# La Tierra de Todos

## Part 22

Book page: https://www.cyberlibrary.org/es/books/la-tierra-de-todos-13519/index.md

El almacén había descendido á boliche y tenía un aspecto fúnebre. Sólo algunos parroquianos viejos, de solvencia probada, venían á beber de pie ante el mostrador. Don Antonio el Gallego había cortado violentamente el crédito á la mayor parte de los concurrentes, y para apoyar su voluntad de no dar nada al fiado, tenía un revólver en cada cajón del mostrador y el hermoso rifle americano debajo de su asiento. Su público, cuando estaba falto de dinero, merecía todas estas precauciones.

--Usted debe ir á Buenos Aires, don Manuel--decía á Robledo con firme optimismo--. Usted es el único á quien harán caso allá.

El ingeniero se mostraba triste y desalentado, como todo lo que le rodeaba. Lo único que conseguía hacerle sonreir con una expresión melancólica era el nuevo aspecto de Watson su socio. Éste parecía alegre, como si nada le importase la suerte de sus canales. Ahora sólo le interesaba la ganadería, pasando los días enteros en la estancia de Rojas.

¡Qué podía importarle la paralización momentánea de las obras!... Era joven y tenía muchos años por delante. Lo que deseaba estudiar era la vida de una estancia, pero teniendo por maestro á Flor de Río Negro, que le acompañaba á caballo á través de los campos desde la salida del sol hasta el ocaso.

Un fúnebre descubrimiento aumentó el mal humor del español, poco después de la fuga de Elena.

González le hizo ver un sombrero que uno de sus parroquianos había encontrado junto al río, lejos del campamento. El ingeniero lo reconoció inmediatamente. Era el que llevaba Torrebianca.

Estaba convencido, desde mucho antes, que su compañero no figuraba ya entre los vivos. Con frecuencia, durante la noche, cuando las dificultades financieras de sus obras le hacían permanecer insomne, reconstituía por deducciones lo que el marido de Elena había hecho al abandonar su casa, poco antes del amanecer. Indudablemente su cuerpo estaba en el fondo del río.

Otro día, el dueño del boliche vino á contarle el descubrimiento hecho por unos españoles que, al verse faltos de trabajo, se dedicaban á la pesca. Dos leguas más abajo del pueblo habían pasado á una isla fangosa rodeada de cañaverales, con la esperanza de apoderarse de algunas truchas procedentes del lejano lago de Nahuel Huapi. Entre las cañas de la orilla habían visto dos objetos largos y negros que se balanceaban mecidos por la corriente: las piernas de Torrebianca.

Robledo no había tenido valor para ver el cadáver. Después de un mes de permanencia en el río, era una masa gelatinosa que parecía vibrar por el rebullicio de la fauna surgida de sus carnes. Fué su compatriota González quien, abandonando el mostrador del almacén, se encargó de todo lo necesario para dar sepultura á estos restos.

--Usted lo que debe hacer es irse á Buenos Aires--repetía el almacenero--. Don Ricardo y yo le sustituiremos aquí. En la capital trabajará usted por nosotros más que si se queda en la Presa.

Al fin Robledo reconoció la pertinencia de estos consejos, marchándose á Buenos Aires. Varios meses anduvo por los ministerios, solicitando que se reanudasen las obras y luchando con las rutinas técnicas y administrativas.

También tuvo que esforzarse por mantener su crédito en los Bancos. Los mismos que protegían antes su empresa dudaban ahora francamente del éxito, resistiéndose á proporcionarle más dinero para su continuación. Un ambiente de escepticismo y descrédito iba esparciéndose en torno á todo lo que era de la Presa.

Llegó el invierno sin que Robledo hubiese podido salir de Buenos Aires. Algunas veces, con repentino optimismo, esperaba conseguir al día siguiente la realización de sus deseos. Pero al otro día le contestaban: «Vuelva usted mañana»; y este «mañana» iba convirtiéndose en una palabra fatídica, símbolo de algo vago que nunca llegaría á ser realidad.

