Part 7
--Hijo mío... eso no me lo pidas. Sería difícil complacerte.
--Pero, ¿por qué?
--¿No te enfadas?
--No. Palabra de honor. No me enfado; di lo que gustes. Hace meses que no me diriges ninguna observación, y ya me saben tus reparos á fruta nueva.
--¡Gracioso! Pues... porque no me gusta autorizar ciertas cosas; basta y sobra con lo que se dice, sin que yo...
--¿Se dice? ¿De mí?
--De ti, y de la inglesa.
--¡Bah!
--Y no es eso sólo... Hay quien muerde á propósito de la inglesa y de ese preceptor que tomaste, supongo que para la inglesa, ¡puesto que el chiquitín, por ahora..!
--¡Pch..!
--Bueno; allá tú; yo no digo ¡pch!; yo estimo mi reputación y mi formalidad, Gaspar querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese tuyo de verdad, la gente no comentaría el personal de servicio que eligieses. Como les extrañó tanto lo del chico--y no era para menos--tienen fija en ti la vista; me sacarían á tiras el pellejo si viviésemos juntos una temporada. Por otra parte, criatura, la miss es conocida; ha servido en casa de los Altacruz, y coqueteaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus amigos; parece que pica alto y que se ha propuesto casarse con un español de fuste. Todas estas _carabinas_ se proponen otro tanto...
--¡Ssss!--desdeñé--. Lo que es conmigo... Por otra parte, estoy encantado de su servicio, Camila. Es un cronómetro inteligente. La he subido el salario.
--Pues amén... Yo no tendría un aya así, bonita y que se las trae... En fin, iré á Portodor cuando regreses á Madrid con tu tropa; ¿supongo que pasarás allí Julio y Agosto?
--Me lo figuro... Según le siente á Rafael.
--Mira--articuló Camila sirviéndome café galantemente--, lo que puedo hacer es ir á verte un día desde el balneario de San Roque. Yo no necesito las aguas, pero Trini desea que la acompañe. ¡Pobre Trinita! Padece neurastenia, desórdenes..., algo que á veces proviene de estados de ánimo especiales. Como hay escasamente dos leguas de San Roque á Portodor, si se anima Trini, iremos á pedirte de merendar.
--Iréis á almorzar; no faltaba más. Es una jornada.
--Veremos, veremos... Ha de ser una excursión sin ruido, de las que en verano pueden hacerse, porque nadie se fija... Ya te escribiré desde allá, si vamos--que todavía no está Trini resuelta; dudosa anda entre esas aguas y otras de Baviera, muy elegantes y muy confortables... Oye--añade Camila--, quiero que sepas que me he traído de Portodor unas sillas antiguas, Imperio, preciosas; me dieron lástima allí; son las del gabinete. ¿Deseas llevártelas? Te llevarías lo tuyo...
--¡Qué disparate!... Son tuyas antes y ahora.
Con esta cordialidad nos despedimos. Salí despreciándola como nunca, en una crisis de sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, se reveló por una carcajada que hizo volverse á un aprendiz de zapatero, portador de un par de botas flamantes de caña mastic. Para Camila, bienes y males están en las bocas y opiniones de los demás. ¡Y qué recurso tan pobre el de la supuesta enfermedad de Trini! Será algún infarto al hígado, de tanto apretarse el corsé... Cátate que me la quieren pintar desmayada de amor y ternura...
Empiezo mis preparativos; doy mis órdenes. En los días que preceden á mi marcha me dedico á recorrer, por despedida, algunos de los sitios habituales: Ateneo, café, cervecería, teatros, corros de trastienda de anticuarios y libreros de viejo. No soy misántropo; soy _diferente_, lo cual no me quita la sociabilidad. Hasta concurro, una vez al mes, á ciertas tertulias de las que mi hermana frecuenta, y escucho las conversaciones, estudiando mucho al hacerlo, deleitándome en el curioso contraste de la charla oficial y la historia auténtica que se conoce... Debió de ser en un teatro, en los pasillos, donde me hablaron de Desiderio. Hurones, periodista de esos que podrían biografiar cruelmente á Madrid entero, que sólo hablan para murmurar, y en desquite sólo escriben alabanzas, me interpeló:
--¿Y qué tal Solís? Está ahora mejor de la cabeza? Cuando usted se lo lleva, señal de que el pobre chico habrá sanado.
