La sagaz princesa

Chapter 2

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Como es de suponer, Cauteloso pasó mala noche: la llegada del nuevo día no mejoro en nada su posición. Hallábase en las profundidades de una fétida caverna, cuyos horrores no podía apreciar, por falta de luz: la salida era poco menos que imposible. A fuerza de andar de un lado a otro con la energía de la desesperación, encontró por fin el desagüe del albañal que daba sobre un río situado bastante lejos del castillo, y comenzó a gritar desesperadamente. Oyéndole unos pescadores y le sacaron del agua en tal lastimoso estado que daba compasión verle.

Hizo que le trasladasen a la corte del rey su padre, donde a fuerza de tiempo y de exquisitos cuidados logro curar del susto y de las contusiones. Inspirole aquella aventura odio tan inmenso contra Picarilla que solo pensaba en convalecer completamente para vengarse de tamaña ofensa.

Entre tanto, la virtuosa princesa para quien el buen nombre y la gloria de su familia eran prendas más caras que su propia existencia, pasaba ratos amarguísimos: la vergonzosa debilidad de sus hermanas le causaba pena y desesperación profundas. Aún debía recibir un nuevo y rudo golpe: la salud de Habladora y Perezosa empezó a alertarse de resultados de su unión con el indigno príncipe.

Lo ocurrido en la torre aumento la natural infamia y detestables inclinaciones de Cauteloso. Ni el recuerdo del albañal, ni el de las magulladuras recibidas le causaba tanta rabia como el de haber encontrado una persona mas astuta que él. Preveía las consecuencias de sus dos casamientos, e hizo que llevasen bajo las ventanas del castillo grandes cajones con hermosos árboles cargados de fruta. Perezosa y Habladora, que vieron pronto la golosina, entraron en ganas de comerla y persiguieron con sus reiteradas instancias a su hermana para que bajase en la canastilla. Tanto la dijeron, que al fin se decidió a complacerlas: descendió hasta la copa de los árboles, y poco después las dos princesas devoraban con avidez exquisitas y sabrosas frutas.

Al día siguiente aparecieron nuevas cajas con árboles de otra especie: las princesas volvieron a experimentar el mismo antojo, y Picarilla volvió a bajar. Pero los emisarios de Cauteloso, que el primer día habían errado el golpe, salieron precipitadamente del escondite y se apoderaron de la princesa.

Sus pobres hermanas se mesaban los cabellos con desesperación. Los esbirros del infame príncipe condujeron a Picarilla a una casa de campo, a donde Cautelosos había ido a restablecerse. Cuando la vio entrar no pudo contener su feroz alegría, y la dirigió brutales insultos, a los que ella respondió con una enteraza de alma digna de heroína. Después de haberla tenido prisionera durante algunos días, ordeno que la llevasen a la cumbre de una elevada montaña, a donde fue el mismo así que los esbirros hubieron ejecutado sus órdenes. Ya allí, anuncio a Picarilla que iban a matarla de una manera que le vengase con usura de la caída en el albañal.

El Peredo príncipe la enseño un tonel erizado interiormente de puntas de acero y clavos retorcidos, y añadió, que, para castigarla como merecía, la meterían dentro y la echarían a rodar por la montaña abajo. Picarilla, aunque no era romana, permaneció tan impasible a la vista de aquel suplicio, como lo estuvo Regulus en presencia de una tortura semejante; su valor y sangre fría no decayeron ni por un momento.

En vez de admirar su carácter heroico, sintió Cauteloso recobrar su rabia, y no pensó sino en apresurar la muerte de la victima. Con este fin se inclino al borde del tonel preparado a su venganza, para examinar si las paredes estaban bien guarnecidas de instrumentos de tortura. Picarilla aprovecho el instante en que su perseguidor parecía absorto en su contemplación diabólica, y con la rapidez del rayo, le precipito dentro, le echo a rodar por la vertiente de la montaña, sin que el príncipe tuviera tiempo de resistirse, y en seguida huyo precipitadamente.

Los satélites de Cauteloso, que habían visto con disgusto y repugnancia la manera bárbara y cruel como su amo quería tratar a la hermosa y amable joven, no pensaban en perseguirla. Además, se hallaban tan asustados del accidente ocurrido al príncipe, que a todos les falto tiempo para arrojarse a detener la mortífera cuba; sus esfuerzos fueron inútiles: el tonel no paro hasta llegar al valle, y allí sacaron al príncipe cubierto de sangre y hecho una verdadera llaga desde los pies a la cabeza.

