Part 8
Me incorporo, cierro el quitasol, y sin esperar á que miss Annie se vista y vista al chico, emprendo la cuesta que conduce á la torre de Portodor--entre grupos de mimbrales, encinas, castaños, viñedos, oyendo el gluglu del agua en los molinos, y el silbo de los mirlos que, digeridas las cerezas de Julio, esperan las uvas de Septiembre... Corro, porque la mujer me ha arrollado--y necesito estar conmigo á solas, pensar, recaer en el cerebro, libertándome de lo sensible.
Y era claro como la luz que este fenómeno había de presentarse á su hora. ¿Acaso no sé que hay en mí dos hombres, un meditativo espiritualista y un corrompido epicúreo? ¿Ha pasado cerca de mí ninguna manifestación de belleza femenil que no me estremezca? Excepto la pobre Rita... Pero ésa era ya un fantasma cuando la conocí.
Por otra parte, me encuentro sometido á un régimen absurdo. Soledad, naturaleza, alimentación de pescado, fósforo, aire, sueño, el aguijón vital sobrepuesto á la adoración secreta de la Nada... ¿Hay en Portodor otra mujer más que Annie? Las pescadoras son muy gallardas; las señoritas del pueblecillo quizás no dejen de atesorar hechizos para los horteras que vienen á baños y fraternizan y sudan agarrados á ellas en los bailes del «Casino Portaurense»; pero yo no he de aproximarme ni á unas ni á otras. En la duda, las pescadoras serían preferibles... si no fuese la acuidad de mi sentido del olfato, y aun del tacto, porque estas sirenas airosas y bravías llevan, textualmente, coraza de escamas de pez. En resumen: he aquí que Annie constituye para mí un peligro: puede echarme á perder la temporada. Cierto que no ejerce el menor influjo sobre lo hondo (sí, para ella estaban las telas de mi corazón!), pero, á flor de lo sensible, preso me tiene. Con mirada á la vez turbia y lúcida, la recorro, la desmenuzo. Hay horas en que me olvido de Rafaelín; hay momentos en que temo ser arrastrado por mi antojo.
Y véase cómo acertaba Camila, y los murmuradores y todo el buen sentido, cuyos aciertos tienen la virtud de irritarme más que si fuesen errores. Me indigna que una parte de mí mismo esté sujeta á las fáciles previsiones de los cotarros parleros. «Ese solterón va á caer con la miss»... Pues, señores patitos de charca, no caeré, ó al menos no caeré como ustedes suponen. Soy jeroglífico que ustedes no descifrarán.
Hasta acertaron en lo de que Annie pica alto y á quien «pone los puntos» es á los señores. Ahora interpreto mejor aquel afán de acompañarnos á Rafael y á mí. Su juego está descubierto... Pierdes el tiempo, cándido trozo de nieve solidificada y teñida con el zumo de un pétalo de flor. No te sueltes el pelo, no finjas haber olvidado la capa para quedarte, chorreante y guanteada por tu tuniquilla de franela, ante mí. Tengo contra ti un escudo, que es la meditación. Te medito, te escudriño con el pensamiento; no encierras para mí atractivo alguno de curiosidad; sé de antemano el género de impresión que puedes ofrecerme; no soy de los que á cada copa nueva y á cada nuevo licor suponen embriagueces distintas--y, libre de ilusiones, aunque no de fervorines de la sangre--me limito á esas ojeadas furtivas del gotoso goloso, que avizora en el escaparate el plato prohibido por su régimen y del cual sabe que, precavido, no comerá.
Comparo el estado de mi espíritu á un entremés que á veces nos presenta el cocinero: una exquisita crema de chocolate hirviente que viene á la mesa dentro de un aro de queso helado compacto, duro. Cuando te sirves del piperete, Annie, no sabes interpretar mi sonrisilla. En el centro de mi bloque de hielo hay calor--demasiado calor--, pero el hielo no se liquidará. No cantes victoria, hija de la pérfida Albión, porque notes la eléctrica sacudida que me causa tu presencia. Yo no soy esa parte de mi ser á quien tu blancura ha trastornado. Yo soy el que piensa, razona, conoce, prevé, diseca. Yo soy el que ama otras cosas muy obscuras, muy sombrías; yo soy el galán de la Negra... Soy su trovador, su romántico _minnesinger_, capaz de cortarse un dedo, como se lo cortó aquel de la leyenda, para enviárselo á su princesa y dama.