Los periódicos le anunciaron una noche la inquietud de las poblaciones ribereñas del río Negro. Los afluentes empezaban á aumentar su caudal con una prodigalidad inquietante. Llegaba la crecida que él venía anunciando desde meses antes en los ministerios para conseguir que se continuasen las obras si aún era tiempo.

Recibió luego un telegrama de los mismos que le habían aconsejado la marcha á Buenos Aires. Le pedían que volviese, como si su presencia, siendo milagrosa, pudiera sujetar las fuerzas naturales.

Entró en la Presa con un frío glacial. Volvió á enfundarse en un gabán de chófer con los pelos afuera que había usado siempre en los días rudos del invierno.

La población estaba casi desierta. Las casas de madera, que eran las más fuertes, tenían cerradas puertas y ventanas. Las construcciones de adobes estaban con los techos rotos y el huracán había arrancado igualmente las maderas de sus orificios de ventilación. No se veía á nadie en las calles. Sólo quedaban los hombres que ya eran habitantes del país antes de que empezasen las obras. Parecía que durante los cuatro meses de su ausencia hubiesen transcurrido diez años.

Sufrió el tormento de largas y angustiosas inquietudes al permanecer días enteros en la orilla del río, viendo con una indignación impotente cómo aumentaba el peligro. Las aguas eran cada vez más altas y tumultuosas, arrastrando en su corriente troncos de árboles que venían tal vez de las vertientes de los Andes, ó haciendo rodar invisibles, por el fondo de su lecho, rocas enormes.

No le preocupaba el peligro de una inundación. Era la suerte de las obras incompletas, y no la seguridad de las personas, lo que le hacía vivir en perpetua angustia. Examinaba todas las mañanas, con la atención de un médico que ausculta á un enfermo, aquel dique que debía obstruir el río de orilla á orilla y estaba sin terminar, primeramente por la distracción amorosa de sus constructores y después por su rivalidad mortal.

El brazo más largo del dique había quedado incompleto á unos cuantos metros del otro brazo que venía á su encuentro desde la orilla opuesta. Las aguas, cada vez más altas, cubrían estos dos muros, marcando su oculta existencia con remolinos y espumarajos.

Como todos los que viven en incesante peligro, Robledo empezó á sentirse supersticioso, recomendándose en su interior á varias divinidades confusas y omnipotentes que podían realizar un milagro.

«Si conseguimos pasar el invierno--pensaba--sin que esto se rompa, ¡qué felicidad!»

Pero una mañana, cual si fuese una construcción de arena igual á la que levantan los niños y demuelen á su capricho, las aguas se llevaron ante sus ojos un extremo del dique sin concluir; luego lo partieron como algo tierno y dúctil, y finalmente las dos murallas subfluviales, en las que se habían empleado cientos de hombres y miles de toneladas de materia dura y en apariencia inconmovible, rodaron corriente abajo, dejando fragmentos encallados en las orillas y las islas. Entonces Robledo lloró.

--Cuatro años de trabajo, ¡y el agua lo disuelve todo, como si fuese azúcar!... Cuatro años de labor perdida... ¡y habrá que empezar otra vez!

Su compatriota el dueño del boliche se consideraba tan arruinado como él. En su establecimiento, el cajón del mostrador estaba vacío. Además podía decir adiós á la esperanza de convertir sus arenosos campos en ricas «chacras» de riego. Estaba pobre; más pobre que cuando llegó á establecerse en esta tierra maldita.

Pero su fe en Robledo y la necesidad de consolarle hicieron que se mostrase optimista.

--Todo se arreglará, don Manuel--repitió varias voces, pero sin convicción.

Don Manuel, viendo cómo las aguas insistían en su obra destructora, pasó de la tristeza á la cólera. Sus ojos ya no miraban al río. Tenían la vaga expresión del que ha puesto su pensamiento muy lejos y ve lo que no pueden ver los demás.

Recordó á Canterac y á Pirovani, tan intensamente como si los hubiese encontrado el día anterior. Vió después un rostro de mujer sonriendo con expresión maligna. A través del tiempo y la distancia hacía sentir aún la influencia de su paso por este rincón de la tierra. Ella era en realidad la que destruía las obras.

