La Sirena Negra

Part 3

Chapter 33,925 wordsPublic domain

Mientras esperaba la infusión que había de despabilarme para la vela, me senté en el sillón de raído forro. Colocado de espaldas á la puerta de la alcoba, y bastante próximo á ella, el cuchicheo que partía de allí me llegaba en truncados sonidos, como si el diálogo estuviese en verso y los que dialogaban se interrumpiesen y luego acentuasen con trágico énfasis un trozo, un arranque más sentido de la poesía. Acechador involuntario y cobarde, no entendía yo bien las frases, pero alguna palabra era para mí cual son en los antiguos gráficos de ignorado idioma esas letras repetidas y ya descifradas, que permiten interpretar, por relación de lo conocido, lo que se desconoce. A veces, no oía distintamente un vocablo; lo que me guiaba en mi malvado espionaje de un alma, era el acento con que pronunciaban lo que no oía. La voz del sacerdote, sobre todo, me daba luz, siniestra luz. Tenía el timbre sordo y ahogado de un grito que se sofoca por terror. Y la penitente, enfervorizada, hablaba con singular energía, con no interrumpido bisbiseo vehemente, como si vaciase el absceso purulento de tanta iniquidad, apretando duro para expulsar todo lo nefando. Me sería imposible decir si entendí nada concreto de la terrible conversación; y, sin embargo... entre modulaciones de voz, interrupciones, preguntas, gemidos, fraseo desgranado--, yo repetía para mí--... «Era eso, era eso...» ¡Sublime horror pagano, tremenda carga en la conciencia católica..!

Sin embargo, la nube de espanto se despejó; se apaciguó el murmullo, convertido en una especie de himno ó plegaria de reconocimiento.

La mano del sacerdote, bendiciendo, se interpuso ante la luz de la alcoba. ¡Rita estaba perdonada..! La pobre alma, transida de espanto, sudando hielo y castañeteando los dientes, se calmaba, se envigorizaba, y, agarrada á un cabito de seda blanca, iba á atravesar valerosa el puente del abismo...

En efecto: cuando el viejo salió del dormitorio, tembloroso, desemblantado,--horripilado de lo poco que se parece la realidad á los libros viejos, y de cómo las viejas fábulas mitológicas no están sólo en las bellas ediciones con viñetas, sino que se codean con nosotros en las calles--, y me precipité á ver en qué estado se encontraba la enferma, la faz verdiblanca sonreía con expresión de beatitud. Las pupilas de asfalto se fijaron en mí, invitándome á compartir aquella dicha.

--¿Qué tal? ¿Mejoría, eh? Doctor: acérquese...

--Sí, mejoría--repitió sin convicción él...--. La respiración no es tan...--Se interrumpió; yo adiviné el término exacto que suprimía, «tan estertorosa». ¡El estertor...!

--Don Gaspar--murmuró Rita; y comprendí su ruego, y me incliné.

En mi oído, deslizó:

--¿No abandonará al niño..?

--Palabra. No temas--dije, con tuteo fraternal.

--Poco trabajo le dará... Ese niño no puede vivir...

--No digas locuras... ¿Por qué?

--Porque no lo consentirá Dios nuestro Señor... No puede consentirlo... Oiga, don Gaspar... Prométame... Si vive, que entre en un Seminario... en esos colegios para estudiar la carrera de cura... ¡Y mejor, en un convento de frailes..!

--Así se hará, mujer... Descansa... Tu hijo es mi hijo...

Agarró mi mano y pugnó por apretarla fraternalmente, según costumbre; pero estaba tan débil, que no acertó. Yo halagué sus sienes y su melena alborotada, lacia á trechos de sudor, crespa y como erizada á trechos también--extraña melena que parecía apuntada á brochazos por artista genial--y ordené con despotismo, sugestionándola:

--Ahora, cucharadita de poción, y á dormir.

Absorbida la poción calmante, arreglado el emboce de las sábanas, subido el colchón á empujones, recogí la luz y la puse sobre la cómoda de la sala, detrás de un jarroncillo con flores artificiales. El doctor secreteaba opacamente con el confesor. Este se volvió y me previno.

--Avisaré en la parroquia para que mañana venga el Viático.

