Part 4
No hice caso de una protesta de desprendimiento hidalgo, de esas que en situaciones análogas tiene todo español, y le metí en la mano billetes. El apretón de despedida fué vehemente. Quizás representaba mi dinero el desahogo, el bienestar de un mes en el modesto hogar.
--Falta aún... Usted perdone... Me hará el favor de llenar las fórmulas, ¿no es eso?...
Sí, él llenaría las fórmulas... partes, avisos á funerarias y todo lo que se ha menester... Y yo seguí á mi casa.--Me empujaba á ella, con tal prisa, la tiranía más poderosa y exigente de cuantas sufre el hombre de nuestro siglo: la tiranía del aseo. Para mí, como para tantos contemporáneos míos, el hábito del aseo ha llegado á convertirse en nimia obsesión. Las uñas sucias, los dientes sin enjuagar con elixir y sin frotar con pasta, el pelo sin cepillar, un borde dudoso, gris, en los puños de la camisa, bastan para hacerme desgraciado. A pesar de mi devoción extraña á Rita Quiñones, su menaje no me tranquilizaba poco ni mucho, y la fúnebre noche había impreso huellas en mi ropa y en mi piel. Sentía ese hormigueo, esa desazón física y esa especie de disminución moral que produce la certeza de no estar puro, nítido, fresco.
Con deleite de romano de la decadencia entré una hora después en un baño donde acababa de esparcir puñados de espuma de jabón y un frasco de Colonia auténtica. Al flotar en el agua tibia y aromosa, las visiones de cementerio me parecían tan difumadas y desvaídas como un fresco de sacristía deteriorado por la humedad, y la desaparición de Rita, algo sucedido hacía muchos años y en un país distante. La fricción con el guante seco, activando mi circulación, acreció mi bienestar material; un chocolate ligero, á la francesa, en taza fina, flanqueado de _brioche_, mantequilla y tostadas, absorbido al lado de la chimenea crepitante, metido mi cuerpo en ropón de franela caliente y mis pies en zapatillas confortables y airosas--las zapatillas fondonas, achancletadas, no las puedo aguantar, me ponen en ridículo ante mí mismo--preparó sabiamente mi estómago, sin cargarlo. Tadeo, el ayuda de cámara, solícito, me vistió con ropas bien cortadas y de estación, y al darme los guantes, interrogó:
--¿Almorzará el señorito en casa? Porque la señorita Camila siempre me pregunta...
--No sé... Es probable que sí.
Volví á la casa mortuoria. Desde que pisé el portal me asaltó una idea, que en el primer momento me parecía singular, aunque después me haya enojado con los que singular la encontraron también. Y esta idea era que ya tengo familia; que _tengo un hijo_ y que debo desear verle, besarle. ¿Cómo no lo hice ya á la madrugada, al rendir su madre el último suspiro?
Llamé. Marichu, que me abrió, traía los ojos hinchados, el pelo revuelto, el aliento impuro, de desvelo y fatiga.
--Es preciso--pensé--instalar á _mi niño_ como corresponde. Le educaré, le cuidaré maravillosamente.
Y planes britanizados, todo un programa serio, pedagógico, á la moderna, se formuló en mi mente mientras cruzaba el angosto pasillo cubierto de estera vieja y forrado de papel color manteca imitando los nudos y vetas de la madera de pino. Era la engañifa de la vida que volvía á apoderarse de mí con sus seducciones, su persuasión fascinadora de que hay cosas que urge, que importa hacer, y á las cuales debe consagrarse todo nuestro esfuerzo, sin vacilación y sin descanso... La engañifa me hizo tanto provecho como el baño y el chocolate, y entré en la alcoba mortuoria casi alegre, con la viril alegría de la acción.
