Part 7
El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella, con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió un ataque, y quedó baldado y paralítico.
Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona, donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty, sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el convento de Monsant.
Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan ingenua, tan cariñosa, tan buena.
¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.
Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.»
* * * * *
«_Ondara, diciembre de 1827._
Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orléans.
Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede visitar.
La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara: Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las dos ha caído lo peor y lo más bueno.
Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más delgado». ¿Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de Weimar.
¿Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted? Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como antes.
La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no tener más amigos que los delfines y los atunes.
A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.
Su amigo cariñoso, _J. H. Thompson_.»
* * * * *
«_Ondara, mayo de 1831._
Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona.
Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada nuestra amiga.
Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un niño.
Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.
De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de nuestras preferencias poéticas.
Kitty recitó entonces la canción del _Mignon_, de Goethe, que tanto le gustaba:
«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?»
Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos llenos de lágrimas.
--Se emociona usted mucho--la dije.
--Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste--me contestó--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.
--¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la pregunta a broma.
--Ahí, en Monsant--me contestó--, al lado del mar, en una tierra inundada de sol.
Ya lo está.
¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!
* * * * *
Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza perturbada.
No lo he podido conseguir.
«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la montaña y su sendero brumoso?»
Estos recuerdos de la canción de _Mignon_ han ido sumiéndome, durante largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza, en deseos de languidez y de muerte.
He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso.
He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de estas cruces y piaba dulcemente...
Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco, en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.
Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio, porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye la sombra, así es la vida).
Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.
Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra).
¡Adiós, amigo mío!--_J. H. Thompson_.»
EL VIAJE SIN OBJETO
PRÓLOGO
UNOS días después del rapto de la _Clavariesa_ estábamos charlando en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras desde que salí de Londres.
--Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden.
--¿Por qué no las ordena usted?--me preguntó ella.
--¿Con qué objeto?
--Para leérmelas a mí.
--Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes cosas.
--No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación, puede ser interesante.
--¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.
--Se quiere usted excusar, Thompson.
--No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para que no sufra un pequeño chasco.
--No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí siempre interesantes.
--¡Oh! ¡Bondad!--exclamé yo--. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare, unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para traérselas a usted?
--No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.
--No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.
--¿Da usted su palabra?
--Sí.
Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas. No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.
--_El viaje sin objeto_--leí en la primera página, con la voz velada por la emoción.
--¿Lo llama usted así?--me preguntó ella.
--Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.
--No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?
--Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante?
--Sí; siga usted...
* * * * *
Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontería, porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y desordenada.
El señor Leguía, primer compilador de las _Memorias de un hombre de acción_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porción de digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a cuento.
Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario; por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow, Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente expresaba en un título lo que hubiera querido hacer.
En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y rajando.
Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería modesta.
Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón piedra.
También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la diferencia entre lo trascendental y lo fútil.
Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.
PRIMERA PARTE
UNA VIDA INSIGNIFICANTE
I
EL VIAJERO Y SU CANCIÓN
YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.
De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.
Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente en mi espíritu.
A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado.
Alguna ventana se abrirá--pensaba--y aparecerá un rostro simpático y jovial.
No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos huesudas.
Quizá les he ofendido--discurría yo--. Esta gente no quiere nada conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando...
Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.
No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y seguía marchando con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué, cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las cornejas.
Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones; pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al campo...
Hoy, algún camarada me dice:
«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y amenazadora.»
Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.
Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus curvas, llevaba instintivamente un plan.
Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.
Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una columna de humo se levanta en el horizonte.
Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he elegido, cantando, silbando, tarareando.
Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque pudiera protestar, no protestaría...
* * * * *
Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H. Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su única legitimación para estar aquí es que es tan sin objeto como todo el libro.
II
DISECACIÓN Y FARMACIA
ENTRE el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy uno de ellos.
Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.
El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.
A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos hacía caso.
Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.
La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.
Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y cayendo, hasta arruinarse.
Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia. Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y ellos le olvidaron.
Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.
Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a la mayor miseria.
Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la cara sonrosada.
No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.
Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto de que nos marchábamos de Londres.
Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con algo menos.
En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.
--¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!
Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.
Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia: uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último, un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de Anatomía.
Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel Cox.
Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de practicante en la botica.
Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el establecimiento de Sammerson.
Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi culpa.
Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una viuda, mistress Blount.
La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres. Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con anteojos y una papalina blanca.
Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las recriminaciones le molestaban horriblemente.
Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.
Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada.
En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cylán como los vedas y los cingaleses.
Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy un planetario.
Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío.
Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia. Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de casamiento.
Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del barrio de Soho para siempre.
--Tú te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado de unos cuantos bártulos, me marché a su casa.
III
LOS LIBROS DE MI TÍO
A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor.
Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es posible que la culpa sea mía.
No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter, como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.
El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres. Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia. Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con paquetes de libros y rollos de papel.
Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas, escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía caso.
Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de libros y de papeles.
Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.
Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad, donde depositaba sus compras.
Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no, que sus medios no se lo permitían.