--No lo crea usted--respondí con perfecto aplomo--. Enfermísimo continúa.
--¡Vaya por Dios! Pues yo supuse que era la... la escasez... lo que le tenía... así. Le conocemos mucho en la redacción; traía artículos y rara vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya ve usted, los nombres nuevos... El público exige firmas acreditadas... Los artículos que se le tomaron (aquí Hurones bajó la voz) fué porque se me figura que el director le cogió un poco de asco á Solís, que es muy violento.
--Ya, ya lo he advertido--respondí, consecuente en mi sistema de darme por informado, para que Hurones no se replegase--. Es un carácter impulsivo, de esos que pueden conducir á ¡qué sé yo!: hasta á monomanía homicida...
--Ajá! Eso, monomanía homicida... No me acordaba del nombre técnico. ¡Si dicen que varias veces quiso matar á... no sé cuántas personas! Y un día hasta nos trajo un artículo ponderando el goce que al matar se siente... De modo que, para saberlo de cierto, á alguien habrá escabechado... El director, naturalmente, devolvió el tal artículo; se nos hubiesen dado de baja infinitos suscriptores!
--Pues, además de la manía homicida, tiene otra muy mala: la suicida--afirmé intrépido.
--Ah! Eso nos consta á los del periódico... Quiso arrojarse por el viaducto y se lo impidió el guardia. El lo negó, pero...
--Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasión se envenenó, sólo que llegó á tiempo el contraveneno--asentí imperturbable--. Hasta tiene en su cuarto un sable japonés, de los de abrirse la barriga.
Hurones me miró con recelo y escama, olfateando burla.
--Pues ¿cómo le conserva usted en su casa y al lado del niño? No teme usted..?
--Es una experiencia psicológica que hago--declaré fríamente.
--Será una buena obra... El ha de sanar, con tal que coma y tenga remediadas sus necesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, yo no viviría descuidado. No se sabe...
Es imposible que exista en el universo persona cuya opinión me importe menos que la de Hurones; todavía me creo más predispuesto á seguir una prudente indicación de Camila. No obstante, la noche en que me dijo las anteriores tonterías, cavilé buen rato á solas. Eso de estar ó no estar sano de la cabeza... ¿dónde habrá una frase tan holgada y tan ambigua? ¿No dirán de mí lo mismo? Camila lo cree; para ella soy ni más ni menos que un temible perturbado... cuando, en el terreno de la acción, soy un excelente sujeto, que á nadie molesta y que ha recogido un huerfanito y le mima y educa. Nunca comprenderán los pobres diablos sin substancia gris el cerebralismo, donde nos refugiamos, porque justamente nuestros actos no corresponden, no pueden corresponder con nuestros ensueños. Una noche en que Desiderio--hambriento, con la bolsa vacía, aterido de frío bajo el terno de verano, de odiosa lanilla nacional, que no había podido sustituir por un paletó acariciador y denso--pensó estoicamente en sensaciones supremas, en goces extraños y embriagadores que el dinero no compra, se acordó, sin duda, de que hay perversa y diabólica ventura en extinguir la vida (mayor, quizás, que en crearla); apacentó su espíritu en lo que yo lo he apacentado con tal frecuencia, en lo estético del morir y del matar, raíz de toda belleza, esplendor del heroísmo, justificación de la bajeza del vivir--y, seducido por la magnificencia íntima de su idea, la ha garrapateado en cuartillas (estos debilitados y mal alimentados no saben retener el pensamiento arcano, el secreto que es para nosotros) y ha llevado las cuartillas á una publicación. Naturalmente: susto, alarma, anatema para el protervo... Y, en él, la idea, disuelta ya en el acto--porque escribir es modo de hacer, y los que menos realizan las cosas son los que las han confiado al papel, quedándose libres de la sugestión.--Escritores castos cultivan el erotismo; escritores bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasamos por tres estados sucesivos: pensar, decir, ejecutar. Contados hombres simultanean los tres estados. Desiderio ha escrito; luego no hará cosa ninguna. Jugaremos con el pensamiento grave y sublime de la muerte; rondaremos su negra puerta--sin entrar... Nos hará señas su mano de marfil--marfil óseo; nos llamará la elegante diestra gótica, sin carne--y responderemos que somos platónicos amadores, que la suspiramos desde lejos... ¿Cobardes? No; pacientes. Ella vendrá...
