La verdad sospechosa

Part 2

Chapter 23,928 wordsPublic domain

Dueño tienes nuevo ya de quien cuidar. Sirve desde hoy a García; que tú eres diestro en la corte, y él bisoño.

TRISTÁN.

En lo que importe yo le serviré de guía.

BELTRÁN.

No es criado el que te doy, más consejero y amigo.

GARCÍA.

Tendrá ese lugar conmigo.

(_Vase._)

TRISTÁN.

Vuestro humilde esclavo soy.

(_Vase._)

ESCENA II.

DON BELTRÁN, EL LETRADO.

BELTRÁN.

Déme, señor licenciado, los brazos.

LETRADO.

Los pies os pido.

BELTRÁN.

Alce ya. ¿Cómo ha venido?

LETRADO.

Bueno, contento y honrado de mi señor don García, a quien tanto amor cobré, que no sé cómo podré vivir sin su compañía.

BELTRÁN.

Dios le guarde, que en efecto siempre el señor licenciado claros indicios ha dado de agradecido y discreto. Tan precisa obligación me huelgo que haya cumplido García, y que haya acudido a lo que es tanta razón. Porque le aseguro yo que es tal mi agradecimiento, que como un corregimiento mi intercesión le alcanzó (según mi amor, desigual), de la misma suerte hiciera darle también, si pudiera, plaza en el Consejo Real.

LETRADO.

De vuestro valor lo fío.

BELTRÁN.

Sí, bien lo puedo creer; mas yo me doy a entender que si con el favor mío en ese escalón primero se ha podido poner ya, sin mi ayuda subirá con su virtud al postrero.

LETRADO.

En cualquier tiempo y lugar he de ser vuestro criado.

BELTRÁN.

Ya pues, señor licenciado, que el timón ha de dejar de la nave de García y yo he de encargarme de él, que hiciese por mí y por él sola una cosa querría.

LETRADO.

Ya, señor, alegre espero lo que me queréis mandar.

BELTRÁN.

La palabra me ha de dar de que lo ha de hacer, primero.

LETRADO.

Por Dios juro de cumplir, señor, vuestra voluntad.

BELTRÁN.

Que me diga una verdad le quiero solo pedir. Ya sabe que fué mi intento que el camino que seguía de las letras don García fuese su acrecentamiento; que para un hijo segundo como él era, es cosa cierta que es esa la mejor puerta para las honras del mundo. Pues como Dios se sirvió de llevarse a don Gabriel, mi hijo mayor, con que en él mi mayorazgo quedó, determiné que, dejada esa profesión, viniese a Madrid donde estuviese, como es cosa acostumbrada entre ilustres caballeros en España; porque es bien que las nobles casas den a su rey sus herederos. Pues como es ya don García hombre que no ha de tener maestro, y ha de correr su gobierno a cuenta mía, y mi paternal amor con justa razón desea que, ya que el mejor no sea, no le noten por peor, quiero, señor licenciado, que me diga claramente, sin lisonja, lo que siente (supuesto que le ha criado) de su modo y condición, de su trato y ejercicio, y a qué género de vicio muestra más inclinación. Si tiene alguna costumbre que yo cuide de enmendar, no piense que me ha de dar, con decirlo, pesadumbre. Que él tenga vicio es forzoso; que me pese, claro está; mas saberlo me será útil, cuando no gustoso. Antes en nada a fe mía, hacerme puede mayor placer, o mostrar mejor lo bien que quiere a García, que en darme este desengaño cuando provechoso es, si he de saberlo después que haya sucedido un daño.

LETRADO.