Aprobé y le acompañé hasta la puerta.

--El coche que nos trajo aguarda... Está pagado... Mil gracias, amigo don Andrés... A propósito. Tengo para usted un ejemplar raro de la _Aminta_, con grabados en madera... Se lo enviaré en cuanto esta infeliz...

--¡Se acepta con reconocimiento!; pero supongo que no será por recompensarme de molestia alguna, porque, al contrario, mi obligación es la que acabo de cumplir... Por penosa que sea...

Y temblaba aún, ligeramente, arropándose en el manteo, susurrando--¡brrru!

Cuando volví á la sala, el médico salía de la alcoba.

--Reposa... Debía usted reposar también un rato. Yo velo.

--Nada de eso. Echese usted en el sofá; estoy de guardia.

Me habían servido el café, y aguardaba, frío ya. A mí me gusta más frío que caliente: me retrepé en la butaca y empecé á beberlo á sorbos, con placer nervioso, semiespiritual. Tumbado en el sofá, el doctor, robusto y lastrado de cognac excelente, había cogido el sueño al vuelo, y dormía con la boca abierta, modulando á ratos un comienzo de ronquido. Me serví café otra vez, más engolosinado que la primera. Una excitación lúcida se apoderó de mí: en excitaciones semejantes las ideas son como ágiles saltatrices; hay una labor cerebral de devanadera, un tropel de representaciones; todo parece inminente, inaplazable, cual si urgiese resolver el negocio de nuestro destino sin un punto de dilación. La tristeza de lo frustrado se hizo trágica en mí. A las doce de la mañana de aquel mismo día, me alborozaba aún la perspectiva de la humareda azul del hogar. Y no era la humareda lo que yo echaba de menos--todas las humaredas me son indiferentes--. Era mi deseo, mi sueño de la humareda, mi sueño de vida, lo que añoraba. Nada vale nada; sólo vale algo el deseo que sentimos de poseer ó realizar las cosas.

Abiertos los ojos á la penumbra, pensaba en la que va á desaparecer después de sufrir tal suplicio en su corazón, selva de plantas ponzoñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me dominó por un momento. ¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz, la que tanto se entusiasmaba y hacía tales extremos en el teatro, la que había padecido los furores de la antigüedad criminal, fuese mañana un poco de materia orgánica en descomposición? ¿Cómo puede suceder algo tan extraordinario en un segundo? ¿Porque se arroja sangre, se cesa de existir? ¿Y qué es esto de dejar de existir? Murió Rita, dirán. Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos, no es su voz cristalina, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo eso ahí estará... y Rita no.--Puse sobre el velador los codos y sobre las palmas derrumbé la cabeza. Mi meditación se convertía en cavilación visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. El alcaloide del café concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dejé volar mi fantasía, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de murciélago,--que acababan de brotarle.

V

En árida llanura amarilla, cercada por un anfiteatro de montañuelas calvas y telarañosas, iba atardeciendo muy despacio. Crepúsculo interminable; del cielo cárdeno parecía descender lluvia de ceniza sutil; y el sol, que detrás de los cerros se ponía, era un globo sin calor, medio apagado, enorme, una pupila de cíclope agonizante.

Tan doliente paisaje ofrecía los tonos secos mitigados y polvorientos de los antiguos tapices, y las figuras que sobre el paisaje comenzaron á desfilar en caricaturesca procesión, de tapiz eran también: de tapiz, ó de orla de códice cuatrocentista. El cuadro era del número de los espantos que el arte ha querido agregar á los espantos de la naturaleza.

La primer figura que desfiló era la del anciano casi divino: un varón de consumida faz; sobre su becoquín de terciopelo guinda, la tiara de oro escalona tres pisos coronados. El esqueleto, roto y desharrapado por el vientre, que le guía, lleva á cuestas, sobre sus huesos mondos, un féretro. El viejo augusto alza la mano para bendecir y excomulgar... El esqueleto le agarra de un brazo, y, tropezando en sus luengas vestiduras pontificales, se deja llevar el Papa al baile siniestro. ¡Danzad, Padre Santo!