--¿Tadeo?
--Señorito...
--¿Has puesto en el equipaje camisas de vestir en cantidad?
--Van todas.
--¿Te acordaste de la tienda portátil para los baños?
--La ha facturado el mismo dueño del establecimiento en que la compré.
--¿Empaquetaste los licores?
--Un cajón está armado.
--¿Los libros?...
--Cinco cajones.
--¿Has dicho á miss Annie que la ropa blanca del niño irá en maleta especial, dedicada sólo á eso?
--Lo sabe, señorito. Descuide.
--¿Surtiste la caja con la plata para el servicio de mesa?
--Hasta del juego ruso para el té me he acordado.
--No dejes de llevar provisión de té de la caravana.
--Y café del mejor va también.
El ayuda de cámara intenta retirarse; pero le detengo con otras inquietudes de bienestar, de capricho.
--Compromete el _sleeping_... Echa en la caja de los vinos unos botes de confitura inglesa de ruibarbo para miss Annie... Las botas de charquear, el anteojo marino... Pantallas para las bujías en la mesa...
Ya llega á la antesala, en retirada, y le grito:
--Mis armas, mi máquina de fotografía... ¡Oye! Cinco ó seis juguetes mecánicos bonitos para ir sorprendiendo á Rafaelín...
XII
¡Portodor!.. Cuántos años que no pisaba estas playas de rubia arena, extendidas como veletes de gasa de oro; este bosque antiguo, legendario, donde se alza una piedra en equilibrio, la Pena Moura--céltica, según opinión de los arqueólogos locales. Un sentimiento de sorpresa se apodera de mí al recordar que he traveseado y me he escondido en los rincones de la casa en que ahora resido otra vez. El sentimiento de mi propio misterio me inquieta. ¿Soy el mismo que era entonces? Siempre esta incertidumbre me ha preocupado: ¿subsiste la personalidad al través del cambio y evolución de todos sus elementos?
Antes, la casa me parecía enorme: ahora veo que no es muy amplia: consta, como la mayor parte de estas construcciones del siglo XVII, viviendas de hidalgos poderosos, que quizás sólo las habitaban en la época de la recolección ó de la vendimia, de una torre y un cuerpo de edificio. La torre, nada sombría, nada feudal, se corona de inofensivas almenas picudas. La piedra de armas es enfática, aportuguesada, por lo mismo que se labró en tiempos relativamente modernos--reinado de Carlos II.
Si la casa ha disminuído, el paisaje que se domina desde el segundo piso de la torre me sorprende por más grandioso de lo que suponían mis recuerdos. Al amanecer, la extensión de la ría, poblada de barcas de pesca, es un himno de alegría heroica, el animoso canto de la naturaleza eternamente joven. Algo de esta alegría quiere infiltrarse en mi alma. No sé si porque respiro aire mejor, ó porque el niño ejerce en mí singular influjo,--desde que he llegado á esta aldea riente, saudosa y familiar, un poco de paz, de amor al mundo, entran en mí... ¡Ah! ¡Ya era tiempo!