El niño puede distraerme de este ensueño viejo; tú no, aunque juegues á salir de las olas, salvo la franela, como Afrodita...
A diversión tomo el engañarte inocentemente. Ya que tú me has perturbado en mi calma, te perturbaré en tus ambiciones. Gozo en hacerte creer, con indicaciones que aparento que se me escapan á pesar mío, que me traes fascinado, que lucho para no ceder al imán. Finjo suspiros, afecto brusquedades, hago como si tragase frases encendidas, bordo rendimientos, entretejo insinuaciones. Y así que te veo encandilada (no por mí, por mis accesorios de dinero y posición), hago la comedia de la retirada; me llevo á Rafaelín al bosque, á la playa, á los molinos, á los maizales, á los setos de zarzamoras, donde nos ponemos como dos bandidos--y echándome á cuatro patas, le digo á la criatura:
--Súbete: soy tu caballo, ó tu pollino, como quieras... Para ti, nenito, soy asno. ¡Sólo para ti!
XIV
En el juego y desquite que mi cerebro se toma, entreteniéndose en presenciar y aun en provocar conflictos espirituales, encuentro un aliciente inesperado: además de Annie, otra persona está pendiente de mi escarceo. ¡Ya me lo sospechaba yo! Por lo visto, Desiderio Solís ha caído; había caído, por mejor decir, en las redes de la común enemiga y conservadora del género humano...
Vuelvo á concentrar mi atención, un momento distraída por un ampo de blancura en una encarnación femenil, en el alma que creí atormentada, complicada y simpática á la mía, del joven futuro preceptor... No, preceptor no; no temas, Rafaelín; te buscaremos un guía no tan fácil en soliviantarse, en aturdirse al olor del mosto de la mocedad; un hombre en quien se hayan sedimentado las pasiones y que adore los libros: vendrá el viejecito cura bibliófilo. Para mí, Desiderio ha bajado muchos peldaños de la escala de valores. Soñar otras cosas, bueno; soñar á la mujer, y de esta manera anticuada, prevista, folletinesca, con arrebatos de celos y con sufrimientos enervantes, como el vulgacho... eso no me interesa absolutamente nada, y me produce una reacción de humorismo, que demuestro manteniendo al incauto en perpetuo estado de excitación y tortura. Sufre, alma sin valor ni fuerza, sufre... ó elévate, como yo, hasta más allá de los dolores y los goces pequeños... hasta más allá de las epidermis de nieve, rosas y demás cursilerías!
A cada mirar insistente que en la mesa dirijo á miss Annie; á cada palabra significativa que entre ella y yo se cruza--veo estremecerse á Desiderio, y noto la descomposición de sus facciones, de su cara turbia y movible como el mar. A la hora del baño, estoy convencido de que, si le aplicásemos á Solís un termómetro clínico, se apreciaría elevación en su temperatura. Adolece de una cuotidiana pasional, una calentura de león. Mas tarde, está caído y deshecho; sus ojeras amoratadas descubren la alteración de su organismo. Su violín solloza, y de noche me complazco extrañamente en escuchar el gemido de las cuerdas, que me parecen la queja de un condenado lamentándose más allá de la sepultura... ¿Por qué me recreo en oir desesperarse á este hombre á quien he querido sacar de la miseria? ¿Es mi eterno desprecio al sentimiento, al dolor, á la flaqueza, á la necedad de mis... prójimos? ¡No, eso no; yo prójimos no tengo, ni quiero tener!
Degradado por el suplicio celoso, acaso el más humillante de todos, Solís se rebaja hasta espiar. Juraría que de noche se quita los zapatos y viene á pasos tácitos y furtivos á pegar el oído á mi puerta, movido de sospecha vil, obsesa la imaginación por esa terrible facultad que desarrollan los celos materiales, de representarse los sucesos fantaseados con el realce y la plasticidad de lo escuchado y visto. Yo disimulo con arte supremo, en el cual hallo una distracción digna de mí. Veo retorcerse al poseso y sonrío desde mi altura, y tiro de los hilos que mueven la mecánica de sus furores y de sus sensaciones crueles, y me complazco en formarme, con este ejercicio, unos músculos morales de acero templado...
