La simulación en la lucha por la vida

Part 9

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El concepto de "hombre de carácter" expresa la intensificación de una modalidad que puede ser común. En último análisis no existe un solo individuo, por muy amorfo que sea, que no tenga algunos caracteres propios y personales, que no ejerza su acción--tan infinitesimal como se quiera--sobre el medio en que vive; todos, desde el más grande hasta el más pequeño, nacen o se moldean con más o menos rasgos personales, contribuyendo, necesariamente, según su poca o mucha capacidad, a la vida del agregado social. Lo "indiferente" y lo "característico", sólo aparecen claros cuando se juzga al individuo por su función. Enfocando de esta manera la psicología de los hombres--como hiciera Voltaire en "Micromegas",--vemos que la inmensa mayoría desaparece, confundida en una amalgama de uniforme pasividad: multitud de unidades que, aisladamente, no tienen importancia alguna.

Bien observa Ribot que la dinámica social es el producto de la acción de tendencias contrarias; cada tendencia tiene su antagonista que la equilibra y enfrena, en sentido saludable para el conjunto. Edward Carpenter, en su ingeniosa "Defensa de los criminales", intentó poner de relieve la utilidad que reportan a la sociedad ciertas formas de delincuencia, ideas que ha enunciado, en parte, el mismo Lombroso, en una breve monografía llena de ideas susceptibles de fecundo desarrollo (_La funzione sociale del delitto_).

Los exagerados son necesarios para el desarrollo social de una función o modalidad del espíritu. El doctor Stockmann, que nos pinta Ibsen en "Un enemigo del Pueblo", es el tipo característico del individualismo; pero esta cualidad sería socialmente nociva si implicara considerar, como él hace, que la asociación en la lucha por la vida es perjudicial y que el hombre más fuerte es el que está más solo. El Juan Moreira de la tradición gauchesca, que encarna en los folletines de Gutiérrez tantas reminiscencias atávicas desvanecidas hoy al calor de la civilización, es el característico del valor personal; pero a nadie escaparán los peligros sociales que tendría la existencia del valor si todo valiente exaltara su cualidad hasta límites semejantes. Sin embargo, esos tipos son términos de comparación necesarios para que miles de conciencias amorfas cultiven su individualidad y procuren no ser cobardes.

Los característicos se forman por la misma acción de la vida social, respondiendo a la necesidad de la división del trabajo. Esta necesidad, tanto mayor cuanto más complejo es el organismo colectivo, guarda relación directa con el grado de evolución de las sociedades humanas, como lo demuestra Durkheim al estudiar la "_División del trabajo social_".

En la formación de los "hombres de carácter" intervienen factores externos e internos, sociales y biológicos. Cada uno de ellos puede ser engendrado por las condiciones de lucha del medio social. En realidad, todos los hombres, en la lucha por la vida, son gladiadores que pelean o actores que recitan: ninguno prescinde de su público cuando actúa; quien prescindiera en absoluto del medio sería un "característico" de la despreocupación.

También puede influir la herencia de elementos característicos, repetidos y consolidados a través de las generaciones precedentes. Otras veces la anomalía mental parece intervenir tanto como el medio social. Pero no la anomalía mental considerada con el criterio estrecho de la clínica, que se limita a amoldar a su docena de marcos cómodos--que llama "formas clínicas",--los fenómenos más llamativos de la patología mental; la anomalía debe ser entendida en un sentido vasto--tal como Ferri la esboza en su estudio sobre los anormales,--abarcando todas las divergencias de la psiquis media: desde esas escabrosidades que estudió Cullere en "Les frontières de la Folie", hasta las formas trágicas del derrumbe mental.

Partiendo de esas premisas, indispensables para el mejor desarrollo de este capítulo, analizaremos las dos cuestiones que directamente atañen a nuestro asunto:

1.º. Proporciones en que la simulación se manifiesta en el carácter de todos los individuos.

2.º. Predominio especial de la simulación en el carácter de ciertos individuos: los simuladores característicos.

IV.--LA SIMULACIÓN COMO ELEMENTO DEL CARÁCTER

Los medios que usan todos los hombres para luchar por la vida son semejantes, variando su intensidad y la proporción de sus diversos elementos. El hombre sin carácter se deja arrastrar por las manifestaciones comunes de la actividad humana, sin tener un gesto o una modalidad personal; el hombre de carácter, en cambio, desarrolla aptitudes bien diferenciadas, procurando afirmar su personalidad en la lucha, sin preocuparse de lo que su actividad representa para las rutinas convencionales en su medio social.