Tan estrecha prevención, señor, no era menester para reducirme a hacer lo que tengo obligación; pues es caso averiguado que cuando entrega al señor un caballo el picador, que lo ha impuesto y enseñado, si no le informa del modo y los resabios que tiene, un mal suceso previene al caballo y dueño y todo. Deciros verdad es bien; que, demás del juramento, daros una purga intento, que os sepa mal y haga bien. --De mi señor don García todas las acciones tienen cierto acento, en que convienen con su alta genealogía. Es magnánimo y valiente, es sagaz y es ingenioso, es liberal y piadoso, si repentino, impaciente. No trato de las pasiones propias de la mocedad, porque en esas con la edad se mudan las condiciones. Mas una falta no más es la que le he conocido, que por más que le he reñido, no se ha enmendado jamás.

BELTRÁN.

¿Cosa que a su calidad será dañosa en Madrid?

LETRADO.

Puede ser.

BELTRÁN.

¿Cuál es? Decid.

LETRADO.

No decir siempre verdad.

BELTRÁN.

¡Jesús! ¡qué cosa tan fea en hombre de obligación!

LETRADO.

Yo pienso que o condición o mala costumbre sea, con la mucha autoridad que con él tenéis, señor, junto con que ya es mayor su cordura con la edad, ese vicio perderá.

BELTRÁN.

Si la vara no ha podido, en tiempo que tierna ha sido, enderezarse, ¿qué hará siendo ya tronco robusto?

LETRADO.

En Salamanca, señor, son mozos, gastan humor, sigue cada cual su gusto, hacen donaire del vicio, gala de la travesura, grandeza de la locura; hace al fin la edad su oficio. Mas en la corte mejor su enmienda esperar podemos, donde tan validas vemos las escuelas del honor.

BELTRÁN.

Casi me mueve a reír ver cuán ignorante está de la corte. ¿Luego acá no hay quien le enseñe a mentir? En la corte, aunque haya sido un extremo don García, hay quien le dé cada día mil mentiras de partido. Y si aquí miente el que está en un puesto levantado en cosa en que al engañado la hacienda u honor le va, ¿no es mayor inconveniente quien por espejo está puesto al reino? Dejemos esto; que me voy a maldiciente. Como el toro, a quien tiró la vara una diestra mano, arremete al más cercano sin mirar a quien hirió; así yo, con el dolor que esta nueva me ha causado, en quien primero he encontrado ejecuté mi furor. Créame, que si García mi hacienda, de amores ciego, disipara, o en el juego consumiera noche y día, si fuera de ánimo inquieto y a pendencias inclinado, si mal se hubiera casado, si se muriera en efecto, no lo llevara tan mal como que su falta sea mentir. ¡Qué cosa tan fea! ¡qué opuesta a mi natural! Ahora bien: lo que he de hacer es casarle brevemente, antes que este inconveniente conocido venga a ser.-- Yo quedo muy satisfecho de su buen celo y cuidado, y me confieso obligado del bien que en esto me ha hecho. ¿Cuándo ha de partir?

LETRADO.

Querría luego.

BELTRÁN.

¿No descansará algún tiempo, y gozará de la corte?

LETRADO.

Dicha mía fuera quedarme con vos, pero mi oficio me espera.

BELTRÁN.

Ya entiendo: volar quisiera, porque va a mandar. Adios.

(_Vase._)

LETRADO.

Guárdeos Dios.--Dolor extraño le dió al buen viejo la nueva Al fin, el más sabio lleva agriamente un desengaño.

(_Vase._)

* * * * *

_Las Platerías._

ESCENA III.

DON GARCÍA, _de galán_; TRISTÁN.

GARCÍA.

¿Díceme bien este traje?

TRISTÁN.

Divinamente, señor. ¡Bien hubiese el inventor deste holandesco follaje! Con un cuello acanalado, ¿qué fealdad no se enmendó? Yo sé una dama a quien dió cierto amigo gran cuidado mientras con cuello le vía, y una vez que llegó a verle sin él, la obligó a perderle cuanta afición le tenía. Porque ciertos costurones en la garganta cetrina publicaban la ruina de pasados lamparones. Las narices le crecieron, mostró un gran palmo de oreja, y las quijadas, de vieja, en lo enjuto parecieron. Al fin, el galán quedó tan otro del que solía, que no le conocería la madre que le parió.