El español cerró los puños. Se acordó del estanciero Rojas y lo que éste se proponía hacer con su rebenque para castigar las maldades de aquella hembra. Él hubiese hecho algo peor en el presente momento.

«Gualicho rubio--pensó--, demonio perturbador de los hombres y de las cosas... ¡en qué mala hora te traje aquí!»

* * * * *

#XIX#

--Han transcurrido doce años desde la última vez que estuve en París... ¡Ay! Reconozco que mi aspecto ha cambiado mucho.

Y Robledo, al decir esto, volvió á verse tal como se contemplaba todas las mañanas en el espejo, con ojos de conmiseración, mientras procedía á su limpieza matinal.

Era todavía vigoroso y gozaba de excelente salud; pero la vejez había empezado á marcar en él sus devastaciones. La cúspide de su cráneo estaba completamente despoblada. En cambio había suprimido su bigote, rasurándolo por el motivo de tener con más abundancia las canas que los pelos obscuros. Esta transformación le había dado, según él, cierto aspecto de clérigo ó de actor, pero al mismo tiempo esparcía por su rostro cierta frescura juvenil.

Ocupaba un sillón en el _hall_ de un hotel elegante de París, cerca del Arco de Triunfo.

Frente á él estaba un matrimonio joven: Watson y Celinda. El paso de los años no había hecho mas que afirmar los rasgos fisonómicos de Ricardo, dando mayor estabilidad á su hermosura de atleta tranquilo. La antigua Flor de Río Negro tenía ahora una belleza estival de trato sazonado y dulce. Conservaba su esbeltez gimnástica de efebo, pero la maternidad había amplificado majestuosamente sus formas.

Ya no llevaba su cabellera cortada como una melena de pajecillo, ni se permitía en público los saltos y las travesuras infantiles de aquella amazona patagónica admirada por los inmigrantes. Debía mostrar la seriedad de una mamá. En torno á la mesita del _hall_ se movía un niño de nueve años, voluntarioso y algo desobediente, que buscaba la protección de Robledo--por otro nombre «tío Manuel»--cuando le reñían sus padres. En un piso del «Palace» dos _nurses_ inglesas vigilaban los juegos de otros tres hijos de menos edad.

Formaban todos en conjunto la conocida familia de la América del Sur que viene á pasar varios meses en Europa, como una tribu rica y alegre, trasladando la casa entera de un lado á otro del Océano, sin olvidar á los criados. Ahora la familia estaba en sus comienzos, por ser los padres todavía jóvenes, y se limitaba á ocupar cuatro camarotes en los buques y cinco cuartos con salón común en los hoteles. Diez años más de vida y de prosperidad en los negocios, y la caravana familiar, al hacer otro viaje á Europa, arrendaría todo un costado del paquebote y un piso entero en los «Palaces».

--¡Las cosas que han ocurrido desde la última vez que estuve aquí!...

Se ensombreció el rostro de Robledo al recordar éste sus luchas durante dos años para conseguir que se reanudasen las obras en el río Negro.

Había conocido las angustias que proporcionan las deudas crecientes y las reclamaciones de acreedores que no pueden satisfacerse.

Casi todos los habitantes de la Presa escaparon al destruir el río las obras. Los raros viajeros que visitaban el país venían á admirar esta población en ruinas, semejante á las ciudades históricas y muertas del mundo antiguo, en una tierra falta de recuerdos.

A fin el gobierno había reanudado los trabajos. El río era vencido poco á poco, aceptando el obstáculo del dique y los canales de Robledo y Watson se empapaban con las primeras aguas, dejando correr por su lecho fangoso el riego vivificante.

Después de esto sólo habían necesitado los dos socios que transcurriese el tiempo. El milagro del agua realizaba un sinnúmero de milagros secundarios. Acudían á la muerta población hombres de todos los países, deseosos de roturar un suelo que podía después ser suyo. Una costra de verde tierno y luminoso iba cubriendo los campos antes polvorientos. Los matorrales secos y punzantes cedían el sitio á los árboles jóvenes. Nutridos por la savia de una tierra dormida durante miles de años, y refrescados incesantemente por el agua que corría á sus pies, realizaban en el corto plazo de varias semanas prodigiosos estiramientos.