Por eso, tener o no "carácter", es un coeficiente de afirmación del individuo contra la colectividad que tiende a amalgamarlo en la masa. En realidad, los hombres de carácter intenso y diferenciado son los que más luchan por la vida; los demás lo hacen dentro de condiciones tan uniformes, y con tan escasa energía, que su actividad resulta imperceptible en el movimiento social; los indiferentes no luchan, porque en rigor no viven.

Si, como venimos demostrando, la simulación sirve para adaptarse mejor a las condiciones del medio, fingiendo cualidades cuya utilidad para la lucha está probada y disimulando otras que son reconocidamente perniciosas, debe confirmarse esta verdad en los hombres sin carácter y en los hombres de carácter. En los primeros encontramos las _formas sociales de la simulación_, es decir, las que son comunes a todos los individuos que luchan por la vida dentro de un mismo ambiente social; en los segundos percibimos las _variaciones individuales de la simulación_, formas personales y bien diferenciadas, que decididamente caracterizan al individuo.

En la masa de los hombres amorfos, la simulación suele ser un simple reflejo de las simulaciones más difundidas, anastomosándose por una parte con las mentiras convencionales, y por otra con la imitación en todas sus formas, para cuyo estudio podrán consultarse las conocidas obras de Nordau y Tarde. Obsérvese este hecho fundamental: _la simulación es una mentira en acción_, al mismo tiempo que _sólo es una imitación aparente_, según hemos explicado en el capítulo primero; fácil será, pues, inducir la difusión combinada de estas tres formas fraudulentas para la adaptación de la conducta al medio en que se actúa.

El "espíritu gregario", propio de todas las asociaciones de individuos, impone a los hombres sin carácter cierta manera de ser, de pensar, de sentir y de actuar, conforme a las condiciones comunes a todo el agregado; el individuo, para no sucumbir en la lucha por la vida, procura aproximarse lo más posible a esa común manera de ser, adaptándose por todos los medios[4].

Por esos motivos, la simulación forma parte de todos los caracteres humanos, entra como elemento psicológico en la constitución de cualquier personalidad, normal o anormal. Estudiando las innumerables formas colectivas e individuales de la simulación entre los hombres, hemos podido comprobar que ningún individuo está eximido de simular en la lucha por la vida; y para la muchedumbre de los sin carácter "saber vivir" equivale a "saber simular". Los hombres, en general, adáptanse tanto mejor a su ambiente cuanto más desarrollada tienen la aptitud para simular.

Todo individuo de la especie humana es, en cierto modo y cantidad, simulador; en determinadas circunstancias necesita serlo forzosamente. En los amorfos la simulación no llega a ser intensa ni compleja, por la sencilla razón de que nada lo es en ellos; cuando la afirmación de la personalidad no lo exige, los medios de lucha no se desenvuelven o lo hacen escasamente. Con una simulación débil coexisten otras condiciones adaptativas, débiles también, que no imprimen carácter determinado al individuo; el hombre larvadamente simulador puede ser, a la vez, larvadamente modesto, hipócrita, generoso, embustero, ambicioso, delincuente o servil. Esos elementos se combinan sin formar un carácter, lo mismo que la sobreposición o combinación de todos los colores determina su negación, según se demuestra en el conocido aparato de física. Un hombre equilibrado, sin nada suficiente para afirmar su individualidad, no tiene carácter; la simulación será en su mente uno de los tantos resortes necesarios para adaptar la conducta a la vida social.

Cuando la lucha es más intensa, todos los medios se intensifican: la simulación entre otros. En este sentido general, los característicos simulan más que los indiferentes, puesto que luchan por la vida con más energía y tienen más ocasiones útiles para simular.

Lo mismo que los demás rasgos psicológicos especiales, la simulación puede ser predominante o secundaria en la personalidad del hombre de carácter.

En el primer caso tendremos un tipo psicológico caracterizado por la simulación; en el segundo un tipo mixto, sobre cuya conducta la simulación ejerce influencia subalterna.

La aptitud o la tendencia a simular llega a su acmé en determinados individuos, en quienes la simulación alcanza la misma intensidad que el individualismo en el Stockmann ibseniano, y el valor en el Moreira criollo. Esos constituyen el tipo psicológico especial, cuyas diversas manifestaciones analizaremos: el "simulador característico".