Por las tardes se alivia un poco el mal de Solís: nota que yo paseo en compañía de Rafaelín y que no trato de coincidir con la inglesa. Sin duda él ha intentado ofrecerse á Annie por acompañante, y sin duda Annie, cada vez más cebada en lo que cree mi conquista, le ha dado buenas despachaderas, marchándose sola, en su bicicleta, por las carreteras polvorosas. Bajo la presión de su idea fija, Solís se agrega á mí, unas veces desde que salgo de casa, otras como por casualidad: agregarse á mí, en efecto, es un modo de seguir á Annie los pasos y saber que, por lo menos, no está conmigo; es la antipirina de su fiebre. El alivio, el respiro que le dan estos paseos, en los cuales se mitiga su rabiosa psicalgia, se nota en su fisonomía: va hasta jovial y expansivo, con la involuntaria alegría saltante que presta la desaparición de un dolor de muelas furibundo... A veces, me divierto en aguarle la fiesta, diciendo negligentemente:
--No sé si encontraremos á miss... La he dicho la dirección de nuestro paseo... Como ahora tiene bicicleta...
El artefacto deportivo había venido de Vigo, la población europeizada más próxima á Portodor; y nos sucedía encontrar en las carreteras á la joven, seductoramente masculinizada por los bombachos de paño café y leche, la media escocesa y la gorrilla de tela blanca; sofoquinada por la rápida carrera, alborotadas las guedejas color de cerveza blonda. Ante mi movimiento retráctil, pues yo no quería ir con ella, la miss sonreía maliciosamente, me lanzaba los dos rayos de zafir doblete de sus pupilas y continuaba pedaleando...
Desiderio, ante aquella ojeada que no se dirigía á él, me insinuó evitar las carreteras; eran lo trillado, lo previsto del paisaje. Nos dedicamos á explorar un costado de Portodor, en el cual, desde nuestra llegada, no habíamos sentado el pie todavía. Aun siendo la parte más selvática de la comarca, era, en conjunto, amable y risueña; las orillas del río Andía, para mí familiares en los primeros días del despertar, después del semisueño brumoso de la infancia.
El río, próximo ya á desembocar y perderse en la ría, se hace más profundo y caudaloso, y sus márgenes, no encajonadas entre montañas, como las de otros ríos de la región, están guarnecidas de mimbres, alisos, cañaverales y sauzales frondosísimos. La flora es vivaz y rica: hay lirios morados y amarillos, y abunda una planta, cuyo nombre ignoro, que echa unos ramilletes de flor de un rosa vivo, con emanaciones de almendra amarga. No sólo al que tiene, como yo, aguzado el sentido del olfato, sino á todos, probablemente, una fragancia ó un olor, aun siendo grosero, les reconstituye íntegro un momento de la conciencia, tal vez borrado, perdido en ese archivo obscuro donde se van almacenando los sucesivos estados del alma. El balsámico olor de las umbelas rosa me retrotrajo, instantáneamente, á la hora de mi adolescencia en que, deprimido por caídas y enfangamientos, apretado del mayor dolor, que es la vergüenza moral, vi en el fondo del río unos ojos de tinieblas que me llamaban, y estuve á pique de irme hacia ellos, abriendo los brazos y exhalando el «¡Por fin!» de todos los ansiosos amores...
Reconocí la peña donde me había sentado en la hora de la tentación. Y, deseoso de ahondar en Solís, se me ocurrió volver á ocupar el mismo sitial, á la misma melancólica hora de sol poniente, cuando en el río cabrillean los mismos flamígeros toques, y se ensombrecen los mismos remansos lóbregos--. Siempre me ha complacido reproducir lo externo de una situación cuando falta lo interno, á fin de proclamar una vez más que no tiene valor alguno lo que nos rodea; que somos nosotros los que nos proyectamos sobre el paisaje y el ambiente--. Y, tomando pie de esta observación, afectando la necesidad de confianza, que es una de las flaquezas de nuestro espíritu,--enteré á Solís de lo que aquel paisaje me recordaba.
--¿No es cosa rara que se desee con tal vehemencia dejar de ser?
Al formular esta pregunta le observo.
