La vieja verde: Estudios al natural
Part 2
--¡Oh amigo mio,--me dijo,--las montañas son las que no se encuentran! ¿Con que no ha quedado usted ya para otra cosa que para vivir de viejas verdes?
--¿Qué me importa á mí cuando para desengrasar de la vieja conozco á una jóven como tú?
--¿Qué es eso de tú? No tenemos la menor confianza, ni estamos en el baile de la Infantil: un poco más de respeto, caballero, á una, señorita decente.
--¡Ah!--exclamé,--nos hemos conocido en el baile; ¿y cuándo?
--Nos hablamos hace ocho noches y usted no ha vuelto. ¿Y mi brazalete?
--¡Ah! ¡El dominó azul y blanco!--exclamé.--¡y sin careta!
Yo habia contraido una pasion furiosa por aquel dominó inflexible que no habia consentido en mostrarme el semblante.
Al que yo venia tratando desde hacia algun tiempo ya en este baile, ya en el otro.
El de la deliciosa garganta.
El del precioso seno virginal.
La chica más extraña del mundo.
Decia que me adoraba y no consentia en quitarse la careta.
No me permitia la más leve licencia.
Era necesario valsar con ella, pero decentemente.
No me habia dado una sola cita.
Y sin embargo, sus ojos ardian, me devoraban.
Yo estaba loco por ella.
Ella se me escurria siempre.
Se me perdia antes del fin del baile.
Desaparecia.
Tenia para esto una habilidad infinita.
Yo estaba desesperado.
Resuelto á una enormidad.
Pero hay fatalidades.
Un mes antes... estaba yo empeñado en un gravísimo compromiso.
Habia dado de puntapiés á un _quidan_.
Le habia dislocado una pierna.
Nos llevaron, á mí á la prevencion, á él á la Casa de Socorro.
Comparecimos en juicio de faltas.
Me sentenciaron las costas y me aplastaron con una multa de cien reales.
Yo no sabia lo que era _guita_, desde hacia un siglo.
Se me dió un respiro.
Se me pidieron, las señas de mi domicilio.
Se me advirtió que si dentro de tres dias no arreglaba mi cuenta con la justicia, se echaria mano de mi bella persona y se me aposentaria de balde, y con la manutencion, en el aristocrático hotel del Saladero.
La cuestion era grave.
¿De dónde sacar los ciento y tantos reales que habian hecho caer sobre mi mal genio y mis puños?
Quien quiera saber lo difíciles que son ocho duros, que los necesite.
Ninguno de mis amigos valia tres pesetas.
Tenia yo una cocinera.
Expliquémonos; no era que yo tenia una cocinera, sino que una cocinera me tenia á mí.
Más claro...
Pero no hay necesidad de hablar más claro.
Se podria hacer un turbio.
Me amaba, en fin, una vizcaina que cuidaba del estómago de un canónigo y que cuidaba mucho más de hacerme cómodos sus cincuenta y dos años.
Era vistosa como doña Emerenciana.
Como doña Emerenciana, tenia que hacer inventario, cuando se acostaba, de las prendas más bellas que aparecian en su persona.
Y aún aventajaba á doña Emerenciana, porque tenia un ojo postizo.
Esta señora se habia mostrado espléndida conmigo en más de una ocasion.
Del café á ver una racion de teatro, despues de la racion de teatro una racion de amor.
Despues vuelta al café, una merienda, y al despedirnos cuatro ó seis pesetillas.
Y hasta pasados ocho ó diez dias.
No era una gran cosa, bajo el punto de vista utilitario, porque gastaba de mí más que yo aprovechaba de ella; pero, en fin, ménos dá una piedra.
--¡Oh desgracia!
--Cuando entraba yo lleno de esperanzas en la casa del canónigo donde se me recibia como un antiguo conocido, no ménos que como sobrino de Rosita, que así se llamaba la cocinera, me encontré con que ésta derretia sus mantecas hablando con el mayor gusto del mundo con un músico de ingenieros.
¡Horror!
Aquel infame me miró de una manera sesgada, conoció en mí un rival.
Me faltó de una manera indecente.
Me llamó... no importa qué.
Se rió Rosita.
Yo la solté un revés, que hizo saltar su ojo postizo.
Arrebaté el machete al músico.
Le desnudé de una paliza.
Acudió el mayordomo.
Le eché la peluca al aire.
Se alborotó la vecindad.
Me escurrí, escapé.
Doblé la esquina.
Me fuí á las Américas viejas.
Vendí en dos pesetas el machete.
