La Veleta de Gastizar

Part 9

Chapter 92,587 wordsPublic domain

Cualquier procedimiento era bueno. En 1821 la Policía quiso saber el paradero del general Bertón. Se intentó corromper hijos, parientes, amigos. En vista de que no se obtenían resultados se echó mano de otro recurso. Se averiguó que la hermana del ayudante del general tenía una criada algo ligera de cascos, y se pidió un agente de policía joven y guapo y de buen aspecto, para que intentara tener relaciones íntimas con la criada y arrancarla a ella las noticias que se deseaban.

En esta época de Mr. Delavau, la _fille_ Carolina y la _fille_ Simona, que se hacían llamar en Ustariz la condesa de Vejer y su sobrina, habían comenzado a practicar el espionaje. Era un momento en que las mujeres intervenían activamente en la Policía.

Al mismo tiempo que al Gobierno francés las dos mujeres servían a los apostólicos de España, con quienes tenían relaciones.

Al estallar la Revolución de Julio, los confidentes y espías del anterior Gobierno habían quedado la mayoría destituídos y vigilados.

La Carolina y la Simona, metidas en su rincón de Ustariz, sabiendo que les convenía no mostrarse en público, hicieron durante algún tiempo una vida muy retirada en su chalet de las Hiedras.

III.

CAROLINA Y SIMONA

MIGUEL Aristy, que había sabido por la carta de Lacy qué clase de mujeres eran las dos a quienes tenía su madre alquilado el chalet de las Hiedras, quiso cerciorarse y enterarse con mayores detalles y fué a Bayona. Se presentó en la fonda de Iturri a ver a Lacy, y éste le llevó al italiano empleado en la subprefectura.

El italiano no conocía en detalles la vida de las dos damas que vivían en Ustariz; únicamente sabía lo que había dicho ya, e indicó que el jefe de la Policía de Bayona podría dar una información más completa.

El jefe de la Policía de Bayona, el señor Fouquier, había llegado a la ciudad después de la Revolución de Julio y no estaba enterado de los hechos anteriores a la época de su cargo.

El señor Fouquier le dió a Miguel un buen consejo.

--Vea usted a Masson--le dijo--que ha sido el jefe anterior a mí. Masson le cobrará a usted la consulta, pero le dará datos.

El señor Masson vivía en una casita de campo a orillas del Adour, cultivando su huerta y sus frutales. Miguel Aristy lo encontró con una blusa azul larga y un sombrero de paja, podando frutales. Miguel Aristy le explicó un caso fingido, le dijo que un amigo suyo estaba enamorado de una tal Simona que vivía en Ustariz con una señora llamada Carolina, y que él desconfiando de ellas había tomado informes y que los informes eran malos.

El señor Masson era un hombre de una cara reluciente y carnosa, de color cetrino, los ojos chiquitos y brillantes, el pelo rizado y la cara picada de viruelas. Había sido militar durante el Imperio y un explotador de su cargo de policía en tiempo de la Restauración.

Masson escuchó las explicaciones de Aristy, y comenzó a reir con una risa sarcástica.

--¿De manera que la Carolina y la Simona hacen tan bien su papel de grandes damas que se las tiene por condesas auténticas? Ja... ja... ja... ¿Y hay un hidalguillo de Ustariz enamorado de una de ellas?... Ja... ja... ja... Es delicioso. Sí son buenas cómicas.

--¿De modo que son unas aventureras?--preguntó Miguel.

--¿Aventureras?... Dos prostitutas... Voy a ver sus fichas.

Masson cogió un legajo y lo desató.

