La señorita de Trevelez: Farsa cómica en tres actos
Part 4
(~Los saca cogidos cariñosamente, a ella de una mano y a él de una oreja. Ella baja la cabeza risueña y ruborosa ocultando la cara tras el abanico; él aterrado, aunque tratando inútilmente de sonreír.~) ¡Venid, venid acá, picarillos irreflexivos, imprudentes!...
Flora
¡Ay, por Dios, Gonzalo!... ¡Cogiónos!
Gonz.
¡Aquí, en un rincón, y los dos solitos!...
Num.
Don Gonzalo, por Dios, yo neguéme, pero ella insistióme y complacíla, ¿qué iba a hacer?
Gonz.
(~Cambiando la fingida expresión de enfado por otra risueña.~) No, hombre, no, si lo comprendo. Los enamorados son como los pájaros; siempre buscando las frondas apartadas, los lugares silenciosos...
Flora
(~Muy digna.~) ¡Pero por Dios, Gonzalo; a pesar de la soledad no vayas a creer que nosotros!...
Num.
Yo aseguro a usted que ha sido una cosa meramente fortuita.
Gonz.
¿Fortuita?... Cállese el seductor.
Flora
¡Uy, seductor!...
Num.
Don Gonzalo, yo le juro...
Gonz.
Ahora, que yo confío, amigo Galán, en su caballerosidad, y espero que este tesoro encomendado a su hidalguía...
Num.
¡Por Dios!, ¿quiere usted enmudecer?... ¡Ni aunque nos sorprendiese usted en el Trópico!
Gonz.
Ya lo sé, ya lo sé... Y vaya, pase esto como una ligereza de chiquillos, y ahora que estamos los tres juntitos, venid acá, parejita feliz. Venid y decidme... ¿Sois muy dichosos, muy dichosos?... La verdad...
Num.
Hombre, don Gonzalo... yo...
Gonz.
No me diga usted más. (~A Flora.~) ¿Y tú?
Flora
Mucho, mucho, mucho. No hay paleta por muy paleta que sea que tenga colores suficientes para pintar mi felicidad.
Gonz.
¡Oh, qué feliz, qué venturoso me haceis!... ¡Ah, querido Galán, ya lo ve usted... en ese corazoncito ya no vivo yo solo! (~Con pena.~)
Flora
¡Por Dios, Gonzalo!
Gonz.
Sí. ¡Otro cariñito ha penetrado en él arteramente y apenas queda ya sitio para el pobre hermano!...
Num.
¡Hombre, don Gonzalo, yo sentiría que por mí!...
Gonz.
¡Ah, pero no me importa!... Ámela usted con este acendrado amor con que yo la amo, y si la veo dichosa me resignaré contento a la triste soledad en que voy a quedarme...
Num.
Don Gonzalo, por Dios; si le va a usted a servir esto de un disgusto tan grande... yo estoy dispuesto incluso a renunciar a...
Flora
¡Pero calla, por Dios!... ¿qué estás diciendo?... Si son tonterías de éste... Chocheces. ¡Egoísmos de viejo!...
Gonz.
Sí, sí... egoísmos. Pero, por Dios, riquita, no te enfades. Y ¡ea!... Perdonad a un hermano impertinente esta pequeña molestia... Y venga usted acá, querido Galán, venga usted acá... ¡Oh, amigo mío, ha elegido usted tarde, pero ha elegido usted bien!
Flora
Vamos, calla, por favor, Gonzalo.
Gonz.
Yo no digo que físicamente Florita sea una perfección, pero ¡es un conjunto tan armónico, tan sugestivo, tan atrayente!... Ni es alta, ni baja, ni rubia, ni morena... es más bien castaña... ¡pero qué castaña!... Y mirándola... cuántas... cuántas veces he recordado los versos del jocundo, del galante arcipreste de Hita.
«Cata, mujer fermosa, donosa e lozana, que non sea mucho luenga, otro si nin enana.»
Flora
Estatura regular, vamos. (~Alardeando de la suya.~)
Gonz.
«Que teña ojos grandes, fermosos, relucientes, e de luengas pestañas, bien claros e reyentes.»
Flora
(~Los abre mucho.~) Como por ejemplo...
Gonz.