La valerosa Marichu había arreglado y mudado la cama, lavado y vestido á la muerta con su mejor traje, de negro paño. Había cruzado sus manos, clausurado sus ojos de sombra, cuajados ya y mates como azabache sin bruñir, recogido con la modestia de los supremos instantes la cabellera indómita, de rebeldes mechones. La chica bascongada tenía, ciertamente, el sentimiento de lo conveniente en determinados casos. Me acerqué, miré á Rita--si es que era Rita el tronco inerte que yacía sobre el lecho--, y me quedé absorto por el encanto de filtro letal que se desprendía de la contemplación. Sin duda quedaba mucho de alma en el cadáver. ¿No era el alma lo que bañaba con irradiaciones de paz y misterio la cara inmóvil? ¿No era el alma lo que se aletargaba tan calmosamente, lo que imprimía majestad á la frente clara, como retocada de luz? A la boca sonriente de un modo imperceptible, ¿no se asomaba el alma, á falta del aliento? ¿No había alma en las cruzadas manos casi transparentes, entre las cuales Marichu, no poseyendo un crucifijo, había deslizado una humilde estampa del flamígero Corazón? ¿Podrá ser sólo la materia la que sugiere tanta emoción dramática en presencia de estos despojos? Miro hacia el fondo de la alcoba, buscando en las umbrías de los rincones al Ser que ha de contestarme, al Ser que disipe mis incertidumbres. En el silencio flota algo sagrado... Tal vez está ahí la Seca... Y de seguro es ella, la Omnipotente, quien me responde, entre castañeteos de mandíbula desencajada y chirridos de goznes herrumbrosos:
--Majadero: lo que te impresiona, ni es la materia, ni es el alma. Es la forma, la forma engañosa, algo lineal y superficial, que sobrevive á la vida.
--Date aceite á las clavijas de esos huesos--replico irritado, despreciativo y con jactancia colérica--, para que no chirrien así. Tú debes ser callada, reservada, elegante, discreta. No me gustarás ¿has entendido? hasta que adoptes los modales de la mejor sociedad.
Y creo oir una carcajada sofocada, sorda, como si _ella_ se desparramase de risa dentro de la oquedad de un nicho. _¡Ella!_ ¿Por qué llamarle así? _Ella_ es la mujer; _ella_ es la que simboliza la humareda azul del hogar, garantía de la supervivencia en la familia; sólo á la amada se aplica el dulce pronombre demostrativo...
¡No quiero que me atraigas, no quiero ser tuyo, esqueletada coqueta! Hay otro atractivo que vence, y de fijo vencerá siempre al de la Segadora. El niño pisará la cabeza de la muerte... Y en mi memoria, en ese caprichoso terreno donde brota lo que menos esperamos, salta una copla del sentencioso secretario de don Juan II, y se me viene á los labios:
Como toda criatura de muerte tome siniestro, aquel buen Dios y maestro proveyó por tal figura que los daños que natura de la tal muerte tomase, luxuria los reparase con nueva progenitura...
--¡Marichu!--grité--. ¿El niño, está despierto?
--Sí, señor.
--¿Vestido? ¿Limpio?
--No, señor... No pude... Con atender...--y señaló al lecho funerario.
--¿Se ha desayunado?
--Un poco de leche le di...
--¿Sabe?...
--Inocente, ¿qué quiere que sepa? Algo se malicia ya... Tan listo...
--Arréglale muy bien, y avísame.
Mi ilusión de paternidad no quería yo perderla con una impresión que sublevase mis sentidos desde el primer momento. Como los sultanes de la Biblia que hacen lavarse, macerarse en aromas, revestirse de los mejores adornos á las que van á compartir su tálamo imperial--cultivando, sabiamente, la mentira subjetiva, fuente de toda felicidad--, yo hubiese deseado al chico trajeado de terciopelos y guipures, saltante de planchados, exhalando olor á Rimmel y á ropa nueva, inglesa, cara. Soy un refinado exigente, lo cual me vale sufrimiento y decepción continua. Quisiera que el sentimiento, ó al menos la sensualidad, tuviesen el poder de abolir esta exasperación de mi delicadeza; y jamás la han tenido. En horas de delirio, ó que para ser algo deben ser de delirio, mis sentidos lúcidos, vigilantes, severos, me vedaron el transporte y el anonadamiento que se parece á la muerte, y sólo por este parecido me hechizaría. He advertido todo, todo, todo; la basta calidad de un encaje, el corte desairado de un zapato, el principio de fatiga de un corsé, la imperceptible empañadura de una tez imperfectamente purificada, el vaho de un estómago nutrido de groserías... Y esas ofensas al refinamiento me han producido rencor, como si el ofendido fuese yo mismo, directamente; y el rencor me ha marchitado las flores de poesía en los labios y en el espíritu. ¿No me decía el año pasado la pobre Catalinita (por señas, una amiga de mi hermana), no me decía, repito, en son de despedida, en ocasión crítica y que otro llamaría solemne:--«Eres un desagradecido. Te vas furioso contra mí...?»
