La simulación en la lucha por la vida
Part 13
No discutiremos las desventajas que el incremento de la solidaridad social puede tener para la selección humana; mientras multitudes laboriosas y fecundas carecen de lo necesario, duele ver que los manicomios, las cárceles y los asilos entretienen la cómoda holgazanería de seres improductivos, cuando no perjudiciales. Es el eterno problema de la lucha contra el parasitismo social de los degenerados, frente al de la justa protección a las clases trabajadoras; un cultor de la frase podría decir que se degenera a las masas mediante la miseria, para darse luego el lujo de mantenerlas en ocioso parasitismo. Sergi, en "Las degeneraciones humanas", ha dedicado un bello capítulo al estudio de la supervivencia de los débiles y de los inferiores; Nietzsche la fustigó acremente, invocando contra ella el mejoramiento selectivo de la especie humana.
También pasaremos por alto la dilucidación de otro problema que, si debiera ser cuidadosa, requeriría, como la anterior, un volumen aparte. La piedad y la solidaridad con los enfermos, traducidas en ventajas reales que la sociedad les brinda en la lucha por la vida, expresan nuevas formas evolutivas del utilitarismo individual; la máxima galilea "haz a otros lo que quisieras fuera hecho contigo mismo" es altamente utilitaria; aunque atenúa la lucha por la vida, no está en contradicción con ella, pues representa la mejor forma de asociación para la lucha. Comprobaríase, una vez más, que el altruísmo, lejos de ser antagonista del individualismo, es su forma superior y más socializada; corresponde a formas asociativas de lucha por la vida, que, en definitiva, son las más ventajosas para los individuos.
En rigor podríamos ver que la simulación de enfermedades es paralela a la evolución de la lucha por la vida entre los hombres. A medida que esta lucha se atenúa, por el desarrollo de los sentimientos altruístas de piedad, la simulación de estados patológicos presenta mayor ventaja y tiende a generalizarse.
El estudio de la cuestión bajo esta nueva fase merece tentar a los que han acumulado datos clínicos y médico-legales sobre las enfermedades simuladas; hay una rica veta de observaciones psicológicas y sociales que no han sabido descubrir los autores, demasiado médicos, que han tratado esa materia. Diríase que el hábito ha restringido su campo visual al círculo estrecho de las preocupaciones clínicas.
Antes de terminar digamos dos palabras sobre otra cuestión, nacida también del sentimiento de piedad, cuyo protagonista suele ser el médico. Hay formas de rutina profesional que perjudican seriamente a la sociedad. Cuando el médico, llevado por su piedad, prolonga por días o minutos el dolor de un enfermo incurable, realiza una crueldad nociva; procede en armonía con sus sentimientos, propios del ambiente, recibidos por la herencia y disciplinados por la educación; pero en realidad cumple una misión inhumanitaria. La función social de la medicina debiera ser la defensa biológica de la especie humana, orientada con fines selectivos, tendiendo a la conservación de los caracteres superiores de la especie y a la extinción agradable de los incurables y los degenerados; se evitaría con ello el desperdicio de fuerzas requerido por el parasitismo social de los inferiores, alejando, a la vez, la posible transmisión hereditaria de caracteres inútiles o perjudiciales para la evolución de la especie. Pero este problema sólo puede señalarse, por ahora, en el orden teórico. Acaso los hombres del porvenir, educando sus sentimientos dentro de una moral que refleje los verdaderos intereses de la especie, puedan tender hacia una medicina superior, selectiva; el sereno cálculo desvanecería una falsa educación sentimental, que contribuye a la conservación de los degenerados con serios perjuicios para la especie[10].
II.--DIFUSIÓN DE ESTAS SIMULACIONES
Las simulaciones de estados patológicos ofrecen vasto campo de observación y de estudio. Así como es fácil encontrar en el mundo biológico los primeros ejemplos de simulación en general, también se encuentran los de enfermedades simuladas. El hecho se explica, puesto que entre las especies animales aparece el principio de asociación para la lucha, originando el sentimiento de solidaridad; por eso, en los animales que se asocian pueden encontrarse enfermedades simuladas.
Los animales asociados con el hombre, adaptados a la domesticidad, simulan con frecuencia estados patológicos. Poseímos un perrito muy inteligente que recurría con frecuencia a la astucia. Enfermó en cierta ocasión y le regalamos de golosinas; curado de su pasajera dolencia, dos meses más tarde, viendo un plato con dulce de leche, el astuto animal simuló estar enfermo; echóse en un rincón llorando enternecedoramente. Nadie sospechaba el motivo de su repentina enfermedad; el dulce fué comido sin darle participación alguna. Pocos momentos después el animal curó de su fingida dolencia, resignándose, apresuradamente, a lamer los platos pringosos de dulce.
