Part 6
El tal Desiderio Solís--yo al pronto creí que este nombre fuese un pseudónimo literario--pasaba, cuando le conocí, una crujía negra de miseria y de arbitrios equívocos para combatirla. No realizaba ninguna acción penada por el Código, pero estaba en ese resbaladero en que la necesidad apremiante puede inducir al robo si no hay altivez, y al suicidio si la hay. Como muchos proletarios intelectuales, Solís, cargado de conocimientos, se había encontrado en el arroyo, sin medio de dar empleo á sus aptitudes, sin saber á qué aplicar las sabidurías ó los lugares comunes de información almacenados en su cabeza. De los tales proletarios, la mayor parte posee cultura de remiendos, con agujeros y carreras de puntos de media usada: Solís, sujeto á disciplina en el estudio por un tío que era catedrático y que tuvo al sobrino á su lado siempre, mientras vivió, había aprendido con método y orden, y combinado dos clases de estudios que rara vez se juntan: el de los clásicos y la Historia, impuesto por su tío, y el de los autores novísimos y las recientes tendencias, á que le llevaba su afición. Su cabeza, de forma algo prolongada, era un almacén, y, cosa más insólita, al lado de tanta noticia, fecha y hechos, sobre el matorral espeso del memorión atestado, saltaba un chisporroteo de ideas, muchas no previstas y algunas realmente originales. Justamente el rencor, la protesta de Desiderio Solís contra la suerte, en eso se fundaban: en que mientras él se roía los codos, veía solicitados y pagados escritores que no poseían otro mérito sino aquella elocuencia vacía que aparenta decir algo y no dice nada; que recocían y recocían el mismo duro garbanzo, y después lo freían y lo sofreían con picadillo de cebolla de repetición, aderezándolo luego y escondiéndolo en soplado _vol-au-vent_ á fin de que no se adivine lo casero y burgués del manjar. Y de este rencor temo que no le ha curado ni medio aliviado el fortunón--para él tiene que serlo--de entrar en mi casa. A pesar de haber encontrado en ella alojamiento confortable de todo punto, y no despreciable sueldo, Solís continúa acedo, quejoso de su destino. Tal vez ve en el puesto que le ha caído de las nubes la humillación de una especie de domesticidad.
Por este descontento exigente, que no lleva trazas de desaparecer, me agrada más el ayo. Confieso que le hubiese mirado con algún desprecio si, propicio al yugo y satisfecho con el pesebre colmado, se hubiese reclinado muellemente en la litera de fresca paja. Solís aparenta todo lo contrario: en frases sueltas deja entrever la añoranza de sus hambres y libertades bohemias, y hasta lo dice en artículos que le admite algún periódico trasconejado, y que yo he sorprendido. El ansia de independencia es en él una especie de obsesión.
Si yo fuese como el vulgo, el análisis que empiezo á hacer del carácter de Solís me alarmaría, y recelaría dar á Rafaelín un director semejante. La grey suele preferir á los ayos por sus condiciones borreguiles; cada día escasean más los preceptores verdaderamente intelectuales, especie que abundó entre los enciclopedistas del siglo XVIII y que parece haberse perdido. Sea que los hombres de talento tienen hoy más ambición y desdeñan tales funciones, sea que la clase alta y pudiente que paga ayos ha tomado miedo á la capacidad, ello es que el tipo del gran profesor desaparece, y quedan dómines apaisados que practican la enseñanza por recetas, ó pedantes extranjeros, que se dicen personajes en su país y á escondidas gastan papel de cartas con blasones de nobleza. De esta peste véame yo libre. Como elemento extranjero, me basta miss Annie, que realmente entiende á maravilla el riego y cultivo de la planta humana. La tierna plantita confiada á sus cuidados echa rama, se enfresca y lozanea. No me gustan, en cambio, otras condiciones de Annie. Paréceme coqueta al estilo de su tierra, á lo puritano, y con buena dosis de vanidad y aprecio de sí misma; es ultraexigente para sus comodidades, es despótica, intransigente en las horas y reglamento del chiquillo, pero cumple su deber de puericultora con la estricta exactitud que es una de las formas del orgullo británico; y el chico no florecería en manos de Marichu la excelente, como en las de la inglesita de rubio moño y tez de papel satinado.
