Part 9
--Sentiría mucho que le causásemos molestia...--murmura Trini, confusa--. Camila me ha animado tanto... Me ha dicho que usted le había dicho en Madrid...
--¡Por Dios, Trini... No sé cómo manifestar á usted que estoy verdaderamente agradecido!.. Venga usted, venga á descansar un momento á casa, á arreglarse; en fin, á lo que quieran... Pronto almorzaremos... Miss Annie--ordeno á la inglesa, que acababa de presentarse, súbitamente, de piqué verde claro, con una rosa lacre en el corpiño--: ¿quiere usted hacerme el favor..? Estas señoras...
Y dándome cuenta del motivo porque la inglesa, con un molinillo dentro, no se mueve, lleno la fórmula:
--Miss Annie Dogson, la señorita que cuida del pequeño... Mi hermana... la señorita de Dávila...
Si con afectación se inclinaron las damas, con rígida tiesura cabeceó Annie. Dijérase que una barrilla de hierro pasaba á lo largo de su espinazo.
--Gracias, Gaspar--exclamó Camila--; no nos hace falta arreglarnos por ahora: el camino es corto; un cuarto de hora para cruzar la ría y una hora de coche... El ratito de venir á pie es lo peor... pero no hay tiempo de notar mucha fatiga; son diez minutos...
Desde que Trini había llegado, no apartaba los ojos de Rafaelín. Le miraba encantada, sorprendida, sin duda, de su belleza. De pronto, con movimiento simpático, se bajó y le tomó en brazos.
--Es el niño! El niño!--repitió enfáticamente--. Qué precioso! Parece un angelito de los que se ven en los cuadros de Murillo... Pedirás á Dios por don Gaspar, eh, nenito? Pídele mucho.
--No va á entender, Trini... Dígale usted que pida por _father_. Don Gaspar es un personaje que para él no existe. ¿Verdad, _baby_? Soy su papá... en inglés.
Como la señorita se disponía á besarle en los carrillos, miss Annie se interpuso rápida, dando una orden secatona:
--_Baby... shake hand._
Desiderio Solís, que bajaba la rampa emparrada que conduce desde la cocina de Portador hasta el patio, se paró en firme al ver á las señoras. Hubo en su gesto algo de esquivez felina, si así puede decirse; fué la retracción de una alimaña sorprendida en su cueva. La cueva de Solís, ¡ya la conozco!: es la sombría madriguera de sus pensamientos desesperados y ansiosos, entre los cuales se revuelve. En esa madriguera me encuentra á mí y me destroza á mí; y se acentúa la intensidad de mi goce al desafiarle, y en un desenfrenado imaginar me figuro la pronta supresión de la existencia que puede darme un loco lúcido como éste, al filo del cuchillo ó á la bala del revólver... Experimento una fruición de orgullo, íntima, deleitosa--y, encontrándome á la altura de un poeta favorito, comprendo la gentileza del morir, y, sobre todo, la gentileza de jugar con la sensación del peligro oculto, inminente, como se juega con un lindo kriss malayo de afiladísima hoja serpentina, envenenado con zumo de euforbia. El atractivo de todos los seres que por un momento han fijado mi atención, solicitado mis sentidos, hasta buscado el camino de mi corazón--Rita, Annie, Camila, Trini, el mismo Rafaelín--cede, se eclipsa ante este amor antiguo como mi juventud, esta curiosidad y sed del gran Secreto... Ya que no me decido á ir, á paso tranquilo, hacia él, que venga él á mí, sin las decadencias de la enfermedad, sin las torturas de los padecimientos, sin los delirios de las fiebres y con el hechizo peculiar del drama psicológico... ¿A que no es verdad, menguado Solís? ¿A que no te resuelves, una mañana..? Yo te daré vapor, pobrecillo celoso de la podredumbre, de la mísera carne de la mujer. Te estiraré el cordel, te haré tascar el freno en los pocos días que nos restan de verano y de baños salobres. Y estoy de ello seguro: nada ocurrirá digno de referirse; tu amenaza tácita ó explícita será otro poco de aire; no sabrás proporcionarte y disfrutar la sensación suprema, el trago de infernal ambrosía de suprimir con tus manos una existencia humana... No serás tú quien me haya asustado, profesorzuelo; no están nuestros espíritus al par. Espera...
