Part 6
¡Si la república fuese, como decían diariamente los periódicos favoritos del taller, la supresión del impuesto de sangre, vamos, merecía bien que una mujer se dejase hacer pedazos por ella! En el taller de cigarrillos, aunque dominaban las mocitas solteras, bastaba hablar de quintas para que se moviese una tempestad de federalismo.
--Miren ustedes--decía Amparo--que eso de que arranquen a una de sus brazos al hijo de sus entrañas y lo lleven a que los cañones lo despedacen por un rey, ¡clama al cielo, señores! Por lo mismo queremos la república republicana, la santa república democrática federativa. Con ella Marineda será capital, y Vilamorta también, y hasta Aldeaparda será capital hecha y derecha. Sólo Madrí, que a ese se le acaba la ganga, ya no nos chupará la sustancia; se va a hacer una cosa magnífica, que se llama descentralizar; y veremos cómo después se le baja el orgullo a la Corte. ¡Si es inicuo y absolutista lo que está pasando! Aquí no nos mandan, voy a poner por caso, sino tabaco de segunda, filipino para eso, espérelo usted un mes o dos. Las regalías y las conchas se hacen en Madrid... ¡como si nuestros dedos no fuesen de carne humana! ¿Somos aquí esclavas, o algunas torponas que no sabemos perficionar la labor? Y luego allí, paguita siempre corriente, consignas a barullo.... ¡Ciudadanas, es preciso sacudir el yugo tiránico con nobleza y energía cuando venga lo que se aguarda!, ¿eh chicas?
A las dos formas de gobierno que por entonces contendían en España, se las representaba el auditorio de Amparo tal como las veía en las caricaturas de los periódicos satíricos: la Monarquía era una vieja carrancuda, arrugada como una pasa, con nariz de pico de loro, manto de púrpura muy estropeado, cetro teñido en sangre, y rodeada de bayonetas, cadenas, mordazas e instrumentos de suplicio; la República, una moza sana y fornida, con túnica blanca, flamante gorro frigio, y al brazo izquierdo el clásico cuerno de la abundancia, del cual se escapaba una cascada de ferro-carriles, vapores, atributos de las artes y las ciencias, todo gratamente revuelto con monedas y flores. Cuando la fogosa oradora soltaba la sin hueso, pronunciando una de sus improvisaciones, terciándose el mantón y echando atrás su pañuelo de seda roja, parecíase a la República misma, la bella República de las grandes láminas cromolitográficas; cualquier dibujante, al verla así, la tomaría por modelo.
Y la muchacha iba ascendiendo a personaje político. En la ciudad comenzaban a conocerla, y hasta oyó una vez, al pasar por la calle Mayor, que murmuraban en un corrillo de hombres: «Esa es la cigarrera guapa que amotina a las otras». En su barrio todos la embromaban: el mancebo de la barbería pronunciaba un festivo «¡Viva la República!» siempre que Amparo cruzaba ante su puerta; y la señora Porreta murmuraba con voz cascajosa y opaca: «Salú y liquidación sosial». Si alguien cree que fue rápida la metamorfosis de la niña callejera en agitadora y oradora demagógica, tenga en cuenta que más prontamente aún que la Fábrica de tabacos de Marineda, se gaseó la nación hispana. Ni visto ni oído. Contaba la Gloriosa menos de un año, y ya nadie sabía a qué santo encomendarse, ni a dónde íbamos a parar, ni dónde dar de cabeza. Abundaban las manifestaciones pacíficas, acabando siempre como el rosario de la aurora. En la frontera, agitación carlista; el Gobierno interna que te internarás, y los internados acá, volviendo a meterse en España media legua más allá, mientras en Madrid se fabricaban activamente, y sin gran reserva, fornituras, arneses y mantillas, que en los ángulos lucían una corona y las iniciales C. VII, y en Vitoria recorrían las calles grupos de jóvenes con boina blanca y garrote en mano, victoreando a las mismas iniciales. A bien que en Puerto Rico la guarnición aclamaba otras cosas, y en Écija mil republicanos protestaban contra «la presencia en España del intruso Antonio de Borbón», y en las cercanías de Barcelona los payeses, armados de azadas y bieldos, perseguían a un alcalde y le obligaban a encastillarse en las Casas Consistoriales. A todo esto, el poder, representado por el regente Serrano, al cual se tributaban honores casi regios, estaba realmente en las vigorosas manos de Prim, que olfateando la ruina de la Gloriosa, como el marino vislumbra en el remoto horizonte el huracán, sin entretenerse en fruslerías demagógicas, sólo pensaba en traer un monarca, llamado a sosegar el país. España estaba próxima a la gran lucha de la tradición contra el liberalismo, del campo contra las ciudades; magna lid que tenía en la Fábrica de Marineda su representación microscópica.