Cada uno de estos caracteres especiales desempeña en el conjunto social una función útil, equilibrando la acción de su antagonista. El simulador tiene su antítesis en el ingenuo,--pariente del "Cándido", de Voltaire--que representa el otro extremo de la inadaptación a las condiciones de la lucha por la vida; Bianchi ha definido ese tipo como característico del _sincerismo_, y Mantegazza lo estudia bajo la clasificación de "ingenuo". Ambos pueden perjudicarse por su propia exageración, pero del contraste entre las dos funciones nace el justo medio útil, enseñando al amorfo a no simular menos de lo que necesita y a no ser más sincero de lo que conviene.

V.--PREDOMINIO DE LA SIMULACIÓN EN LA PERSONALIDAD

El hombre lucha por la vida adaptando su conducta a las condiciones del ambiente en que se desenvuelve; la actividad mental le permite discernir las ventajas o desventajas que un hecho o una cualidad personal implican para el desenvolvimiento de la personalidad. La conciencia de esas ventajas o desventajas hace que el individuo adapte su carácter a las condiciones de lucha, simulando las cualidades que la observación y la experiencia demuestran ventajosas, y disimulando las perjudiciales.

Puesto que todos los hombres simulan y disimulan, ¿en cuáles estudiaremos el carácter propio de los simuladores, sus diversas manifestaciones, los factores determinantes de su peculiar modalidad mental y la importancia extraordinaria que para algunos reviste en la lucha por la vida?

Conviene distinguir el sujeto simulador, que lo es de manera habitual y permanente, del sujeto que se ve precisado a simular accidentalmente, sin que ello constituya una característica de su funcionamiento mental. El primero posee el carácter simulador, psicológicamente considerado; al segundo no puede llamársele simulador, aunque el azar le arrastre a usar con provecho algunas simulaciones. De igual manera llámase mentiroso al que miente por tendencia o por hábito, sin considerar tal a quien miente alguna vez por circunstancias especiales; y decimos tímido a quien lo es en todas ocasiones, sin llamar así a cuantos pueden sufrir un acceso de timidez circunstancial. Buscaremos, pues, los caracteres psicológicos propios del simulador _en los sujetos que, por tendencia o por hábito, se valen preferentemente de la simulación como medio astuto de adaptarse a las condiciones de la lucha por la vida_.

Como sabemos, en sus manifestaciones voluntarias y conscientes, y en muchas subconscientes e involuntarias, su resultado es proporcionar al simulador una ventaja[5]. La forma normal de la simulación es simplemente utilitaria, lo mismo que la forma normal de la disimulación: el simulador saca provecho de las aptitudes que pone en acción.

El estudio sintético de este carácter fué generalmente descuidado. Teofrasto, en sus "Caracteres", traducidos y vivificados por La Bruyère en su interesante traslado al medio político y social de su época, esbozó algunas notas sobre la simulación en el carácter. Pero los "caracteres éticos", no obstante admirar por la clarividencia de la observación y por su estilo digno y elegante, no constituyen un documento psicológico, tal como puede exigirlo el criterio moderno en esta índole de observaciones.

El arte, rico de ejemplos para el estudio de cualquier tipo psicológico, ha sacado partido del simulador, en sus diversas modalidades. Sin detenernos en un análisis que para ser completo llenaría por sí solo una monografía, recordaremos que uno de los tipos más interesantes de Dickens, el Pechniff de su "Martín Chuzzlewit", podría exhibirse como modelo en su género, ya por la fantasía que le atribuyó su autor, como por la animación y realidad de su silueta psicológica. Desde otro punto de vista, la simulación juega en el arte un rol esencial, como producto imaginativo; en muchas obras maestras del arte, todos los tipos son el simple fruto de una fantasía exuberante servida por una perfecta posesión del idioma.

Entre los escritores científicos modernos, Pérez, Fouillée, Azam, Paulhan, Levy, Ribot, Malapert, Ribery, Mantegazza, y otros que estudiaron el carácter en general y sus tipos especiales, no aislan el tipo general del fraudulento, o del astuto, ni especifican el tipo del simulador. Sergi, estudiando las degeneraciones humanas, enuncia diversos tipos, sin aludir al que estudiamos. Venturi, al esbozar sus característicos _menores_, no menciona siquiera al simulador. Se explica: el hipócrita, el mentiroso, el astuto, el simulador, se entremezclan íntimamente y es difícil hacer distinciones que, por sutiles, podrían parecer artificiosas. Pero ser hipócrita, mentiroso, astuto o simulador no es lo mismo. Esos diversos tipos psicológicos componen un grupo más general, el de los _fraudulentos_, donde todos caben y se entrelazan, influyéndose recíprocamente, como hermanos de una misma familia, como ramas de un mismo tronco.