«Las orejas pequeñas, delgadas. Para al mientes. Si ha el cuello alto, que a tal quieren las gentes. La nariz afilada...»
Flora
Bueno, eso...
Gonz.
«Los dientes menudillos, los labios de la boca bermejos, angostillos. La su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa. Puña de haber mujer que la veas deprisa, que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa e complida de hombros e con seno de peña, ancheta de caderas; esta es talla de dueña.»
(~Flora ha ido siguiendo el relato con gestos y actitudes que demuestran su identidad con los versos.~)
Flora
El señor arcipreste parece que me conocía de toda la vida.
Gonz.
¿Qué tal, qué tal el retratito?
Num.
Un verdadero calco.
Gonz.
(~A Flora.~) Y respecto a ti, vamos, que tampoco te llevas costal de paja.
Num.
Hombre, tanto como costal...
Flora
(~Riendo coquetonamente.~) ¡Y aunque fuera costal, cargaría con él!
Gonz.
(~Riendo.~) ¿Oyóla usted, afortunado Galán?...
Num.
Oíla, oíla...
Gonz.
Bueno; y ahora, como recuerdo de esta noche memorable, voy a hacerle a usted un regalito.
Num.
¡No, eso sí que no; regalitos de ninguna manera, don Gonzalo, por lo que más quiera usted en el mundo!
Gonz.
No, si no nos causa extorsión... Es un retablo gótico, estofado, siglo XVII, con un tríptico atribuído a Valdés Leal, nueve metros de altura por seis de ancho; una verdadera joya. Mande usted restaurar el estofado que es lo que está peor...
Num.
Claro, figúrese usted, un estofado de tantos siglos...
Gonz.
Y por tres mil pesetas...
Num.
Sí, bueno, pero tres mil pesetas por un estofado, comprenderá usted... Además, que es cosa a la que no he tenido nunca gran afición...
Gonz.
Entonces nada digo... Y ea, amigo Galán, adelántesenos usted; evitemos la maledicencia, que no nos vean llegar juntos. Les separo a ustedes, pero sólo unos minutos. No me guarde usted rencor.
Num.
No, no, quiá... ¡Cómo rencor!... ¡por Dios!... Aprovecharé para ir a la sala de billar.
Flora
Bueno; pero no tardes, ¿eh?
Num.
Descuida.
Flora
¡Como tardes, te escribo!
Num.
No, no, por Dios... Seguiréte raudo... ¡Adiós! ¡Maldita sea! ¡No sé a qué sabrá el ácido prúsico, pero esto es cincuenta veces peor! (~Vase izquierda.~)
ESCENA VII
FLORA y DON GONZALO
Gonz.
Habrás comprendido que, aun a trueque de enojarte, he alejado a Galán intencionadamente.
Flora
Figurémelo.
Gonz.
¿Te ha dicho al fin por qué le dió las dos punteras a Picavea?
Flora
¡Ay!, ni me he acordado de preguntárselo, ¿querrás creerlo?
Gonz.
¡Pero, mujer!...
Flora
¡No te extrañe, Gonzalo; el amor es tan egoísta!... Pero, ah, yo lo sospecho todo.
Gonz.
¿Qué sospechas?
Flora
Que Picavea y Galán se han ido a las manos; mejor dicho, se han ido a los pies por causa mía.
Gonz.
¿Será posible?
Flora
Como sabes que los dos me hacían el amor desde los balcones del Casino y he preferido a Galán, observo que Picavea está así como celoso, como sombrío, como despechado. No se aparta de Tito Guiloya. Los dos miran a Numeriano y se ríen. Y además, hace unos minutos he visto a Picavea en un rincón del jardín hablando misteriosamente con Solita.
Gonz.
¿Con tu doncella?
Flora
Con mi doncella. ¿Tratará de comprarla?
Gonz.
¿De comprarla qué?
Flora
De ganar su voluntad para que le ayude, quiero decir... Lo sospecho; porque al pasar por entre los evónivus, sin que me vieran, le oí decir a ella: «¡Pero por qué ha hecho usted eso, señorito; qué locura!» Y él la contestaba: «¡Por derrotar a Galán, haré hasta lo imposible; llegaré hasta la infamia, no lo dudes!»
Gonz.
¡Oh, qué iniquidad! ¿Pero has oído bien, Florita?
Flora
Relatélo según oílo, Gonzalo. Ni palabra más ni palabra menos. Yo estoy aterrada, porque en el fondo de todo esto veo palpitar un drama pasional.
Gonz.
Verdaderamente hemos debido alejar de nuestra casa a Picavea con cualquier pretexto.
Flora
Al menos no haberle invitado.
Gonz.
Sí, pero a mí me parecía incorrecto sin motivo alguno hacer una excepción en contra suya.
Flora
Sí, es verdad, pero, ¡ay, Gonzalo! No sé qué me temo. ¿Tramará algo en la sombra ese hombre?
Gonz.
No temas; descuida. Por todo cuanto has dicho, yo también sospecho que algo trama. Pero estaré vigilante y a la primera incorrección, ¡ay de él!
Flora
¡Por Dios, Gonzalo, efusión de sangre, no!
Gonz.
Descuida. Sé lo que me cumple. No le perderé de vista. (~Vase izquierda.~)
ESCENA VIII
DON MARCELINO, NUMERIANO, TITO, TORRIJA, PICAVEA y MANCHÓN, por el foro izquierda
Marc.
Oye, pero venid, venid en silencio... Venid acá... ¿pero es posible lo que decís?
Tito
Lo que oye usted, don Marcelino.
Pic.
¡Albricias! ¡Albricias, Galán! ¡Estás salvado!
Num.
Yo no lo creo, no me fío.
Tor.
Que sí, hombre, que se le ha ocurrido a este una solución ingeniosísima, formidable. ¡No puedes imaginártela!
Pic.
Prodigiosa, estupenda... Ya lo verás...
Man.
Y que lo acaba todo felizmente, sin que nadie sospeche que esto ha sido una broma.
Num.
(~A don Marcelino.~) ¿Será posible?
Marc.
Veamos de qué se trata.
Tito
Te advierto que es una cosa que requiere algún valor.
Num.
Sacadme de este conflicto en que me habéis metido, y Napoleón a mi lado es una señorita de compañía.
Marc.
Bueno; decid, decid pronto... ¿Qué es?
Pic.
Cuéntalo tú. Verán ustedes qué colosal.
Tito
Acercaos, no nos oigan. Es una cosa que tiene su asunto.
Num.
¿Asunto? (~Se agrupan con interés.~)
Tito
Se trata de representar un drama romántico. Decoración: este jardín; la noche, la luna... Argumento: Con cualquier motivo se procura que la señorita de Trevelez venga hacia aquí. Tras ella aparece Picavea...
Pic.
Aparezco yo...
Tito
Siguiendo solapado y cauteloso sus pasos leves.
Num.
Leves para vosotros, para mí de pronóstico. Adelante.
Tito
Picavea, apelando a un recurso cualquiera, denota su presencia. Ella, sorprendida al verle, dirá: «¡Ah! ¡Oh!», en fin, la exclamación que sea de su agrado, y entonces éste, con frase primero emocionada, luego vibrante y al fin trágica, le da a entender en una forma discreta, que hace tiempo que la ama de un modo ígneo. Como Florita le ha visto muchas veces en los balcones del Casino atisbando sus ventanas, caerá fácilmente en el engaño, como cayó contigo. Y una vez conseguido esto, Picavea se manifiesta francamente rival tuyo. Le dice que te confió el secreto de su amor y que tú te anticipaste, traicionándole, y a partir de esta acusación, te insulta, te injuria, te calumnia... En esto, surges tú de la enramada, como aparición trágica, lívido, descompuesto, con los ojos centelleantes, las manos crispadas, y te increpa, le vituperas, le agredes... Suena un ¡ay!... dos gritos, y éste te da a ti cuatro bofetadas...
Num.
¿Cuatro bofetadas a mí? Encima de...
Tito
Son indispensables.
Marc.
¿Pero no se podría hacer un reparto más proporcional?
Tito
No, porque las bofetadas han de dar lugar a un duelo, y el duelo es precisamente la clave de mi solución.
Num.
¿De modo que tras lo uno... lo otro?... (~Acción de pegar.~)
Marc.
Cállate... Sigue.
Tito
Galán, ofendido por la calumnia y por los golpes, le envía a este los padrinos; pero Picavea se niega en absoluto a batirse, alegando que éste, encima de robarle el amor de Florita, le quiere quitar la vida, y que él rendirá la vida a manos de Galán, pero el amor de Florita, no. Y en consecuencia, que impone como condición precisa para batirse que los dos han de renunciar a ella, sea cual fuere el resultado del lance.
Man.
¡Admirable!
Num.
¡Lo de renunciar yo, colosal!
Tito
Tú en seguida la escribes a tu prometida una carta heróica, diciendo que por no aparecer como un cobarde sacrificas tu inmenso amor, y al día siguiente se simula el duelo, y tú, fingiéndote herido, te estás en cama ocho días con una pierna vendada.
Num.
No, las piernas déjamelas libres por lo que pueda suceder.
Marc.
Sí, no metas las piernas en el argumento.
Tito
Las amigas consolarán a Florita, nosotros convenceremos a don Gonzalo para que vuelva a dedicarse a la aerostación y se distraiga, y _tuti contenti_. ¿Eh, qué tal?
Man.
¡Estupendo!
Num.
¿Qué le parece a usted, don Marcelino?
Marc.
Mal, hijo; ¿cómo quieres que me parezca?... Ahora, que como yo no veo solución ninguna, lo que me importa es que termine pronto el engaño de estas pobres personas, sea como sea. Haced lo que queráis. (~Vase izquierda.~)
Num.
Entonces, yo debo limitarme a salir cuando éste...
Man.
Tú vienes con nosotros, que ya te diremos.
Tito
¡Callad, Florita, Florita viene hacia aquí... y viene sola!...
Pic.
Como anillo al dedo. Pues no perdamos la ocasión. Cuanto antes mejor. ¿No os parece? Dejadme solo. Marchaos pronto.
Tor.
¡Que te portes como quien eres!
Pic.
Zacconi me envidiaría. ¡Ya me conoceis cuando me pongo lánguido y persuasivo!
Num.
¡Oye, y a ver cómo me das esas dos bofetadas que no me molesten mucho!
Pic.
¡Cuatro, cuatro!...
Tito
Por aquí... silencio. (~Vanse foro derecha. Picavea se oculta en el follaje.~)
ESCENA IX
PICAVEA y FLORITA, primera izquierda
Flora
(~Como buscándole.~) ¡Nume!... ¡Nume!... ¡No está! (~Llama otra vez.~) ¡Nume!... ¿Pero qué ha sido de ese hombre, si dijo que vendría en seguida?... ¿Estará acaso?... ¡Dios mío, cuando se ama ya no se vive! (~Llama de nuevo.~) ¡Nume!...
Pic.
(~Apareciendo.~) ¡Florita!
Flora
¡Ah!... ¿quién es?
Pic.
Soy yo.
Flora
(¡¡Él!!) ¡Picavea!... ¿usted?
Pic.
Soy yo que venía siguiéndola.
Flora
¿Siguiéndome?... ¡Qué extraño!... Pues... es la primera vez que no noto que me siguen...
Pic.
Es que he procurado recatarme todo lo posible.
Flora
¿Recatarse, por qué?
Pic.
Porque deseaba ardientemente una ocasión para poder hablar a solas con usted.
Flora
¿A solas conmigo?... (~Aparte.~) (¡Ay, lo que yo temíame!) ¿Y dice usted que a solas?...
Pic.
A solas, sí.
Flora
(~Con gran dignidad.~) Señor Picavea, usted no ignora que en mis actuales circunstancias yo no puedo hablar a solas con un hombre, sin infringirle un agravio a otro. Ya no dispongo de mi libre albedrío. Beso a usted la mano, como suele decirse. (~Hace una reverencia y se dispone a marchar.~)
Pic.
(~La coge la mano para retenerla.~) ¡Por Dios, Florita, un instante!...
Flora
He dicho que beso a usted la mano, conque suélteme usted la mano.
Pic.
Yo la ruego que me escuche una palabra, una sola palabra.
Flora
Si no es más que una, oiréla por cortesía. Hable.
Pic.
Florita, yo no ignoro su situación de usted, desgraciadamente.
Flora
¿Cómo desgraciadamente?
Pic.
Desgraciadamente, sí... no quito una letra. Y comprenderá usted que cuando ni el respeto a las circunstancias en que usted se halla ni el temor a ninguna otra clase de incidentes me detiene, muy grave y muy hondo debe ser lo que pretendo decirla.
Flora
(~Aparte.~) (¡Dios mío!) ¡Pero, Picavea!...
Pic.
¡Más bajo... pueden oírnos!
Flora
¡Ay, pero por Dios, Picavea!...
Pic.
¡Más bajo... pueden oírnos!
Flora
¡Ay, pero por Dios, Picavea!... Ese tono, esa emoción... Está usted pálido, tembloroso... Me asusta usted. ¿De qué se trata? Hable usted pronto... hable usted deprisa.
Pic.
¿Deprisa?
Flora
Deprisa, sí; me desagradaría que nos sorprendieran. Nume es muy celoso. Hable.
Pic.
Florita, ¿usted no ha observado nunca que yo, día tras día, me he estado asomando al gabinete de lectura del Casino, para mirar melancólicamente a sus ventanas?
Flora
¡Oh, Picavea!
Pic.
Conteste usted... diga usted.
Flora
Pues bien, sí, la verdad, lo he notado. Muchas veces le he visto a usted con una _Ilustración_ muy deteriorada en la mano, hojeando las viñetas y soslayando de vez en vez la mirada hacia mi casa; pero yo atribuílo a mera curiosidad.
Pic.
¿De modo que no ha caído usted en el verdadero motivo?
Flora
No; yo me asomaba a la ventana, pero no caía.
Pic.
Pues ha debido usted caer.
Flora
¡Picavea!
Pic.
Ha debido usted caer. El poema de las miradas saben leerlo todas las mujeres.
Flora
¡Oh, Dios mío!... ¿De modo, Picavea, que usted también?...
Pic.
¡Sí, Florita, sí... yo también la amo!
Flora
(¡Dios mío! ¿pero qué tendré yo de un mes a esta parte que cada hombre que miro es un torrezno?)
Pic.
(~Cogiéndola de la mano.~) Y si usted quisiera, Florita, si usted quisiera, todavía...
Flora
(~Tratando de desasirse.~) ¡Ay, no!, por Dios, Picavea, suélteme usted; suélteme usted, por compasión, que no me pertenezco.
Pic.
¿Y qué me importa?
Flora
Suélteme usted, por Dios... Repare usted que aún no estoy casada.
Pic.
Sí, es verdad. No sé lo que hago. Usted perdone.
Flora
(¡Pobrecillo!) (~Alto.~) ¡Pero oiga usted, Picavea, por Dios!... ¿Usted por qué ha de amarme?... No tiene usted motivos...
Pic.
¡El amor no se escoge ni se calcula, Florita!
Flora
Olvídeme usted.
Pic.
No es posible.
Flora
Acepte usted una amistad cordial. No puedo ofrecerle más. Déjeme usted ser dichosa con Galán; le quiero. Es mi primer amor, mi único amor, y por nada del mundo dejaríale.
Pic.
(Esta señora es un Vesubio ambulante. Tengo que apretar.) (~Alto.~) ¿De modo, Florita, que no aborrecería usted a ese hombre de ninguna manera?
Flora
Ni aunque me dijesen que era Pasos Largos, ya ve usted.
Pic.
¿Y si fuera tan miserable que hubiese jugado con su amor de usted?...
Flora
¡Oh, eso no es posible!... (~Sonriendo.~) ¡Pero si no vive más que para mí!... ¡Si no ve más que por mis ojos!... ¿Lo sabré yo?
Pic.
Bueno, pero si a pesar de todo a usted le probaran que ese hombre había jugado vilmente con su corazón, ¿qué haría?
Flora
¡Oh, entonces mataríale, mataríale, sí, lo juro!
Pic.
Pues bien, Florita, lo que va usted a oir es muy cruel, pero hace falta que yo lo diga y que usted lo sepa. Galán no es digno del amor de usted.
Flora
(~Aterrada.~) ¡Picavea!
Pic.
¡Galán es un miserable!
Flora
¡Jesús! ¿Pero qué está usted diciendo? ¡Miente usted! ¡El despecho, la envidia, los celos, le hacen hablar así!...
Pic.
¡No, no; es un bandido, porque yo le confié el amor que usted me inspiraba y se me adelantó como un miserable!
Flora
¡Pero eso no puede ser! ¡Sería horrible!
Pic.
Además, ese hombre es un criminal que no merece su cariño, porque sépalo de una vez... ¡Ese hombre tiene cuatro hijos con otra mujer!
Flora
(~Aterrada, enloquecida.~) ¡¡Ah!!... ¡¡Oh!!... ¡Cuatro hijos!... ¡Falso, eso es falso! ¡Pruebas, pruebas!
Pic.
Sí, lo probaré. Traeré los cuatro hijos si hace falta. Esa mujer se llama Segunda Martínez.
Flora
¡¡Oh, cuatro hijos de Segunda!!
Pic.
Vive en Madrid, Jacometrezo, 92. Galán es un canalla. Yo lo sostengo. (~Picavea hace señas con la mano para que salga Galán.~)
ESCENA X
DICHOS, DON GONZALO. Después GALÁN, TORRIJA, GUILOYA y MANCHÓN. Luego DON MARCELINO.
~Don Gonzalo sale cautelosamente y cae de un modo fiero y terrible sobre Picavea, cogiéndole por el pescuezo.~
Gonz.
¡Ah, granuja! ¡Te has vendido!
Pic.
(~Trémulo de horror.~) ¡¡Don Gonzalo!!
Flora
¡Por Dios, Gonzalo! ¡No le mates!
Gonz.
Lo que sospechábamos... ¿Lo ves? ¿Lo estás viendo?
Pic.
Pero don Gonzalo, por Dios, que yo...
Gonz.
¡Silencio o te ahogo, miserable!
Flora
¡Ay, Gonzalo, cálmate!
Gonz.
¡Quieres con tus calumnias destrozar la felicidad de dos almas, pero no te vale, reptil! Te hemos descubierto el juego.
Pic.
¡Don Gonzalo, que yo no he dicho... que no era eso!... ¡Ay, que me ahoga!
Gonz.
¡Baja la voz, canalla, y escúchame! No mereces honores de caballero, pero yo no puedo prescindir de mi noble condición. Mañana te mataré en duelo.
Flora
¡Ay, no, Gonzalo!
Pic.
No, don Gonzalo, eso sí que no... en duelo no, que yo soy inocente.
Gonz.
Te mataré como un perro; y ahora a la calle, en silencio, sin escándalo, sin ruido... que no se entere nadie... (~Se lo lleva hacia la izquierda.~)
Pic.
¡Pero don Gonzalo!
Gonz.
(~Dándole un puntapié.~) ¡Largo de aquí, calumniador!...
Pic.
¡Pero atiéndame usted!
Gonz.
¡A la calle!... Ni una palabra más.
(~Picavea vase despavorido primera izquierda.~)
Num.
(~Saliendo aterrado.~) Pero don Gonzalo, ¿qué es esto? ¿Qué pasa? (~Le siguen Torrija, Guiloya y Manchón.~) ¡Está usted lívido!
Flora
¡Ay, Nume, Nume!... (~Se acerca a él.~)
Marc.
(~Saliendo.~) ¿Qué sucede? ¿Qué ha ocurrido?
Gonz.
Nada, nada, que voy a matar a un calumniador, nada más. Ya lo explicaré todo. Ahora basta que diga delante de todos que mi hermana es para usted. Esto nadie tendrá poder para impedirlo. Y ahora, como desagravio, un abrazo, Galán, un fuerte y fraternal abrazo.
Num.
¡Don Gonzalo!... (~Cae desfallecido en sus brazos.~)
Gonz.
(~Mirándole.~) ¿Pero qué es esto? ¡Esa inercia!... ¡Esa palidez!... (~Sacudiéndole.~) ¡Galán!... ¡Galán!... ¡Se ha desvanecido!
Flora
Nume, Nume... ¡Ay, que no me oye!... (~Sacudiéndole.~) Nume, escucha... Nume, mira...
Gonz.
¿Pero qué será esto?
Marc.
La emoción, la sorpresa, el disgusto quizá... Hacedle aire...
Flora
¡Llevémosle a la cama!...
Num.
(~Recobrándose súbitamente.~) No. Nada, nada... ya se me pasa; no es nada. El sombrero, el bastón... Esto se me pasa a mí corriendo... vamos, a escape, quiero decir... El sombrero, el bastón.