Al Emperador no ha sido necesario asirle. Es sin duda Carlomagno, el héroe, y desdeña el temor. Marcha recto y majestuoso, arrastrando sus púrpuras y sus armiños, y en la potente diestra, como relámpago de acero, reluce el espadón de justicia, mientras en la izquierda descansa una esfera de zafir, que es el mundo. El confianzudo esqueleto no respeta los atributos del supremo poder; con gesto persuasivo enseña al excelso la inevitable ruta. ¡Danzad, seor Imperante!

Trémulo, moroso, el Cardenal, vuelve la cara; y el esqueleto se burla, con risa sardónica, del miedo del purpurado. Al acercarse al Rey para recordarle que es llegada la hora de danzar, el esqueleto se hace moralista, señala al cielo, y arranca el áureo cetro de las manos que lo empuñan. ¡Oh, y qué lindo sermón el que le suelta al Patriarca, que lo escucha mohino y cabizbajo, sin dejarse convencer de que es preciso abandonar el báculo, de que no le valen ni sus vestiduras violeta ni su mitra, donde grupos de gemas complican el prolijo y pueril diseño bizantino! Cuando se acerca al veterano Condestable, armado de punta en blanco y apoyado en su montante de guerra, el esqueleto heroico blande su guadaña obscura, como si dijese: «Arma contra arma... veremos de quién es la victoria.»

Para el jactancioso hidalgo, de emplumado birrete, no ha menester el esqueleto ejercitar violencia alguna. Le lleva engañado con razones, con palabras capciosas y elogiosas; le aturde con argucias, le envuelve en fúnebre charla, y, algo receloso, convencido sin embargo, el hidalgo levanta el pie para comenzar el paso de baile. Al asir al abad de la manga del hábito, el esqueleto no puede reprimir la bufonesca alegría: ¡dance el gordo, dance el orondo, dance el lucio, el del rollizo pestorejo! Y el esqueleto agita sus canillas, muestra el costillar, donde cuelgan arambeles andrajosos de momificada piel.--Más ligera, más mofadora es la actitud adoptada con el digno preboste, y es desenfrenada de júbilo la que toma al armarse de una pala de enterrador y prender, saltando, al fraile teólogo, que en vano se defiende con silogismos, sorites y entimemas.

No le vale al médico enarbolar su redoma de jarope y hacerse el distraído, mirándola al trasluz; no le vale al astrólogo embebecerse observando el firmamento; no le vale al canónigo resguardarse con su libro de horas; no le sirve al escudero acariciar al gerifalte que lleva gallardamente enhiesto en el puño. A decir verdad, todos procuran no enterarse de que les llaman á la danza obligatoria: el mercader contempla su bolsón, el cartujo finge absorberse en la lectura ascética, el sargento titubea y describe eses de puro borracho, el músico acaricia su tiorba, el abogado se enfrasca en un legajo, el mancebo galán sonríe á una rosa, respirando su perfume lánguidamente; el labriego muestra su azadón, como diciendo: «No puedo menos de ir á cavar la tierra»; el carcelero repica sus llaves, el ermitaño pasa las cuentas de su rosario reverendo... ¡Bah! El esqueleto no se preocupa de tales nimiedades. Su astucia adivina el objeto de las aparentes distracciones. Quizás, viéndoles tan embelesados, pase de largo el terrible bastonero de la Danza general... Sí, ¡pasar él! Les llama, les da escueta orden, les agarra de un brazo con rápido arranque. Hasta le veo acercarse á una cuna y coger de la manita á un pequeñín que, soltando cristalino hilo de baba, y repicando por última vez el sonajero, se aduerme en los brazos secos, sin carne, contra la caja torácica que no encierra corazón...

No dejará el esqueleto sin pareja á sus danzarines. Antes de dar la señal del baile, llegan las damas invitadas (invitadas sin excusa). Para traerlas al sarao, el esqueleto redobla las cortesías irónicas, las sardescas galanterías, las actitudes bufonescas, las postraciones á lo Mefisto.