GARCÍA.

Por esa y otras razones me holgara de que saliera premática que impidiera esos vanos cangilones. Que demás desos engaños, con su holanda el extranjero saca de España el dinero para nuestros propios daños. Una valoncilla angosta, usándose le estuviera bien al rostro, y se anduviera más a gusto a menos costa. Y no que con tal cuidado sirve un galán a su cuello, que por no descomponello, se obliga a andar empalado.

TRISTÁN.

Yo sé quien tuvo ocasión de gozar su amada bella, y no osó llegarse a ella por no ajar un cangilón. Y esto me tiene confuso: todos dicen que se holgaran de que valonas se usaran, y nadie comienza el uso.

GARCÍA.

De gobernar nos dejemos El mundo. ¿Qué hay de mujeres?

TRISTÁN.

El mundo dejas, ¡y quieres que la carne gobernemos! ¿Es más fácil?

GARCÍA.

Más gustoso.

TRISTÁN.

¿Eres tierno?

GARCÍA.

Mozo soy.

TRISTÁN.

Pues en lugar entras hoy donde amor no vive ocioso. Resplandecen damas bellas en el cortesano suelo de la suerte que en el cielo brillan lucientes estrellas. En el vicio y la virtud y el estado hay diferencia, como es varia su influencia, resplandor y magnitud. Las señoras, no es mi intento que en este número estén; que son ángeles a quien no se atreve el pensamiento. Sólo te diré de aquellas que son, con almas livianas, siendo divinas, humanas, corruptibles, siendo estrellas. Bellas casadas verás conversables y discretas, que las llamo yo planetas porque resplandecen más. Estas, con la conjunción de maridos placenteros, influyen en extranjeros dadivosa condición. Otras hay cuyos maridos a comisiones se van, o que en las Indias están o en Italia entretenidos. No todas dicen verdad en esto; que mil taimadas suelen fingirse casadas por vivir con libertad. Verás de cautas pasantes hermosas recientes hijas; estas son estrellas fijas, y sus madres son errantes. Hay una gran multitud de señoras del tusón, que entre cortesanas, son de la mayor magnitud. Síguense tras las tusonas, otras que serlo desean; y aunque tan buenas no sean, son mejores que busconas. Estas son unas estrellas que dan menor claridad; mas en la necesidad te habrás de alumbrar con ellas. La buscona no la cuento por estrella, que es cometa, pues ni su luz es perfeta ni conocido su asiento. Por las mañanas se ofrece amenazando al dinero, y en cumpliéndose el agüero, al punto desaparece. Niñas salen, que procuran gozar todas ocasiones: estas son exhalaciones que mientras se queman, duran. Pero que adviertas es bien, si en estas estrellas locas, que son estables muy pocas, por más que un Perú les den. No ignores, pues yo no ignoro, que un signo el de Virgo es, y los de cuernos son tres, Aries, Capricornio y Toro; y así, sin fiar en ellas lleva un presupuesto sólo, y es que el dinero es el polo de todas estas estrellas.

GARCÍA.

¿Eres astrólogo?

TRISTÁN.

Oí el tiempo que pretendía en palacio, astrología.

GARCÍA.

¿Luego has pretendido?

TRISTÁN.

Fuí pretendiente, por mi mal.

GARCÍA.

¿Cómo en servir has parado?

TRISTÁN.

Señor, porque me han faltado la fortuna y el caudal; aunque quien te sirve, en vano por mejor suerte suspira.

GARCÍA.

Deja lisonjas, y mira el marfil de aquella mano, el divino resplandor de aquellos ojos, que juntas despiden entre las puntas flechas de muerte y de amor.

TRISTÁN.

¿Dices de aquella señora que va en el coche?

GARCÍA.