Sí, furioso quedo yo cuando alguien me devasta por dentro, me disminuye la poesía, me roba mi sueño y mi pasajero entusiasmo... Marichu: pon cuidado, pon cuidado en cómo arreglas al niño, que en este momento es el asa á que me agarro para no caerme de mi propia altura imaginaria. ¡Oh arcangelito Rafael: haz el milagro de llenarme este abismo que hay en mí; llénamelo con tu monería celeste, con tu mohín murillesco, con tus carnezuelas amasadas de mantequilla y hojas de rosa, con tu mirar donde aún no se ha reflejado la negrura humana! Enamórame de ti, de tu cuerpo santo, sin contaminar, de tu pensamiento impoluto, de tus manos sin fuerza, de tus pies corretones... ¡Hazme padre, sin que yo tenga que rendirme al yugo de una Trini, de una mujer práctica, positiva, bien equilibrada, que lleve cuentas y saque brillo á mi capital! Hazme padre, que es lo que anhelo secretamente, porque ser padre es arraigar en la vida. Mira que estoy rendido de tanto aspirar á la paz de la Sima obscura... y que, para decir toda la verdad, la Sima es aterradora... ¡Y sí he visto bien, sí; allá en el fondo, tiene fuego...!
--Aquí viene, señor: el huerfanito le traigo...
Cierro aprisa la vidriera de la alcoba, donde yace la madre, y me arrojo hacia el mocoso, le levanto en brazos y le devoro á besos. El se ríe, se defiende y me pega puñetazos en los ojos, chillando: «Bapar, malo Bapar...»
--No me llamo Bapar. Me llamo _papá_.
Marichu abre unas pupilas sosas, como dos bolas barnizadas... ¡Se lo sospechaba! ¡No era huerfanito el nene! Padre tenía, sólo que los miramientos y las razones... el mundo, el mundo...
--Yo corro con todo, Marichu. Quizás nos mudemos, antes de la semana que viene, á otra casa. Esta es triste. Entretén al pequeño; que no vea...
--¡Basta! Entendido, señor... Allá me lo llevo, cuando llegue la hora...
--Ahí va un par de billetes, para lo que ocurra...
--Suerte tiene Rafaelín... ¡Amparo no le falta!
VII
El contento que me oxigenaba el espíritu me animó á empeñar, desde el primer instante, la batalla con Camila. Como todo hombre, no dejo de temblar á las peloteras domésticas; sin embargo, el orgullo de mi superioridad me presta una fuerza que acaso la razón no me daría.
Transcurre el almuerzo. Cobardemente, por hacerme los lares propicios, lo elogio, aunque no me encanta: á los huevos revueltos les faltan trufas; los _beefsteacks_ están demasiado hechos, y el pescado no trae salsa aguda, correctora de su insipidez; lo reviste esa bandolina amarilla titulada mayonesa. Camila propende á la economía; inspecciona á veces la cocina, y está siempre tirando de la rienda, para ahorrar una mezquindad. El elegante desprendimiento que hace tolerable el roce entre sirvientes y amos, quitándole la aspereza batalladora del interés,--es desconocido y sospechoso para Camila.
Puesta la conversación en el terreno conciliador, pasamos al gabinete, á saborear el café. Me traen mi kummel, y cargo la mano en la dosis. Camila reprende el abuso: pocos licores, pocos! Poco de todo, parsimonia en todo, excepto en lo que puede dar de nosotros alta idea á la sociedad--tal parece ser la regla de conducta de Camila.
A la tercera dedalada de licor, me decido. ¡Pecho al agua! Hablo, en tono sencillo, confesándome; no omito nada, excepto la tremenda historia de Rita, adivinada, soñada tal vez; expongo mi resolución de traerme conmigo al pequeño, de ser como su padre, en toda la fuerza afectiva de la palabra. Calentándome al hablar, declaro que el niño me es necesario; que carezco de algo que me adhiera á este mundo tan deleznable, tan mísero... Me vacío, me espontaneo, y al mismo tiempo que lo hago lo deploro; me encuentro inferior á mí mismo, y me acuso de la caída, sin dejar de caer aceleradamente--caso demasiado vulgar! ¿Cuándo aprenderemos á no franquearnos con nadie, con nadie? ¿A guardar el tesoro?