Así y todo, yo deseaba conservar á Marichu eternamente; pero he aquí que se despide. Brusca y llorosa entra en mi despacho á espetarme que ella no quiere obedecer á una como Annie, que no va á misa, que es hereje.
--¿Qué te importa, Marichu? Ve tú á la iglesia cuanto te parezca; Annie también va, sólo que á una iglesia suya, á su modo.
--Una iglesia pícara, de herejes. Y el señor de Solís, pues, tampoco á misa va.
--No parece sino que tu antigua señora, mi pobre Rita, era alguna monja.
--Monja no era, pues, infelís; pero á misa ya iba, y resos sabía, y murió en grasia, con cura y todo. Al pobre de Rafaelín hereje le volverán, si la Virgen lo consiente. Ya irá á ver el señorito que estos así mala gente son, disgustos tendrá, pues... Yo me marcho; acomodo había buscado. A Rafaelín quise darle un beso en los carrillos y la inglesa me aparta así--la bascongada me cogió por el hombro imitando el movimiento seco, rígido, de la _miss_--y va y dise que á los niños ahora besos no se les deben dar, que se les pegarían males... Males ella podrá pegar, que yo sano tengo todo, y el alma muy saludable. Siempre á los chicos he visto besar yo, pues, en mi tierra, y aquí lo mismo. Besarse hombres y mujeres sí será vergüensa; á los niños, ángeles del sielo, no. Así es que me voy, señorito; y perdone las mil faltas...
--No, Marichu; perdóname tú--respondí cariñosamente--. Ven á verme alguna vez. Toma, criatura, para que te compres un buen reloj, si quieres...
La propina fué pingüe, y en mí quedó un reconcomio, una lamentación de perder tan leal criada, y una espina de duda y sospecha. ¿Acierto en lo relativo á Rafael? ¿Le rodean elementos convenientes para la formación de su espíritu? Y me propongo observar, observar (con el interés vehemente que produce en mí la observación) á las institutrices y á los preceptores.
X
Cuando retraso la hora de levantarme y me dejo estar arropadito en la cama, hay días en que experimento una impresión como de hogar, hogar mío, propio. Es que me traen al niño para que me dé un beso.
Solís se encarga de esta ceremonia, incompatible con el pudor de la inglesa. El niño se me presenta ya hecho una lechuga, oliendo al jabón Pears y á los vinagres caros y deliciosos que he mandado venir para su tocadorcito. Trepa por mi cama arriba y me abofetea á sus anchas, hartándome de caricias zalameras. Yo, riendo, procuro despertar en mi corazón el abandono de confianza, la ceguedad amorosa que inspiran los hijos de nuestra carne. El día en que noto á manera de una pared invisible entre la criatura y mi alma; el día en que, á pesar mío, murmuro sordamente «esto es una comedia de familia», estoy de murria la mañana entera.
Ha sido siempre uno de mis padecimientos íntimos, de que no es posible quejarse y que no veo medio de remediar, este defecto ó este exceso en mi funcionamiento cerebral: la repetición de ciertas frases insignificantes, mezquinas, por lo común irónicas contra mí mismo, que se me clavan en el magín y que, como cansados estribillos, repito sin voz, mudamente, con insistencia insufrible. Ignoro por qué se produce el fenómeno, é ignoro cómo contrarrestarlo. Hay coplejas de sainete; trozos de música murguista; cláusulas tontas de conversaciones ajenas; dichos, por ejemplo, de Camila, de cuya obsesión no acierto á verme libre. En mi involuntaria cerebración entran también los nombres raros, motes y apodos que doy, sin querer, á cosas y personas,--y por los cuales las conozco, interiormente, mientras olvido sus nombres verdaderos. Lo de la _comedia de familia_ lo tengo ahora metido en no sé qué casilla, sin acertar á desalojarlo. Cuando presido la mesa observando los movimientos de Rafael y admirando el minucioso esmero con que Annie le hace comer limpiamente y corrige sus menores defectos de _tenue_; cuando, servido el café, me arrimo á la lumbre encendida, y el niño, á pasito corto, se me acerca y pone sus labios en mi mano, balbuceando la primer frase británica: _Bless my, good father_... todo este gracioso aparato de ternura y respeto despierta la voz sorda, la voz muda: «Comedia de familia!»