¿Pues cuál merece alabanza igual?

TRISTÁN.

¡Qué bien encajaba agora eso de coche del sol, con todos sus adherentes de rayos de fuego ardientes y deslumbrante arrebol!

GARCÍA.

La primer dama que ví en la corte, me agradó.

TRISTÁN.

¿La primera en tierra?

GARCÍA.

No, la primera en cielo sí; que es divina esta mujer.

TRISTÁN.

Por puntos las toparás tan bellas, que no podrás ser firme en tu parecer. Yo nunca he tenido aquí constante amor ni deseo; que siempre por la que veo me olvido de la que ví.

GARCÍA.

¿Dónde ha de haber resplandores que borren los destos ojos?

TRISTÁN.

Míraslos ya con antojos, que hacen las cosas mayores.

GARCÍA.

¿Conoces, Tristán?...

TRISTÁN.

No humanes lo que por divino adoras: porque tan altas señoras no tocan a los Tristanes.

GARCÍA.

Pues yo al fin, quien fuere sea, la quiero, y he de servilla, tú puedes, Tristán, seguilla.

TRISTÁN.

Detente; que ella se apea en la tienda.

GARCÍA.

Llegar quiero. ¿Úsase en la corte?

TRISTÁN.

Sí, con la regla que te dí, de que es el polo el dinero.

GARCÍA.

Oro traigo.

TRISTÁN.

¡Cierra España! que a César llevas contigo.-- Mas mira si en lo que digo mi pensamiento se engaña. Advierte, señor, si aquella que tras ella sale agora, pueda ser sol de su aurora, ser aurora de su estrella.

GARCÍA.

Hermosa es también.

TRISTÁN.

Pues mira si la criada es peor.

GARCÍA.

El coche es arco de amor, y son flechas cuantas tira. --Yo llego.

TRISTÁN.

A lo dicho advierte.

GARCÍA.

¿Y es?

TRISTÁN.

Que a la mujer rogando, y con el dinero dando.

GARCÍA.

¡Consista en eso mi suerte!

TRISTÁN.

Pues yo, mientras hablas, quiero que me haga relación el cochero, de quién son.

GARCÍA.

¿Diralo?

TRISTÁN.

Sí, que es cochero.

ESCENA IV.

JACINTA, LUCRECIA E ISABEL _con mantos; cae_ JACINTA, _y llega_ DON GARCÍA _y dale la mano_.

JACINTA.

¡Válame Dios!

GARCÍA.

Esta mano os servid de que os levante, si merezco ser Atlante de un cielo tan soberano.

JACINTA.

Atlante debeis de ser, pues le llegais a tocar.

GARCÍA.

Una cosa es alcanzar y otra cosa es merecer. ¿Qué vitoria es la beldad alcanzar, por quien me abraso, si es favor que debo al caso, y no a vuestra voluntad? Con mi propia mano así el cielo; mas ¿qué importó, si ha sido porque él cayó, y no porque yo subí?

JACINTA.

¿Para qué fin se procura merecer?

GARCÍA.

Para alcanzar.

JACINTA.

Llegar al fin sin pasar por los medios, ¿no es ventura?

GARCÍA.

Sí.

JACINTA.

Pues ¿cómo estáis quejoso del bien que os ha sucedido, si el no haberlo merecido os hace más venturoso?

GARCÍA.

Porque como las acciones del agravio y el favor reciben todo el valor sólo de las intenciones, por la mano que os toqué no estoy yo favorecido, si haberlo vos consentido con esa intención no fué. Y así sentirme dejad que cuando tal dicha gano, venga sin alma la mano y el favor sin voluntad.

JACINTA.

Si la vuestra no sabía, de que agora me informais, injustamente culpais los defectos de la mía.

ESCENA V.

TRISTÁN.--Dichos.

TRISTÁN.

(_Aparte._) El cochero hizo su oficio. Nuevas tengo de quién son.