Y le llamo, complaciéndome en saber yo solo lo que tiene de significativo el rostro descompuesto y demacrado, la chispa siniestra del mirar de Solís. También interpreto perfectamente la vislumbre de satisfacción que le causa la presencia de las dos señoras. La misma sospecha que hace fruncir el rubio ceño á Annie, despeja momentáneamente la frente de Solís, que se acerca titubeando.
--El futuro ayo de Rafael, don Desiderio Solís... Mi hermana, etc...
Trini es la más espontánea: le tiende la mano con afabilidad; él, entre remiso y lisonjeado (no son sino sacos de vanidad estos aparentes bohemios), la estrecha desmañadamente. Camila le mira, reprobando para sí las negligencias de su atavío y sus maneras hoscas, insociales.
Toda esta escena, más breve que mi relato, se desarrolla entre el corro de pordioseros, los cuales, á fuer de genuinos mendigos españoles, se interesan más por lo que sucede á su alrededor que por su negocio de pedigüeñería. Las mujeres, con la boca abierta, no se sacian de admirar los trajes de batista floreada, los sombreros frondosos y botánicos de las dos señoras. Una medalla de Juana de Arco, cercada de rubíes _calibrés_, que Trini ostenta al cuello, les arranca exclamaciones admirativas y bendiciones desinteresadas. Trini, se apresura á registrar su bolsa de malla de oro, y á distribuir el cambio que lleva. Luego, acepta mi brazo para subir la rampa.
Desiderio Solís, después de unos instantes de angustiosa vacilación, se resuelve á ofrecer el suyo á Camila. Ella hace que no ha visto la actitud, y sube derecha, sola, prontamente, como quien conoce bien los lugares donde se encuentra. Solís se encoge de hombros, creyendo que no le veo, para fanfarronear con miss Annie, que acaba de dirigirle una mirada irónica. Rafael nos precede corriendo, alborozado, guiando á Trini, con la cual ha hecho migas; y, alzando cuanto puede su manita, le cuenta cosas:
--Tengo un pero así de gande... Lo pendieron porque muede á los pobes... Yo no quiero que los mueda...
Entramos en la «sala de la torre». Camila se encarga de explicar á Trini esas cosas que se explican siempre al que pisa una casa por primera vez. Sobre el sofá hay un retrato de mujer, con el pelo en moño de rizos, los hombros caídos, el corpiño picudo de talle y el cuellecito blanco vuelto, característicos de la moda de 1860.
--¡Cómo se te parece esta señora!--exclama Trini.
--No tiene nada de particular... Es mamá--dice Camila.
La mirada de Trini pasa del retrato á la cara, no de Camila, sino mía. Toma un pretexto para mirarme,--lo he notado.--Quizás esta mujer ha pensado mucho en mí á solas. Viene, me parece indudable, bajo el influjo de una inquietud dolorosa respecto á miss Annie. Para Trini, como para la muchedumbre, yo me entiendo con la nívea inglesa... Y siento un chispazo de cólera al reconocer que, una vez más, el sentido común de las gentes no es tan vano y hueco como pensamos los soberbios, que nos situamos fuera de la grey; porque, no hace veinte días, si me dejo llevar del instinto...
Visitan la casa las señoras, gustosamente. Se detienen mucho en recorrerla. Lo que las interesa, al parecer, es la distribución de las habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pescuda todo, con su ojeada maliciosa, digna y escandalizada á la vez. El examen resulta inquietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la torre, un cuarto no muy amplio; detrás de él, en otro más chico, duerme Tadeo, mi ayuda de cámara; y enfrente, dos habitaciones de dimensiones iguales, separadas por un pasillo, corresponden á Rafael y miss Annie. El primer piso de la torre queda reservado para un salón. Y al cuerpo de edificio, detrás del despacho y comedor, está relegado Solís. De aquí, los espionajes nocturnos. Le veo que observa á Camila y nota su actitud; dijérase que los dos pensamientos, las dos sospechas, se encuentran, cruzan y abrazan en el aire, como dos espadas desnudas. Al contacto de la sospecha de Camila, la de Solís acaso se hace certidumbre.