Me evado del calabozo de mis meditaciones. La dulce, la irresistible corriente de la animalidad me lleva envuelto en su curso benigno. Ando mucho, acompañado de Rafaelín, á quien enseño los predios y los deliciosos arenales; y los pasos, movimientos, antojos y preferencias del chiquitín evocan los míos; me retrotraen, por la magia psíquica del recuerdo, á los años perdidos, borrados casi en lo consciente de mi ser. Me veo nuevamente--en Rafaelín--recogiendo bocinas, lapas, nácaras y conchuelas, esas conchas de la ría cantábrica, que tienen los reflejos de ardiente irisación y la involución clásica de las del Mediterráneo. Me veo á caza de bellotas y piñones en la selva rumorosa, bajo el enorme pino secular, faro de los navegantes y objeto de las iras del rayo, que le ha mancado dos de sus brazos de Briareo. Me veo sentado en el carro colmo de espigas de maíz, eligiendo entre ellas las _reinas_, las de fruto rojo como granos de granada. Me veo jugando al pie del lavadero, turbio de espuma jabonosa, y, al menor descuido de los que me vigilan, chapuzándome en él. Me veo limosneando á los pintorescos y joviales mendigos cuya salmodía zumbadora, moscona, me despierta el domingo antes del toque de misa. Me veo refugiándome detrás de una peña, en cueros, para evitar que me bañen--y me veo de repente, por esos cambios súbitos, fantásticos, de la niñez--corriendo hacia el mar rielante y estriado bajo el sol, y adelantándome con tal ímpetu, que tienen que cogerme para que no pierda pie y me hunda en alguna hoya traidora recubierta de arena fina. Me veo mordido por un cangrejo, llorando á perder; me veo saliendo del agua, con un manojo de algas crasas apretadas en el puño, sin querer soltarlas, rabioso porque me las arrebataban tiránicamente... Tales son los gestos míos que reproduce Rafaelín á la distancia de veinticinco ó treinta años; gestos olvidados, gestos pueriles, en los cuales me empapo, por decirlo así, y floto, con lento placer, con la ventura fluida que hacen sentir las cosas nimias y naturales. La niñez de Rafael, sin embargo, se diferencia de la mía, con la diferenciación profunda del carácter. Esta criatura es dócil, amorosa, poco egoísta (dentro del general egoísmo instintivo de la infancia). Sus vivezas terminan en arrebatos generosos. Además... temo consignarlo, desconfiado como soy de todo afecto... además... este chiquitín... no hay remedio, no se puede negar... este pequeño... me adora! Sí; hay un ser en el mundo, incapaz de ficción, que vive pendiente de mis menores indicaciones y voluntades; hay un ser que no es un perro, y para quien, sin embargo, yo, Gaspar de Montenegro... soy Dios.
No lo había notado en Madrid; en Portodor he tenido que darme cuenta de ello; el niño ha penetrado en mi existencia; antes estaba solamente al margen. Con tiempo, soledad, libertad y la especie de optimismo físico que aquí me invade--porque duermo canonicalmente y el gusano de la gastralgia no me ataraza el estómago--, he podido disfrutar á mis anchas del pequeñuelo, arrebatándoselo á miss Annie, y, tarea más fácil, á Solís.
La inglesa ha protestado con indirectas, con acideces, con actitudes de dignidad, con gestos de displicencia. Penetrada de la alteza de su cargo, no la es agradable que nadie usurpe sus funciones: no se trata de cariño á la criatura; no se trata del instinto de la mujer verdaderamente mujer, que, sin afectación, se identifica con los chiquillos: se trata de formalismo, de literalismo: me he encargado de esta tarea, pues á mí me corresponde; es _my right_, y nadie se meta á ejercerlo.
--Miss Annie--la digo--: hágase usted cargo de que estamos en vacaciones. A mí me divierte llevarme al pequeño por ahí... Supongo que usted no se opondrá.
--Yo debiera ir con ustedes...--responde la rubia, quejosa, envarada.
--Unas veces irá usted, y otras no; según cuadre... Aquí, un poco de libertad... Ruego á usted, miss Annie, que se tome distracciones; á todos nos convienen. Excursione usted; mande enganchar el cesto; hay un borriquillo con jamugas; si quiere usted, se traerá de Madrid una silla de señora; no faltará un jaco; encargaremos una bicicleta... Nada de sujeción. ¡A divertirse!
--Gracias, míster Montenegro...
El tono era seco; la palabra rebotaba en los labios, donde una espumilla iracunda se disolvía quizás...