GARCÍA.

¿Qué hasta aquí de mi afición nunca tuvisteis indicio?

JACINTA.

¿Cómo, si jamás os ví?

GARCÍA.

¿Tan poco ha valido, ¡ay Dios! más de un año, que por vos he andado fuera de mí?

TRISTÁN.

(_Aparte._) ¡Un año! y ayer llegó a la corte.

JACINTA.

¡Bueno, a fe! ¿Más de un año? Juraré que no os ví en mi vida yo.

GARCÍA.

Cuando del indiano suelo por mi dicha llegué aquí, la primer cosa que ví fué la gloria de ese cielo; y aunque os entregué al momento el alma, habéislo ignorado, porque ocasión me ha faltado de deciros lo que siento.

JACINTA.

¿Sois indiano?

GARCÍA.

Y tales son mis riquezas, pues os ví, que al minado Potosí le quito la presunción.

TRISTÁN.

(_Aparte._) ¡Indiano!

JACINTA.

¿Y sois tan guardoso como la fama los hace?

GARCÍA.

Al que más avaro nace hace el amor dadivoso.

JACINTA.

¿Luego, si decís verdad, preciosas ferias espero?

GARCÍA.

Si es que ha de dar el dinero crédito a la voluntad, serán pequeños empleos para mostrar lo que adoro, daros tantos mundos de oro como vos me dais deseos. Mas ya que ni al merecer de esa divina beldad, ni a mi inmensa voluntad ha de igualar el poder, por lo menos os servid que esta tienda que os franqueo, dé señal de mi deseo.

JACINTA.

(_Aparte._) (No ví tal hombre en Madrid.) ¿Lucrecia, qué te parece (_Aparte a ella._) del indiano liberal?

LUCRECIA.

Que no te parece mal, Jacinta, y que lo merece.

GARCÍA.

Las joyas que gusto os dan, tomad deste aparador.

TRISTÁN.

(_Aparte a su amo._) Mucho le arrojas, señor.

GARCÍA.

Estoy perdido, Tristán.

ISABEL.

(_Aparte a las damas._) Don Juan viene.

JACINTA.

Yo agradezco, señor, lo que me ofreceis.

GARCÍA.

Mirad que me agraviaréis si no lográis lo que ofrezco.

JACINTA.

Yerran vuestros pensamientos, caballero, en presumir que puedo yo recibir más que los ofrecimientos.

GARCÍA.

Pues ¿qué ha alcanzado de vos el corazón que os he dado?

JACINTA.

El haberos escuchado.

GARCÍA.

Yo lo estimo.

JACINTA.

Adios.

GARCÍA.

Adios. Y para amaros, ¿me dad licencia?

JACINTA.

Para querer, no pienso que ha menester licencia la voluntad.

(_Vanse las mujeres._)

ESCENA VI.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

GARCÍA.

(_A Tristán._) Síguelas.

TRISTÁN.

Si te fatigas, señor, por saber la casa de la que en amor te abrasa, ya la sé.

GARCÍA.

Pues no la sigas; que suele ser enfadosa la diligencia importuna.

TRISTÁN.

“Doña Lucrecia de Luna se llama la más hermosa, que es mi dueño; y la otra dama que acompañándola viene, sé dónde la casa tiene, más no sé cómo se llama.” Esto respondió el cochero.

GARCÍA.

Si es Lucrecia la más bella, no hay más que saber, pues ella es la que habló, y la que quiero, que como el autor del día las estrellas deja atrás, de esa suerte a las demás la que me cegó, vencía.

TRISTÁN.

Pues a mí la que cazó me pareció más hermosa.

GARCÍA.

¡Qué buen gusto!

TRISTÁN.

Es cierta cosa que no tengo voto yo; mas soy tan aficionado a cualquier mujer que calla, que bastó para juzgalla más hermosa, haber callado. Mas dado, señor, que estés, errado tú, presto espero, preguntándole al cochero la casa, saber quién es.

GARCÍA.

Y Lucrecia ¿dónde tiene la suya?

TRISTÁN.

Que a la Victoria dijo, si tengo memoria.

GARCÍA.

Siempre ese nombre conviene a la esfera venturosa, que da eclíptica a tal Luna.

ESCENA VII.

DON JUAN Y DON FÉLIX.--Dichos.

JUAN.

(_A don Félix._) ¿Música y cena? ¡Ah fortuna!

GARCÍA.

¿No es este don Juan de Sosa?

TRISTÁN.

El mismo.

JUAN.

¿Quién puede ser el amante venturoso que me tiene tan celoso?

FÉLIX.

Que lo vendreis a saber a pocos lances confío.

JUAN.

¡Que otro amante le haya dado a quien mía se ha nombrado, música y cena en el río!

GARCÍA.

¡Don Juan de Sosa!

JUAN.

¿Quién es?

GARCÍA.

¿Ya olvidais a don García?

JUAN.

Veros en Madrid lo hacía, y el nuevo traje.

GARCÍA.

Después que en Salamanca me vistes, muy otro debe de estar.

JUAN.

Más galán sois de seglar que de estudiante lo fuistes. ¿Venís a Madrid de asiento?

GARCÍA.

Sí.

JUAN.

Bien venido seáis.

GARCÍA.

Vos, don Félix, ¿cómo estáis?

FÉLIX.

De veros, por Dios, contento. Vengáis bueno enhorabuena.

GARCÍA.

Para serviros. ¿Qué hacéis? ¿De qué habláis? ¿En qué entendéis?

JUAN.

De cierta música y cena que en el río dió un galán esta noche a una señora, era la plática agora.

GARCÍA.

¿Música y cena, don Juan? ¿Y anoche?

JUAN.

Sí.

GARCÍA.

¿Mucha cosa? ¿Grande fiesta?

JUAN.

Así es la fama.

GARCÍA.

¿Y muy hermosa la dama?

JUAN.

Dícenme que es muy hermosa.

GARCÍA.

¡Bien!

JUAN.

¿Qué misterios hacéis?

GARCÍA.

De que alabéis por tan buena esa dama y esa cena, si no es que alabando estéis mi fiesta y mi dama así.

JUAN.

¿Pues tuvistes también boda anoche en el río?

GARCÍA.

Toda, en eso la consumí.

TRISTÁN.

(_Aparte._) ¿Qué fiesta o qué dama es esta, si a la corte llegó ayer?

JUAN.

¿Ya tenéis a quien hacer, tan recien venido, fiesta? Presto el amor dió con vos.

GARCÍA.

No ha tan poco que he llegado, que un mes no haya descansado.

TRISTÁN.

(_Aparte._) Ayer llegó, voto a Dios. Él lleva alguna intención.

JUAN.

No lo he sabido a fe mía; que al punto acudido habría a cumplir mi obligación.

GARCÍA.

He estado hasta aquí secreto.

JUAN.

Esa la causa habrá sido de no haberlo yo sabido. Pero ¿la fiesta, en efeto, fué famosa?

GARCÍA.

Por ventura no la vió mejor el río.

JUAN.

(_Aparte._) Ya de celos desvarío. ¿Quién duda que la espesura del Sotillo el sitio os dió?

GARCÍA.

Tales señas me vais dando, Don Juan, que voy sospechando que la sabeis como yo.

JUAN.

No estoy del todo ignorante, aunque todo no lo sé. Dijéronme no sé qué confusamente, bastante a tenerme deseoso de escucharos la verdad: forzosa curiosidad en un cortesano ocioso... (_Aparte._) (O en un amante con celos.)

FÉLIX.

(_A Don Juan aparte._) Advertid cuán sin pensar os han venido a mostrar vuestro contrario los cielos.

GARCÍA.