En efecto, he aquí el fruto de mi expansión.
Camila me escuchaba, puesto el codo en la mesa y la mano derecha en la mejilla. Sus ojos grises, penetrantes, que empiezan á marchitarse un poco por los párpados, me escudriñaban con una mezcla de recelo indefinible, de lástima, de severidad, de indignación. Su izquierda sacudía de tiempo en tiempo, por un hábito de corrección mundana, los encajes amarillentos de la chorrera de su blusa, en persecución de alguna migaja trasconejada quizás. Con pueril curiosidad, yo seguía la doble corriente de aquel espíritu femenino: la de la protesta y la de la rutina.
--Hijo mío...--Cuando se maternizaba, era para reducirme á la nada con su sabiduría positivista, su buen sentido social.--Hijo mío...--Y miró alrededor, cerciorándose que no la podía oir ningún criado: la desconfianza de la domesticidad es una de las notas características de mi hermana.--Yo... qué quieres que te diga? Por mi gusto, callaría, y te dejaría hacer tu capricho. No me ha agradado nunca mezclarme... Pero mi deber, deber sagrado, es decirte varias cosas. No: no creas: en parte me alegro de que venga rodada la ocasión. ¿Permites?..
Se levantó, oprimió el timbre y ordenó al sirviente que se encuadraba, derecho y mudo, en la puerta:
--No estamos en casa para nadie... ni para la señorita Trini... No me traiga usted ningún recado, ni los del teléfono, hasta que yo avise de que se pueden pasar.
Segura ya del tiempo, se sentó otra vez, bajó los ojos, pareció recogerse, y al fin se lanzó, adquiriendo gradualmente mayor aplomo.
--Todo cuanto me has referido es tan extraordinario, que... perdona, hijo... no es fácil que yo lo comprenda... en una persona que esté... en su juicio... vamos, que esto no es indicar que tú no lo estés... al contrario... tú sabes más que yo, tienes infinitamente más talento que yo... pero son cosas en que á veces, los tontos--(¡qué gesto olímpico el suyo al declararse _tonta_!)--vemos lo que los sabios no aciertan á ver... Y yo veo claro en ti, Gaspar, no lo dudes ¡veo clarísimo! No en vano hemos sido niños y jóvenes á un tiempo, en la misma casa, y no en vano estamos juntos desde que enviudé. Tú has sido siempre raro; tú has mirado siempre las cosas por un prisma... hijo, qué prisma! No sé si te molesta que me exprese así...
--No... Sigue... Si me ayudas á conocerme, te lo agradeceré mucho. Deseo darme cuenta de lo que les parezco á los demás. Acaso eso me ilustre.
--A los demás, como á mí, raro y muy raro y hasta extravagante les pareces. Trini, por ejemplo, Trini, á quien tan simpático le fuiste... Bueno, Trini no tiene otro recurso sino confesar que... que á menos de estar tocado... Tú dirás que estas son apreciaciones, que cada uno se gobierna á su modo; no, hijo mío! hay cosas y hay materias en las cuales no cabe discusión, todo el mundo va conforme... porque no existen dos maneras de verlas. Y el que las ve de un modo disparatado, es que le falta la rueda catalina... Así, así te lo planto, Gaspar. No pides claridad? Pues ni el agua!
Como yo no opusiese la menor objeción, prosiguió, excitada ya, con el ímpetu del que al fin desahoga, harto de reprimirse y desaprobar en silencio, ahito de mascarse la lengua.
--Y si no, vamos á ver... Querido mío, es verdad ó es mentira que siendo tú un hombre todavía joven--treinta y seis años no son la ancianidad--que no padeces ninguna enfermedad conocida, que gozas de una renta muy bonita, y que deberías estar contento y disfrutar y casarte y lucir la posición, te empeñas en oscurecerte, en echarte encima cargas y compromisos? Es verdad ó mentira que sólo te falta, y perdona la frase, sarna que rascar? (Torcí el gesto; mi refinamiento protestó.) ¿Y es engaño que estás muy á menudo de murria? ¿Por qué no te dedicas á algo, por qué no emprendes... qué sé yo? Lo que emprenden los demás hombres! Política ó negocios ó... En fin, lo corriente!