Ante la reina, que va á entrar en danza con su diadema de florones y su veste orlada del armiño inmaculado, se rinde cortesano, mientras toma su brazo como el que, respetando, apremia. A la duquesa pálida, que se recoge elegantemente el sobrefaldellín de velludo, la rodea el cuello con enamoramiento, casi la abraza con fúnebre y hediondo abrazo de sepulturero melífluo. Ante la orgullosa fidalga se arrodilla, tratando de estrechar su mano pulida, aristocrática. A la abadesa la descarga del peso del báculo, estorbo para danzar... A la repolluda priora la empuja por los hombros, suavemente. Ante la gentil damisela hace un contrapás, llevando el compás de los brincos con la pala de enterrador. A la daifa galante la echa al cuello el sudario como si fuese un chal. A la nodriza la ordena con risueña mueca de mandíbulas cubrirse el seno y soltar al crío; ¡lo primero, el baile! A la moza de cántaro la estruja la cintura, la da un pellizco con dedos óseos, ¡y á remangar las haldas y á danzar! Y cuando la gentil recién casada, ó la casta virgen, se estremecen notando que el aire se vuelve obscuro y que un soplo glacial ha rozado sus mejillas en flor--el esqueleto, aplicando la mano sobre la caja del esternón, en el sitio donde el corazón pudo latir un día--les hace tiernas declaraciones, susurrando en el tono del viento cuando solloza y estridula en las ramas de los sauces elegías amorosas, layos de pasión ultraterrestre...

Y, en el árida llanura, amarillenta, cercada por el anfiteatro de montañas calvas y telarañosas, á la luz del sol que se pone detrás de los cerros, medio apagado, el baile comienza, al pronto pausado y solemne, sin más música que el choque de los huesos marfileños, pelados y limpios, del esqueleto que dirige la danza general de la Muerte, tal cual se ve en los Códices góticos. Danzan reyes con pastoras, monjas con guerreros, emperadores con labriegas, fidalgas con arzobispos. Lo que el amor no ha podido nivelar ni reunir en vida, lo nivela la Seca, la omnipotente, con su gesto coreográfico. Las invitaciones al baile han sido de base amplísima; no habrá piques; no se queda en casa nadie, mientras el baile se forma, apresura su ritmo y repicotea sus airosos puntos. Cogidos de la mano, empujados por la sobrehumana ley, contra la cual no vale resistencia, alzando los pies juveniles ó gotosos, meneando los troncos flacos ó tripones, castañeteando los dedos rígidos, retorciéndose como debían de retorcerse los _Ardientes_, en su ronda de martirio y locura, la multitud baila, baila, siguiendo al esqueleto que marca el compás y guía hacia el profundo agujero ó sima abierto en mitad de la llanura, donde las parejas, alzando todavía la pierna para un trenzado, caen precipitadas. El corro, sin embargo, no se estrecha: nuevas parejas reemplazan á las que la sima tragó; y suben el pie más aprisa, y contonean la cintura más salerosamente y agitan los brazos y encogen y estiran los dedos, con el trajín peculiar de los agonizantes al rechazar las sábanas y mantas que los cubren. Las caras son del color de la cera; pero, á veces, un reflejo del expirante sol, que no acaba de ponerse, las aviva con un toque rojizo. Vestiduras de púrpura, sayos de piel de carnero, sayas de bayeta, briales de seda joyante, pingajos de mendigo, se rozan, se confunden en el remolino vertiginoso de la danza general. ¿Dónde están las preocupaciones de clase, las severas prescripciones de la etiqueta? ¿Dónde el imán de la pasión, que hace que dos manos se busquen entre cientos de manos, en una cadena de baile? ¿Dónde el odio, que separa más que altas paredes y millares de leguas? ¿Dónde todo lo que los humanos han creado para entretener el ignoto plazo de tiempo que les concede la Guadañadora, y para olvidar, entre estrépito, farsa, mentira y vanidad, la _verdad única_?

Una risa silenciosa dilataba mis labios viendo realizado el ideal de fraternidad é igualdad de tan perfecto modo. Nadie se acordaba, entre los danzantes, de lo que _había sido_ durante el tiempo, siempre breve, otorgado por el esqueleto á la ficción vital, á la tramoya humana. O por mejor decir, ahora que el inexorable acreedor presentaba su cuenta, todos sabían que no _habían sido_ nada, nada, nada, más que puñados de polvo amasados por un alfarero en esta ó aquella forma; polvo cuajado en barro quebradizo. Al romperse, sus tiestos y tejuelos se estrechaban, cual confundidos en inútil montón se hermanan los restos en el muladar, antes de ser barridos con enfado y desprecio.