Las casuchas de adobes, derruídas en el período de soledad y miseria, eran reemplazadas por edificios de ladrillo extensos y bajos, con un patio interior, imitando la arquitectura española de la época colonial. El antiguo boliche del Gallego se convertía en vasto almacén con numerosa dependencia, donde era vendido cuanto puede ser agradable y útil á los que se enriquecen cultivando la tierra, haciéndose además en él todos los negocios, incluso el de banca.

El dueño había ganado millones, por otra parte, al convertir sus arenales en campos de regadío. Al fin, acababa de realizar su ensueño de volverse á España, dejando al frente del almacén á un dependiente español interesado en sus negocios.

--Ayer me escribió don Antonio--dijo Robledo con una ironía bondadosa--. Quiere que vayamos á Madrid. Desea que admiremos su casa, sus automóviles, y sobre todo sus amistades. Me cuenta con orgullo que los periódicos hablan de sus comidas. También me dice que le han dado una condecoración y un día de estos lo presentarán al rey. He ahí un hombre dichoso.

El recuerdo del lejano país ensombreció el rostro de Celinda.

--Piensa en su padre--dijo Watson á su consocio--. Es imposible hablar de la Presa sin que se ponga triste... ¿Qué culpa tenemos nosotros si el viejo no ha querido venir?

Robledo asintió á estas palabras, pretendiendo animar á Celinda. Don Carlos no había querido moverse de su estancia, á pesar de lo mucho que le rogaron todos ellos para que les acompañase. No le interesaba ver en su vejez aquella Europa donde tantas locuras había realizado siendo joven. Deseaba conservar intactas las antiguas ilusiones. Además, temía que le faltase el tiempo para saborear los grandes cambios realizados en su propiedad.

--Me quedan pocos años--decía--, y no puedo malgastarlos vagando por Europa, cuando tantas cosas debo hacer aquí. Celinda me dará muchos nietos, y no quiero que sean unos pobretones.

Los canales de Robledo habían llegado á las tierras de su propiedad, convirtiendo los ralos y secos pastos de la estancia en lozanas praderas de alfalfa, siempre húmedas y verdes. Su «hacienda» engordaba, multiplicándose prodigiosamente. Antes, tenía que correr á caballo para encontrar de tarde en tarde un animal cornudo y huesoso que iba al descubrimiento y la conquista de algún hierbajo aislado, á través de una soledad casi yerma. Ahora, los novillos gordos y lustrosos, con las patas dobladas bajo su carnal pesadumbre, rumiaban la suculenta alfalfa, mordida en torno á ellos, sin necesidad de moverse.

Además, don Carlos era considerado como el primer hombre del país, y representaba para él una desvalorización marcharse á aquellas tierras de _gringos_, donde ignoraban su historia y nadie le haría caso. Hasta espaciaba mucho sus viajes á Buenos Aires, pensando que los amigos de su juventud habían muerto y sólo podía encontrar á sus hijos ó sus nietos, que apenas recordaban su nombre. En cambio, todos le hacían acatamiento en la Presa, como primer propietario del país. También era juez municipal, y los inmigrantes cultivadores de las «chacras» reconocían su autoridad y sapiencia, consultándole en todos sus asuntos y aceptando sus fallos.

--¿Qué puedo hacer yo en París? ¡Un papelón!... Déjenme con mi gente y cada buey que rumie su pasto.

Sentía mucho separarse de sus nietos, pero esta separación no podía ser larga. Cuando Celinda y su marido el _gringo_ volviesen, el niño mayor llegaría á tiempo para que su abuelo le enseñase á montar á caballo como debe hacerlo un criollo fino.

Precisamente este nieto hacía mucho rato que estaba junto á Robledo, montando en sus rodillas y dejándose caer en la alfombra.

--¡Carlitos, preciosura--suplicó la madre--, deja en paz á tío Manuel!