_Simular_, hemos dicho, es adoptar los caracteres exteriores y visibles de lo que se simula, a fin de confundirse con lo simulado. La mentira, la hipocresía, la astucia, pueden asumir formas que impliquen la simulación, pero no son siempre y necesariamente simulaciones.

Sin embargo, no siendo la mente humana un aparato simple, de efecto único, sino un complejo de acciones y reacciones, rara vez podrá aparecer un individuo--por muy "característico" que sea--cuya personalidad tenga una sola manifestación.

Ribot considera la "unidad" del carácter como una de sus cualidades indispensables, junto con la inneidad y la estabilidad; por ese motivo, además de los amorfos, se ve obligado a excluir de los caracteres a los instables, negando también la categoría de característicos a los intelectuales, los voluntarios y los templados. Esa exageración del valor de la "unidad" en el carácter humano es compartida por otros psicólogos; a todos pudieran responder las siguientes palabras de Tolstoy, en cuya "Resurrección" no escasean las observaciones psicológicas perspicaces. "Uno de los prejuicios más arraigados y difundidos consiste en creer que todo hombre posee exclusivamente ciertas cualidades definidas, que es bueno o malo, inteligente o bruto, enérgico o apático, y así sucesivamente. Podemos decir de un hombre que es más a menudo enérgico que apático, e inversamente; pero decir de un hombre, como suele hacerse, que es bueno o inteligente, y de otro que es malo o bruto, es desconocer el verdadero carácter de la naturaleza humana. Los hombres son como un río; aunque formado siempre por agua, ora es ancho y ora estrecho, lento o rápido, tibio o helado. Los hombres, también, llevan en sí el germen de todas las cualidades humanas, y ora manifiestan una, ora otra, mostrándose a menudo diferentes de sí mismos, es decir, distintos de lo que suelen aparentar. Pero en ciertos hombres esos cambios son más raros y se preparan con lentitud, mientras que en otros son más rápidos y se suceden con mayor frecuencia". En los simuladores, lo mismo que en los demás característicos, encuéntrase una cualidad predominante, no excluyente; entre los elementos del carácter algunos se coordinan y otros se subordinan, combinándose para determinar la resultante: por eso veremos el tipo del simulador generalmente asociado con otros que le imprimen fisonomía particular.

En general, pues, junto con la aptitud característica coexisten las afines, u otras de índole diversa, que pueden no ser afines. Es frecuentísimo, como observa Venturi, encontrar el tipo mixto del envidioso-calumniador, del ambicioso-genial: cualidades afines; también es posible ver pródigos-mentirosos, ladrones-altruístas, ambiciosos-serviles: caracteres que no se excluyen, aun siendo el uno útil y el otro perjudicial para la sociedad. Aunque les niega título de caracteres, Ribot confirma su existencia; los tipos mixtos corresponden o se aproximan a los que él llama "caracteres contradictorios sucesivos", "caracteres contradictorios simultáneos" y "caracteres instables y polimorfos".

Falsearía, en suma, nuestro pensamiento, quien entendiera que la función característica es _única_ y _excluyente_; ella sólo implica la intensificación, hasta ser _predominante_ sobre las demás que con ella coexisten. Con ese criterio estudiamos la psicología de los simuladores.

Preguntad a cualquier médico quién fué Charcot; os contestará, sin duda: un neurólogo. ¿Y acaso no habría podido ser, también, afectuoso como padre, celoso como marido, curioso como observador, pródigo o avaro, astuto o inocente, espontáneo o simulador, en las mil manifestaciones de su vida? Pero él no ha existido, ni ha sido "característico", sino como renovador de la patología nerviosa.

Del sacerdote Castro Rodríguez o del anarquista Ravachol, cualquiera os dirá que fueron homicidas; nadie recordará que el primero era hipócrita, avaro, mentiroso, ni que el segundo era ladrón, pródigo, sectario. Fuera de su característica como homicidas, ellos no han existido.

Al analizar, pues, los diversos tipos de simuladores, los encontraremos complejos, combinados con otros caracteres afines o predisponentes. Hay, en efecto caracteres psicológicos que guardan estrecho parentesco: el mentiroso suele ser fantástico o vanidoso, el modesto suele ser apático o ingenuo. De igual manera veremos que, siendo astuto o servil, fisgón o no conformista, psicópata o sugestionable, se está predispuesto a pertenecer al grupo de los simuladores característicos, dando fisonomía propia a diversos tipos especiales.