Pues a la fiesta atended; contaréla, ya que veo que os fatiga ese deseo.

JUAN.

Haréisnos mucha merced.

GARCÍA.

Entre las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta. En mil figuras prensados manteles y servilletas sólo envidiaban las almas a las aves y a las fieras. Cuatro aparadores, puestos en cuadra correspondencia, la plata blanca y dorada, vidrios y barros ostentan. Quedó con ramas un olmo en todo el Sotillo apenas; que dellas se edificaron en varias partes seis tiendas. Cuatro coros diferentes ocultan las cuatro dellas, otra principios y postres, y las viandas la sexta. Llegó en su coche mi dueño, dando envidia a las estrellas, a los aires suavidad, y alegría a la ribera. Apenas el pie que adoro hizo esmeraldas la yerba, hizo cristal la corriente, las arenas hizo perlas, cuando en copia disparados cohetes, bombas y ruedas, toda la región del fuego bajó en un punto a la tierra. Aun no las sulfúreas luces se acabaron, cuando empiezan las de veinte y cuatro antorchas a obscurecer las estrellas. Empezó primero el coro de chirimías, tras ellas el de las vihuelas de arco sonó en la segunda tienda, salieron con suavidad las flautas de la tercera, y en la cuarta cuatro voces con guitarras y arpas suenan. Entretanto se sirvieron treinta y dos platos de cena, sin los principios y postres, que casi otros tantos eran. Las frutas y las bebidas en fuentes y tazas, hechas del cristal que da el invierno y el artificio conserva, de tanta nieve se cubren, que Manzanares sospecha, cuando por el Soto pasa, que camina por la Sierra. El olfato no está ocioso cuando el gusto se recrea; que de espíritus suaves de pomos y cazoletas, y destilados sudores de aromas, flores y yerbas, en el Soto de Madrid se vió la región sabea. En un hombre de diamantes, delicadas de oro flechas, que mostrasen a mi dueño su crueldad y mi firmeza, al sauce, al junco y al mimbre quitaron su preminencia; que han de ser oro las pajas cuando los dientes son perlas. En esto juntos en folla los cuatro coros comienzan desde conformes distancias a suspender las esferas; tanto que invidioso Apolo apresuró su carrera porque el principio del día pusiese fin a la fiesta.

JUAN.

Por Dios, que la habeis pintado de colores tan perfetas, que no trocara el oírla por haberme hallado en ella.

TRISTÁN.

(_Aparte._) ¡Válgate el diablo por hombre! ¡Que tan de repente pueda pintar un convite tal, que a la verdad misma venza!

JUAN.

(_Aparte a don Félix._) ¡Rabio de celos!

FÉLIX.

No os dieron del convite tales señas.

JUAN.

¿Qué importa, si en la sustancia, el tiempo y lugar concuerdan?

GARCÍA.

¿Qué decís?

JUAN.

Que fué el festín más célebre que pudiera hacer Alejandro Magno.

GARCÍA.

¡Oh! son niñerías estas, ordenadas de repente. Dadme vos que yo tuviera para prevenirme, un día; que a las romanas y griegas fiestas que al mundo admiraron, nueva admiración pusiera.

(_Mira adentro._)

FÉLIX.

(_A don Juan aparte._) Jacinta es la del estribo En el coche de Lucrecia.

JUAN.

(_A don Félix aparte._) Los ojos a don García se le van, por Dios, tras ella.

FÉLIX.

Inquieto está y divertido.

JUAN.

Ciertas son ya mis sospechas.

JUAN Y GARCÍA.

Adios.

FÉLIX.

Entrambos a un punto fuistes a una cosa mesma.

(_Vanse don Juan y don Félix._)

ESCENA VIII.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

TRISTÁN.

No ví jamás despedida tan conforme y tan resuelta.

GARCÍA.

Aquel cielo, primer móvil de mis acciones, me lleva arrebatado tras sí.