Esto era algo.
Se salia del dia.
Pero tambien se salia de Rosita, ó más bien, no se podia ya volver á pegar la hebra con Rosita.
El rompimiento habia sido decisivo.
Sobre todo contundente.
Habia que temer un nuevo juicio de faltas.
En fin, aquello era una ruina, la fin del mundo.
Iba llegando el plazo fatal.
Es cierto que yo podia ocultarme, pero amo extraordinariamente la libertad.
Podia cambiar de poblacion.
Pero Madrid me enamora.
En Madrid, mal que bien se vive.
El que no vive en Madrid no tiene habilidad de ningun género.
En Madrid abundan los medios de vivir.
Que lo digan sino todos los excelentísimos que han rodado por todas las inmundicias, y muchos de los cuales han empezado por limpiabotas.
Pues que les tosan hoy.
Son don fulano, don fulano y don fulano, conde, duque y marqués, y en fin, es inútil, todo el mundo los conoce.
Yo espero ser como la mayor parte de ellos, salidos de la bohemia.
Y cátate aquí á don Periquito hecho fraile.
El que en Madrid no es una gran persona, es porque es una persona muy pequeña.
Ni siquiera persona.
Un tonto.
Un _guillado_.
Una cualquier cosa.
O un desgraciado de esos que si van á coger una esquina, la esquina se les escapa.
Pero yo me escapo de mi propósito.
Me pierdo en digresiones.
Volvamos al negocio.
Era domingo.
Al otro dia se cumplia el plazo fatal.
El martes, dia funesto, debia yo ser preso si no aflojaba la mosca.
¡Quince dias y pico de encerrona!
¡Espantoso!
Estaba de un humor tremendo.
Todo lo veia lúgubre.
Me hastiaba la vida.
Filosofaba á más y mejor.
Iba hablando recio por la calle.
El martes próximo me causaba un terror invencible.
Me sentia ya sepultado en una galería del Saladero.
Yo sé las penalidades que un novato pasa en el Saladero.
Hé estado en él algunos dias por desacato á un _órden público_.
¡Oh, y qué peluca aquella!
Doña Sinforosa.
Pero no demos en nuevos incidentes.
Abreviemos.
Eran las diez de la noche.
Hacia un frio insufrible.
Yo estaba traspillado.
Se habian contado ya treinta y seis horas desde mi última alimentacion.
El estómago exigia, las piernas flaqueaban.
Hay un venerable establecimiento en la calle de Peregrinos.
La fonda de Europa.
Antidiluviano á lo que yo creo.
Allí se rinde culto á la economía.
Allí se da de comer hoy lo mismo que se daba allí mismo cuando asesinaron á Julio César.
En fin; continúan sirviéndose las dos sopas, la una de yerbas, la otra de fideos blancos hechos canutos con el nombre de macarrones, la ternera en salsa, las cocretas y los sesos fritos; en fin, otros dos platos de carne, las pasas y las almendras, y la crema y los pastelillos.
Todo por dos pesetas.
Un banquete económico.
Podeis además echar á los manjares toda la pimienta y toda la mostaza que os dé la gana.
Podeis comer cuanto pan querais.
Os podeis dispensar de dar propina al camarero.
Y aún dadas las circunstancias, os podeis pasar sin pagar.
Esto es ya algo más grave.
Os suelen llevar á la prevencion.
De cuando en cuando se arma una culebra sobre los respetables pavimentos de la venerable fonda de Europa.
No hay nada más audaz que el hambre.
Pero yo embisto con las dificultades.
Me tragué un cubierto de dos pesetas.
_Item_ un café con media tostada.
_Item_ dos copas de rom y marrasquino.
_Item_ una vuelta de sopapos con el mozo, un agarramiento con un pinche y una docena de palos que me arrimaron los otros camareros.
Pero se habia comido.
Se habian echado fuerzas.
Habia llevado escolta hasta Capellanes.
Habia gran baile de trajes.
Era el momento de la entrada.
Metí la cabeza entre la multitud.
Me barajé, me confundí, me abrevié, me escurrí, me colé, en fin.
Me fuí al vestuario del baile, dejé el sombrero y la cazadora en prendas y me forré con un magnífico dominó negro.
Todo esto hecho con gran limpieza en ménos de tres segundos.
Los de órden público que me habian perseguido, pasaron junto á mí sin reconocerme.
Me habia salvado; habia dado fondo.
Cuando reparé, tenia en la mano una cuchara.
Me fuí al restaurant del baile.
