La Ruta del Aventurero

Part 6

Chapter 63,933 wordsPublic domain

--Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.

El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.

El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en una punta rocosa.

Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.

Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.

--¡Qué extraña mole!--exclamó Thompson--. El otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.

--Si parece un azucarillo--dijo el Capitán, poco dispuesto a maravillarse.

Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.

El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.

A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de muralla agujereada y rota.

--¿Quién conoce bien estos sitios?--preguntó el Capitán a Thompson.

--El _Farestac_.

--¿Quién es el _Farestac_?

--El patrón de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas.

--Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.

El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compañía del _Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del islote.

--¿Qué quiere usted?--preguntó en un castellano rudo al Capitán.

--Siéntate aquí--le dijo el Capitán--¡compañero!--y le dió una palmada en el hombro.

--¿Compañero de qué?--preguntó el _Farestac_ con tono burlón.

--De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?

--¿Yo?

--Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu barco destila contrabando y piratería.

--¿Y el barco de usted?

--Yo no tengo barco--replicó el Capitán--; soy un pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.

El _Farestac_ se sentó, mirando al hombre con sorpresa.

--¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?--dijo el Capitán.

--Sí.

--¿Bien?

--Mejor que nadie.

--¿Cuántas entradas hay en esta costa?

--¿Entradas?

--Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?

--Tres--contestó el _Farestac_.

--¿Cómo se llama aquella de enfrente?

--¿Aquélla?

--Sí.

--Cala del Infern.

--¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?

--La dels Capellans.

--Y la tercera, ¿dónde está?

--La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.

--¿Por alguna de ellas se puede subir?

--Por todas se puede subir.

--¿Por cuál es más fácil la subida?

--Por la del Infern.

--¿Has subido tú?

--Sí.

--¿Cuándo?

--Hará un año la última vez.

--¿A dónde se sale?

--Al cementerio del convento.

--¿Te daría miedo subir otra vez?--repuso el Capitán.

--Menos que a usted--contestó el salvaje marino sarcásticamente.

--A mí no me da miedo nada, hijo mío--repuso el Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.

El _Farestac_ miró a su interlocutor con curiosidad creciente.

--¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?--preguntó.

--Vamos a subir al convento.

--¿A qué?

--A robar una monja.

--Una _moncha_. ¿De verdad?

--Sí. Una _moncha_ joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?

--Una joven y guapa ¡ya lo creo!--exclamó el _Farestac_ con los ojos brillantes.

--Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac, Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.

El _Farestac_, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.

Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.

Antes de amanecer, el _Farestac_ despertó a la gente. Se decidió que el _Rabec_, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el islote cuidando de la _Sargantana_ en compañía del _Dragó_. Los demás se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.

En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso producía el vértigo.

En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.

No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.

Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.

Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.

Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y alborotadora.

--Vamos a hacer nuestra inspección--dijo el capitán.

--Vamos--repuso el _Farestac_.

La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que había una senda que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.

Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave; luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el _Farestac_, el Pas de la Rabosa.

El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde que él había estado la última vez.

Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo de la cala.

El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.

Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson, exclamó:

--Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?

--No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.

--Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar accesible la subida.

Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias tablas, cuerdas, etc.

Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron todos a chorro.

Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro lado.

Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el _Farestac_ y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.

Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...

El _Farestac_ y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.

El capitán escaló la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con cerrojo y llave.

Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando instrucciones al jardinero.

--Hay que limar la lengüeta de esta llave--dijo el Capitán--. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, _Farestac_. Por hoy ha concluído sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.

Salieron el Capitán y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern hasta llegar al mar.

--Añada usted a lo que necesitamos--dijo el capitán a Thompson--un par de limas buenas y una tranca.

--Está bien.

* * * * *

Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la _Sargantana_, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con las velas desplegadas.