XVI
Nos sentamos á almorzar. Camila, frente á mí, preside. A su derecha, Rafaelín. Solís, al otro lado. A mi derecha, Trini; la inglesa, en el puesto inferior, á la izquierda.
Convencido como estoy de que la mayor parte de nuestros estados psíquicos, aunque jamás carecerán de razones de ser, las tienen frecuentemente tan ocultas que ni nosotros mismos las traducimos y analizamos, no he intentado explicarme por qué aquel almuerzo fué una hora excepcional en mi vida; por qué, desde que Trini se colocó á mi lado, comprendí su deseo y su sinceridad, y presentí el desarrollo que iban á tener los sucesos.
La mesa lucía un adorno muy vulgar, pero encantador: canalitos de vidrio liso llenos de agua en que refrescan flores y ramillas tiernas de helecho. Eran como riachuelos dormidos sobre la blancura del mantel. Dado que en Portodor andamos mal de jardinería, Tadeo se había ingeniado y traído del río buena provisión de las umbelas rosa que huelen á almendra amarga; y el ligero olor, avivado por el calor y la frescura, me penetraba en el alma como un cuchillo de oro. El cocinero, aunque careciendo, según decía, de mil recursos que no faltan en Madrid, había sacado partido de la mariscada y pesca tan abundante en Portodor, y desde las menudas anchoas hasta los filetes de lenguado á la Morny y el rodaballo á la Teodora braseado al Champagne, el menú, casi magro, era para despertar el paladar del más gastado gastrónomo. Trini, que habitualmente come poco, animada por mis bromas y mis obsequios, estuvo hasta glotona; dos veces se sirvió del rodaballo, ensalzándolo. Solís, aliviado de su tortura al notar cómo yo atendía á Trini y cómo ella se esponjaba dichosa, y un tanto excitado quizás por los excelentes vinos que ordené á Tadeo que sirviese, empezó por destacar alguna frase y, al fin, habló brillantemente, desplegando ingenio, conocimientos y buen humor irónico, que descargó sobre el pueblecillo de Portodor, sus notabilidades, sus festejos, su Casino, sus bellezas.--Trini se reía; hasta Camila desfrunció el entrecejo, sonrió, y dos ó tres veces aprobó.
Annie era la malhumorada silenciosa. A medida que adelantaba el almuerzo, se acentuaba su hosca frialdad: con leves pretextos reprendió ásperamente, en inglés, á Baby; el pequeñuelo hizo un mohín llantero, mimoso; Trini le echó un beso volado, le hizo un guiño de inteligencia. Los ojos azules, de claro doblete de zafir, se obscurecían, y los labios bien cortados temblaban de ira al notar que el niño se entendía con otra y que á esa otra yo le presentaba un fruto, le servía una salsa, le ponía vino en el vaso. Alegando que Baby no debe permanecer tanto tiempo seguido en la mesa, levantóse al servirse el asado intentando llevarse al chiquitín; pero Trini intercedió:
--Miss Annie, ¡por Dios! déjenosle hoy, un día es un día. Rico, Faelín, ¿verdad que te quedas?
Entiendo: le hago un signo á la inglesa--nada más que un signo, pero de amo--, y no hay remedio, mi voluntad se impone; el aya, en señal de protesta, se retira. Entonces el almuerzo se hace más íntimo, más atractivo; Trini respira, libre de las ojeadas de cristal azul; Camila, con toda su altivez, se encuentra también más á sus anchas; Solís especialmente se alegra; ¡mi acto de energía le da á entender tantas cosas! Radiante, salpicada de Champagne su nada tersa pechera, vuelve á sostener la conversación con un _esprit_ periodístico ameno y maligno á la vez. Después de un ditirambo al «inflado» javanés con que termina el delicado almuerzo, propongo ir á tomar el café bajo el emparrado, en la enorme mesa de piedra toda bordada de vegetaciones que el sol metaliza. Allí nos sentamos... y ¡yo no me miento nunca á mí mismo! viendo á Trini con Rafaelín en brazos, explicándole por qué una mosca se ha preso las patas en el azúcar de un platillo, lo cual el pequeñín celebra con risas gorjeadas, con exclamaciones de asombro y gozo,--¡me encuentro feliz!--El sortilegio del niño sobre la mujer actúa visiblemente; el grupo inefable, símbolo de la vida, se ha formado y estrechado al influjo del aire, de la libertad, del alejamiento de las ciudades, de la naturaleza, en fin. Mientras yo fumo mi cigarro, Trini juega con el niño; juegan á partir piñas y á descascarar piñones, sirviéndose de una piedra, y las risas aumentan y el chiquitín toma confianza, y tiraniza á Trini como me suele tiranizar á mí, y la empieza á soltar letanías de cariño:
--Trini bonita, Trini buena, Trini de mi corazón...