--¿Acaso--discurro--no hay algo de comedia, no hay un histrionismo involuntario en los actos más serios y más sinceros de la vida? ¿No preparamos con arte (y qué es el arte sino perpetua comedia) las protestas de amor, las demostraciones de amistad y hasta las manifestaciones del dolor, que debieran ser tan inconscientes como el grito que el mismo dolor arranca? ¿Dónde está la santa inconsciencia? ¿Dónde el olvido de nosotros mismos?
De estas cosas y de otras converso con Solís. Como deseo conocerle bien, prescindo con él (en cierto límite) de mi reserva. Se ha roto entre nosotros el hielo; hasta discutimos; y, sin embargo, no nos une ningún vínculo de afecto: nuestra comunicación es del corazón para arriba, en absoluto. En ambos domina el cerebro, acaso influído por los nervios, y en ambos existe, creo haberlo notado, igual desconfianza de todo, igual sentido escéptico y pesimista,--para dar á estos males su nombre vulgar y resobado, y que, realmente, nada expresa de lo más hondo de su inquieta zozobra.
Fué muy lenta en establecerse esta comunicación. Encerrado él en su mutismo de asalariado soberbio; habituado yo á esconder como un tesoro el doble fondo de mi pensar,--las relaciones se iniciaron en pie de sequedad y glacial cortesía, actitud que, si no se corrige en los primeros ocho días de contacto, corre ya peligro de eternizarse ó de convertirse en acerba hostilidad, á poco que los temperamentos sean refractarios. Una reflexión que me hice contribuyó á suavizar mi gesto; discurrí que el deseo de adherirme á la vida mediante la comedia, ó lo que sea, de la paternidad, me impone también la ley de acercarme un poco á mis semejantes, de salir de mi propia caverna, como el oso de las épocas primitivas se echaba fuera de su espelunca á caza de frutos y de miel silvestre.--¿Qué me costaba intentar la prueba? Dicen que es tan bueno eso de contar á otros lo que nos pasa!.. Además, yo sabré evitar el relato necio de mis cuidados íntimos. Hablaré con astucia, para registrar el pensamiento del preceptor sin abrir el mío...
A toquecitos, sin prisa, á esas horas perdidas en que ningún quehacer apremia, voy penetrando en la mentalidad de Solís--penetrando todo lo que él me consiente, que, á la verdad, es poco. Se defiende, se emboza, se encastilla en las moradas interiores--como supe encastillarme yo con Camila, con Trini, con los amigos de círculo, cervecería y café--. Comprendo, sin embargo, que esto no lo hace por reserva, sino cohibido por la idea de que la clase de relación entre nosotros veda las expansiones. Entonces le insinúo que, justamente, si he buscado para Rafaelín, que, por ahora, no puede empezar á educarse, un profesor intelectual,--es para tener alguien con quien hablar de mis lecturas y entretener las horas de las tardes de invierno en que llueve y, captado por la chimenea, no hay ganas de echarse á la calle.
Solís lee mucho; es un tragalibros desenfrenado. Se habla de los beneficios de la cultura, y no sé (es una de mis graves incertidumbres) si no debiera pensarse en los efectos de las intoxicaciones librescas. Es imposible que esta sobresaturación cerebral no gaste las fuerzas de resistencia del hombre contra el Misterio. La percepción confusa del Misterio, al hacerse aguda, causa vértigo insano. «Quien ciencia añade, dolor añade», dijo el soberano poeta hebreo; y una comprobación de esta creencia mía la hallo en el estado de alma del otro torturado (que debiera sentirse dichoso, puesto que ha resuelto, gracias á mí, el problema de la vida material). Una vez más logro cerciorarme de que la solución de la vida material carece de importancia: que el dolor está más adentro.
--¿No se le ocurre á usted--pregunto á Solís--que los autores de muchos libros que leemos nos quieren mal, y deliberadamente nos causan disgustos?