Entre los hombres de campo los hay muy hábiles para reconocer las enfermedades simuladas por los animales. Todos hemos visto caballos que se fingen enfermos antes de ser atados; después de estarlo desisten de su simulación, trabajando sin inconvenientes.
Es harto conocido el ejemplo del pato que arrastra el ala al volar, simulando estar herido, con el propósito de defender su nido mediante esa estratagema. Al estudiar las simulaciones en el mundo biológico, hemos recordado que muchos insectos, viéndose amenazados, fingen estar muertos. Cuando niños, todos pasamos emocionantes momentos contemplando las luchas entre el gato y el ratón; este último suele simular estar mal herido o moribundo para intentar la fuga en momento inesperado. Recorriendo los libros de Romanes, Wallace, Cuénot y otros, podría coleccionarse una larga serie de ejemplos de simulación de enfermedades en los animales.
En los hombres son frecuentísimas; en todos los idiomas y dialectos existen modismos o vocablos especiales para expresarlas. En la jerga popular mil frases lo revelan, y algunas de ellas están generalizadas entre las personas cultas.
No se crea que el fenómeno es moderno. Basta abrir el Génesis para encontrar a Raquel simulando estar indispuesta para no levantarse de la cama donde tiene escondidos ciertos ídolos robados; en otra parte, en el Libro de los Reyes, encontramos a David simulando haber perdido la razón para sustraerse a las iras de Saúl; y en otro pasaje de ese libro pornográfico que se llama la Santa Biblia, Amnón, hijo de David, simula estar enfermo para guardar cama y desahogar su amor incestuoso con su propia hermana Tamar.
Es seguro que antes de los tiempos a que la Biblia se refiere existían enfermedades simuladas. Como observa Tomellini, el hombre debió concebir esta forma de simulación al observar por vez primera que ante el quejumbroso ¡ay! del enfermo sus semejantes le rodeaban de atenciones cuidadosas, eximiéndole de ciertos deberes fundamentales que la lucha por la vida impone. Sin engolfarnos en el análisis de las formas que debió revestir este fenómeno a través de la historia, limitémonos a decir que donde hay asociación en la lucha y sentimientos de solidaridad social, algunos sujetos astutos simulan estar enfermos para explotar esos sentimientos.
En un epigrama de Marcial encontramos la historia picaresca de Celio, que simulaba estar enfermo de gota para no cumplir ciertas obligaciones de la vida cortesana; pero con tan mala suerte que a fuerza de fingir la enfermedad acabó por contraerla de veras. Apiano cuenta de un tal que para esquivar persecuciones se fingía ciego, no sospechando que al quitarse el emplasto se encontraría realmente privado de la vista; y Plinio, para probar la fuerza de la imaginación, refiere de un sujeto que soñó estar ciego y despertó privado de la vista. No son raros los hechos de este género; Montaigne, en sus ensayos (Libro II, Cap. XXV), aconsejó "de ne contrefaire le malade", por ser peligroso para el simulador.
Es seguro que en ciertas épocas de mayor relajación moral se ha difundido extraordinariamente la costumbre de simular enfermedades. Casos hay de ella en la mitología y Ulises se valió muchas veces de este recurso para salir de aprietos. En la edad media esta clase de superchería llegó a ser epidémica; bástenos recordar la famosa "Cour des Miracles", donde se reunían todos los mendigos, pícaros y trapizondistas del viejo París. La novela picaresca española es una verdadera enciclopedia de simulaciones y difícil es encontrar un sólo relato en que no aparezca un falso mendigo que simule enfermedades para explotar la credulidad del prójimo.
Son muchísimos, sin duda, los acontecimientos históricos de importancia en que la simulación por parte de altos personajes juega un papel principal; Boisseau indica varios; otros son recordados en el diccionario de medicina de Dechambre y algunos en los demás autores. Pero no es nuestra tarea repetir sus datos ni investigar otros nuevos; Ésa es obra paciente de cronistas.
Sólo agregaremos que la disimulación de las enfermedades responde siempre al propósito general de todas las simulaciones: el fin es adaptarse en el sentido de las menores resistencias. La simulación de la enfermedad es, precisamente, una disimulación de la salud, y viceversa. Simúlase la enfermedad cuando ella ofrece ventaja sobre la salud; se simula ésta cuando la enfermedad coloca al sujeto en condiciones desfavorables que conviene ocultar.