Ella se anima, se entusiasma también. Pasamos las horas calurosas de la tarde bajo el toldo de parra, oyendo surtir el agua, esa agua tan fresca, tan leve, tan digestiva, que bebí de niño con los carrillos sofocados de correr. El danés, Vértigo, sentado gravemente á mis pies, abre por turno el ojo derecho y el izquierdo y estremece una oreja cuando le importunan las moscas. El ambiente es pesado; pero á cada minuto lo abanican brisas de mar. A eso de las cinco, al empezar á aplacarse el calor, propongo que bajemos al pueblo, alquilemos un bote y demos un paseo por la ría. Es muy probable que caigan algunos panchos. Tadeo llevará anzuelos, cordel y el cesto para recoger lo que se pesque. La proposición es acogida con transportes de júbilo por el niño, con satisfacción por las señoras. Invito á Solís, que rehusa, y no invito á miss Annie: acabamos de verla pasar allá á lo lejos por la carretera que atraviesa la parte baja de la posesión, cabalgando en su bicicleta, muy bien ensiluetada, muy airosa, muy decidida.
Vamos, pues, en familia, sin mercenarios de lujo. Desatraca el bote. Sardiñete, el marinero, rema despacio, de un modo insensible; su hijo, un rapazuelo de unos quince años, coge la caña del timón. Nosotros echamos la _liña_ y esperamos que el pez pique. Trini ayuda y aconseja á Rafaelín; le enseña á tener la cuerda quieta y á dejarla flotar según el derive, casi imperceptible, del bote. Trini, en toda esta jornada, se muestra mañosa, útil, viva. Al sentir el primer tirón, el chico pega un grito de alegría nerviosa, tan penetrante, que el pez se asusta é intenta huir, y no lo consigue, porque ya está enganchado. A la luz del sol poniente vemos encorvarse y palpitar su cuerpo de plata, y, arrancándolo del anzuelo, se lo entregamos á Rafaelín. La criatura coge el pececillo; pero, al notar su agonía, la gota de sangre que mancha sus agallas, quédase un momento pensativo, y después rompe á llorar, escondiendo su preciosa cara en el seno de Trini, que le cubre de caricias.
--No se pesca más, rico--dice ésta--. Se acabó la pesca por hoy. Verás; á este pescadito le volvemos al agua y se pone tan contento y se va junto á sus hermanitos, á contarles que por poco nos le comemos frito esta noche.
--¿No mere el pescado?--pregunta, entre sus lágrimas, Rafael.
--No mere, vidita, no mere: ahora rompe á correr tan contento, y va á tomar café con sus amigos, y á fumar, como tu _father_.
La risa sucede á las lágrimas. Por debajo del agua transparente, el niño ve desaparecer el cuerpo del pez, en relampagueante fuga.
Se recogen los avíos de pesca. ¡Rafael es el que manda! Mi alma flota, se disuelve en la placidez infinita de la hora moribunda. Hace bochorno; no corre un soplo de viento. El sol, allá en la línea del horizonte, desciende abrasado al fondo del agua obscura. Cae la noche, y apenas desaparece el astro, surge claridad, no de la luna, que no se deja ver, ni de las estrellas, altas y diamantinas, sino de la misma sábana del agua, que se enciende en hervor nupcial, como inmensa luciérnaga. Resplandores glaucos parecen venir del fondo de las olas, permitiendo ver las miriadas de peces que cruzan sus profundidades y que son como remolinos de prolongadas hojas de estaño, arrastrados por una corriente de esmeralda pálida, derretida. El remo abre surcos de lumbre fosforescente y al subir derrama cascadillas de gotas luminosas. El pálido incendio nos alumbra con reflejos fantásticos de linterna chinesca. El niño pregunta, y le explico el fenómeno como puedo. Estoy cerca de Trini, y siento, en aquella noche de verano, en que arde hasta el agua, su atractivo; pero estoy seguro de que no se trata de un estímulo material, de que es la criatura quien vuelve á llevarme hacia el hogar, hacia la paz, hacia la aceptación de la existencia completa, vivida y transmitida á otros...