--¡Qué ha de ser raro eso! Lo extraño es que deseemos vivir, don Gaspar--contesta el mozo.--Debe de estar bien claveteado allá dentro de nuestro ser lo que llaman instinto de conservación, cuando todavía no se ha despoblado de humanidad el globo. Tenemos mil razones de morir, y ninguna de continuar sufriendo esta broma pesada.
--¿No cree usted que somos ahora más felices que en otras épocas? Los adelantos...
--¡Los adelantos!--¡Maldición en ellos!...--exclamó violentamente.--Los adelantos, en nuestro período actual, ahondan las diferencias sociales; se consagran al dinero. Los pobres, los que estamos debajo, tenemos la ventaja de ver cómo todo, ó casi todo, lo que se refina en la civilización y en la cultura, es para una casta, la casta dorada... á la cual nunca hemos de pertenecer. Soy de la casta del cobre. No hablarme de adelantos.
--Sin embargo, amigo Solís--insinué traidoramente--, hay muchísimas cosas que lo mismo son de los dorados que de los cobrizos. Los goces intelectuales, por ejemplo...
--Don Gaspar... yo he empeñado á veces por dos pesetas mis desencuadernados libros, atestados de notas y apostillas... Yo me he retirado del Ateneo, porque no podía pagar las cuotas... Yo, obligado á pasarme las mañanas traduciendo patochadas á diez duros el tomo, me he embrutecido en esa tarea de macho de noria... Yo no he podido ver trabajar á la Duse, porque no me gusta estar prensado en el gallinero y no tenía para butaca... Hábleme usted de placeres intelectuales!...
Miré hacia el río, del cual se elevaba una frescura sepulcral, y arrancando distraídamente un ramillo de flores rosa, jugueteando con ellas, deslicé:
--¿Y el amor? Ahí tiene usted algo que ni reconoce cobre ni oro... Esa fruición nos iguala.
Solís saltó, convulso. Se notaba en su voz la furia repentina.
--¿Que nos iguala? Basta que usted lo diga... ¡Para los cobrizos, las del arroyo! Si tenemos aspiración hacia una mujer bonita, inteligente, delicada... allí estará uno de la casta de oro con su oro en la mano, y suya será la victoria!... ¡Como si no lo supiésemos!...
Y rompió en una risa sardónica, insultante.
--_Father_--gritó Rafaelín al pie de la peña que me servía de asiento--: ¡mira un pez! Un pez que salta del río!
--Una trucha, alma mía--respondí acariciándole.--Eso prueba que en el río hay hondones, y los niños no deben acercarse á él.--Según eso--insistí dirigiéndome al profesor--, ¿usted no está á bien con la vida?..
--No estaré á mal, cuando vivo--declaró torvamente.--Incurro en la contradicción general... Nos quejamos de la carga, y no soltamos el lastre... Ó intentamos soltarlo una vez, y no lo conseguimos... y ya no se repite el intento. ¿Verdad que es curioso? Tomamos una resolución... la estorba una nimiedad... Nadie nos obligaba á resolver; nadie nos impide volver á la carga... y no volvemos. Y las circunstancias son las mismas ó peores; y no volvemos. Y estamos convencidos de que deberíamos volver; y no volvemos. ¿Seremos necios?
--Somos una red de contradicciones... No somos animales lógicos...
--Pues hay que serlo--decidió Solís, contundente.--Persuadidos de que una cosa conviene, se hace... Y se hace por cuenta propia y ajena. No comprendo cómo los que se ponen en salvo no salvan á la vez á algún amigo... ó enemigo. ¡Es tan fácil...! En la barca hay sitio para muchos náufragos. Y por qué no darse, antes de partir, un refinado goce? Vea usted: este goce es concedido igual á los cobrizos que á los dorados. No: mejor á los cobrizos, porque los dorados están reblandecidos, y no tienen el valor del gesto supremo...
--Sí--pronuncié retándole con una mirada serena y fija--, recuerdo su artículo de usted en _El Ideal_, un periodiquito... Allí desarrollaba usted la misma tesis.
--¿Llegó usted á leer aquello?--preguntó entre receloso y halagado.