Todas las mañanas, en efecto, al entrar las operarias en los talleres, al encontrarse en el camino, solían, urbanas y rurales, invectivarse ásperamente y dirigirse homéricos insultos, ni más ni menos que si fuesen las avanzadillas de los dos partidos enemigos que presto iban a encender la guerra civil. El pretexto de las riñas era que las de Marineda mostraban asombrarse de que las campesinas, viniendo quizá de tres leguas de distancia, estuviesen ya allí cuando apenas asomaba el día, y hacían rechifla de tal diligencia.
--¡Vaya, que es buen madrugar de Dios, hijas!
--¿Venides a caballo del Sol?
--¡Andar, lamponas! ¡Dejáis la cama por hacer y el chiquillo por mamar! ¡Madrastras!
--¡Ni os peinades tan siquiera!... ¡Andáis arañando en el pelo con los dedos por llegar seis minutos antes, ansiosas de judas!
--¡Tú dormiste en el camino, avariciosa! Imposible que a tu casa llegases. Tanto madrugar, y tanto madrugar, y luego no hacedes ni medio cigarro, en tó el día, que mismo no sabedes menear los dedos, que mismo los tenedes que parecen chorizos, que mismo Dios os hizo torponas, que mismo....
Aquí ya la sorna y flema de las interpeladas tocaba a su fin, y respondían coléricas, pero entre dientes:
--¿Y luego? Cada uno se vale como puede, y vusté tendrá otras rentas, y más otros señoríos... y ganaralo de otra manera diferente, y Dios sabe cómo será... que yo no lo sé ganar sino trabajando, _hija_.
--Yo lo gano con tanta honra como usté... y no injuriar a nadie.
--Calle usté, que empezó. Yo no le dijen cosa mala.
--¡Avarientas, rañas, ahorcádevos por un ochavo!
--¡Sinvergüenzas!--replicaban furiosas las campesinas.
--¡Servilonas, carlistas!--contestaban las ciudadanas, ya en actitud agresiva.
--¡Malvadas, que echades contra Dios!--rugían las insultadas. Y en medio del tumulto se oía el agudísimo ¡ayyy!, de una mujer, a la cual manos furibundas intentaban arrancar de un solo tirón la trenza entera de sus cabellos. Por espacio de diez segundos imperaban la confusión y el desorden, y había empujones, pellizcos convulsivos, arañazos, violentos repelones; pero apenas iban aproximándose a las cercanías de la Fábrica, donde el severo reglamento prohibía los escándalos, cesaba el griterío, comenzaba el torrente femenil a precipitarse dentro del patio, y restablecíase la paz, ya que no la serenidad interior, en la fiel imagen abreviada de la nación española.