--Vamos a ver la Carolina--dijo--y leyó luego: Carolina Michu, ha nacido en París, de familia obrera. Se casó en 1805 con un oficinista que era alcohólico completo. Cansada de su casa se marchó de ella con un amigo del marido. Después tuvo varios amantes, militares y empleados, y ya vieja se enredó con uno de la policía y se fué a Madrid. Allí se relacionó con la antigua querida del ministro Macanaz que vendía empleos. Se dedicó a negocios ilícitos de toda clase e intrigó a favor del general Bessieres. A consecuencia de esto fué expulsada de España y vino a Bayona empleada en la policía francesa y a sueldo de Calomarde para espiar a los liberales españoles. La Carolina Michu se hace pasar por la condesa de Vejer, dice que su marido el conde, murió de oidor en el Perú. Carolina en Bayona es muy religiosa, va a todas las fiestas de iglesia y tiene una reunión a la que suelen ir el abate Miñano y otros tipos igualmente sospechosos.

--¡Buena pieza!--exclamó Aristy.

--Sí, recomendable para la dirección de un colegio de señoritas. Vamos a ver la otra. Aquí está: Simona Busquet ha nacido en Perpiñán. Hija de padre desconocido. A los diez y siete años tuvo un amante de buena posición y quedó embarazada. Simona se presentó a los padres del amante dándose de víctima, e hizo que le entregaran dinero para la educación del niño, y se fué a París. Aquí dejó el niño en la Maternidad y vivió hoy con uno y mañana con otro. Es mujer áspera, sensual y de mal carácter. Sus amantes le cansan en seguida, y ella cansa a sus amantes con su genio violento. Un viejo, rico comerciante de Burdeos, le instaló en una casa de los alrededores de la ciudad, pero ella harta de esta vida sacó dinero al viejo con amenazas y se fué a Madrid, donde conoció a la Carolina. Ha tenido relaciones íntimas con el señor Regato, que es ahora agente del Rey de España para hacer jugadas de Bolsa.

Estos eran los antecedentes de aquellas dos mujeres que tenían fama en Ustariz de aristócratas y de piadosas.

Miguel Aristy pagó la consulta al señor Masson y se fué pensando que su madre se haría cruces al saber la clase de gente que eran las damas del chalet de las Hiedras.

Madama Aristy oyó la relación que le contó su hijo con marcado disgusto.

--¿Qué habrá que hacer?--preguntó ella.

--Tendremos que echarlas--dijo Miguel.

--Sí, pero es un escándalo y no conviene. ¡Si la gente se entera! Habrá que buscar una ocasión.

Miguel notó que su madre se hallaba muy preocupada con este asunto.

Una mañana que estaba Miguel pescando vió que Ichteben iba con una carta al Chalet de las Hiedras y que volvía al cabo de media hora a Gastizar con otra carta en la mano.

Al entrar en el portal Aristy vió dos o tres pedacitos de papel rotos, sin duda de la carta de las damas del Chalet. Los cogió por curiosidad. En un trozo ponía: No se atreverá usted a echarnos... en el otro: la mujer de un regicida...

--¡Qué novela habrán inventado estas mujeres!--pensó Miguel.

Pasaron unos días. Las damas del Chalet de las Hiedras no parecían dispuestas a marcharse.

--¿No se van esas mujeres?--preguntó Miguel a su madre.

--Me han pedido un plazo y habrá que esperar.

IV.

CHORIBIDE EN ACCIÓN

UNA mañana poco antes de la hora de comer, el señor Gastón Choribide se presentó en el Chalet de las Hiedras. Llamó a la campanilla y al salir la criada le dijo:

--Señorita, quisiera saludar a la señora condesa de Vejer. Haga usted el favor de decirle que el caballero Gastón de Choribide pregunta por ella.

La criada indicó a Choribide que subiese una escalera y le hizo pasar a un saloncito. Choribide aprovechó el momento para arreglarse la corbata y echarse una mirada en el espejo y permaneció inmóvil apoyado en el bastón y con el sombrero de copa en la mano en una actitud estudiada.

Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y apareció la condesa de Vejer.

--Señora--dijo Choribide juntando los pies para hacer la reverencia--perdone usted que sin tener el honor de conocerla tenga el atrevimiento de presentarme en su casa.

--Caballero--replicó la dama con aire altivo--usted dirá lo que le trae por aquí.

--Voy en seguida.