--¡Política! Negocios!..--interrumpí--. Para qué? No dices que tengo lo bastante? Tú á nada te dedicas, Camila, y tú vives feliz, como el pez en el agua.
--Me dedico á la sociedad, á mis amigas, á mi casa... No tengo un minuto de esplín. Tú, como si fueses un inglés: aburrido, aburrido, soso, soso...
--También yo me dedico á la sociedad, á mi sociedad especial;--no hay una sola, hay varias... En estos últimos tiempos, mi sociedad ha sido una moribunda. ¿Qué le voy á hacer, si mi sociedad tiene un pie en el sepulcro..? Sólo me extraña que tú, religiosa como dices que eres, no veas sino las cosas de este vivir tan pasajero... Debieras interesarte un poco por lo que sigue á la vida, que es el morir.
Enarcó las cejas, signo de ira.
--Ahora me vienes predicando... tiene gracia. Yo te pregunto: ¿Es fiel la pintura que hice de tu carácter?
--Fidelísima. Soy como me has descrito.
--Entonces... saca la consecuencia. Mira: no tengo afición ninguna á los perdidos, á los viciosos, y, no obstante, creo que preferiría que te diese... vamos... por alguna tontería, por alguna calaverada de esas... de esas que no deshonran. Sería menos malo que te enamorases ciegamente y siguieras por montes y valles al objeto de tu amor haciendo mil absurdos, y te rompieses por ella la crisma con un rival... En fin, cualquier barbaridad que, pasado el primer momento, se te quitaría de la cabeza, y después te convertirías en hombre formal y corriente. Pero, con tus singularidades, empiezo á perder las esperanzas...
--¡Bah!--respondí, en un afectado tono ligero que tiene la virtud de sacar de tino á mi hermana--. ¿Las esperanzas, de qué?
Frunció el ceño y calló indecisa un instante... Al fin, dura, resueltamente, me la plantó:
--Las esperanzas de que estés bueno de la cabeza.
No porque la pronunciase Camila, sino porque dentro de mí una cavilación ya antigua, un susurro psíquico, repetía la brutal frase, me sentí palidecer y estremecer. Ella creyó en mi derrota y apretó el tornillo, cosa propia de su manera de ser poco comprensiva, intolerante con la flaqueza.
--No pienses que esto es una idea mía; te advierto que por ahí corre fama de que estás muy chiflado--. Y se llevó el dedo á la sien.--Excuso decirte cómo te calificarán si averiguan todo ese tejido de lindezas, todo ese tinglado estrambótico sobre el cual vas á fundar tu vida. Si se enteran de que has sido amigo de una perdularia, amigo á secas, hasta el extremo de asistirla en sus últimos instantes; si saben que por la tal perdularia, de la cual dices que sólo fuiste amigo, rompiste tus proyectos de enlace con una señorita (la voz de mi hermana se hizo enfática), una señorita ¡como Trini, que es la proporción más cabal, lo que puede satisfacer al hombre más exigente! ¡Si ven, además, que te llevas á casa un niño que no se sabe ni de quién es hijo y que tuyo no puede serlo... excuso decirte la opinión que formarán del estado de tus facultades mentales. Créeme, Gaspar, eres un ca-so, un ca-so. ¡Consúltate!..