--No, señor--contesta Solís--. Lo que creo es que son unos inocentes, unos niños de teta. De lo grave, de lo terrible de nuestro sentir, no dan idea los libros, como no la dan los novelistas ni los autores dramáticos de las verdaderas novelas y de los verdaderos dramas que se tejen en la vida. Si yo encontrase un libro tan amargo como un alma, proclamaría á su autor el genio más sublime! Sólo el _Eclesiastés_...
Convinimos en que sólo el _Eclesiastés_, y acaso Job, se acercan un poco á lo que «anda por dentro». Es raro que en épocas que nos parecen primitivas se escribiese ya «Mi alma aborreció mi vida»; la frase más exacta y profunda que cabe escribir... Indudablemente no hemos inventado cosa alguna en esta materia, y si absorbemos con avidez el libro nuevo es por esa curiosidad irritada del estético que visita una Exposición moderna, seguro de que no encontrará allí ni la _Primavera_ de Botticelli, ni la _Ronda_ de Rembrandt. La historia nos refiere dramas, sin cuento, pero son dramas por fuera; el drama de la conciencia es siempre el mismo.
--Con todo--el objeto--, hoy, no cabe duda, la gente se suicida más que en otras épocas.
Solís se rasca el mentón la lampiño y columpia el pie derecho: tiene este _tic_ cuando cavila, y dos ó tres veces he visto á la inglesa, que pesca todas las incorrecciones, fruncir el rubio ceño al notar este vicio del profesor. Después dice, como resbalando:
--Bah... Hay muchas maneras de suicidarse. Hay varios géneros de vida que suprimir. La vida se suprime en el ascetismo, en el cenobio, en los campos de batalla. Tanto como se ha guerreado y tanto como se ha llorado de penitencia, se reduce á eso: suprimir la vida y dar culto á la muerte.
--Sí; los antiguos la miraban como á una bienhechora.
--Y á mí se me figura que acertaban. La malhechora es la vida. Vivimos entre incertidumbres, errores, enfermedades, necesidades, pasiones, engaños. Todo miente, quizás, menos _ella_. ¿Cuánto más cruel es, por ejemplo, el amor?
--¡También éste la llama _ella_!--discurrí yo, sorprendido--. Por una contradicción de que pocos hombres se eximen, el encontrar en Desiderio Solís mis propios sentimientos me molestó. En primer lugar, yo tenía mi orgullo de pensador solitario, superior á la muchedumbre, y me amenguaba á mis propios ojos el formar parte de una grey, aunque no fuese de la grey común, sino de otra más reducida y selecta. En segundo lugar, estos pensamientos, que en mí no me parecían peligrosos, en el futuro preceptor de mi hijo me alarmaban terriblemente. Claro es que nadie enseña ciertas doctrinas á un chiquillo, y yo no ignoro que determinadas ideas son poco comunicables; ó brotan de suyo, ó no nacen aunque las siembren á boleo. No obstante, las almas trasudan y rezuman, en cualquier ocasión, su hiel ó su miel... ¿Convendrá para Rafaelín un alma de miel y cera, un alma continente, casta, dulce, impregnada de aromas? ¿Un alma de abeja ebria, que cree en el dulzor porque lo lleva consigo?
Con más ahinco que antes fijé mi lente en el joven ayo. Empecé por desmenuzar su tipo físico. Debe de proceder de familia hidalga (el apellido lo indica) porque tiene las manos delicadas, largas de dedos, como las de ciertos retratos del Greco, y los pies estrechos y bien curvos. Su busto es mezquino, sus piernas carecen de gallardía, sus muslos no se acusan, su cuello es flaco, pobre. La cabeza, oblonga, arde en vida psíquica; la mirada, demasiado fija, es difícil de sostener; la nariz es irregular, algo torcida, y la mandíbula saliente. El pelo se insubordina; algunos mechones crecen en sentido contrario. Ha debido de sufrir privaciones en la edad del desarrollo, y su figura es, como la de tantos españoles estudiosos y que ni se bañaron ni comieron ni jugaron, una figura frustrada. El bigotillo da á la cara cierto aire provocativo, juvenil. La frente huye hacia el occipital--señal de desequilibrio--. Viste desgarbadamente, y no es pulcro con exceso; malos hábitos de bohemia subsisten en él; miss Annie suele hacerle observaciones agripunzantes cuando le ve tirar al suelo la colilla del cigarro, ó apagarla en el platillo de su taza de café, ó escarbarse con el palillo las encías, ó usar el cuchillo indebidamente, ó echar migas en el mantel.--«Oh! aoh! Míster Sólis!»--murmura ella; y él, enfurruñado, impresionado, se corrige.--«Miss Annie, no eduque usted solamente á Rafaelito... Yo soy otro niño á quien tendrá usted que enseñar...»--Abundo en el sentido de la inglesa, porque soy pulcro, y con la edad madura, mi pulcritud va degenerando en quisquillosa manía. He puesto á disposición de Desiderio Solís, dos horas al día, á mi propio ayuda de cámara, Tadeo, ducho ya.--«Tírale la ropa vieja, preséntale otra nueva... Que se bañe... Que se calce bien; ya sabes que no puedo aguantar la vista de una bota torcida ó juanetuda...»