-XIV-
Sorbete
Josefina García estaba aquella noche muy compuesta y emperejilada en el paseo de _las Filas_, y la acompañaban las de Sobrado. Cuanto se ponía Josefina ajustábase siempre a los últimos decretos de la moda, no sin cierta exageración y nimiedad, que olía a figurín casero. Era esa la condición del cuerpo de Josefina semejante a la de la cola que los escultores usan para vaciar sus estatuas, que recibe toda forma que se le quiera imprimir. Josefina entraba dócil en los moldes impuestos por la moda, sin rebelarse ni protestar jamás. Tenía su físico algo de impersonal, una neutralidad que le permitía variar de peinado y de adorno sin mudar de tipo. Mediana de estatura, su rostro prolongado y sus agradables facciones no ofrecían rasgos característicos. Sus ojos, ni chicos ni grandes, ni eran feos, pero sí dominantes y escudriñadores más de lo que a su edad y doncellez convenía; su sonrisa, entre reservada y cándida, demasiado permanente en los labios, para que no tuviese visos de fingida y afectada; su talle, modelado por el corsé, sería pobre de formas si hábiles artificios del traje, como un volante sobre los hombros, o en la cadera, no reforzasen sus diámetros. Sin aliño y despeinada, Josefina debía parecer poca cosa; ayudada por el tocado, adquiría cierta postiza morbidez. En realidad, era un fruto prematuramente caído del árbol, una doncella núbil antes de tiempo; a los trece, cuando tocaba habaneras, tenía ya las coqueterías, los celos, los caprichos de la mujer, y ahora aquella flor rápida y precoz se había deshojado, y en vez de la lozanía seductora de la juventud, notábase en Josefina la tiesura y empaque de una señora formal y los remilgos de una lugareña. Figurábase que la distinción, el buen tono, consistían en contrahacer los menores movimientos, ajustándolos a una pauta preestablecida; que había un modo elegante y otro cursi de reír, de estornudar, de abanicarse; que hasta existían opiniones distinguidas y bien vistas, y opiniones que ya no se llevaban; y que en todo, lo más selecto y fino eran las medias tintas, la insustancialidad, lo insípido, inodoro e incoloro. Hablando de cosas superficiales, no le faltaba cierta charla vivaz, semejante al trinar del jilguero; pero apenas se tocaban asuntos serios, creíase obligada, por su papel de niña elegante y casadera, a encogerse de hombros, hacer cuatro dengues y mudar de conversación. Tal cual era Josefina, muchas señoritas la imitaban, porque, según se decía, «sacaba las novedades»; y aunque tachándola de exagerada y rara, a veces, con el rabillo del ojo observaban las innovaciones de indumentaria que lucía, para reproducirlas al punto.
Aquel año comenzaba a imperar el traje corto, revolución tan importante para el atavío femenino, como la de Setiembre para España; las avanzadas en ideas se habían apresurado a cercenar sus faldas, mientras las conservadoras no se resolvían a suprimir la cuarta de tela con que barrían las inmundicias del piso. Josefina, que en materia de vestir era radical, llevaba la moda nueva en todo su rigor, con túnica de seda negra adornada de bellotas de pasamanería, cayendo sobre redonda falda de glasé azul. Un velo de rejilla formaba a su rostro la misteriosa aureola de un confesionario, y los _cuernos_ de su peinado bajaban con gracia y simetría hacia la nariz. Por la espalda y en la cintura, un lazo negro muy pronunciado servía para abultar lo que entonces quería la _voluble diosa_ que abultase. Echaba la señorita los codos atrás con objeto de destacar el busto, actitud que escrupulosamente copiaba la segunda de Sobrado, Clara. Lola, que iba en medio, era la única a poner el cuerpo como Dios se lo dio. La luz de la luna, que se alzaba iluminando el paseo de _las Filas_ y el mar, la hora y la temperatura envidiable de una noche de verano, incitaban a amantes efusiones, o siquiera a galanteos, y hasta el ruido de la concurrencia se brindaba a ser cómplice de tiernas palabras pronunciadas a media voz; así lo comprendía Baltasar, que acompañaba a las muchachas, inamovible al lado de Josefina, y haciendo, sin escrúpulo, que sus hermanas llevasen la cesta. A lo lejos, el blando murmullo de las olas, que parecían un lago de plata, decía cosas embriagadoras y poéticas; cantaba un idilio intraducible al humano lenguaje. La conversación del grupo era, no obstante, por todo extremo, vulgar.
--Está desanimado el paseo. ¿Verdad, Sobrado?
--Animadísimo lo encuentro yo. ¿Por qué dice usted eso?...--Y los ojos de Baltasar buscaron los de Josefina, y una mirada se cruzó entre ambos.
--¡Qué cosas tiene usted! Vaya, falta gente: usted no lo notará, pero sí falta.
--Yo, intervino Lola, me aburro con tanto dar y dar vueltas.... En cualquier sitio me divertiría más. No hubiera salido hoy, si no fuese por la Octava de San Hilario.... Pero ni aun la Octava estuvo a mi gusto; faltó muchísima gente de la que acostumbra alumbrar.... ¿Sabéis porqué?
--No--dijo maquinalmente Josefina.
--Sí--declaró Baltasar--, porque fueron a esperar al muelle a los delegados de Cantabria.
--Los delegados... ¿de qué?--preguntó Josefina jugando con el abanico.
