conserve para que Josetón concluya de burlarse de mí llamando a la fuente del avellanal la cubera de Ayende.
Esta es la historia de la viñita de Lorenzo.
V
Lorenzo no era, ni mucho menos, lo que se llama un talentazo deshecho, ni pasaba, en punto a saber, de lo que sabe un pobre destripaterrones, que se suele reducir en aquellos valles y montañas a leer no muy de corrido, a escribir su nombre muchas veces a riesgo de poner verbigracia, Lorenzco por Lorenzo, y a estar al corriente de la doctrina cristiana y de lo más gordo de la administración municipal y provincial, merced esto último a la participación que todo vecino toma en la elección de concejales y en la de apoderados a las Juntas generales de Guernica; pero aun así, tenía Lorenzo frecuentes cavilaciones, y cavilaba con mucho seso, como vamos a ver trasladando aquí una de ellas.
-Pues señor -decía para sí-, tengo ya veintitantos años; el tiempo se va sin sentir y no vuelve; mi tía Turis, aunque no es vieja, está ya muy acabada con los disgustos que en otro tiempo le dio ese zoquete de Josetón; casa donde no hay mujer propia ni hijos está fría, desordenada y triste; hombre que no se casa de mozo no debe casarse de viejo; y, por último, esa Ramonilla de mis pecados me hace cada vez más gracia, a pesar de lo camueso que es el padre que Dios le dio.
Una noche, después de haber tenido una de estas cavilaciones, Lorenzo estaba sentado a la puerta de su casa a la luz de la luna.
Era por el mes de junio, y ya aquel día había hecho mucho calor. Lorenzo había estado carreteando vena desde Triano al puerto de la Berdeja; al llegar, al anochecer, había desuncido los bueyes; al pie de uno de los nogales de la portalada les había echado una buena ración de alcacer fresco que Turis había segado a la caída de la tarde; mientras los bueyes cenaban al fresco bajo el nogal, él y Turis habían cenado a la luz de la luna en el poyo de al lado de la puerta; Turis, a instancia de Lorenzo, había subido a acostarse, y Lorenzo esperaba a que los bueyes concluyesen de cenar para recogerlos en la cuadra e ir también él a descansar, que bien lo necesitaba, habiendo sido aquel día de los aludidos en la canta que dice:
Por Pucheta arriba van los de la mala fortuna, unos diciendo ¡arre, buey! y otros diciendo ¡arre, mula!
Entre la ría y los nogales que preceden a la casa había una cuestecilla, y a mitad de la cuesta, en un rellanito sombreado por unas matas de avellano, sauce, maravillo (alheña) y zarza-raya (zarza rosa), había una fuente muy fresca, cuyo perenne chorro se deslizaba por una teja.
-Vamos a refrescar y dejémonos de cavilaciones -dijo Lorenzo.
Y se encaminó silbando hacia la fuente, cuyo murmurio llegaba hasta el nocedal, favorecido por el silencio de la noche.
Aquélla era la fuente que Josetón llamaba en otro tiempo la cubera de Allende, y aún se lo llamaba, burlándose primero de que no se cosechaba vino, y después de que se cosechaba poco.
Conforme Lorenzo descendía por la cuesta, no quitaba ojo de una ventana de la casería de Aquende, donde se veía luz.
-Apuesto -dijo- a que esta noche está Ramonilla cerniendo, pues aquella ventana es la de la cocina donde tienen la artesa, y me parece que oigo el zarandeo del cedazo. Voy a echarle una canta, y con la canta una indirecta. ¡Calla! Ya no se oye el cedazo, y una persona se asoma a la ventana.
De seguro es Ramonilla, que me habrá oído silbar; sí, ¡ella es!
Dicho esto, Lorenzo entonó con voz sonora y capaz de oírse desde la cumbre del Janeo, este cantar, al parecer improvisado:
Eres harina y yo soma , pero mezcladas las dos, resultarán de la mezcla unas tortas como un sol.
Inmediatamente le contestó Ramonilla con este otro cantar, por lo visto improvisado también:
Las tortas, para ser buenas, se han de hacer en San Julián, que si allí no se hacen, ya es harina de otro costal.
Lorenzo, que había llegado ya a la fuente, refrescó la garganta con un trago de agua, y cantó en seguida:
Por detrás de la iglesia yo nada quiero, que por aquel camino se va al infierno.
Y Ramonilla contestó al canto:
Si con buen fin me quieres, dile a mi padre: «Quiero entrar en la gloria; venga la llave».
Este tiroteo de cantares terminó porque Ramonilla volvió a darle al cedazo, oyendo a su padre refunfuñar en la cama, diciendo que era una tal y una cual, pues en lugar de dar al cedazo, le quitaba el sueño cantando.
Lorenzo tomó cuesta arriba, más alegre que un vaso de buen vino, que según Josetón era la cosa más alegre del mundo, recogió sus bueyes, les echó en el pesebre otro buen brazado de alcacer, subió a su cuarto y se acostó, diciendo: