La Ruta del Aventurero

Part 8

Chapter 84,006 wordsPublic domain

Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans, invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era un gastrónomo consumado.

A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía leerse:

ABRAHAM TICK

COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE

De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos.

Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.

Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón.

William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de conocerle estaba sometido a su influencia.

IV

LA CASA DE ISRAELS Y PIPER

COMO mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa de Israels y Piper, de Chancery Lane.

Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street. Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente de toga, de librerías de Derecho y banqueros.

Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de un sol traducido al inglés.

Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar.

Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas; eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y unas rejas.

Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper. Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio borrado por las lluvias:

ISRAELS & PIPER, LIMITED

EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA Y GENEALOGÍA

La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo.

Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.

Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.

Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había puentes de tablas y más libros encima.

A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de papel en rama en la cabeza.

De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva y una mirada burlona.

El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de perro dogo y aire malhumorado.

El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío, donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.

Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de sus mañas.

La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y manuscritos heráldicos.

Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros repulsivos y una docena de gatos feroces.

Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.

Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa; le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber sido lord mayor de Londres.

Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo, además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático, hijo de un labrador.

Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño talento.

Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas desaparecía.

Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico no me convenía.

Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.

Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.

V

ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA

LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en nuestros bolsillos.

Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles, entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió la idea de venir a la Península.

Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés de las estampas de Jorge Cruikshank.

--En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo, discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.

Will Tick tenía razón.

Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar otro producto, y me dediqué al agua fuerte.

El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor individualidad que la litografía.

Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.

La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas iguales.

El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.

En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio, en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario, demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba, y todas son para él sorpresas.

La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo que se pone.

Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que litógrafo.

Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la melodía popularizada por un organillo.

La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son los mejores documentos de nuestro tiempo.

Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.

Cierto.

Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa? ¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros sentidos son o no constantes.

Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.

Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.

VI

EN PLENA BOHEMIA

PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y algunos muebles al fiado.

Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta sorna nuestros instrumentos de grabadores.

Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.

Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.

Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y calcar firmas.

Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y panderetas.

Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo, en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.

Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo la mirada de un juez.

Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia, porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito examinara con cuidado sus documentos.

Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.

Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.

No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.

Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que nos alarmaba.

Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la existencia.

Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.

Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la vida humana.

--Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho desdichados.

Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y profundas que las de Shakespeare.

A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa Inglaterra!

Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una existencia pintoresca, desordenada y absurda.

Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.

Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas, cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh, Bretaña_, el orgullo del Océano!

VII

DÍAS TRISTES

BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro. Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro horas para desalojar la habitación.

Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había encontrado tendido en el suelo y muerto.

La noticia me hizo una gran impresión.

Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.

Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.

Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las escaleras un muchacho me trajo una carta.

Decía así:

«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y buena suerte.

_Burton_.»

Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada, porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de la vida del suicidio.

Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados rebozados en el barro.

Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie firme y por la mañana me presenté a mi padre.

Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a quien apenas conocían.

Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los procedimientos que empleaba Will.

--Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto. Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.

La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán listo y su consejo no cayó en olvido.

Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.

Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.

--Te morirás de hambre--me dijo.

--No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.

Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban polvo de muchos años.

Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y no me prestaría ni un penique.

Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.

Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de escaparme de Londres.

De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y graciosos roedores.

Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada y me metía en la cama.

VIII

EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA MÉTRICO DECIMAL

UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales por el sistema métrico decimal:

CONDICIONES DE J. H. THOMPSON

Amor al trabajo 5 por 100. Benevolencia 10 » Egoísmo 15 » Valor personal 5 » Sentido erótico 10 » Moralidad 5 » Espíritu religioso y superstición 2-1/2 » Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 » Sociabilidad 10 » Instinto de vagabundez 15 »

Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:

Dibujo 10 por 100. Literatura 10 » Filosofía 5 » Botánica y Farmacia 10 » Arte de disecar 15 » Geografía 5 » Lenguas 5 »

Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.

Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.

Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_

Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía producir es que se burlasen de uno.

Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal de la Mancha y desembarcar en el Continente.

Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul; estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.