Llamé á un lado á un mozo.
Le enseñé la cuchara.
Él comprendió, sacó tres pesetas y me las enseñó en forma de abanico.
Yo las tomé y solté la prenda.
Indudablemente la cuchara era de plata.
Yo estaba bien comido y rico.
Pero ¿y los ocho duros para la justicia?
De improviso ví mi dominó, mi hermoso dominó azul y blanco, mi incógnita adorada.
Mi empeño.
Mi misterio.
Mi desesperacion.
La preciosa rubia, la de los ojos de fuego, la del hoyito en la garganta.
Mi esperanza.
Empezaba á retumbar una polka.
La abordé.
Ella se arrojó en mis brazos y nos lanzamos en baile.
¡Oh! El delirio.
La fascinacion.
El perfume de sus cabellos.
Y yo atracado de carnaza, pimienta y mostaza.
Con una botella de peleon y tres copas de bala roja en la cavidad epigástrica.
Todos estos eran elementos de locura, de trasporte, de olvido de todo.
Le atraje á mí y la mordí en la garganta.
Dió un grito y me santiguó un bofeton.
Yo pretendí parar el golpe.
Le así el brazo.
Ella se desasió; pero me dejó prenda.
Un brazalete.
Y pesaba.
O era de oro ó estaba relleno de plomo.
Yo toqué retirada; me escabullí, me deslicé, me traspuse; me fuí á un lugar no muy decente, fuera de un caso especial.
Pero allí podia ver, examinar la alhaja á mi placer.
¡Oh felicidad!
Era una sierpe de oro.
Tenia dos esmeraldas por ojos.
Tuvo lugar en mí una furiosa alegría y á la par un movimiento de sorpresa.
Ya tenia la multa y las costas.
Pero ¿quién habia regalado aquella alhaja, que valia lo ménos mil quinientos reales, á mi precioso dominó blanco y azul?
Yo estaba seguro de que ella pertenecia al género, á la especie _señoritinga_.
Aquella alhaja no podia haberla venido honestamente.
Habia moros en la costa, ó por mejor decir, viejo rico.
Sólo los viejos ricos se van con tales mujeres á los regalos cuantiosos.
Yo sonreia por una parte á mi libertad, á la integridad de mis derechos individuales, y por otra parte rujía de celos.
Aquel hoyito de la garganta, que yo creia virginal; aquellos ojos, en que yo veia á través de la mirada una pureza incitante; aquellos cabellos de oro, que yo suponia no tocados sino por el peine; aquel talle cimbrador, _etcétera_, todo esto habria tenido la profanacion hedionda de un viejo.
Esta idea me desesperaba.
Esta desesperacion me hizo comprender que yo amaba á... Adriana.
Ella se habia puesto Adriana sin duda por el recuerdo del drama del mismo nombre.
¡Amor! ¿Y qué es el amor?
Yo no lo sé.
Creo que no lo sabe nadie.
Todo, cualquier cosa se llama amor.
En fin, esto no importa.
Yo me sentia enamorado y celoso.
Me fuí á una casa de préstamos.
Cuando hay baile, hay tambien casas de préstamos abiertas toda la noche.
En los bailes saltan compromisos.
Se presentan ocasiones.
Se _afana_.
La casa de préstamos es necesaria.
Yo me lancé á la calle de Jacometrezo.
Me entré en una casa.
Presenté la alhaja.
--Veinte duros,--me dijeron.
--Vengan,--respondí.
--El nombre.
--Adriana Lecoubreur.
Me dieron los veinte duros y la papeleta.
Yo me volví al baile.
¿Era feliz?
¿Era desgraciado?
Estaba rico.
Pero tenia celos.
Volví el capuchon de alquiler; recobré mi sombrero y mi americana.
Alquilé en seis pesetas un magnífico traje de mandarin japonés.
Dejé en garantía ocho duros.
Me fuí á vigilar á Adriana.
La encontré; en un rincon en conversacion muy tirada con un inspector de vigilancia.
--¡Ah! ya sé,--dijo el inspector;--éste tiene seguro, es ayudante de la Piquirina.
Somos inútiles.
Yo me tranquilicé; me confundian con otro.
--¿Y á quién se le ocurre, señora,--añadió el inspector,--venir con alhajas á Capellanes? Ustedes son muy imprudentes; aquí no hay más que chulos, y buscavidas y tomadores.
--Ese brazalete era de mi señora,--exclamó sofocada Adriana.
--Pues allá usted, hija, qué le hemos de hacer.
--Yo estimaria á usted...
--Haremos lo que se pueda.
--Era...
--¿Quién era?
Adriana vaciló; sabia de sobra cómo me llamaba yo.
--Que era estudiante de farmacia.
--Donde vivia.
Yo habia sido con ella explícito; podia haber deshecho la equivocacion del inspector; haberle dado de mí señas completas.
Yo, que parapetado detrás de un grupo compuesto de una beata y de un Mefistófeles escuchaba todo orejas, me extremecia.
Adriana, sin embargo, se arrepintió.
--Era un capuchon de percal,--dijo,--con un lazo de lana encarnada en la cabeza.
--¡Vaya usted á ver!--dijo el inspector.--¿Alto ó bajo?
--Bajito y regordete.
El arrepentimiento de Adriana continuaba.
Yo soy alto y cenceño.
--¿Jóven ó viejo?
--Ya un poco carcamal.
Seguia arrepintiéndose Adriana.
Yo no tengo más que veintidos años.
El inspector ofreció á Adriana no perdonar nada para servirla.
En seguida la invitó al restaurant.
Adriana se negó con una dignidad de todo punto magnífica.
--Usted abusa de su posicion,--dijo;--usted me falta; usted supone... Usted se equivoca.... Vaya usted con Dios.
Y extendió la mano con un movimiento verdaderamente trágico.
--Hasta la vista, señora,--dijo el inspector, que reventaba de tunante.
Adriana se agobió en cuanto se fué el inspector.
Fué á componerse, con la cabeza inclinada, su capuchon de color de rosa.
Habia tomado una bella posicion, en que aparecia gallarda hasta lo prodigioso.
Me acerqué á ella.
Desfiguré cuanto pude la voz y la invité á un wals que empezaba.
Me sentí entonces apartado bruscamente.
Miré indignado.
Era un lavativero.
La accion habia sido grosera.
Le dí un sopapo.
Cayó de espaldas.
Me escurrí á tiempo.
Se quedó armada la zalagorda.
El de Sanidad Militar se levantó rápidamente.
Vió junto á sí un individuo.
Un inocente papion que se divertia en abrir y cerrar el pico.
Le creyó ó no le creyó el autor del sopapo.
Le embistió.
El papion se le agarró al pescuezo.
El dominó color de rosa se agarró al papion, le descubrió, apareció una cabeza clerical.
No se podia dudar.
Era uno de esos clérigos contrabandistas que frecuentan todos los lugares _non sanctos_ de Madrid.
La culebra habia crecido.
Los de policía cogian indistintamente individuos é individuas.
La orquesta apretaba.
Las máscaras chillaban.
Yo me escurria con una cantinera polaca.
La noche habia sido buena.
Salimos del baile la cantinera y yo y tomamos hácia la calle de la Abada.
Entramos en una casa cuyo número no recuerdo.
Me sentia casi feliz.
Habia recobrado mi sombrero, mi americana y los ocho duros dados en garantía.
La cantinera polaca me llenaba el ojo.
Aquel era un amor incidental que no viene á cuento.
Estos son los antecedentes.
CAPITULO V.
En que doy á conocer por un lado culminante á mi adorada Micaela.
Micaela estaba irritada, y tan _chic_, tan hermosa con su irritacion, que no se la podia sufrir.
--En fin, señor mio,--me dijo;--su conducta de usted es horrible, es insoportable, odiosa, lo más cobarde y víl que puede haber en el mundo. Si no me dice usted lo que ha sido de mi brazalete, que sin duda habrá usted empeñado, nos vamos á ver las caras. El brazalete no es mio, es de mi señora; porque ¿para qué tiene la señora sus joyas si no pueden usar de ellas sus doncellas? Pero usar no es abusar; tomarse una licencia es disimulable; pero pasar por ladrona...
Y le relampagueaban los ojos.
--¡Qué hermosa estás enojada, alma mia!--la contesté.
Entornó los ojos Micaela y me miró con la ferocidad del toro puesto en suerte por el matador.
Parecia como que queria decirme:
--O tú, ó yo.
Me dió una, especie de escalofrío.
Sentí miedo.
La tórtola se convertia en buitre.
--Se dan casos...--dije.
--En efecto, sí,--dijo ella;--se dan casos de que una niña de diez y ocho años, una persona decente por su orígen, á quien las desgracias han traido á una condicion muy inferior, excitada en su honra, desnuque á un tunante.
--Sólo con mirarte, alma mia, me entra la basca y no me puedo tener de pié,--la dije.
--Esos son otros Lopez,--me contestó con descaro.--Los Lopez de ahora son, que yo te liquido si no me das el brazalete de mi señora, y aunque te metas debajo de la tierra, de allí te saco y te finiquito.
--¿Quieres decirme, paloma mia adorada, de dónde has sacado esa terminología?
--¡Bah! Allá nos vamos niño; conque ya sabes, dame mi brazalete, ó ya verás; yo te lo prometo, te vas á encontrar lo que te se ha perdido.
Y su mirada se hizo más amenazadora y más hermosa.
Mi miedo crecia, y al mismo tiempo mi amor.
Mi Micaela era toda una hembra.
Y parecia mentira.
Tan delicada, tan rubita; pero aquello era nervio puro.
Estaba además de _trapillo_ y no se cuidaba de ocultar perfecciones que daban mareo.
Cambiaba la decoracion.
Yo me encontraba con la horma de mi zapato.
Comprendí que allí era necesario obrar por derecho.
Ser franco y leal.
Yo veia mi horizonte, mi filon.
Me gustaba mucho más Micaela enojada, irritada, amenazadora, que la suspirante, la delicada, la poética Adriana.
Saqué del bolsillo del pecho de mi cazadora la papeleta de empeño, y se la dí.
--Perfectamente,--me dijo con sordo acento de irritacion,--no está todo perdido; pero esto, sin embargo, es robar.
--¿Cómo robar?--la respondí.--_Distingo_. Cada uno usa en las circunstancias supremas de los medios que tiene á su alcance.
--¡Oh, sí, bien respondido! usted es de los que viven de mujeres. Al pelo. ¿Y cuál es esa situacion suprema? ¿Tenia usted que merecer alguna vieja verde y hacer alguna salida falsa para engañarla mejor?
--Eso lo dices tú por tu ama.
--Mi ama precisamente, no...--respondió Micaela, pero mi ama... estamos... yo la sirvo, es verdad; pero en familia, con mucha frecuencia, cuando doña Rufa no la acompaña, la acompaño yo.
--Yo no te he visto nunca con ella.
--Es que yo nunca voy con ella más que á la iglesia ó á visita. En el café ó en el teatro teme la comparacion.
--Naturalmente. Y dime: ¿Esa tia es muy rica?
--Así, por _lo mediano_; pero quince ó veinte mil duros no la hacen falta.
--¿Vamos á comérselos, hija mia?
--Para eso no necesito yo ayudantes,--me contestó con un acento ambíguo Micaela.--Lo que necesito es que no me comas tú á mí; toma la papeleta y desempeña el brazalete.
--Pues ya no se trabaja por todo,--la dije sacando el doblon que me habia dado doña Emerenciana.
--¡Ah! ya; eso es distinto; voy á darte una prueba de que te aprecio y de que no soy interesada.
Y abrió el baul, buscó en un rincon, sacó un trapo.
Yo no ví lo que el trapo contenia; pero sentí ruido de monedas.
Sonaban á oro.
Estaba visto.
Micaela hacia negocio.
¿Pero qué clase de negocio?
Volví á sentir celos, y esto acabó de probarme que estaba verdaderamente enamorado.
Micaela me dio tres doblones de á cien reales y unas pesetas.
--Mañana,--me dijo,--me traes el brazalete.
--Te lo traeré.
--Ahora escucha, niño. Yo te amo... te amo... te adoro... estoy loca por tí... pero véte... tengo sueño; me he agitado demasiado; necesito descansar.
--Lo creo.
--Véte á la sala, échate en el sofá, mira no te sorprenda tu amor.
--Yo creí que mi amor era el tuyo.
--_Jonjana_ á mi ama.
--¿No tendrás celos?
--No.
--¿Y me indemnizarás?
--Cuando seas un jóven de circunstancias.
--¿Y para ser un jóven de circunstancias es necesario empapillotar á la vieja?
--Es muy estirada: tendrás necesidad de representar algo en el mundo.
--Pues lo representaré: me meteré á periodista en un partido de accion: cuando mi partido triunfe, seré diputado.
--¿Diputado?
--Pues ya lo creo; otros que valen ménos que yo lo son: despues, gobernador de provincia.
--¡Echa!...
--¿Pues para qué tiene España Ultramar?
--Demonio.
--Supon que yo llego á jefe de Hacienda de Filipinas.
--Bien puedes ser todo eso que tú dices; tú eres listo.
--Me estás matando, Micaela, y por tí soy capaz de todo; ¡ay qué garganta y qué boca!
--Pues á ganarlas, amigo mio. Váyase usted á la sala, y buenas noches.
--¿Es esta una determinacion decidida?
--De todo punto decidida, y de tal manera, que si no te vas, te echo.
En aquel momento sonó un grito agudísimo.
--¡El maldito accidente!--exclamó Micaela,--vamos, ya tenemos la noche; en uno de ellos se queda; es necesario cuidarla; ella es nuestro porvenir.
Micaela se habia echado fuera del cuarto.
Yo la habia seguido.
Poco despues entrábamos en el dormitorio de doña Emerenciana.
CAPITULO VI.
En lo que puede consistir que un hombre sea feliz cuando se cree más desgraciado.
Doña Emerenciana estaba sobre la alfombra.
Se agitaba en las convulsiones de uno de los ataques epilépticos más terribles que yo he visto en toda mi vida.
Aquella horrible vieja era un esqueleto repugnante.
Yo, aunque estoy dotado de un estómago muy fuerte, sentí náuseas.
Doña Emerenciana nos hacia ir adelante y atrás con sus horribles convulsiones.
Por dos veces nos caimos con ella.
Al fin logramos colocarla en el lecho.
--Ténla firme,--dijo Micaela,--que no vuelva á venir al suelo; yo voy á llamar al sereno.
--¿Al sereno?
--Sí, hombre, no hay nadie que mejor la sujete que el tio Calostros; se abraza á ella, y á poco vuelve en sí como por encanto. Además, cuando vuelva en sí no quiero que te vea y que sepa que tú la has visto tal cual ella es: seria funesto.
Micaela se fué al balcon, y llamó, ni más ni ménos que si hubiera sido un tunante.
Soltó un silbido rasgado.
Cerró de nuevo el balcon, y vino á ayudarme á sujetar á doña Emerenciana.
Yo estaba ya rendido.
Poco despues entró el tio Calostros.
--Vale Dios,--dijo dejando el chuzo en un rincon,--que yo tengo gracia para hacer que la señora vuelva en sí.
--Vámonos,--dijo Micaela;--el tio Calostros no nos necesita.
--Pues _pur de cuntadu, señurita Micaela_,--dijo el maruso quitándose la anguarina.
Nos salimos.
Se oyó un ruido de lucha, gritos sofocados, estremecimientos horribles.
Al fin, á los diez minutos, apareció el tio Calostros con la anguarina puesta y el chuzo en la mano.
--_Vamus_,--dijo,--ya está _gubernada_ la señora. ¿No habrá pur ahí una butelleja de vino? Face un friu de mil demonius.
--Vaya usted al comedor y tome usted lo que quiera, tio Calostros,--dijo Micaela.
--Moitas gracias, señurita Micaela, usté siempre tan buena. ¿Y cuándo le dá á usted alferecía?
--El _sabadu_ que viene,--dijo Micaela.
--Vaya, pus buenas noches y salú, y si ocurre otra vez, no hay más que avisar.
El tio Calostros salió del gabinete.
Micaela entró en el dormitorio.
Yo sentia la ardorosa respiracion de doña Emerenciana.
La oia hablar de una manera calenturienta con Micaela.
A poco ésta salió.
Yo estaba en mis glorias.
Aquello prometia.
Tenia hecha mi posicion.
La influencia de la vieja me serviria.
Periodista, diputado, alto empleado en Ultramar, millonario; yo sentia en mí el mismo vértigo que sienten todos los gacetilleros, todos los periodistas.
Yo estaba en el camino de la fortuna.
Yo pasaba revista á los que se habian levantado de la miseria hasta las esplendentes cumbres del poder.
La lista era infinita.
Micaela empezaba á tomar para mí la apariencia de un ángel.
--La maldita bruja,--exclamó Micaela,--se ha quedado tan tranquila como si tal cosa.
Tú tienes la culpa, la has enamorado. Me ha preguntado por tí, yo la he engañado, me ha mandado que te cuide mucho, y sobre todo, que no me enamore de tí.
--¿Y no te ha encargado que yo me cuide de ella?
--¡Ah, vieja infame, y ya tenemos la noche toledana! la pueda repetir el accidente, y las repeticiones son terribles.
--Pero aquí no podemos hablar, mi querida Micaela.
--Sí, cuando vuelve de un accidente pierde la razon, y luego cae en una soñarrera, de tal manera densa, que aunque disparasen junto á ella un cañonazo no lo oiria.
--¿Y por qué siendo rica doña Emerenciana no tiene á nadie más que á tí para que la cuides?