--De Cantabria.... Vienen a firmar la unión del Norte...--explicó Lola--. ¡A mí me gustaría ver el desembarque! Si hubiese tenido con quien ir.
--Yo fui.... ¡Qué lástima!--dijo Baltasar.
--Chica.... ¡Vaya una idea!--exclamó Josefina soltando menudas carcajaditas--. Yo huyo de esas confusiones.... Me aterra pensar que pueden gentes sin educación apachucarme, pisarme.... ¡Qué fastidio! Y al fin poco tendrá que ver.... Diga usted, Sobrado, ¿se ha divertido usted mucho?
--No por cierto.... ¡Diversión! ¿Qué diversión ha de ser? Pero es curioso.... ¡Hubo vivas, y mueras, y un silbido vergonzante, y abrazos, y apretones de manos!
--¡Bien por el que silbó!--dijo Lola batiendo palmas--. ¡A eso quería yo ir, a silbar con la llave de la puerta!
--Dice el tío Isidoro--intervino Clara--que si esto sigue así van a tener que cerrarse los comercios y se concluirá la industria.
--¡Y también se cerrarán las iglesias!--recalcó Lola con más calor aún--. ¡Malditos revoltosos! ¡A silbar, a silbar debió ir todo el mundo!
--¡Psss! ¡Por Dios!--suplicó Josefina--. Estamos llamando la atención.... Luego dirán que nos metemos en política.
--Pues yo me meto... ¿y qué? Ahora todo el mundo se mete--afirmó Lola.
--¡Ay... yo no! Qué ridiculez, ¿eh, Sobrado? Yo no entiendo de eso.
--¿No tiene usted opiniones, polla?
--No... es decir, no me gustan los alborotos; ¡cuando hay trifulca el teatro está tan soso!... Ni queda humor para vestirse y salir.
--Vamos, usted debe tener sus preferencias.... ¿Será usted carlista?
--¡Ay, no!... ¡La Inquisición me da un miedo!...--dijo riendo.
--¿Republicana?
--¡Qué horror! ¡Cosa más cursi...!
--Moderada, ea. Es usted moderada, de fijo.
--Tal vez, tal vez, algo moderada.... La pobre Reina me da mucha lástima.
--Bueno, ahora ya sé que es usted moderada y lo voy a divulgar por ahí para que la prendan a usted por conspiradora.
--No, por Dios, que no sueñen que hablamos de estas cosas.... Se reirían de mí y dirían que parecemos un club. ¿No sabe usted alguna noticia? ¿Qué me cuenta usted del prestidigitador que trabaja en el teatro?
--¿El húngaro? ¡Bah! Como todas esas funciones.... Muy pesado, mucho cubilete y los pistoletazos de cajón....
--¡Pistoletazos! Los odio: me asustan atrozmente. En viendo que preparan la pistola, ya estoy tapándome los oídos: las chicas se ríen y mamá me dice siempre: «Niña, que te miran...». Pero yo no puedo....
--¡Mejor! Si la miran a usted, ¿qué más quieren los espectadores? --declaró Baltasar cediendo a la destreza con que Josefina traía el diálogo al terreno personal.
Mientras pasaba este coloquio, las madres, que venían detrás, se sentaron en un banco, sin que su plática, por versar sobre asuntos de muy otra especie cediese en animación a la de la gente joven. Un momento, al pasar por delante de ellas, Lola se volvió a preguntarles no sé qué; al mismo tiempo Josefina tocó levemente en el codo a Baltasar, el cual se inclinó, y por movimiento simultáneo cayeron los brazos de ambos y sus manos se unieron el espacio de un segundo, depositando la mano varonil en la femenina un papelito blanco, tamaño como una mariposa. Susurraban las acacias, llenaba el aire el misterioso silabeo de las conversaciones de última hora, y el amoroso gemido del mar, besando el parapeto, completaba la sinfonía.
Ni se escapó el detalle del papel al ojo avizor de la viuda ni a la vigilante atención de doña Dolores, quien puso torcido y avinagrado gesto, levantándose al punto y anunciando que era hora de retirarse. Al tiempo que regresaban las dos familias, desde _las Filas_ a la calle Mayor, la señora de Sobrado meditaba una épica pequeñez, una tontería trascendental y feroz que le sirviese para dar despachaderas a las de García y quedarse sola con sus hijas. Y como llegasen cerca de las puertas del café de la Aurora, que dejaban pasar la luz amarilla y cruda del gas, ocurriósele, por fin, la liliputiense estratagema, y con felina amabilidad dijo la viuda:
--Y ahora, ¿qué se hacen? Nosotros pensábamos entrar a tomar un refresco.... ¿Nos acompañarán ustedes? Un sorbetito, cualquier cosa....