III.--OBJETIVO UNIFORME DE SUS DIVERSAS FORMAS
Desde el punto de vista médico-legal la simulación de enfermedades comprende fenómenos muy diversos. Slocker los especifica como sigue: _Simular_ una enfermedad es fingir las manifestaciones comunes del proceso simulado; disimularla es ocultar las manifestaciones sintomáticas con que la enfermedad real perturba las funciones biológicas; _pretextarla_ es referir las manifestaciones patológicas, procurando demostrarlas incompatibles con determinadas funciones; _provocarla_ es ponerse en las condiciones necesarias para alterar una o varias funciones normales; _exagerarla_ es presentar con mayor intensidad los síntomas clínicos de la enfermedad existente. Así fijados esos conceptos parciales, dedúcese claramente que todos entran en el concepto genérico de la _simulación_. Disimular es simular el estado fisiológico; pretextar es simular la incompatibilidad entre una enfermedad y el cumplimiento de una obligación; provocar es simular que han sido espontáneas las condiciones determinantes de la enfermedad; y, finalmente, exagerar es simular manifestaciones patológicas mayores que las existentes.
Por lo dicho, agrega el mismo Slocker, desde el punto de vista médico-legal, las determinaciones periciales o simplemente diagnósticas han de referirse a cada uno de esos distintos aspectos de la simulación de enfermedades. Su estudio debe proponerse: 1.º. Determinar si un individuo está enfermo o finge estarlo, o bien si es verdadero el defecto físico que presenta; 2.º. Determinar si un individuo, que dice estar sano, oculta alguna enfermedad o defecto físico; 3.º. Determinar el fondo de incompatibilidad que la enfermedad alegada puede tener para las funciones que debe desempeñar el individuo afectado; 4.º. Determinar si una enfermedad, lesión o defecto físico, han sido provocados.
En la práctica médico-legal algunas simulaciones de estados patológicos tienen interés especial. Fuera de la simulación de la locura, que dilucidaremos extensamente, el médico legista suele encontrar simulación de lesiones, de embarazo, de neurosis traumáticas, de estupro, de impotencia, de suicidio, etc., etc. Todos esos casos pueden revestir un alto interés penal o civil, habiéndose determinado para cada uno de ellos normas especiales que permiten, casi siempre, desenmascarar a los simuladores.
IV.--PRINCIPALES ASPECTOS CLÍNICOS
Pertenece a los tratados especiales el estudio clínico de las enfermedades simuladas; muchos autores lo han realizado satisfactoriamente. Nuestras observaciones personales poco pueden agregar y su interés sería muy relativo.
En cambio, procuraremos encuadrarla dentro de principios generales, encarando el estudio de sus factores determinantes para hacer resaltar que su objetivo es obtener una ventaja en la lucha por la vida; señalaremos cuál es, en nuestro concepto, su evolución y cuál la profilaxia que puede suprimirlas.
Boisseau afirma que la realización de cualquier acto útil o de interés puede determinar un hecho de esta índole. Esta verdad general, concordante con nuestra ley, no debe interpretarse en un sentido absoluto, pues ciertos sujetos simulan, por causas patológicas o por temperamento, como vimos al analizar la psicología de los simuladores.
La simulación de enfermedades es frecuente entre los neurópatas, especialmente entre los histéricos; la imitación y la sugestión tienen en ellos primordial importancia. Hemos conocido un histérico cuyo anhelo supremo era que el médico se preocupara diariamente de él; vecino de cama de un sujeto afectado de parálisis espinal de Brown-Séquard, observó que este enfermo era objeto de cuidadoso examen diario; un día le vimos pasear por la sala arrastrando la pierna derecha, y al interrogarle nos manifestó que tenía insensible la pierna izquierda; observamos cuidadosamente su injustificada sintomatología, comprobando que el histérico simulaba las dolencias de su vecino para atraer la atención de los médicos. Un neurasténico simulaba vómitos y dificultades digestivas para obtener una dieta especial que se daba a otros pacientes.