La desgracia ocurrida a Cauteloso causo gran sentimiento al rey Muy Benigno y al príncipe Perfectísimo. En cuanto a los pueblo, lejos de sentirlo, se alegraron, porque Cauteloso era aborrecido de todos: nadie comprendía como su joven hermano, cuyos sentimientos eran tan nobles, podía vivir con el y amarle. Pero el carácter de Perfectísimo era excesivamente bueno, y esta bondad natural le obligaba a querer con la mayor ternura a todos los miembros de su familia. Además, el astuto Cauteloso había tenido siempre sumo cuidado en manifestarle gran afecto, y aquel magnánimo príncipe no podía menos de corresponder a un cariño con apariencias de sincero. Perfectísimo experimento un dolor inmenso al tener noticia de las heridas que había recibido su hermano, y consagro sus desvelos a asistirle con el mismo afán que lo hubiera hecho una madre cariñosa; pero a pesar de sus tiernos cuidados, las heridas de Cauteloso se enconaban cada vez mas, y le producían atroces sufrimientos.

Así que Picarilla se vio libre se apresuró a volver junto a sus hermanas. No paso mucho tiempo sin que nuevos pesares martirizasen el corazón de la joven. Las dos princesas dieron a luz un niño cada una, y dejo a la consideración de los lectores cual no sería el apuro de la pobre Picarilla en tan críticas circunstancias. Sacó sin embargo, fuerzas de flaqueza, y el deseo de ocultar la deshonra de sus hermanas, la hizo resolverse a arrostrar nuevos peligros. A fin de que el plan que había imaginado tuviese buen éxito, adopto cuantas medidas puede inspirar la mas exquisita prudencia: disfrazase de hombre, encerró los dos niños en dos cajas, en cuya tapadera hizo algunos agujeros para que pudiesen respirar, coloco las cajas sobre un caballo – confundidas con algunas de la misma forma – y provista de este equipaje, tomo el camino de la ciudad que servía de corte al rey Muy Benigno, y en la cual se hallaba Cauteloso.

Cuando Picarilla entro en la población, supo que la magnificencia con que el príncipe Perfectísimo retribuía los servicios médicos se aplicaban a su hermano, había atraído hacia la corte a casi todos los charlatanes de Europa, que no eran pocos; pues en la época de nuestra historia había gran numero de aventureros, sin oficio ni beneficio, que se hacían pasar por hombre sabios y aseguraban que poseían el secreto de curar todas las enfermedades. Aquella empírica falange cuya única ciencia consistía en engañar al próximo con el mayor descaro, encontraba siempre, gracias a su extraordinaria gravedad y a lo exótico de los nombres de sus individuos, crédulo que dieran fe a sus mentiras. Semejante clase de médicos no permanecen nunca en el ligar donde vieron la luz, son que emigran a países lejanos, con lo que adquieren la cualidad de ser extranjeros que es para el vulgo una eficaz recomendación. Informada de todo esto la ingeniosa princesa, se bautizo a si misma con el nombre de Sanatio, e izo anunciar por todos los ámbitos de la población que acababa de llegar con maravillosos y eficacísimos secretos para curar las heridas mas peligrosas y enconadas. No se necesitaba tanto para que Perfectísimo enviase a buscar al pretendido Galeno. Picarilla acudió al llamamiento y gesticulando con gravedad y pronunciando algunas palabras de obscura significación, desempeño a las mil maravillas el papel de medico empírico. Agradablemente sorprendieron a la princesa el simpático rostro y los finos modales de Perfectísimo.

Después de conversar con él por espacio de rato acerca de las heridas de Cauteloso, le dijo que había olvidado en su domicilio una botella de agua incomparable por sus salutíferos efectos y que iba a buscarla. Fuese y dejo allí las cajas que ya conocemos asegurando que contenían excelentes bálsamos para la cura de las heridas.

Excusado es decir que el pretendido medico no volvió a parecer. Impacientes por su tardanza, iban a llamarle de nuevo, cuando resonaron débiles gritos de niño en el cuarto de Cauteloso. Pronto averiguaron que los gritos salían de las misteriosas cajas.

Los que así gritaban eran los sobrinos de Picarilla. La sagaz princesa había hecho que los alimentasen bien antes de llevarlos a palacio; pero con el tiempo los pobrecitos volvieron a tener hambre y manifestaron la necesidad de su estomago con débiles lamentos. Abiertas las cajas, quedaron los circunstantes sorprendidos. Cauteloso comprendió que el regalo venia de la sagaz Picarilla y fue tal su rabia, que se le empeoraron mucho las heredad y ya no hubo ninguna esperanza de salvarle.