XV

EL RAPTO

INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver a Urbina. Este les mostró una carta de la _Clavariesa_, en la que se mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.

--Bueno--dijo el Capitán--; puede usted escribir a su novia que pasado mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.

Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.

La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y pasaría.

--Esta noche saldremos a nuestra expedición--dijo el Capitán--. ¿Ha pedido usted su licencia?

--Sí; Kitty se encarga de facilitármela.

--Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?

--¿A usted que le parece?--preguntó Urbina.

--Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta donde se pudiera.

--Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?

--A mí no me importa dejar esto.

--¿Y Thompson?

--Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.

El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán añadió su equipaje.

Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Dragó_ de guardia en el peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.

El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla untaron sus goznes con aceite.

--La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente--dijo el Capitán--; el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.

--¿Qué capital social tenemos?--preguntó Thompson alegremente.

--El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.

La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.

--¿Hay que hacer algo más?--preguntó Thompson.

--Nada, esperar.

Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.

--Creo que voy a pescar un magnífico reúma--dijo el Capitán, al echarse en el suelo.

--En cambio verá usted un amanecer espléndido--replicó Thompson.

--¿Usted cree que compensa una cosa la otra?

--Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.

--Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.

Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.

--Ahora es la Aurora una muchacha púdica--dijo--, como una niña que va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.

--Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.

--Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de tisanas y franelas.

--Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.

--No lo creo así.

El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.

--Sabe usted lo que estoy pensando al oírle--dijo Thompson con seriedad.

--¿Qué?--preguntó el Capitán.

--Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una sombra que está creando otra sombra.

--¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!

--Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no tenían realidad.

--No sé por qué.

--Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson.

--Yo también--dijo el Capitán--. Más hueso que carne; pero, en fin, hay algo de carne.

--Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.

--Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su argumento.

--Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!

--No veo la facilidad.

--Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...

--Un Marte muy tímido--dijo el Capitán.

--El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.

--Y lo repito.

--El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los enamorados.

--¿La _Sargantana_?

--La fuerza del mar.

-¿Y yo?

--Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.

--¡Gracias!

--Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.

--¿Y Roque?

--Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los fenómenos.

--No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitán.

--El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Dragó_, de ese perro de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.

--Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el Capitán--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar un poco.

--Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson...

El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la superficie del mar.

El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al _Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más fácil.

Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón fantástico.

Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.

Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet, al cuidado de la lancha.

A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del acantilado entraron en el cementerio.

Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.

--Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, hay que adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de prestancia de Talma.

Urbina sonrió.

Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al jardín de las monjas.

Miraron por una rendija.

--Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.

--Háblela usted--murmuró el Capitán.

--Cuando venga.

--Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.

--¿Estás ahí?--preguntó Urbina con voz ahogada.

--Aquí estoy.

--Pregúntele usted si no la observan.

--¿Hay alguna monja en el huerto?

--Ahora, sí. Espera un instante.

Esperaron unos minutos.

--Ya no hay nadie. ¿Abro?

--Sí.

La _Clavariesa_ descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La _Clavariesa_ dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.

El Capitán sujetó la puerta con una tranca.

--¡Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino.

La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.

Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.

--La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.

--¿Estamos ya?--preguntó Thompson.

--Sí.

El inglés encendió su antorcha.

La _Clavariesa_, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.

--¡Animo!--le dijo éste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la Sociedad.

Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su turbación.

Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la popa, y los demás quedaron reunidos a proa.

--¿Qué, no salimos?--preguntó la muchacha alegremente.

--Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.

Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.

Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.

Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa.

Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó el foque. La _Sargantana_ se acercó a una milla de Ondara.

Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.

--Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson.

Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la _Clavariesa_; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la _Sargantana_ había desaparecido...

* * * * *

A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas de Monsant.

Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.

Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta; las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa de este alboroto.

Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...

Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato desesperadamente...

EPÍLOGO

_«Málaga, julio de 1827._

SEÑOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz.

Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de ellos.