Camila nos da el alto: tienen que volverse al balneario; la excursión exige hora y media lo menos, ¿cuándo llegarán, y qué pensarán de ellas los demás bañistas?
Trini, suspirando, exclama:
--¡Qué lástima! ¡Qué buen día se ha pasado!
Saltamos en la playa, y ofrezco otra vez el brazo á Trini para llevarla hasta el coche, que ya las espera al extremo del muelle. Es un breve momento de soledad y de confianza. Camila se queda atrás, á propósito, entreteniendo al niño, enseñándole las redes de pesca que negrean sobre el blanco arenal.
--Gaspar--murmura Trini con voz temblona; y noto el golpeteo de su corazón contra mi brazo derecho--: tiene usted un niño que es un hechizo. Me voy prendada de él.
--Lo quiere usted á su lado siempre, Trini?--respondo, en un arranque violento y espontáneo--. Ya sabe usted que se lo había ofrecido...
--Eso fué un día... Ahora... usted... ya... Y yo, entonces, no había visto al pequeño...
--Ahora, igual... si usted...--Y estrecho el brazo; y el brazo contesta á mi presión con otra muy ligera, pero sensible... La respuesta del brazo es definitiva.
--Hemos quedado--advierto á Camila--en que volveréis á pasar aquí el día del jueves. Iré á esperaros en el desembarcadero. Y antes, es probable que me aparezca en San Roque...
XVII
Y apenas se aleja, con ruido apagado de rodadas, el coche que lleva á las dos señoras, entrego á Tadeo la criatura soñolienta, para que la suba en brazos á la Torre, hago una seña á los marineros y vuelvo á saltar en el bote.
--¿Caradónde, señorito?..
--Adonde queráis... Un paseo.
Escupen en las manos y vuelven á empuñar remos y gobernalle. Pausadamente, la barca corta la sábana de lumbre pálida y verdosa... Caigo en pleno ensueño. Por última vez--á mí mismo me empeño la palabra--me entrego á esas conversaciones interiores, en que dialoga mi doble yo. Por última vez fumo opio... Dejo colgar el brazo sobre la borda, y al rozar el agua parece mi derecha bañada en un livor sobrenatural; la estela del barco es un trazo prolongado de lumbre, como el rastro de un cometa en el firmamento. Es preciso que yo diga adiós á los antiguos fantasmas, mis perseguidores, mis tétricos amigos; es preciso que salga de mi espelunca, y no vuelva más á ella; tengo que transmigrar y encarnarme en esposo, en ciudadano.
El agua se engalana como para un funeral con esta luz mortuoria, que me recuerda la tez de espectro de Rita Quiñones; y de entre las praderías de algas, donde ondulan vegetaciones de pesadilla, una forma se alza, semejante á una de esas vislumbres que tiemblan al movimiento de las múltiples capas de agua, y cuyas líneas se disuelven, entre las gasas trémulas y fingidas, velo de los abismos. El que ve surgir una de esas apariciones inciertas y borrosas, hijas del consorcio de la fantasía con lo real, nunca deja de atribuir á la visión forma femenina. Cree discernir, fugitivos en su diseño, los brazos que han de enlazarle, el cabello donde se ha de enredar, la boca que ha de envenenar la suya, el flexuoso torso que se pegará á su pecho. La mayoría de los hombres hacen surgir de la obscura profundidad el amor. Mi visión, confusamente alumbrada por la fosforescencia de las ondas, es de muerte, y su boca, al acercarse á mi boca, la cuajaría en eterno hielo...