--¡Jesús... pues no faltaba más!--contestó la viuda, abochornada como persona a quien ofrecen de mala gana y por fórmula un obsequio que cuesta dinero--. Nosotras tenemos que hacer, y nos retiramos.
--¡Baltasar!--gritó doña Dolores a su hijo, que iba delante con las muchachas--. ¡Baltasarito, entra aquí, que vamos a tomar sorbete!...
--Vengan ustedes, señoritas--murmuró el teniente, creyendo que se trataba de convidar a la familia García.
--No, estas señoras no quieren nada--se apresuró a advertir la madre, clavando a su hijo a la puerta del café con una mirada elocuentísima.
A pesar del aplomo de buen género que creía Josefinita poseer, se vieron a la claridad del gas sus ojos preñados de lágrimas de orgullo y su tez encendida, como si la abofeteasen. Dijo un seco «adiós» a Clara y Lola; a Baltasar y a doña Dolores ni palabra. Cogiose del brazo de la viuda y pronto se confundieron en la oscuridad del fin de la calle sus espaldas, erguidas con dignidad propia de espaldas de destronadas reinas. Baltasar se volvió hacia su madre.
--Pero, mamá...--pronunció.
--¡Chsss!--murmuró ella en voz baja, casi al oído del mancebo...--. Eres un bolo, que te comprometes en público con ellas, y tienen medio perdido su asunto. Van a quedar en la calle, chiquillo.... He confesado a la infeliz de la madre y no pudo negármelo.... Yo ya lo sabía por un abogado. Va muy mal todo eso.... Niñas, sentaos--añadió dirigiéndose a Lola y Clara--. Mozo, cuatro medios de leche y barquillos....
--Yo no tomo...--dijo Baltasar.
--Mozo, tres medios no más.... Pues mira como andas, porque esa mocosa con su gesto de todo me fastidia, te va a envolver.... La tendrás que mantener, y a las cuñaditas, y a la viuda....
--Pero si no pienso... usted todo lo abulta. Sólo que las cosas hechas así de este modo se comentan y dan que hablar.... ¿No se empeñó usted misma en que las acompañase?
--Con permiso de ustedes--dijo el mozo colocando en la mesa tres vasos de leche amerengada coronados de canela, y un cestito de paja lleno de barquillos. Clara y Lola se pusieron a chupar su refresco, comprendiendo que no debían oír el diálogo de su madre y hermano.
--Que las acompañases, sí... porque no me figuraba yo que iba a resultar tal compromiso.... Si pierden el pleito, ni sé cómo pagarán las costas.... Han de acudir al bolsillo del prójimo; acuérdate de lo que te digo; como si todo el mundo tuviese ahí el dinero a disposición....
--Pues yo--declaró Baltasar--no vuelvo a meterme en otra.... Mire usted bien las cosas antes, porque esto de andar así, hoy tomo y mañana dejo, es ridículo y le pone a uno en evidencia. Dirá la gente que cazamos... que cazo un dote.... ¡Ya ve usted!
--¡Dios quiera que los cazados no seamos nosotros!--tartamudeó doña Dolores con las mejillas horriblemente sumidas por los esfuerzos de absorción que practicaba, a fin de convertir su barquillo en bomba ascendente de la leche garrapiñada.