El pesar de Perfectísimo creció de punto. Cauteloso, pérfido aun a las puertas de la muerte, quiso abusar de su ternura y de su dolor: - Príncipe – le dijo – si no hubiera tenido durante mi vida mil pruebas de tu amistas, me bastaría para creer en tu acendrado cariño el sentimiento que te causa mi perdida. Voy a morir, hermano mío, como último testimonio de tu buen afecto, prométeme que no me negaras lo que voy a pedirte.

Incapaz el buen príncipe de negar nada a su hermano, le prometió bajo la fe de los más terribles juramentos concederle cuanto le pidiese. Cauteloso después de abrazarle tiernamente respondió:

- ¡Gracias, hermano mío! Al fin muero con el consuelo de que seré vengado. La súplica que tengo que hacerte es que, así que yo muera, pidas en matrimonio a Picarilla. Ya en tu poder esta maligna princesa, ¡entiérrale un puñal en el pecho!

Perfectísimo se estremeció de horror al oír estas palabras, y se arrepintió de la imprudencia de su juramento; no era tiempo de revocarlo y disimulo su pena. Cauteloso espiró pocos minutos después.

Imposible explicar el dolor del rey Muy Benigno: baste decir que fue tan grande como la alegría del pueblo al ver que por la muerte del indigno príncipe quedaba heredero de la corona Perfectísimo, cuyas excelentes cualidades eran apreciadas por todo el mundo.

Picarilla que se había vuelto a reunir con sus hermanas, tuvo noticia de la muerte de Cauteloso. Al poco fue anunciado a las princesas el regreso del rey su padre. El primer cuidado de este príncipe al entrar en su reino fue pedir a sus hijas la rueca de cristal. Perezosa fue a buscar la de Picarilla y la enseñó al rey; después hizo una profunda reverencia y volvió a colocarla en su sitio. Habladora siguió el ejemplo de su hermana, y Picarilla trajo por ultimo su propia y verdadera rueca. Pero el rey, que era un poco desconfiado, no se dio por satisfecho y quiso ver las tres ruecas juntas. ¡Aquí fueron los apuros! ¡Solo Picarilla pudo enseñar la suya!

La conducta de sus dos hijas mayores inspiró al rey tal furor que en aquella misma hora las mando a casa del hada que había hecho las ruecas, y la suplico que las castigase del modo que merecían.

El hada, para dar principio al castigo de las princesas, las condujo a una galería de su palacio encantado. En ella estaban colocados los retratáis de un sinnúmero de mujeres ilustres que habían adquirido gran celebridad por sus virtudes y por una vida laboriosa. Por un maravilloso efecto eran de movimiento y estaban en acción desde la mañana hasta la noche.

Veíanse por todas partes divisas y trofeos dedicados a la gloria de aquellas virtuosas mujeres, y no fue pequeña mortificación para las dos hermanas el comparar los triunfos de tales heroínas con la despreciable situación a que las había reducido su imprudencia. Para colmo de males el hada les dijo en tono severo, que si desde la infancia se hubieran ocupado siempre en las labores que desempeñaban las heroínas de los cuadros, no habrían tenido que lamentar nunca vergonzosos deslices.

- La ociosidad – añadió la maga –es la madre de todos los vicios. Para que volváis a altar y recuperéis el tiempo perdido, voy a daros la ocupación que merecéis.

Desde aquel día, obligo a las princesas a que desempeñasen los más rudos trabajos, recogieran legumbres, arrancaran yerbas nocivas y cavaran la tierra con un enorme azadón. Perezosa no pudo resistir a la tristeza que le causaba un genero de vida tan contrario a sus inclinaciones y murió de desesperación y de cansancio. Habladora, después de haberse escapado una noche del palacio de la maga, se abrió la cabeza contra un árbol, y de resultas de la herida, murió entre los brazos de algunos campesinos.

La desgraciada suerte de sus hermanas causo a Picarilla mucha pesadumbre: las quería entrañablemente. Para aumento de sus penas, supo que Perfectísimo había solicitado su mano y que el rey se la había concedido sin consultarla. En aquel tiempo, la inclinación de las personas interesadas entraba por muy poco en el arreglo de las bodas. Picarilla se estremeció: temía, no sin fundamento, que Cauteloso hubiese transmitido al corazón de su hermano el odio que la profesaba. Pronto supo que no se había equivocado; que el joven príncipe quería casarse con ella para sacrificarla. Llena de inquietud, fue a consultar a la maga.

La maga no quiso revelar secreto alguno a la princesa, y se limito a decirla:

- La prudencia y el buen juicio que ha sido siempre la norma de vuestra conducta, os han hecho practicar escrupulosamente la máxima de, la desconfianza es madre de la seguridad. Seguid observándola como hasta aquí y consiguiereis ser dichosa son el auxilio de mis artes.