La condesa de Vejer era una mujer alta, pintada, voluminosa, de ojos grandes y sombreados. Vestía de negro, con cierto aire de dama de teatro, llevaba los dedos llenos de sortijas y el pelo empolvado de blanco.

--Es un poco largo lo que tengo que decir--dijo Choribide.

--Está bien. Le escucho a usted.

--Usted me perdonará que me siente--y Choribide levantó los faldones de la casaca y se sentó en un sillón que tenía los brazos terminados en dos cabezas de pato doradas.

La condesa se sentó en un canapé.

--Señora--dijo Choribide con el sombrero de copa en las rodillas--lo que tengo que decirle a usted es bastante reservado y no quisiera que nos interrumpieran.

--Cuántos preámbulos, caballero--exclamó la dama impacientada.

--Son necesarios, indispensables. Yo soy un hombre que no me ha gustado nunca mortificar a nadie. Mi viejo amigo Garat suele decir de mí: Quizás se pueda acusar a Choribide de tener una moral oscura y todavía inédita, pero nadie podrá dudar de su sensibilidad. Pues bien, señora condesa, para facilitar mis explicaciones le contaré a grandes rasgos mi vida.

--¿Es necesario, caballero?

--Es necesario hasta cierto punto. Yo, señora, de joven he sido una bala perdida. No he sido de esos hombres fríos, de esos moluscos sin sangre y sin nervios que pueden vivir en un rincón. Yo necesitaba dinero, necesitaba mujeres, un poco de lujo y de comodidad, y tomaba todo esto de donde podía; comprenderá usted que no con los procedimientos de los caballeros de la Tabla Redonda sino con los procedimientos de otros caballeros. Así que he sido jugador de ventaja, he estado asociado con gentes que hacían asignados falsos y he sido de la policía. Es lo más sucio que he sido en toda mi carrera. ¿Comprende usted señora condesa de Vejer por qué tiene algún interés que cuente mi vida?

--No, no lo comprendo--dijo con inquietud madama Carolina.

Choribide hizo un gesto de resignación irónico, dejó el sombrero y el bastón en un velador y cruzó una pierna sobre otra con abandono.

--Ya que no lo comprende usted fácilmente, voy a contarle la historia de una tal Carolina y de una tal Simona según aparecen en los registros de la policía.

--¿Y usted pretende?...

--Yo no pretendo nada. Es la policía que pretende que la tal Carolina se hace pasar en Ustariz por la condesa de Vejer. Ahora señora--y Choribide se levantó con aire de joven y tomó su sombrero y su bastón--le voy a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Conoce usted a la tal Carolina? Espere usted. No me conteste usted todavía. Si me dice usted: Sí la conozco, habrá entre nosotros paz y será usted para mí la condesa de Vejer. Si me dice usted no, habrá entre nosotros guerra y yo me retiraré al momento.

La Carolina azorada por completo vaciló en decidirse.

--¿La conoce usted sí o no?--preguntó de nuevo Choribide con un acento sarcástico y duro.

--Sí la conozco--murmuró ella humildemente.

--Está bien, señora condesa. Tiene usted desde ahora en mí un servidor incondicional, un asociado. Conozco el país mejor que ustedes. Sé al dedillo la historia de las gentes. Mis conocimientos los pongo a la disposición de usted.

--¿Y qué pretende usted en cambio?

--Yo soy como he tenido el honor de decirle antes, señora condesa, un hombre de vida borrascosa. Al llegar aquí me casé con una mujer de algún capital. Dicen que había sido la querida de su tío el vicario. No sé, es cosa que no me preocupa. Mi mujer tiene un sobrino, el teniente Rontignon que es ex oficial de la Guardia Real. Rontignon es un hombre sin energía, un hombre de café, tonto y tímido a pesar de su jactancia; a mí en su estado actual me estorba y he pensado en casarlo con madama Luxe.

--Madama Luxe es una mujer riquísima--observó Carolina.

--Sí, es verdad. Mi sobrino no es rico, pero es joven, guapo, y lleva uniforme. Yo he pensado que usted que tiene buenas relaciones con el Gobierno español, podría conseguir para mi sobrino a cambio de los servicios que yo le prestaré, una condecoración, una gran cruz que en un realista como él vendrá muy bien.