Y añadió, para contestar á todo lo que había dicho Robledo acerca de su padre:

--Es verdad, no quiso venir; pero eso no impide que me entristezca cuando pienso que podía estar aquí, viendo lo que nosotros vemos.

Se aproximó al grupo una señorita elegantemente vestida: la institutriz francesa encargada de la educación de Carlitos. Venía á llevárselo para dar un paseo por el Bosque de Bolonia. La madre tuvo que acariciarle con vehemente ternura, y aún así, no pudo sofocar sus protestas de niño mimado.

--¡Yo quiero quedarme con tío Manuel!...

Pero tío Manuel necesitaba salir solo, y se lo explicó así al pequeño tirano, con palabras de excusa.

--Si obedeces á mamá y vas con mademoiselle al Bosque, esta noche cuando te acuestes te contaré un cuento muy largo... ¡muy largo!

Carlitos aceptó la promesa, dejándose llevar por la institutriz sin nuevas rebeldías.

--¡Ya se fué el déspota!--dijo Robledo, fingiendo una gran satisfacción al verse libre de él.

Celinda sonrió agradecida. El español había concentrado en Carlitos toda la necesidad de amar que sienten los célibes en los linderos de la vejez. Era muy rico y su fortuna iría ampliándose todavía más con el transcurso de los años, según fueran sometidas al cultivo las tierras recientemente irrigadas. Si alguna vez le hablaban de sus millones, miraba al hijo de Celinda, apodándolo «mi príncipe heredero».

Pensaba legar una parte de su fortuna á ciertos sobrinos que tenía en España y á los que apenas había visto; pero lo más considerable de su riqueza sería para Carlitos. Amaba también á los otros hijos de Watson; pero el primogénito había nacido en la época de amarguras é indecisiones, cuando todavía estaba en peligro su obra, y esto hacía que le considerase con la predilección que merece un compañero de los malos tiempos.

--¿Qué va á hacer usted esta tarde?--preguntó Robledo á Celinda--. Seguramente lo mismo de las otras tardes: visita general á los grandes modistos de la _rue de la Paix_ y calles adyacentes.

Ella aprobó con un movimiento de cabeza este programa, mientras Watson reía.

--¿Cuándo se cansará usted de comprar vestidos?--continuó el español--. ¿No tiene miedo de que su equipaje no quepa en el trasatlántico, cuando regresemos á Buenos Aires?...

Se excusó Celinda, pensando otra vez en el lejano país.

--Debo hacer mis compras previsoramente. Piense que allá en nuestra colonia no hay nada de lo que se encuentra aquí con tanta facilidad. Somos unos millonarios del desierto que vivimos todavía en la primera semana de la creación de un mundo. Como quien dice unos millonarios... salvajes.

Los tres rieron de este título y luego quedaron pensativos. Sus ojos dejaron de ver el _hall_ donde se encontraban y la elegante concurrencia de las mesas inmediatas. Contemplaron con una visión interior el antiguo campamento de la Presa, que ahora se llamaba «Colonia Celinda», y los campos regados, fértiles y alegres, propiedad de los dos ingenieros, con árboles todavía no muy altos, pues los más antiguos sólo contaban nueve años de existencia. Vieron también la gran plaza de la colonia con sus edificios nuevos, y en ella á don Carlos Rojas, que parecía haberse empequeñecido con la edad, ofreciendo su rostro un perfil cada vez más aquilino y enjuto. Tenía el gesto autoritario y bondadoso de los antiguos patriarcas, al escuchar á hombres y mujeres.

Después, mientras Celinda pensaba en su padre, los dos consocios iban repasando mentalmente su actual prosperidad. Centenares de agricultores procedentes de todos los países de Europa habían adquirido parcelas de la tierra regada, para formar sus huertas llamadas «chacras». El enorme precio que el agua había dado al suelo era pagado á plazos por los colonos, en el curso de diez años. Cada trimestre ingresaban en su oficina cantidades enormes que iban á quedar luego inmóviles en los Bancos.

Los canales avanzaban sus tentáculos por la antigua cuenca del río Negro, convirtiendo todos los años tierras areniscas en campos fecundos; y esto atraía incesantemente á nuevos emigrantes, doblando ó triplicando los ingresos de la sociedad. Y así continuarían, años y más años, hasta amontonar una suma considerable de millones.