-XV-
Himno de Riego, de Garibaldi. Marsellesa
Era Baltasar un hijo, no de este siglo, sino de su último tercio, lo cual es más característico y peculiar. Calificábanle las señoras de atento; sus compañeros, de muchacho corriente y agradable; su tío, de chico listo y con el cual se podía departir acerca de asuntos de comercio. Su temperatura moral no subía ni bajaba a dos por tres; no se le conocía ardor ni entusiasmo por ninguna cosa; la fiebre de la mocedad no le había causado una hora de franca y declarada calentura. Ni juego, ni bebida, ni mujeres le sacaban de quicio. En política era naturalmente doctrinario. Su madre le juzgaba mozo de gran porvenir y altos destinos, porque dejándole la paga para gastos menudos y diversiones, Baltasar ahorraba y nunca se halló sin blanca en el bolsillo del chaleco. Destinado a la carrera militar, más por vanidad de su familia que por vocación, no era, sin embargo, cobarde, pero sí yerto; prefería los ascensos a la gloria, y a la gloria y a los ascensos reunidos anteponía una buena renta que disfrutar sin moverse de su casa ni estar a merced del ministro de la Guerra. Secretamente, con cautela suma (porque Baltasar respetaba la opinión pública y todo lo que hay que respetar para vivir con sosiego), la ley y norte de su vida era el placer, siempre que no riñese con el bienestar. Tenía vanidad, pero vanidad encubierta y en cierto modo solitaria. A sus creencias, vacilantes y endebles, no quería tocar, como si fuesen un diente próximo a caerse y con el cual evitase morder cortezas duras. Vivía a su gusto y talante, sin meterse en más libros de caballerías. Físicamente tenía Baltasar mediana estatura, la tez fina y blanca, y de un rubio apagado el ralo cabello; pero la parte inferior de su fisonomía era corta y poco noble; la barbilla chica y sin energía, la boca delgada de labios, como la de doña Dolores. En conjunto, su rostro pareciera afeminado a no acentuarlo la aguda nariz, diseñada correctamente, y la frente espaciosa, predestinada a la calvicie.
Al huir del café, como si huyese de sí mismo, dejando a su madre y a sus hermanas ocupadas en agotar los sorbetes, sintió que le daban una palmadica en la espalda, y volviéndose conoció a Borrén, que ya hacía días estaba de retorno de Ciudad Real, contando que allí había unas chicas... hombre, ¡cosa notable! Se cogieron del brazo y se dieron a vagar por las calles, que no aconsejaba otra cosa la serenidad y hermosura de la noche de estío. Baltasar desahogó sus cuitas en aquel amigo pecho. Él no estaba ciego por Josefina, ni cosa que lo valga; pero ahora recelaba que sería mal visto plantarla de golpe y porrazo.
--Entreténgala usted--aconsejó maquiavélicamente Borrén--y distráigase por otro lado. ¿Va usted a vivir así a su edad? ¡Pues no faltaba más, hombre!
--Es una diablura: en este pueblo todo se sabe, y después, líos, historias, lances que molestan.... Se me figura que voy a pedir que me destinen a Andalucía o a Cataluña.... Si me quedo aquí, hay una muchacha que me da, a veces, en que pensar... ¿y para qué se ha de meter uno en un atolladero?
--Una muchacha.... No es la de García, ¿eh?
--No, hombre.... Esos son solaces a la alta escuela y por todo lo fino, que no le quitan a uno el sueño.... Es... una cigarrera.
--¡Hola... picarón! ¿Esas tenemos, y tan calladito?
--Usted mismo me la enseñó y me habló de ella.... La chica del barquillero.
Borrén chasqueó la lengua contra el paladar.
--¡Yaaaá lo creo! ¡Toma, toma! ¡Pues si es una joyita, hombre! ¡Caramba con usted y cómo lo gasta! ¿No se lo decía yo a usted, eh?
--Debo advertir que por ahora no hay nada. No se eche usted a maliciar ya.
--Principio quieren las cosas, hombre.
Hablaban así al atravesar una calle principal, cuando de pronto les llamó la atención el corro de gente parada a la puerta de una sociedad de recreo. Dentro del marco de las iluminadas ventanas se veían agitarse figuras negras que gesticulaban animadamente, y detrás de ellas medio se columbraba una mesa servida con copas, botellas y dulces. A veces se dibujaba sobre el fondo de luz la silueta de una mano que alzaba una copa, y el clamor que seguía al brindis era delatado por el retemblido de los cristales.
--El Círculo Rojo--dijo Borrén--. Están obsequiando a los delegados de Cantabria.
--¡Llegar por mar ahora mismo y tener humor para correrla!--exclamó el teniente--. ¡Lástima de naufragio!
--¿A usted qué le parece de estas algaradas, Sobrado?
--¿Qué me ha de parecer? Que antes de dos meses nos embromarán allá por Navarra los del Terso....
--¡Quia! Eso nunca, hombre. Eso murió, y los muertos no resucitan.