--En efecto: lo leí. Es un artículo tranquilizador. Lo entendí como deben entenderse las lucubraciones que se confían al papel. Aunque no soy escritor, sé que en cuanto una idea sale de nosotros y cae sobre la hoja, blanca, es como si se deja destapado un frasco de perfume: cátalo desvirtuado... No creo en lo que se escribe.
--En lo que yo escribo, crea usted lo mismo que en lo que digo...
La amenaza del rival me arrancó una sonrisa. Paré la estocada, murmurando negligentemente:
--En dichos creo menos aún... Escribir, hablar, son las válvulas por donde desahogamos lo superfluo de la actividad del cerebro. Remedio probado contra los impulsos absurdos que nos precipitan al disparate y á la acción prohibida ó criminal. El alma se liberta con rasguños y palabras, con aire y papel. No soy nada amigo de máximas; pero reconozco que del dicho al hecho... Fanfarroneamos hasta con nosotros mismos; nos contamos mentiras, nos juramos que haríamos esto y lo otro... y nada hacemos, en puridad. Aire, ceniza de voluntades y deseos...
--No todos somos iguales, don Gaspar--recalcó Solís--. Hay hombres en el mundo que han nacido cómicos; que, no teniendo auditorio, se representan comedias á sí mismos. Hay también hombres--añadió con glacial y cortante reticencia--que no pueden figurarse ciertos modos de sentir, ó porque su sentir es obtuso, ó porque no lo afinaron las desgracias, los conflictos, las tiranías de la vida... El dorado, que encuentra todo preparado á su gusto, mesa puesta y alrededor de la mesa una reunión divertida y amable, mujeres que le sonríen, parásitos que cantan su gloria... ése ¿qué sabe de lo que se puede llegar á soñar para sustituir con el sueño todo lo que nos ha negado la realidad? El único goce de dominación del que ni posee riquezas ni poder ni amores... tiene que ser ése: extinguir...--¿No lo comprende usted?--añadió, enviándome la pregunta como un soplo de lo desconocido.
Resistí su mirada y se la devolví saturada de menosprecio. Y no lo hice por afectación: era que, realmente, en aquel momento, le menospreciaba. Su teoría de que el abismo del alma se colma con riquezas, poder y amor, era para mí el más mezquino de los dislates. Estaba, el supuesto intelectual, á la altura de los pintorescos mendigos, más alegres que yo, cien veces más dichosos, á quienes limosneamos el domingo y que me creen monstruo de la fortuna porque tengo siempre mucho y bueno que comer y en la faltriquera monedas que repartirles. ¡Eres un mendiguillo, Desiderio! ¡Y todo por un pedazo de carne blanca, donde la naturaleza incrustó dos cuentas de vidrio azul y plantó un matorral de hebras de pelo color cerveza blonda!...
--_Father_--dice la voz pura--: mira, ha vuelto á saltar el pez... Péscalo, ¿di? Quiero verlo.
--Si lo pesco morirá... ¿Te gusta que muera?
--No... ¡Pobre pescadito!... Morir no--declara el nene, y fija en mí su cándido mirar, asombrado de algo que no comprende.
Luego, asiéndose á mi mano, articula:
--_Father_, dime, anda... ¿Qué es morir? El pescadito, si muere, ¿cómo quedará? Y su _father_, ¿llorará por él, di?
XV
El día siguiente á la tarde en que pasamos este diálogo Solís y yo, domingo era, y había limosneo. Conservo y restauro esta costumbre, procedente del tiempo de mis padres, no porque me parece caritativa, sino únicamente por encontrarla estética, complemento adecuado de la torre de tostadas almenas picudas, inútiles para la defensa, pero bonitas sobre el celaje. Además, ¡el niño goza tanto con la distribución! razón babosa que ejerce sobre mí suma fuerza.--Nos sentábamos bajo el emparrado, entonces cubierto de pámpanos, entre los cuales comenzaban á pintarse de un carmín claro aún los racimos. Al lado, la fuente gorgoriteaba su canción monótona y deleitosa. Frente á nosotros, descubría la vista la extensión de la ría, espejeante, rebrilladora, salpicada de espuma un momento por el brinco de un delfín, ó cortada por el vuelo airoso de una barca de pesca, tendida el ala de su vela latina. Los puertecillos de la costa agrupaban diminutos, como casas de juguete, su caserío. Olía á helechos frescos, á madreselva y á soplos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, cauto, me provistaba de un frasquito primoroso de sal inglesa, por si los mendigos esparcían su acostumbrado vaho á hormigas, á salmuera, á aguardiente de caña en estómagos mal nutridos.