Las causas varían al infinito. Una joven señora, a la que nada faltaba en su hogar, sentía necesidad de ser infiel a su marido; celoso éste, no la dejaba satisfacer sus inclinaciones. Ella, entonces, simuló estar afectada de histeria; el esposo, en presencia de sus ataques, cada vez más intensos, le permitió recorrer varios consultorios médicos, donde ella obtenía de los facultativos el único remedio compatible con su enfermedad. Otro falso enfermo ofreció el reverso de la medalla; era un joven ligado por vínculos de convivencia a una mujer que no amaba; faltándole valor para abandonarla sin justificación, fingióse enfermo, consultó al médico y le refirió ciertos datos que imponían el diagnóstico de una enfermedad vergonzosa. Provisto de las correspondientes recetas, inició un tratamiento de fricciones mercuriales y yoduro; la víctima del engaño se apresuró a averiguar para qué servía ese tratamiento y cuando lo supo le abandonó indignada. El simulador obtuvo así el éxito más completo.
En la forma parcial de agravación de los síntomas, la simulación de enfermedades es frecuentísima en los hospitales, donde los huéspedes quieren evitar que se les despida para no perder la pensión de la beneficencia pública. Enfermos curados, al despedírseles, simulan ser nuevamente atacados por la enfermedad o acusan la simple exageración de alguno de los síntomas. Quien haya asistido a una sala de hospital conoce la frecuencia de esos casos.
Otro falso enfermo recorría consultorios particulares exponiendo sus lamentaciones por imaginarias dolencias; cuando el médico había formulado la receta, el presunto enfermo se echaba a llorar y confesaba, con voz entrecortada por sollozos, que faltábale dinero para adquirir los medicamentos. El médico, por verdadera generosidad o por librarse del importuno, dábale la suma necesaria para la adquisición de los remedios. El dinero no terminaba en la farmacia, sino en la taberna, donde el simulador bebía a la salud de la credulidad médica.
En las prácticas de la justicia menuda es harto conocido y explotado el expediente de las enfermedades simuladas, ya para eludir citaciones del juez, ya para evitar un desalojo forzoso del domicilio. En algunos casos hay simple pretextación o alegación de enfermedad; otras veces, cuando el juez puede ordenar se verifique la verdad del padecimiento alegado, el supuesto enfermo se mete en cama, simulando ante el físico los síntomas de la enfermedad certificada por un médico amigo.
Una menor de edad presentóse ante la justicia de Buenos Aires exhibiendo lesiones que decía le causara su padre, para disuadirla de un noviazgo sentimental e inducirla a un matrimonio de conveniencia; el juez quitó al padre su patria potestad y autorizó el casamiento de la menor. Por vía extrajudicial se supo que las lesiones no se las había inferido el padre sino la misma menor, por consejo del novio. Pero ya estaban casados.
En la clínica de criminología del profesor De Veyga es frecuente ver individuos que se presentan a los médicos simulando enfermedades diversas; su propósito es ser enviados a un hospital para sanar allí en seguida y recuperar inmediatamente la libertad. Otros, afectados por enfermedades crónicas, reumatismos, gota militar, tuberculosis, se limitan a simular una exacerbación de los síntomas o una crisis aguda de su mal.
Los casos enunciados dan una idea de la innumerable diversidad de causas que pueden motivar la simulación de estados patológicos y del variado aspecto clínico que ella puede revestir. Pero tres son las formas notables, abarcando por sí solas la mayor parte de las cuestiones médico-legales.
La primera encuentra su origen en la aversión al servicio militar y es usual en los conscriptos que pretenden eludirlo; cuenta una bibliografía muy vasta y ofrece buen número de casos en la observación diaria. La segunda es la explotación de la beneficencia por falsos mendigos; aunque su aparición es antigua como la caridad misma, su bibliografía es corta y no sistemática. La tercera consiste en la simulación de enfermedades mentales con el propósito de eludir la acción de la justicia penal, siendo privilegio de los delincuentes que se encuentran procesados.
Analizaremos brevemente las dos primeras, limitándonos a dar su interpretación general mediante un criterio sociológico; lo único original que cabe a su respecto. De la tercera nos ocuparemos en la parte especial.
1.º. _Eludir el servicio militar._--Los estudios sociológicos demuestran que la fuerza brutal, colectivamente organizada, fué en los siglos pasados el medio más común de lucha por la vida entre las tribus, las naciones o las razas. En este hecho encuentra su origen el sentimiento patriótico: es la representación psicológica colectiva del sentimiento de solidaridad entre los miembros de un estado.