Sin poder sacar de su consulta nada en limpio, Picarilla volvió a palacio llena de mortal zozobra. Algunos días después, un embajador del rey Muy Benigno se caso con la princesa a nombre del hermano de Cauteloso, y la condujo en seguida en una carroza magnifica al palacio de su esposo. Celebraron para recibirla grandes fiestas, las dos primeras ciudades porque debía pasar, y a la tercer jornada encontró a Perfectísimo que había salido a recibirla por orden de su padre. A todo el mundo, incluso el rey, sorprendió mucho la profunda tristeza del joven príncipe al aproximarse el día del casamiento que tanto había deseado.

La belleza de Picarilla impresiono vivamente el animo de Perfectísimo, que hizo a la joven esposa mil cumplimientos pero con tal frialdad y torpeza que los personajes de la corte, conocedores de la inteligencia y el ingenio del príncipe, quedaron atónitos y supusieron al ver la cortedad de su futuro soberano que el amor le había hecho perder su natural donaire. Entusiastas aclamaciones y gritos de alegría resonaron aquel día en la ciudad; los conciertos y los fuegos artificiales duraron hasta muy entrada la noche. Después de un magnifico banquete, fueron conducidos los esposos a sus respectivas habitaciones.

Acordándose de la máxima que le había recomendado la maga, Picarilla concibió un proyecto que puso en seguida en práctica. La princesa sedujo con halagos y dadivas a la camarista que tenia la llave de su aposento, y con su ayuda se proporciono cierta cantidad de paja, una vejiga llena de sangre de carnero y las tripas de algunos animales que habían matado para la cena. Entró con todos estos adminículos en un gabinete contiguo a su alcoba, y allí arregló un pelele relleno de paja, dentro del cual puso la vejiga y las tripas con la sangre del carnero. En seguida vistió la figura de mujer y la colocó en la cabeza una papalina de encajes como las que usan las señoras para dormir. Concluida la operación, continuo el resto del día como si nada la preocupara. Cuando concluido el banquete volvió a su habitación, aguardo a que la camarista terminase de desnudarla y así que se vio sola metió en la cama el pelele.

El príncipe entró en la habitación de su esposa, y después de haber suspirado profundamente como el que hace un grande esfuerzo para tomar una resolución, desenvaino su espada y atravesó con ella de parte a parte el cuerpo que creía de Picarilla. La sangre salio a borbotones.

-¡Dios santo! – Exclamo Perfectísimo - ¿Qué es o que he hecho? ¡Como después de tan crueles angustias y de tan encarnizada lucha he cumplido mi terrible juramento, manchando mis manos con un crimen! ¡Si, he muerto a la más encantadora de las princesas, a la mujer cuyas gracias me hechizaron desde el instante en que la vi, al ángel que hubiera hecho la felicidad de mi vida! ¡Y sin embargo no he tenido fuerza para sustraerme al juramento que mi hermano, poseído de furor, obtuvo de mí por medio de una indigna sorpresa! Soy un monstruo, he castigado a una mujer por el delito de ser demasiado virtuosa. Cauteloso, si he satisfecho tu injusta venganza, también vengaré a Picarilla, dándome yo mismo la muerte. Es necesario, encantadora princesa, que muera con la misma espada que sirvió para inmolarte…

Picarilla oyó que el príncipe buscaba por el suelo la espada que había dejado caer en el trasporte de su dolor y exclamó saliendo de su escondite:

- ¡Tranquilizaos, príncipe, que no estoy muerta! Conociendo vuestro buen corazón y adivinando vuestro arrepentimiento, os he evitado un crimen valiéndome de un inofensivo engaño.

Refirió Picarilla a Perfectísimo cuanto había hecho, y lleno el príncipe de alegría, abrazó a la princesa y le manifestó profunda gratitud por haberle evitado un crimen, del cual se acordaría siempre con horror.

Si Picarilla no hubiese atendido a la consabida máxima que hace de la desconfianza la madre de la seguridad, habría muerto y muerte hubiera ocasionado la de Perfectísimo. ¡Cuánto erróneas conjeturas se haría entonces sobre el carácter y sentimientos de aquel noble príncipe! ¡Loor eterno a la prudencia y serenidad de espíritu! Estas virtudes salvaron a los jóvenes esposos, y desde las puertas de la muerte los llevaron a un paraíso de amor y de ventura, donde vivieron largos años, felices como nunca lo fueron los príncipes de la tierra.

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