No conforme, Annie se dedicó, entre otros deportes, al de sorprendernos á Rafael y á mí. No habiéndole yo fijado por qué parte de la campiña debía excursionar, con maravilloso olfato adivinaba la dirección de mis paseos, y se nos aparecía cuando menos lo pensábamos, vestida corto de franela _tennis_, gorra con insignias de algún club británico, palo de alpinista, y el pie cautivo, sin malicia aparente, en botitos recios y planos. Su figura moderna, atrevida, exótica, _componía_ sobre el fondo de los pinos ancestrales, ó al lado del caduco dolmen con barba de musgo. Nos saludaba; dirigía alguna observación al niño: «_Baby_, estáis sofocado, no os paréis.--Vais sucio; permitid que os limpie la cara un poco...»; y ante mi silencio, erizado de retraimiento, se retiraba, no sin haber declarado el aspecto del paisaje _a very charming one_...
Apariciones análogas hacía Solís. Estas me molestaban menos. El futuro preceptor ejercía sobre mí el atractivo de su complicada alma, de su psicología laberíntica. ¿Sería cierto que buscaba la emoción suprema, aquella en que el hombre se hombrea con el Creador deshaciendo su obra?
La tez de Solís, que el aire libre y la brisa salitrosa empezaban á tostar; los labios, algo menos descoloridos, pero siempre contraídos por triste gesto; las facciones irregulares, de expresión huraña--no revelaban que estuviese del todo reconciliado con la dura obligación de arrastrar el vivir. Sentía yo á veces impulsos de provocar sus confidencias, y no quería seguirlos, porque era demasiado atrayente para mí el enigma de aquel espíritu, y si me enfrasco en él, adiós la sana delicia de mis paseos con el niño, adiós la sedación disfrutada á su lado, preocupándome de sus antojos, respirando con infatuación de ídolo el incienso del culto que me tributa... Lo repito, soy su divinidad. Alma nueva, creyente, y á la cual todavía no se le ha inculcado principio alguno, su necesidad de venerar y de esperar la satisfago yo. Echados al pie del vasto pino musical, donde el hondo soplo marino _zoa_ y _brúa_--dos onomatopeyas regionales que no tienen equivalente en castellano, tal vez porque en Castilla no se abrazan los pinos y las costas--, el niño, al encontrar mi cabeza al alcance de sus manos de manteca y de su boca de guinda, se apodera de mí, y me cierra los párpados á caricias, repitiendo en monótono sonsonete y en jerga anglohispana:
--_Father_ bonito, _father_ bueno, _father_ mono, _father_ rico, _father_ santo, _father_ guapo, _father_ que manda en todos, en todos, en todos...
De mi absoluto poder tiene tal idea, que me dice, la víspera de una excursión que le anuncio:
--¿Y mandarás que no llueva, eh, _father_? Que haga buen _weather_--sonríe y chapurrea, volviéndose hacia miss Annie para desenojarla.
En su anhelo de ser querido por todos, el chiquitín adivina el rencor mudo de la institutriz, y no cesa de aplacarla con zalamerías... Ella no se doblega, no se amansa. Conserva su agravio en vinagre--como suelen estas naturalezas estrictas, esclavas de un contrato, pero ocultamente ambiciosas...
XIII
El desquite, el triunfo de miss Annie, es la hora del baño de mar. El niño, entonces, la pertenece por completo, y, al principio, no sé si calculadamente, la inglesa se opuso á que yo presenciase de cerca este rito sacro; porque, desde lejos, no habría modo de impedirlo. Yo me impuse.--El playazo donde se baña Rafael es mío; forma parte de la posesión. Lo cercan altos áloes, formidables--que se crían aquí y echan su pitón de oro, como si estuviésemos en alguna tierra africana.--Miss Annie entra en el agua con su alumno. En vano Solís, angustiosamente, tercamente, ha reclamado para sí el privilegio de bañar á Baby. ¿Qué le importa? ¿Por qué insiste?.. ¿Acaso?.. Estemos sobre aviso.--Y, para forzar la tensión, excluyámosle de la playa.