VI.--CLASIFICACIÓN DE LOS SIMULADORES

"Es necesario resignarse a no conocerlo ni explicarlo todo, limitándose a determinar lo que es posible conocer; es la única manera de saber algo. Un análisis, una clasificación _psicológica_, he ahí lo que, por ahora, consideramos posible. Sepamos contentarnos con eso, tanto más que ello tiene su interés, su valor y su alcance. Lo mismo pensaron y han intentado realizar los autores que más recientemente ocupáronse de la cuestión del carácter. En el punto de vista psicológico se han colocado todos, inclusive el mismo Fouillée". Estas palabras de Malapert justifican la imposibilidad de ofrecer una clasificación exacta de los simuladores característicos, según las causas determinantes de su peculiar modalidad psicológica.

Los factores que se combinan para la determinación del carácter son complejos; Levy ha particularizado sus investigaciones en la dilucidación de este tópico. En general, encuéntranse dos tendencias; la una atribuye mayor importancia a los factores congénitos, la otra a los adquiridos; a la primera refiérense los autores que van desde Schopenhauer hasta Sully y Ribot, mientras se plegan a la segunda desde Rousseau y Mill hasta Payot y Sergi. A este último pertenece la teoría de la "estratificación del carácter", que es, sin duda alguna, la mejor y más sostenible de las expuestas por los partidarios de la influencia del medio en la formación del carácter.

Indudablemente ambos factores tienen importancia: la herencia da el impulso, la educación lo modifica. Existen caracteres de raza, de nación y de sexo que nacen con el individuo e influyen sobre su carácter, sin olvidar, también, la herencia psicológica de los ascendientes inmediatos. El temperamento individual, expresión de condiciones orgánicas determinadas, influye en la constitución del carácter, como sostienen Fouillée y Manouvrier. Pero es innegable que sobre ese fondo de predisposición congénita actúan nuevos factores mesológicos, modificando la orientación del carácter e imprimiéndole tendencias nuevas; negarlo equivaldría a desconocer toda influencia a la educación y, en general, a la sugestión, que tiene tanta parte en la psicología de todo miembro de un agregado social.

Existen, en suma, _dos grupos fundamentales_ de factores determinantes en la psicología de los simuladores: los congénitos y los adquiridos. Según predominen los unos o los otros, tendremos los _simuladores natos_ y los _simuladores producidos por el medio_.

Los simuladores por predominio de tendencias congénitas se explican. En general, encontramos en todo característico un hombre de carácter o un anormal. Esto mismo se advierte en el simulador, combinado, en una proporción que varía de lo mínimo a lo máximo, con factores propios del ambiente. En favor de la existencia de este grupo abogan dos argumentos definitivamente aceptados en ciencia. La doctrina de la evolución ha establecido que los caracteres adquiridos por los individuos de cualquier especie animal, pueden transmitirse a sus descendientes si son ventajosos en la lucha. Y si, como venimos demostrando, la simulación es un medio útil en la lucha, es lógico admitir el carácter hereditario de la aptitud para la simulación. Los caracteres psicológicos se heredan lo mismo que los morfológicos: verdad indiscutida ya en psicología y cimentada por los excelentes estudios de Ribot y otros.

El segundo grupo está determinado por la adaptación del individuo a las influencias directas del medio en que vive. El ambiente, sin duda, acentúa o determina aptitudes especiales en ciertos sujetos, influencia facilitada por la predisposición mental de muchos de ellos, cuya deficiente síntesis psicológica los predispone a exagerar una de las facetas de su prisma en detrimento de las demás. Esa adaptación al ambiente, determinada por las condiciones de éste, puede, como hemos visto, transmitirse después por herencia.

Los individuos de los pueblos primitivos, cuya civilización es de tipo violento, tienden menos a la simulación que los de pueblos cuya civilización es de tipo fraudulento. En los primeros predominarán los hombres como Alejandro o Nerón; en los segundos, Maquiavelo o Bismarck.

Pero después de distinguir esas dos grandes ramas, complícase toda tentativa de clasificación; en general, las que se refieren a fenómenos psicológicos o sociales no pueden tener la precisión realizable en ciencias menos inexactas. Nos limitaremos, pues, a esbozar los tipos especiales de simuladores que es posible distinguir y aislar, gracias a su combinación con otros caracteres complementarios, reconociendo que estos grupos podrán ser completados o corregidos cuando observaciones mejores que las nuestras lo demuestren conveniente.

Concretando, puede afirmarse que los simuladores característicos llegan a serlo bajo la influencia de tres órdenes de causas que provocan, acentúan o extreman el pequeño coeficiente de simulación que todos tenemos en nuestro carácter.