Presos los perros, irreconciliables enemigos de los pobres, presentaba el mayordomo el cestón atestado de trozos de pantrigo--no de sobras, eso lo prohibía yo, sino de mollete fresco--y de tortas de borona. A Rafaelín se le entregaba un bolsón repleto de cobre. En mi bolsillo danzaba plata menuda, para los casos de mayor simpatía ó capricho de la criatura. Los pordioseros, según orden que se les había dado, aguardaban formados en doble fila. Yo conocía ya á muchos de ellos; pero cada domingo venían algunos nuevos, de otras parroquias, atraídos por la fama que cundía de mi liberalidad y buen corazón. Se respetaba jerarquía y antigüedad: los de la parroquia eran socorridos primero, luego los de las circunvecinas, por orden de proximidad á Portodor. La expresión de todas las caras, ó de casi todas, es de júbilo y de una malicia humilde, como la de los legos bobos que fían en Dios y chorrean esperanza. La presencia de Rafaelín les saca de sus casillas, y ríen más, y exclaman cosas más chuscas y optimistas; vejezuelas desdentadas ríen como niños de pecho; vejezuelos reumáticos, arrastrándose sostenidos en un palo, ríen plegando el rancio cuero de su cara de manzana tabardilla muy madura; un lelo ríe de felicidad al tocarle la manecita del nene, y se olvida de devorar el mendrugo; un ciego es el más jovial, y se empeña en mosconear en la _zanfona_ y en dedicarnos coplas alusivas, aduladoras, donde nos llama reyes.
--¡Peseta para el ciego, _father_!--suplica el pequeñín. Y allá va la peseta...
Una mujer flaca, que lacta á dos gemelos, es la única que pone gesto melancólico; pero al darle Rafael ración doble y peseta, ensarta bendiciones y sonríe, desenfurruñada.--Un chiquillo de unos ocho años se adelanta con una esportilla, marmoneando no sé qué.
--¿Tú quién eres? No te habíamos visto.
La de los gemelitos explica:
--Es de Naimor... Es así, tiene la habla trabada... Pide para su abuela, que está encamada con la _paralís_...
Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano al chico, y misteriosamente le entrega algo.
--¿Qué le das, Faelín? Si no te riño; si no te riño...
--Un bizcocho mío; es mío, es mío; que no lo quise con el topolate...--y en la voz hay una entonación de protesta.
--Bueno, querido... Traiga usted más bizcochos--ordeno al mayordomo, que extraña un poco la orden--. Vas á repartir tú bizcochos ahora, cielo.
Enfaenado Rafael en distribuir el contenido de la bandeja, entre el coro de «¡Vivan cuanto deseen! ¡Dios le guarde de una envidia! ¡Dios le haga santo!» de los pordioseros engolosinados,--no advertí que dos señoras subían la cuesta que conduce desde el pueblo de Portodor á la torre. Hasta el mismo instante en que desembocaron en el camino de serventía que rodea la tapia del patio, tampoco era fácil verlas, porque los viñedos hojosos, los matorrales de zarza y saúco, los brabádigos y los altozanos del terreno lo impedirían. Me levanto, me precipito, echo mano al _canotier_... Son Camila y Trini, risueñas, con sobrealiento, bajo quitasoles de seda tornasolada.
Sin duda buscaban precisamente esto--cogerme desprevenido, en plena vida libre--, á ver qué posición adopto cuando estoy solo... La emboscada es doblemente cautelosa, puesto que Camila, hará una semana, me escribía desde Madrid que Trini no acababa de decidirse á venir á las aguas de San Roque, y que más bien la veía inclinada á tomar el rumbo de Alemania, deteniéndose una semana en París--. Es indudable el complot. ¿Qué importa? La visita me distrae...
Lanzo las inevitables exclamaciones de sorpresa...
--Qué es eso? Caemos mal, por casualidad?--pregunta Camila derrumbándose en el pretil, porque viene que no puede más de la subida--. Ya ves, hemos seguido tus indicaciones; nos presentamos por la mañana, á pedirte de almorzar...