La Ruta del Aventurero

Part 5

Chapter 53,990 wordsPublic domain

--¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--preguntó Kitty, riendo.

--Tampoco.

En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a brillar al sol.

--¡Hurra! ¡Hurra!--gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.

--No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente el doctor--. ¿Ustedes qué opinan?

--La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece intempestivo--contestó Kitty.

--Completamente intempestivo--dijo el Capitán.

--Yo creo que el eco ha protestado con indignación--añadió el doctor.

--¡Qué duda cabe!--repuso el Capitán--. Yo mismo he visto un delfín que se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.

--No se esfuercen ustedes más, amigos míos--exclamó Thompson--, en convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo. Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.

--Vamos a ver--dijo el doctor.

--¡Evohe! ¡Evohe!--gritó Thompson desaforadamente--. ¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?

--Parece usted un Sileno--dijo el doctor.

--¡Evohe! ¡Evohe!--repitió Thompson.

--Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos--exclamó el Capitán.

--Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy bien.

--Yo lo confieso--dijo el Capitán--; la prueba es que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.

* * * * *

Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.

Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.

Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto haraposo.

La barca se acercó y encalló en el arenal.

Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal motivo había gran movimiento de ir y venir.

Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.

--¿Qué hora es?--preguntó Kitty.

--Las ocho.

--Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los caballos.

Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.

Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos poleas.

A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.

Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.

--¿Qué lleva usted ahí?--le dijo.

--Es un secreto.

--¿No lo puedo yo saber?

--Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego para qué es.

Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.

Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente en la marcha.

Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media estaban todos en el convento.

XIII

EL CONVENTO

ERA un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio. Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía, primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el claustro.

Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y empedrado, con una cruz de piedra en medio.

En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía al sol.

Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y bajaron los viajeros.

Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre adornada con varios jarrones y tres campanas.

En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol, musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.

Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.

--Thompson y yo esperaremos aquí un momento--dijo el Capitán--, luego entraremos.

Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio, y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el tartanero.

--Oye, muchacho--le dijo a éste el Capitán.

--¿Qué quiere usted?

--Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.

--Bueno.

--Toma--y el Capitán le alargó unas monedas.

--¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?

--Sí, estaremos aquí.

El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas grises.

--¿Qué han dicho?--preguntó el Capitán.

--Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.

El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.

--¿Qué vamos a hacer ahora?--preguntó Thompson.

--Yo voy a entrar--dijo el Capitán--; usted se queda aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus alrededores.

--¡Pero entonces no voy a ver el convento!

--Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento de papistas?

--¿Y el arte?

--¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas supersticiones.

--No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.

--Bueno. Hasta luego entonces.

Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida, vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.

Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica negra y armado de un llavero, abriendo puertas.

El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la _Clavariesa_:

--¿Es la novia de usted?

--Sí.

--La puede usted decir unas palabras?

--Sí.

--Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.

--¿Qué quiere usted decir con eso?

--Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.

Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la _Clavariesa_.

Siguieron todos visitando el convento.

* * * * *

Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.

Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.

Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.

Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses negros y afilados.

Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban ascendiendo penosamente la montaña.

Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.

Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.

Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.

Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.

--¿Y por qué no ha entrado Thompson?--preguntó Kitty.

--Tenía que hacer un encargo mío--repuso el Capitán.

--¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?

--Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.

--No diga usted papistas. ¡Qué horror!

--¿Es usted ferviente católica, Kitty?

--Lo más ferviente que puedo.

Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron al mesón de Alba, a comer.

--¿Qué le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--preguntó Kitty al Capitán.

--Muy bien; una mujer espléndida.

--Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo. ¡Qué tontería, verdad!

--¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitán.

--¿Verdad?

--Enorme.

--¿Tanta, tanta, cree usted?

--Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un planeta.

--¿Y ella es la estrella de luz propia?

--No, la estrella es usted.

--Gracias, Capitán, es usted muy galante.

--Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que lanzan una mirada que vibra en el aire.

Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.

--Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí--dijo.

--Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer admirable.

--Se quiere usted reír de mí.

--No, no. Es usted una mujer encantadora.

--Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?

--¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el fondo...

--Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad.

--La odio... y la desprecio--contestó el Capitán en tono sombrío.

--Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?

--No sé; ni me importa pensarlo.

--Es necesario que haya leyes.

--Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas--replicó el Capitán en tono sarcástico.

--Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?

--¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque. Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.

--¿Tan malo le cree usted?

--No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de conquistador.

Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:

--¿También tiene usted mala opinión de Urbina?

--No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.

Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_.

El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando una gran vuelta.

Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que llevaba el Capitán.

--No me ha dicho usted para qué es la jaula--dijo.

--¿Y quiere usted saberlo?

--Sí.

--Pues llevo aquí dentro dos palomas.

--¿En dónde las ha cogido usted?

--¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el monasterio.

--¿Y para qué las quiere usted?

--Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina escribirá a su amada.

--¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la _Clavariesa_.

--Lo está.

--¿Y la contestación?

--Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación. Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las suelte volverán a su palomar.

--¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.

Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.

Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a la _Clavariesa_, que iría al convento llevada por una paloma.

Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo que el Capitán.

Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la _Columba Tabellaria_. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.

--He escrito una tontería--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbécil.

--Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclamó el Capitán burlonamente.

--Se va a reír de mí.

--¡Qué se ha de reír!--exclamó Kitty.

--¿Cree usted que no?

--No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en mi vida.

--¿Cómico? ¿Grotesco?

--No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.

Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud de perplejidad triste.

Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorría los pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.

A los dos días la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de contento.

XIV

LOS ARGONAUTAS

EL Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.

Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los amantes.

A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su novia.

Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía, porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.

El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para chasquear al despótico tutor.

Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.

Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.

--¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?--le preguntó el Capitán.

--Yo creo que sí.

--Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el plan de evasión.

--Creo que aceptará.

--Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de acuerdo con usted.

--Eso haré.

--Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.

--¿Qué van ustedes a hacer?

--Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada, alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los alrededores del convento.

--Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.

--Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.

--Eso se encuentra fácilmente.

--Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos pasearemos.

--Bueno; no importa.

--En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y _laus Deo_.

--Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina.

--Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.

--No; no los tengo.

--La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.

Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier objeto.

Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos peludas. El _Farestac_ vivía con su madre, una mujer también roja y también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.

El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.

El único amigo y compañero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.

El _Rabec_ tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra un anillo de plata.

El _Rabec_ era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre. Su risa, su _raílla_, era siempre cruel y sangrienta.

El _Rabec_ tenía un perro de aguas, el _Dragó_, feo, sucio e inteligente.

En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios colores.

La _Sargantana_ no era un lacértido respetable, sino una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del bien.

Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el _Farestac_, el _Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.

Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en dirección del Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con comestibles.

Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.

Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.

El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban las olas.

Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron. El _Dragó_, el perro de _Rabec_, fué el primero que saltó a tierra y subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas que tenían allí su nido.

Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos de aves.

Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a contemplar la costa.

Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.

--Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana--dijo el Capitán--en que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento que quiera.

--¿Hay tantos?--preguntó Thompson.

--Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...

--¿Y usted qué va a hacer?