Robledo pensaba con melancolía en el destino de su riqueza enorme. Llegaba á él cuando era viejo y no podía sentir la tentación de los placeres que engañan y entretienen á los demás mortales. Los hijos de Watson y de Celinda serían archimillonarios, no conociendo nunca la esclavitud del trabajo ni las angustias de la escasez de dinero, y al ser hombres vendrían á derrochar en París una parte de su herencia principesca, llamando la atención por sus despilfarros y sus brillantes cualidades de seres ociosos é inútiles. Atraído por la fuerza del contraste, Robledo, hombre de trabajo que había sufrido en su existencia grandes estrecheces y amarguras, aceptaba con un fatalismo risueño este final de sus esfuerzos, encontrándolo lógico y de acuerdo con las ironías de la vida.

Pensaba, además, en otro contraste que había acompañado á su enriquecimiento. Mientras él se hacía millonario, la mitad del mundo, al otro lado de los mares, sufría los horrores de una gran guerra. Al principio este cataclismo había hecho peligrar su propia empresa. Los colonos extranjeros abandonaban los campos de la Argentina para ir á ser soldados en sus respectivas naciones. Pero luego se cortaba este retorno al viejo mundo, y el reflujo humano traía nuevos cultivadores á sus tierras.

Muchos que había dejado en Europa doce años antes enormemente ricos, estaban ahora pobres ó habían desaparecido. En cambio, él, que sólo era entonces un aspirante á la fortuna, un colonizador de incierto porvenir, se sentía como abrumado por la exageración de su prosperidad. Se veía igual á las reses nuevas de don Carlos Rojas, que, ahitas por la exuberancia de su nutrición, permanecían con las patas dobladas sobre la alfalfa, mirando, inapetentes, toda la riqueza alimenticia que las rodeaba.

Watson y Celinda eran jóvenes, tenían ilusiones y deseos, sabían en qué emplear su dinero. Ella conocía la voluptuosidad del lujo; su marido podía sentir el mayor placer de los enamorados, mezcla de satisfacción y de orgullo, al regalar á Celinda todo lo que desease; ¡pero él!... Ni siquiera le gustaban las molicies inocentes que hacen más grata la vejez. Le había visitado la riqueza demasiado tarde, cuando no le quedaba tiempo para aprender á ser rico.

Como había pasado la mayor parte de la existencia simplificando su vida y prescindiendo de comodidades, ya no necesitaba estas comodidades. Celinda, la antigua amazona, y su esposo, tenían á la puerta del hotel, desde las primeras horas de la mañana, un lujoso automóvil. No podían vivir sin este vehículo; parecía que lo hubiesen poseído desde que nacieron. ¡Ah, la juventud, con su maravillosa facilidad de adaptación para todo lo que representa placer ó riqueza!...

El español, sólo en casos de urgencia se acordaba de tomar un automóvil de alquiler. Prefería marchar á pie ó emplear los mismos medios de locomoción de la gente poco adinerada.

--No es miseria ni avaricia--decía Celinda á su esposo cuando le hablaba de Robledo, al que había estudiado con su fina observación de mujer--; es simplemente olvido y falta de necesidades.

Los dos ingenieros salieron de su abstracción al oir de nuevo la voz de la joven.

--Y usted, don Manuel, ¿qué piensa hacer esta tarde?... ¿Por qué no me acompaña en mis visitas á los modistos, y así podrá hablar con motivo de la frivolidad de las mujeres?...

Robledo no aceptó la proposición.

--Debo ver á un antiguo condiscípulo que desea mi ayuda para un negocio. El pobre no ha hecho fortuna.

Era un ingeniero que durante la guerra había dirigido una fábrica dedicada á la producción de municiones. Ahora la fábrica estaba cerrada, y su dueño, después de haber reunido en cuatro años una fortuna enorme, no sabía qué hacer de ella. El ingeniero buscaba, sin éxito, un capitalista, para dedicarla por su cuenta á la producción de maquinaria agrícola.