En una caseta de lona á rayas rojas y grises se desnudan y preparan Baby y Annie, ayudados de una rapaza humilde, una sierva del terruño. La arena, tersa y compacta, convida á pisarla con pies descalzos, y despide calor vibrante bajo la refracción solar... Conchillas rosadas y pequeñas, como orejas de muchachas bonitas, la esmaltan allí donde la ola dejó un borde de vegetaciones marinas, húmedas aún, de un verdor luminoso. Una beatitud material, voluptuosa, emana de esta marina apacible en que parecen inverosímiles los naufragios; son risas subacuáticas de náyades retozonas lo que riza y ondula el cristal del agua, y, para mayor mitologismo, ayer he visto saltar á corta distancia á los delfines--que llaman _golfines_ aquí.--Me siento bajo el quitasol, en un peñasco excavado de oquedades colmas de agua, donde corretean vivaces cangrejillos y se desperezan actinias cabelludas.--Y miro, miro, aletargado el pensamiento--. El niño sale de la tienda de campaña: viene encogido, á remolque, deseoso de ocultarse, con esa repulsión instintiva de las criaturas al agua, ó mejor dicho, á la primera sensación de frío y al terror de lo inmenso. Admiro su torso gentil, que empieza á perder las redondeces crasas del bebé y á estirarse un poco, con tendencia á ser musculoso y firme, tallado en roble. Admiro sus brazos adorables, su pie delicado, su vientrecillo, igual á una de estas conchas trigueñas y curvas; su testa de angelote, de rizos brillantes, sedosos.--Detrás de él asoma Annie, agarrándole de la mano y empujándole. La franela blanca de su traje masculino, corto de brazo y pierna, es menos dulce de color que su nuca, descubierta, porque la gorra de hule recoge el pelo, no tanto que unos _abuelos_ locos no diableen cerca del arranque de las espaldas. Jamás me he dado cuenta de este carácter étnico, la blancura de la piel inglesa, como ahora. Es un blanco que será desesperante para un pintor: un blanco tintado imperceptiblemente de rosa té, un blanco virginal, «carne de doncella»... La misma blancura á lo Van-Dick se nota en la pierna larga, esbelta, derecha; en el brazo duro, nada corto; en el pie de mármol, cuyas uñas descubro que están limadas cuidadosamente, y abrillantadas, sin duda, con polvos de coral, pues una vez más me reproducen la imagen, sensual y delicada, de las menudas conchas traídas por la ola, envueltas en perlas verdosas, resbalantes.
La inglesa se apresura, semidesnuda, púdica y resuelta; se lanza con el niño, animándole: «_Hip, Baby, go_»; oigo el chillido del pequeño, acortado, sofocado por la misma violencia de la impresión, y mientras Sardiñete, el marinero contratado para asegurar de todo riesgo á Rafaelín, le coge y le sostiene dentro de las mansas olas, Annie rompe á nadar, diestramente, y se aleja, se aleja, delatada por la ligera espuma que sus brazos y pies levantan al palear avanzando. La veo á bastante distancia, echada sobre el lomo azul de este mar peregrino, mar griego en costas del Noroeste; saco del bolsillo mis gemelos marinos, y entonces me salta á los ojos, acrecentada por el misterioso rielar del agua con ziszás de sol, la blancura de ondina de los brazos, de las piernas, de la garganta, y la risa silenciosa de la boca emperlada de anchos dientes, otro género de blancura deslumbrante... Pero ¿qué es lo que pasa? Annie ha hecho un movimiento, se ha quitado su gorra de hule, el único recato de su atavío de bañista; el pelo rubio, mojado, se esparce y la rodea de una aureola de serpezuelas de cobre... Sabe que la miro? ¡De cierto!--Y, con paladas suaves, casi negligentes, vuelve hacia la orilla, toma al niño otra vez de la mano--imperiosa, pues el chico se resiste á salir y juega en el agua--y de pronto se detiene, sin soltar á Rafaelín.
--¡Sardiñete! Por Dios... Mi capa! La olvidaba... Está en la tienda! La tiene Flores!..
Mientras el marinero busca la capa que ha de cubrir á la miss, ella permanece descubierta y en pie frente á mis ojos, tal vez los únicos que la contemplan. ¿Para qué pide la capa?..--La franela se pega á sus formas como el lienzo húmedo de los escultores á la estatua. Detallo el armonioso y contenido desarrollo de su hermosura. El mar, benignamente, se acerca á la peña donde me siento, se retira, deposita algas brillantes, deja en seco moluscos palpitando de vida... Los áloes son de bronce; sus enormes hojas carnosas y apuntadas se dibujan sobre el cielo sin nubes. Mi cabeza está vacía y mis venas hierven...