La Ruta del Aventurero

Part 9

Chapter 94,216 wordsPublic domain

Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras extraordinarias; pero pensaba ir allí.

Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo. Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los acontecimientos con calma.

Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la cruel y urgente necesidad.

Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de escenario...

IX

ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES

UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores, entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no aparecía en la lista de los presos.

¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la justicia con arte?

Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.

Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando me encontré a Will Tick hablando con una mujer.

Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.

Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.

--¿Tienes dinero?--me preguntó.

--No.

--¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?

--¿A quién?

--A mi padre.

--¿Cómo?

--Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un buen parroquiano.

--Entonces no hay nada que hacer.

--Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga, devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.

--No, no. Yo no hago eso.

--Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes conmigo y recibas el dinero.

Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que decidirse. ¡Adelante!»

Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.

El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a la salida y me dijo:

--¡Venga mi parte!

Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la comisión.

--No; no te doy una más.

--Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!

Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.

--Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.

X

LOS DESTINOS ABSURDOS

CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación, me parece exacta.

No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos fatalidad, predestinación.

En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo, podrían estar en otro sitio mas que en el que están.

Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba pasando el mareo.

Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido un calavera y había estado en la Península con las tropas del general Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna, que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.

Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me puse a pasearme por la toldilla.

Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi historia.

--¿Así que va usted sin objeto al Continente?--me preguntó.

--Sí.

--Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún tiempo deshaciendo cuerda.

--¿Hizo usted alguna falsificación?

--No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado, lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa, y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones, a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro, y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.

Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.

Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_. Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos metieran a todos en la cárcel.

Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún tiempo haciendo estopa.

Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a una dama.

Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:

--Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.

Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.

Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.

El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi banco.

XI

EN MEMORIA DE BURTON

EL paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.

* * * * *

J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:

--¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!--le dice a su amigo--. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!

Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por las venas!

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?

Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!

Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!

Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!

Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de aire puro de un día de verano, un libro entretenido...

--¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella representa más que todas las existencias humanas.

Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara que se nos apaga por la noche.

Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de chispas que salen de una fragua.

Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.

Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos de placidez y de reposo.

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los barcos, que se balanceaban en el puerto.

XII

CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS

DEJÉ el café y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fuí a hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara Abraham Tick.

Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos días, al _dolce farniente_. Burdeos me pareció grande, tristón, como un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se queda en capital de provincia.

Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y ridículas. No había podido dar con ellas en Londres.

Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya.

Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela, donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar.

Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable, tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y marchar de allí de nuevo hacia el mar.

El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y dormí perfectamente.

El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a curiosear en sus puestos.

Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me preguntó:

--¿No le gustan a usted?

--Poca cosa.

--Esos animales se han copiado del natural.

--No. ¡Ca! No puede ser.

Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.

--¿Lo haría usted mejor?

--Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.

--Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.

Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.

--¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?--le pregunté yo.

--No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.

Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.

El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.

En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia menuda.

En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada, poco antes de llegar a Pau.

Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de las cacatúas, monsieur David y yo.

Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un prestidigitador?

Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé dormido.

A media noche me despertaron los gritos.

Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos encima de la mesa.

El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado, con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado, mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un naipe en la nariz y seguía jugando.

Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.

El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos, se prepararon a levantarse.

--Esperen ustedes--gritó el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en seguida.

Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo mismo.

Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.

Yo quedé horrorizado.

Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.

Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.

Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase yo.

--Yo, hombre, ¿por qué?

--Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...

--Si no..., ¿qué pasará?

--Se arrepentirá usted--y dió un latigazo sobre el diván, y las dos panteras saltaron como gatos.

--Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.

--Pronto, pronto--gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.

--¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.

--¿Qué?

--Que no le voy a dar a usted nada.

--¿No? Y levantó el látigo.

--No--le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la mesa.

Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.

Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el morral convertido en maleta.

XIII

COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA

ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.

Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.

Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--exclamó la mayor de las dos--. No sé dónde tenemos la cabeza.

--Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto--les dije yo.

--Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.

--Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.

--¿Y cuándo va a salir?

--Parece que hasta dentro de hora y media no sale.

--¿Y qué hacemos aquí hora y media?--exclamó la joven--. Nos van a conocer.

--¿Usted ha tomado el billete?--me preguntó la señora mayor.

--No; todavía, no.

--¿Quiere usted acompañarnos?

--Con mucho gusto.

Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.

La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés años.

La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba como apabullada.