Lo extraño es que este mozo, que á veces huele á tabaco frío (tengo sagacísimo, oh desventura! el sentido del olfato), no demuestra que le impresione como superioridad mi exquisitez. Se me figura que es él quien se cree superior á mí; que en el cálculo del valor de hombre á hombre, rebaja mi primor y exalta su diogenismo. Acaso entiende que dentro de mí hay vallas, hay reparos, hay recatos, hay respetos, lo que á él le falta; acaso me juzga piadoso, compasivo, altruista--y él se reconoce desentrañado, fuerte, más bárbaro y más alto por dentro que yo. Ve que amparo á un niño huérfano; ve que le hago bien á él, á Desiderio Solís, sin exigir utilidad en compensación del beneficio... y me toma por un _buen señor_, explotado, y por consecuencia vencido, esclavo, sumiso moralmente. ¡Qué satisfacción experimento al conocer que no es así! Estoy desnudo de compasión, desnudo de bondad, soy exaltado en mí mismo, despreciador de los otros... Si he recogido al niño ha sido por instinto egoísta y de conservación; por no dejarme llevar del atractivo que ejerce sobre mí la Guadañadora. ¿Yo un rasgo sentimental? ¿Yo una debilidad? Si llegamos á chocar, ya verás, pobre muchacho, cómo me reviste una coraza, pero interior; las corazas que van por fuera y se ven, ¡esas enseñan las juntas!
Sólo pensar que se puede tener de mí tal opinión, á pesar de mi desdén hacia la opinión de los demás, me subleva, me alza borbotones de ira. Como que yo he puesto mi orgullo en la corrección de mi sensibilidad, la cual no ha de parecerse en nada á la de la multitud. Ni quiero ser eso que llaman bueno, ni menos apiadarme de nadie, porque la piedad es un descenso; el hombre superior es insensible; está revestido de bronce. Todo cuanto hago, incluso lo que ofrece aspecto de buena obra, hágolo por propia conveniencia... Así es que me dedico á desarrollar ante Desiderio mis teorías, demostrándole hasta dónde llego. Me complazco en sostener que la vida, para mí, sólo tiene el escaso valor, valor relativo, que tuvo para las ilustres minorías de todas las épocas, desde los epicúreos griegos y romanos hasta los actuales, más delicados y artistas, quizás, en sus exigencias de goce. Deseo que sepa que mi enfermedad es privilegiada y mi mal es el mal de los poderosos. Ansío convencer, á este único testigo consciente de mi vida privada (miss Annie no se cuenta, es una utilitaria, una _práctica_ como Camila, pero al estilo peculiar de su raza sajona), de que guardo depositado y concentrado el ajenjo que destilaron los siglos en el espíritu del hombre; de que he calado la existencia; de que conozco la miseria absoluta de nuestro destino, y que, para mí, vale más el no ser que el ser.
--Una noche en que dormimos completamente, sin pesadillas ni sueños, es lo que mejor recuerdo nos deja--le digo á Solís, al colocar otra vez en mi tántalo (regalo de antaño de Camila, para que los criados no puedan gulusmear los licores caros, las esencias líquidas que yo uso) la botellita del Kummel--. Saque usted la consecuencia...