--Sí, sí, se conseguirá. Escribiré a mi amigo el señor de Calomarde y no tendrá inconveniente en otorgarle una gran cruz. ¿Y a usted, Choribide, no le gustaría tener una condecoración?

--No, a mí no--dijo Choribide con una claridad irónica en sus ojillos grises--parecería lógico que yo que he sido un pillo sintiera la necesidad de tener algún prestigio social, pero no; soy un pillo filósofo.

--¡Qué bromista!

--No, no es broma, condesa. Lo que digo es el Evangelio.

--Y con la cruz ¿cree usted que su sobrino Rontignon convencerá a madama Luxe?

--Ya veremos.

--Hum ¡qué sé yo!

--La gran cruz es el adorno. Lo esencial es que Rontignon es joven, guapo y estúpido. ¿Qué más puede pedir una mujer?

--¡Qué opinión tiene usted de nuestro sexo!--dijo madama Carolina tomando un aire tierno y sentimental.

Choribide sonrió.

--No es una opinión. Es una convicción--dijo.

--¿Tan mal le han tratado las mujeres?

--Ha habido de todo--contestó el pillo filósofo.

--¿Y sus datos, Choribide?

--Cuando los necesite usted. Usted me manda una nota o un aviso de que venga, lo que usted prefiera. Para algunas investigaciones quizás se necesite algún dinero.

--Lo hay. El señor de Calomarde me ha escrito que gastemos el dinero necesario sin miedo. El asunto es de transcendencia y es indispensable que de cualquier modo la expedición liberal tenga un fracaso ruidoso.

--Lo tendrá.

--Muy bien. Ahora le voy a presentar a mi sobrina.

La condesa salió del salón seguida de Choribide, bajó hasta un cenador del huerto donde Simona estaba leyendo.

--Simona--dijo madama Carolina--el señor Choribide; un amigo y un aliado.

Choribide hizo la reverencia echando un pie hacia atrás a la moda antigua, una reverencia digna de un pisaverde del Palais Royal del tiempo de madama Tallien, y después de unas cuantas galanterías se despidió de las dos aventureras besándoles la mano.

Mientras cruzaba la huerta de la casa sus labios finos sonreían y en sus ojos había una claridad alegre y burlona.

Al llegar a la puerta del jardín, Choribide echó una mirada a la torrecilla de Gastizar. El viento andaba revuelto, el viejo dragón cambiaba de rumbo a cada paso y rechinaba agriamente. Aquel malvado basilisco, aquella furia super-terrestre estaba en un momento de inquietud. Sin duda, tenía que anunciar catástrofes y calamidades sin cuento.

_La Caleta, Noviembre, 1917._

FIN DE LA VELETA DE GASTIZAR

ÍNDICE

Páginas.

PRÓLOGO 9

LIBRO PRIMERO

LA FAMILIA DE ARISTY

I. Los viajeros 17

II. La posada de la Veleta 25

III. Ustariz y su grande hombre 39

IV. Gastizar y Chimista 49

V. La tertulia de Gastizar 63

VI. Don Valentín de Malpica 75

VII. Retratos de familia 87

VIII. Los parientes y los amigos de la casa 97

IX. Choribide el versátil 111

X. Un solitario 127

XI. Los locos del pueblo 131

LIBRO SEGUNDO

LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830

I. Dos amigos 139

II. Estampa de Bayona en 1830 149

III. Las amistades de Lacy 153

IV. Los grupos hostiles 159

V. Las estelas sentimentales 165

VI. Los preparativos 169

VII. Una carta de Tilly 175

VIII. Los jefes 181

IX. Gestiones de Lacy 191

LIBRO TERCERO

LAS DAMAS DEL CHALET DE LAS HIEDRAS

I. Velada en Gastizar 205

II. La policía 219

III. Carolina y Simona 225

IV. Choribide en acción 231

* * * * * *

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.