La organización progresiva de las instituciones militares tiene por objeto hacerlas más eficaces para sus fines. En esas condiciones es lógico que todos los miembros de una sociedad cooperen a la tarea colectiva de la guerra, cuando los intereses comunes lo exigen. Consecuencia de ello es el derecho de la sociedad para imponer a los individuos la obligación del servicio militar; se considera como un verdadero delito el acto antisocial de simular una enfermedad para eludir ese deber.
Así han nacido las disposiciones legales que castigan a los simuladores de estados patológicos, siendo su consecuencia el refinamiento de los medios empleados para descubrirlos.
Pero todas las instituciones evolucionan. A medida que los pueblos se civilizan, las formas de lucha por la vida se mortifican y los medios empleados en ella se transforman. Las nuevas formas de organización económica han elevado la capacidad productiva de los pueblos; la guerra militar para la conquista de las fuentes naturales de riqueza tiende a ser substituida por otra guerra económica que conquiste mercados para los excesos de producción. Por eso entre pueblos civilizados la guerra tenderá, cada día más, a ser una contradicción con la civilización misma; si aún es posible,--lo es, pues se produce,--débese a que las instituciones políticas no han evolucionado en armonía con el desenvolvimiento de la capacidad económica de la humanidad. Pero ya, al concepto de patria, como forma límite del sentimiento de solidaridad, los espíritus que escrutan el porvenir tienden a substituir el concepto de la solidaridad entre todos los países homogéneamente civilizados, ampliando el sentimiento patriótico con el de humanitarismo.
La difusión de esas ideas impone modificar el criterio médico-legal con que hasta nuestros días se ha encarado el problema de la simulación de enfermedades para eludir el servicio militar. Es justo, ciertamente, castigar esos hechos si se los considera como la transgresión de un deber social; pero no lo es menos que ese deber deja de serlo en algunos individuos, convencidos del carácter pernicioso de la guerra entre naciones civilizadas. No es sorprendente, pues, que viendo en el militarismo una causa de guerra y de despotismo, algunos hombres traten de eludir el servicio de las armas que riñe con sus más íntimos sentimientos. Hay factores altamente morales que justifican esa repulsión; el militarismo ha sido señalado como causa de injusticia y de opresión, contrario a toda justicia y derecho. Se ha dicho que es una escuela de asesinato colectivo e irresponsable; las investigaciones de A. Hamon sobre la "psicología del militar profesional" tienden a probar que en el ambiente del cuartel domina una moralidad baja y antisocial. Frente a la sociedad, que obliga legalmente al ciudadano a ser soldado, el hombre bueno y humanitario puede tener horror al cumplimiento de lo que no considera un deber, sino una coacción.
Esas razones morales inducen a pensar que la simulación de enfermedades en los conscriptos no cederá a los pobres recursos de los médicos militares, ni será eficazmente combatida por la coerción de leyes especiales. Los artificios inventados para descubrir a los simuladores son recursos explicables por la necesidad de servir a la ley; pero revelan desconocimiento de otros factores que mueven los sentimientos humanos y transforman las instituciones sociales.
No haremos inventario del arsenal de los médicos militares contra las enfermedades simuladas; ellos están expuestos a errores inhumanos y no evitan la injusticia de imponer el servicio militar, a quien lo considera inmoral. Por referencia de alguien que lo presenció, conocemos el caso siguiente: en una Sanidad Militar se aplicaron a un sordo-mudo verdadero ciento ochenta puntas de fuego, en varias sesiones, por sospecharse que fuera simulador.
Nosotros vemos la cuestión de otra manera. El militarismo, cumplida su evolución histórica, debe tender a atenuarse entre los pueblos civilizados, cuestión de años o de siglos. Esa atenuación será progresiva, restringiéndose el tiempo del servicio militar; de sus actuales formas permanentes pasará al fin a ser un agradable deporte cívico, como es ya en Suiza. De esa manera desaparecería la necesidad de simular enfermedades para eludirlo.
La verdadera profilaxia consistirá en el advenimiento de formas superiores de civilización, donde las luchas violentas sean reemplazadas por la competencia en el mercado de la producción y por nuevas normas jurídicas de las relaciones internacionales. Ésa es la única profilaxia; obra de lustros, de siglos, poco importa: los siglos son ínfimos espacios de tiempo en la evolución de la humanidad.
2.º. _Explotación de la beneficencia._--Diversas monografías, curiosas algunas, novelescas otras, han ilustrado este grupo de simulaciones, cuyo fin es la explotación de la caridad pública y privada. Víctor Hugo le dedica párrafos hermosos en su imperecedera "Notre-Dame de París".