El cuerpo de mi sirena no es blanco, su pelo no es rubio: tiene su forma lo indeterminado de los senos sombríos de donde sale, y su melena se parece á la inextricable maraña de las algas, suspensas, enredadas y penetradas por esta luz líquida. Creo verla ascender despacio, ávida y amenazadora, como si me dijese: «Eres mío, no me huyas...»
--No soy tuyo--protesté--. Puedo huir. Me basta con desearlo. He jugado contigo á un juego peligroso: basta ya. Quiero vivir. Vete...
No se iba. Agarrada á la borda con sus manos de sombra, fijaba en mí los mismos ojos magnetizadores que había fijado desde el fondo del río. Y me llamaba, me llamaba... Un sudor de angustia humedeció mis sienes, y, por un hábito pueril, por uno de esos gestos maquinales que se han hecho en la niñez y que sobreviven á todos los procesos analíticos, demoledores, de la edad madura--bajé dos dedos, alcé otros dos y tracé sobre mi frente la señal de la cruz...
En el mismo instante el agua palideció; sus reconditeces se velaron, y como se extingue una bengala de teatro, se extinguió la fosforescencia, dejando el agua incolora, tranquila, en la densa cerrazón de la noche.
--¿Se apaga el agua así de pronto?--pregunté á los marineros.
--Sí, señor... Siempre pasa así en Agosto. Dura muy poco la claridá. Aun hoy duró más que otras veces.
--Vamos al muelle--ordené, como avergonzado de mi impresión y temeroso de que me la conociesen; avergonzado del sentimiento, hasta en presencia de tan ínfimo auditorio.
Salto á tierra. Emprendo la caminata á la Torre de Portodor, cuyas iluminadas ventanas veo desde el muelle lucir como un faro. Voy determinado á desenredar mi espíritu de los laberintos en que me he perdido siempre. Ahora creo discernirlo con lucidez total: estaba enfermo del alma, y es la salud lo que han de darme las dos supremas representaciones de la existencia: el Niño y la Mujer. El reto que acepté era insensato y absurdo, como era nefando y monstruoso el amor que me había inspirado la Guadañadora. Cuando yo provocaba y exasperaba á Solís, la buscaba indirectamente á _ella_; glosaba una cuarteta conceptuosa que me embruja la imaginación:
Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer de morir no me vuelva á dar la vida...
Subiendo por el sendero campestre donde, entre el olor recio del mar, flota el almizclado vaho de esos escarabajos negros, enormes, llamados en el país «vacas de San Antonio», formo mi plan. Mañana mismo, llamaré á miss Annie, la daré rendidas gracias por sus servicios, la haré generoso regalo y la enviaré á Vigo, en un buen coche. A Desiderio Solís le enteraré de que mi matrimonio es cosa acordada; le ofreceré un sueldo no despreciable en concepto de administrador y secretario, y le advertiré que estos cargos los puede desempeñar fuera de mi casa, y que así lo deseo. Y añadiré todo lo que baste á curar los escozores de sus dudas y convertirle en amigo mío, al menos en indiferente. Y después... Ya veremos: ante todo, conjurar este peligro; salir de esta situación anómala en que me he puesto voluntariamente, jugando con mi propio destino, por una caprichosa fantasía de poeta--sí, ahora entiendo la verdad: yo soy un poeta loco, á quien las herencias de melancolía de las edades dramáticas y de los antecesores desdichados, habían llevado á desear el aniquilamiento... Penetrado de esa curiosidad palpitante que da fiebre á las novias la víspera de sus bodas, yo esperaba ansioso, estremecido, lo que iba á ser de mí en poder de una fiera por mí mismo azuzada y desencadenada. Me había complacido en crear eso que llamamos fatalidad, con la substancia de mis deseos, mis orgullos y mis antojos. Quizás la fatalidad no existe, si nosotros no la fabricamos. En esta hora de sana voluntad me parece todo el giro de mi suerte es mi obra. Soy yo quien ha soltado en mi propia casa al tigre de los celos, y le he visto avanzar exhalando su ronco rugido, y en vez de enjaularlo, me he complacido en admirar su manchada piel... Ahora entiendo cuánto daño pude hacer, no sólo á mí, sino á todos. Destejamos la infernal tela; aprisa, borremos la huella de nuestros pasos, pisando al revés.