--Ya está hecho--responde él, saboreando su copa con fruición evidente--. El sueño completo, sin despertar, sería lo mejor de todo. Y en el despertar no creo... Nuestra vida se va entre una espiral de humo--añadió, encendiendo desdeñoso el legítimo habano que yo acababa de ofrecerle.
--No le diré que acaso hay fuego en la sima--discurrí cobardemente--. Me tendría por timorato.--Sin embargo, buscando una forma que revele superioridad:--¿No cree usted en el despertar?--interpelo en alta voz--. Le felicito. El no creer es ya género de fe en algo. ¡Cree usted que no cree!... una creencia como otra cualquiera. Yo, á la verdad, de eso... ni sé, ni creo, ni descreo palabra... Creer ó descreer es ofender al Misterio, única realidad en todo lo que nos rodea. Envidio á usted la firmeza de su convicción.
Solís, algo picado, paseó el mirar por las brasas de la leña, brasas ya casi innecesarias, porque Abril se anuncia suave y benigno.
--Convicción no es--murmuró--. Es apatía, ó indiferencia, ó como quiera usted llamarle. Es que acaso damos por supuesto que la vida encierra un enigma, y no encierra nada: está hueca. Él fenómeno, la substancia... vacío todo, como dijo Saquiamuni.
--Apostaría yo--indico, recostándome en el sillón y encendiendo también en la lamparita de plata martillada el cigarro aromoso, seco, fino--que, como es usted joven, hay algo que no le parece tan vacío. ¿Ilusiones de amor, eh?
--¡Ojalá nunca!--responde estremeciéndose ligeramente.
--¿Por qué, amigo mío?--pregunto indiscreto.
--¡Ah! Por nada--responde él, evasivo, encogiéndose de hombros.
XI
Los primeros calores empalidecen las florecientes mejillas de Rafael, y su dulzura de Niño Jesús de San Antonio se transforma en abatimiento. Consulto, y me ordenan llevarle á un sitio fresco: si es posible, al borde del mar.--Y tan posible como es. Me le llevo á la casa de Portodor, donde he pasado días de mi edad temprana. Hace muchos años que no la he pisado; he solido, en verano, viajar por Suiza y Alemania; pero Camila, consecuente en sus hábitos de sabia previsión y buen gobierno, no quiso dejar en el abandono esa finca, y al residir allí cortas temporadas, de seguro cuidaría y arreglaría la antigua residencia. Sin embargo, para cerciorarme--como me sería muy desagradable encontrar camas duras, vajillas desportilladas y muebles ratonados,--me resuelvo á visitar á mi hermana, pegando un martillazo á la costra de hielo de nuestra casi ruptura.
Camila me recibe afabilísima. La mujer práctica ha echado sus cuentas y comprendido que es inútil y bobo reñir con nadie, á menos que reporte provecho. Su amabilidad, sin embargo, se asemeja á la que demostramos á los locos ó semilocos, á quienes, en opinión de la gente, no se debe «llevar la contraria»; con quienes no se discute. Me invita á almorzar, y acepto, telefoneando á mi hotel para que no me aguarden Desiderio y Annie. Expongo mis propósitos, formulo mi interrogatorio. ¿Hay en Portodor siquiera lo necesario? Porque con añadir lo superfluo...
--Lo necesario para ti es mucho, Gaspar--responde melífluamente Camila.--Para mí, y para la mayoría de los mortales, aquello se halla habitable, y hasta cómodo. He renovado infinitos trastos; he puesto el salón de cretonas alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. Mira, es más sencillo: tengo el inventario; te lo doy, y tú señalas en él lo que falte. ¿No te acuerdas de que hace cuatro años se gastaron allí algunos miles de pesetas, que tú pagaste, claro, porque la casa es tuya? No creas que vas á meterte en un palomar. Donde yo paso, pongo orden.
Apareció el inventario, un cuaderno de pliegos de papel de barba, de letra redonda, española. Estaba firmado por el mayordomo de Portodor,--todo en regla. Lo guardé en el bolsillo, y descascarando una mandarina, invité:
--Sabes, Camila... Me alegraría de que te animases á la temporada en Portodor... ¿Por qué no, dime?
Ella, con los gajos de otra mandarina entre los dedos, sonrió y me echó una ojeada de soslayo.