La ronda, no obstante, me parece, no sé por qué, escenografía, algo artístico, versificado, pintado, tejido, sin realidad inmediata. Esto, pienso yo, es cosa sugerida por la Edad Media, que, como nadie ignora, fué un período triste, renegador de la vida, amigo de la muerte... ¡Bah! ¡Pch!... La tal ronda es un baile viejo; ni más ni menos que la danza macabra del poeta judío amigo de don Pedro _el Cruel_; en suma: literatura y teología... En nuestros tiempos hemos reemplazado la danza macabra por la danza griega de las ninfas y faunos, ronda jocunda, símbolo de la alegría de vivir! Anticuada está la procesión de la Seca...

Y en el mismo punto en que se me ocurre tal observación, que revela mi cultura y mi sentido moderno, el corro de baile, girante por la grisácea llanura, alzando una polvareda que es menuda, sutilísima ceniza de corazones,--se ensancha para dar paso á nuevas parejas.--Ya no visten éstas ni púrpuras ni terciopelos cortados; ya no cubren sus cabezas tocas ni birretes. Llevan el mismo traje que yo, las propias vestiduras que Camila y que Trini; su ropa la han confeccionado sastres y modistas, sus manos calzan el guante actual. Pero sus caras son también céreas, y en sus mejillas, el sol lánguido difunde el mismo resplandor de hoguera que expira. Y á esa gente nueva que se mete en danza, ¡yo la conozco! Son amigos que desaparecieron, son figuras medio borradas ya de mi recuerdo, que ahora se alzan con el mismo relieve que tenían en vida, cual si me hablasen, cual si acabasen de estrecharme la mano con la suya actualmente helada. A unos les he querido y servido; á otros les he criticado, les he detestado algunas horas de mi existir; á aquél, yo le admiraba, le envidiaba en secreto; al otro, le he llamado imbécil, cretino, en círculos intelectuales... Y aquel que pasa fué mi rival unos meses, y por él me engañó y mintió y traicionó aquella que alza la pierna bonita, á la señal perentoria dada por el esqueleto con su pala de enterrador... Pasan, pasan, pasa mi existir resumido, como el de todos los mortales, en unas cuantas fisonomías de semejantes míos, que me hicieron bien ó mal, que me inquietaron con el enigma de su espíritu ó de su destino. Y he aquí la clave del enigma de ellos y del enigma de los demás y del mío, he aquí la clave...! La clave del enigma humano... la danza general de la Muerte...!

¡Dios me asista! ¿Me engaño? ¡No! Ahí salen también á danzar los propios, los de mi sangre, los que siento en mí todavía... Danza mi pobre padre, el soñador, con su cabellera romántica al viento: y, arrebatada mal de su grado, danza mi majestuosa madre, resistiendo, apretados los labios y crispada la mano que magullaron las falanges del esqueleto tiránico. ¡Y aparece también la figura más familiar! Camila, la propia Camila, señora distinguidísima, con su original y celebrado traje de terciopelo muselina verde almendra (me enseñó ella este recitado) y su sombrero parisiense de plumaje llorón, entra en danza sirviéndola de pareja un pobre diablo, uno de esos famélicos que se sitúan, astroso el traje y entreabiertas las botas, en las esquinas, al anochecer, para susurrar pedigüeñerías... ¡Oh entonada, oh correcta Camila! ¡Si así creyeses que has de danzar, más pronto danzarías, porque habrías de morirte de repente, de susto y escándalo! ¿Hola? Detrás de Camila veo á Trini, agarrada á un vejancón que parece un sapo de pie... Y Trini danza, danza, sin preocuparse de su pareja: en este baile no se elige; es la promiscuidad de los antiguos ritos, de los cultos á las diosas sin freno. También la Seca,--como su derrotada adversaria, la Lozana, la Mentirosa--goza en producir nefandos contubernios, aproximaciones imposibles, himeneos monstruosos, contrastes goyescos...

Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba de salir á danzar una pareja nueva,... ¡Rita! ¡Rita! ¡y de la mano de su niño; de la mano de Rafaelín!

Para bailar con su nene se ve obligada á bajarse. Sus cabellos de tinieblas, flotando, hacen resaltar la blancura sepulcral de su cara exangüe y delicadísima. El niño, tan rosado, ahora tiene carrillos de azucena... Y los dos, arrastrados por el torbellino, fascinados por la mueca sardónica de la Guadañadora, brincan, se contorsionan epilépticos, y corren desbocados hacia la sima central.

Movido de horrible curiosidad, me acerco á la boca del pozo del abismo. Allá en el fondo,--si hay fondo;--á profundidad incalculable, creo distinguir otro resplandor semejante al del sol enfermo y exánime que alumbra la llanura gris... Es algo confusamente rojizo, que se inflama y se extingue; es el ojo de carbunclo de un dragón que parpadea... ¡Fuego..! ¡Fuego..! ¡Hay fuego en la sima!

* * * * *

La voz de Marichu, ronca de susto:

--¡Señorito! ¡Señorito! ¡Venga! ¡La señorita se muere!

Y el médico y yo, despertados á un tiempo, él del feliz sueño de la buena digestión, yo del devaneo de mi fantasía volando con alas de murciélago,--nos precipitamos hacia la alcoba.

VI

El doctor me llevó á un rincón, secreteando.

--Esto se acaba. La fatiga y el ansia que siente es que va á repetirle la hemorragia. Y en ella, no respondo de que...

En vez de alarmarme, aprobé tranquilo. Era lo que tenía que suceder; ¡si lo sabría yo! Como que acababa de verlo... Acababa de asistir anticipadamente al momento que iba á transcurrir ahora: los pasos de la Seca tal vez resonaban en la calle, en la escalera tal vez. De todos modos, no tardaría en presentarse. Eran inútiles llaves y cerrojos para oponerse á su paso; y el doctor, con sus recetas y sus pociones, estaba soberanamente en ridículo,--fuerza es reconocerlo.

--¡Rita, niña!--silabeé á su oído, cubriéndola de caricias, que ella ni advirtió.

--Alcela usted por la espalda... A ver si se atenúa la fatiga...

La incorporamos. Me miró como suplicándome que la aliviase.

--¿Qué sientes?

--Lo... de... antes... Sabor á hierro..., aquí... aquí...

Señaló hacia la laringe... Y al hacerlo, la ola avanzó, las venas del mísero cuerpo se vaciaron, entre las angustias y los afanes postrimeros. La cabeza recayó en las almohadas. Sequé, limpié los labios manchados, enjugué la frente cubierta de glacial sudor. Ella entreabrió los ojos, y en voz de soplo, espaciando, murmuró:

--Me voy... Acordarse... El niño...

Un sutil estremecimiento la recorrió toda. Se inclinó su faz un poco hacia el pecho. Los ojos quedaron abiertos, cuajados, fríos; los labios, remangados, descubrieron los dientes. La nariz se afiló de súbito. La sonrisa, vaga, era de paz, de serenidad infinita; no protestaba, ni se quejaba, ni temía el más allá; en los labios flotaba la certeza del perdón. Y la contemplé, y las visiones de mi calentura se apoderaron de mí otra vez: veía la Danza, el esqueleto-guía... Por las ventanas de la sala penetraba la claridad polar de un amanecer de invierno matritense.

--Volveré dentro de un par de horas, Marichu. No la abandones.

Salí con el doctor, que exclamaba «¡Hiela! ¡qué gris sopla!» no sabiendo qué decirme, en la duda de lo que significaba para mí aquella muerte; en la duda de cuáles podían ser los lazos que me unían á la difunta. Y, como yo no le hiciese el dúo en su tiritón intencional, se creyó en el caso de decir generalidades.

--Son momentos muy tristes... Era previsto... Dado el giro del padecimiento... Sin embargo, si no sobreviene esta última hemorragia...

Contesto con signos ambiguos, con enarcamientos de cejas de esos que á nada comprometen, y á la puerta ya del médico, saco mi cartera:

--Por no molestar á usted otra vez... si quisiese que liquidásemos ahora mismo nuestra cuentecilla... los honorarios..?