--Cada uno es un caso--repliqué, reaccionando, montado ya en el Clavileño de las ideas incomunicables--. Acabas de hacer el catálogo de mis condiciones para ser dichoso. Poco valdrían esas condiciones si no fuese unida á ellas la libertad, ¿entiendes? para hacer lo que me place y no lo que tú y tus contertulios de dos ó tres casas habéis dispuesto. Vuestros cuaqueos de patitos de corral asustados ¿qué quieres que signifiquen para mí? Pensáis muy bajamente, muy ruinmente; y no sé cómo puedes concordar esas opiniones con otras que profesas, al menos en apariencia... ya te lo he dicho. ¿Eres tú cristiana? ¿Eres tú espiritualista? ¿Y prefieres que tu hermano se entregue á vicios, tú lo aseguraste, no lo niegues ahora, á que recoja un pobre niño desamparado y le sirva de padre? ¿Se es sólo padre por engendrar materialmente? Tú llamarás, de fijo, padre al confesor. Si yo hubiese pecado con la madre y de ese pecado naciese la criatura, comprenderías quizás que la recogiese. Haciendo lo que hago y que tú debieras considerar una buena obra--aunque yo (pero esto es muy sutil) la realizo (por egoísmo)--, me clasificas entre los dementes... ¡La demencia es la tuya en atribuir tanto valor á lo que ha de durar tan poco! ¿O es que crees, Camila, desdichada, que los demás se irán y tú quedarás? ¿Piensas que _eso_ no puede ocurrir hoy, hoy mismo, después de que cojas el sueño rumiando lo que has de murmurar mañana en casa de las de Correa? Todas las noches, cuando te retiras á tu dormitorio, echas la llave, pasas el cerrojo y hasta registras el tocador, no se quede allí escondido algún bergante; y no te fijas en que hay _alguien_ que se filtra por las paredes lo mismo que el Comendador, y á quien los hierros más gruesos sin cuidado le tienen... Te haces la olvidadiza de que hay una mano fría que se apoya sobre los hombros, una gran Señora que hace una seña y nadie la desaira... ¡Sí, facilillo es desairarla! La cordura es pensar en ella y la locura creer que vas á responder si se presenta: «Aguárdese usted, que tengo sin estrenar un sombrero de París, y mañana me ha dicho Trini que almorzará conmigo, y he de darle á la cocinera mis órdenes... A Trini la gustan los bocadillos de ostras...» ¡Lo que _ella_ se reirá con su boca sin labios cuando repliques así!..
Anticipando la lúgubre risa, me reí yo morbosamente. El café cargado, los sueños en alas de murciélago, la impresión del tránsito de Rita, de su horrible destino, todo me había puesto de punta los nervios, y mis carcajadas ásperas, rascantes, parecían el chirrido del bramante encerado contra la piel tensa de la zambomba. No es fácil describir la mirada que mi hermana me echó. Había en ella terror, había al mismo tiempo cierta humildad, y había la incertidumbre del que no sabe si lo que le dicen es una admirable sentencia ó un peregrino disparate. Fué evidente para mí entonces que Camila era lo mismo que la mayoría de los humanos: que unas veces _creía_, otras, las más, _no creía_ en el glorioso advenimiento de la Segadora. Era indudable que, distraída por el necio devaneo de su vida, (según el mundo, sensata, decorosa, loable), no se persuadía sino raras veces de que esta vida, exactamente lo mismo que otra vida disipada, arrastrada, pobre, deshonrosa, infamante,--era algo colgado de un pelo, era como resbalar aprisa por el borde de un precipicio, era la pesadilla de una persona que no sabe en qué hora ha puesto el despertador, y que, á la menos imaginada, ha de escuchar el retintín violento que le llama á lo desconocido. Ni la sensatez ni el decoro son obstáculo al paso de la Seca; y toda la consideración social no puede lo que el gusano...
Y vi asimismo que Camila deseaba variar de tema, y me imploraba angustiosa, urgentemente.
--No digas horrores... Cállate--imploró.
Un impulso de ferocidad se alzó en mí.
--¿Horrores?--repetí sarcásticamente.
Y levantándome y acercándome á Camila, la cogí las dos manos y la grité casi al oído:
--Has de morir... Has de morir... No lo olvides, mujer...
La sentí temblar, escalofriarse y estallar en sollozos. Entonces me avergoncé, y tartamudeando, formulé una excusa. Ella seguía llorando, habiendo dado al diablo su corrección, su equilibrio, su majestad de respetable dueña todavía apetecible; de cierto comprendía en aquel instante, que los cuidados mundanos son miserias, nonadas ante la perspectiva infinita de lo eterno... Conmovido á pesar mío, la eché los brazos al cuello, la consolé, me acusé de estúpido, de mal intencionado... Ella correspondió á mi arranque fraternal con otras caricias, sonriendo ya enmedio del llanto miedoso--y por un instante, los que tanto tiempo hacía que no éramos hermanos, lo fuimos, unidos por nuestra común miseria, por el espanto del más allá, por el poder incontrastable de lo que manda en nosotros y nos iguala al suprimirnos... como iguala el segador la hierba del prado.
VIII