Gonz.
De ninguna manera. Usted no sale de esta casa. Va usted a tomar un poco de éter. A mi cuarto, a mi cuarto. Y por Dios, señores... Confío en su discreción. Ni una palabra de todo esto... Silencio, silencio... (~Don Gonzalo y Florita se llevan a Galán por la izquierda.~)
Marc.
(~A los guasones que quedan aterrados.~) ¡Picavea ha subido al cielo!
(~Telón.~)
FIN DEL ACTO SEGUNDO
[Ilustración]
ACTO TERCERO
~Cuarto gimnasio en casa de don Gonzalo. Puertas practicables en primer término izquierda y segundo derecha. Un balcón grande al foro. Por la escena aparatos de gimnasia: escaleras, pesas, poleas, en la pared panoplias con armas y caretas de esgrima, y por el suelo una tira de linoleum y una colchoneta. Cerca del foro un «funchimbool» prendido del techo y del suelo. A la izquierda una mesita con una botella de agua y dos vasos. En primer término izquierda mesa, y encima algunos libros, periódicos, escribanía, carpeta, papel, caja con cigarros, etc., etc. En segundo término izquierda un bargueño, y en uno de sus cajones un revólver. Junto a las paredes, divanes; en la pared del primer término derecha una percha con dos toallas grandes. Sillas y sillón de cuero. Es de día. En el balcón, una gran cortina.~
ESCENA PRIMERA
DON GONZALO y DON ARÍSTIDES
~Aparecen los dos en traje de esgrima con las caretas de sable puestas. Don Arístides da a don Gonzalo una lección de duelo.~
Arís.
Marchar, marchar.—Encima.—En guardia. (~Don Gonzalo va ejecutando todos estos movimientos de esgrima que el profesor le manda.~) Marchar.—Batir bajo.—Otra vez.—Uno, dos.—Una, dos, tres.—Marchar.—Finta de estocada y encima.—En guardia.—Romper.—Romper. (~La segunda vez que don Gonzalo retrocede obedeciendo la voz de mando del profesor, tropieza con la mesita que habrá al foro y derriba los cacharros que habrá en ella.~) Pero no tanto.
Gonz.
¡Demonio, qué contrariedad! En fin, adelante.
Arís.
Marchar cambiando. Estocada. Encima. Otra vez pare y conteste. Otra vez. Batir. Revés. Pequeño descanso. (~Se quita la careta.~)
Gonz.
(~Quitándosela también.~) ¿Y cómo me encuentra usted, amigo Arístides?
Arís.
¿A qué hora es el duelo?
Gonz.
A las seis de la tarde.
Arís.
Se merienda usted al adversario. Seguro.
Gonz.
¿Estoy fuerte?
Arís.
Superabundantemente fuerte. Pétreo.
Gonz.
Picavea creo que no tira.
Arís.
Ni enganchado. Si se pueden emplear en estos lances los términos taurinos, diré a usted que en la corridita de esta tarde, más bien becerrada—por lo que al adversario se refiere,—se viene usted a su casa con una ovación y una oreja... más las dos suyas, naturalmente.
Gonz.
Pues a mí me habían dicho que Picavea, en cuestión de sable, era un practicón.
Arís.
Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero ahora... ¿lo sabré yo, que he sido su maestro?...
Gonz.
En fin, ¿reanudamos?
Arís.
Vamos allá. (~Requieren las armas y vuelven a la lección.~) Finta de estocada marchando.—Encima.—Romper.—Uno, dos.—Marchar.—Dos llamadas.
Gonz.
Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos cacharros. (~Hace que toca un timbre.~)
Arís.
En guardia.—Uno, dos.—Marchar.—Revés.—Romper.—Encima, pare y conteste.—Marchar.—Batir.—Salto atrás.
Criado
¡Señor!
(~No le hacen caso.~)
Arís.
Marchar.—A ver cómo se para, vivo...
(~Comienza un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.~)
Criado
(~Vuelve a acercarse temeroso.~) Señor... (~Siguen el asalto, avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en peligro, se pone una careta de esgrima y se acerca decididamente.~) Señor...
Gonz.
¿Qué quieres, hombre?
Criado
No, yo es que como me ha llamado el señor...
Gonz.