La Ruta del Aventurero

Part 3

Chapter 33,893 wordsPublic domain

--Sabía que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era usted persona indiferente.

--Somos hermanos--replicó el Capitán.

--Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.

--Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitán--volvemos de Grecia, donde hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson, el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella, luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.

--Creo--repuso Eguaguirre--que lo que más le conviene a usted es ir a Valencia.

--No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.

--Sí, es verdad--dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha e izquierda--. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya directamente a un puerto de Francia.

Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson prefería ir a pescar.

El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo, marchaba muy esbelta y elegante.

--Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en compañía del Capitán--. Es _mísis_ Hervés.

--¿Inglesa?

--Mixta, hija de un militar inglés y de una española.

--¿Pero casada con un español?

--Sí; con el gobernador del castillo.

Otros muchos días se cruzaron con la coronela.

El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un principio de amor.

El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia, porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.

--Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro que está en relaciones íntimas con la coronela.

--Parece un hombre apático.

--No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte, desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la coronela y el juego le tienen en una continua exaltación...

La historia de Eguaguirre era interesante.

Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822, había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería. Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre buscó la ocasión de salir al campo.

El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos fuerzas que ellos, los derrotó.

Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro.

Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos, entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.

Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo de Sagunto.

Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien, en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido en manada como cabeza de ganado.

Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos ultrajes. _¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!_--les llamaban las viejas. ¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!--gritaban los hombres.

Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de rabia.

Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro, pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador del castillo de Sagunto.

La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y redicha.

Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba libre para andar por la ciudad.

Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer con su indiferencia de sultán.

Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.

--No tengo armas--le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.

--Yo le traeré a usted un sable--replicó el cabecilla en su acento catalán rudo.

Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.

--Sígame usted--dijo.

Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia, al trote, sin hablarse.

No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope, fueron tras ellos.

Llevaban un parte urgente para Chambó.

El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia y comenzó a lanzar juramentos.

--Espéreme usted aquí--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida.

--Esperaré--contestó éste.

Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió, aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.

Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de los franceses.

Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.

Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la guerra y enviado a Ondara.

A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.

VI

EL MIRADOR DEL CASTILLO

UN día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.

Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la ciudadela.

Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde e inmóvil.

--¡Qué vista más espléndida!--exclamaba el inglés, sacando el pañuelo para enjugarse la cara.

El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:

--La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.

En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.

Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín del mirador.

La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las presentaciones.

Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello redondo y las manos muy pequeñas.

--¿Esta señorita es la hija del coronel?--preguntó el Capitán, aunque sabía que no lo era.

--No; es la coronela auténtica--repuso Eguaguirre.

--No me llame usted coronela, ¡por Dios!--dijo ella.

--Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es usted una supuesta hija del coronel.

--Este señor es muy galante.

--No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replicó el Capitán--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a alguna señora vieja y avinagrada.

Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.

Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y moradas.

En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores casi a vista de pájaro, como desde un globo.

Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.

Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.

Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.

Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de canciones populares inglesas.

Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.

El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer pintado al óleo.

--¿Quién es? ¿Quizá su madre?--preguntó.

--Sí.

--¿Vive?

--No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.

--A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.

--Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.

Kitty quedó melancólica.

Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.

Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó el _Don Juan_, de Mozart.

--¡Ah! Mozart--exclamó Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas. Dicen que _Don Juan_ es de una música muy obscura.

--Yo no lo creo así--contestó Kitty.

--Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted.

--¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.

--De ninguna manera.

Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran maestría la serenata de _Don Juan_.

Deh vieni alla finestra.

--¡Admirable!--exclamó Thompson--. ¡Magnífico!

Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y sonrojado de placer.

Después Kitty entonó el aire de _Doña Elvira_:

In quali eccesi o numi,

y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de _Don Juan_ y de _Zerlina_,

La ci darem la mano,

que tuvieron que repetir una porción de veces.

Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos algo más que una efusión artística.

Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a unirse.

¿Habrían dado el salto?--pensó el Capitán--. Todo hacía creer que Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores al borde del precipicio.

Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración, y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de detalles.

Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de Kitty.

Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una manera de hablar balbuceante, de paralítico.

Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.

Hablaba de una manera fatigosa y pesada:

--En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po... si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar a la ley... ¡ejem! ¡ejem!

Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.

Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su señora y montaron a caballo.

La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...

El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.

Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.

--¡Centinela, alerta!

Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a acercarse.

Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.

VII

LOS OFICIALES

EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de Llaves.

En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.

Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de estos diversos orígenes.

En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.

Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia del jardín del Mirador.

Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una media docena.

De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.

Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.

Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no iban.

De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.

Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.

Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre--y él suponía una gran cosa--era ser un fantoche vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.

Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el pueblo.

Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.

Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:

--Esta mujer me vuelve loco--y añadía--: Y está por usted.

También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy pedante.

Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.

El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los _sin embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban constantemente en su boca.

A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me entiende usted bien?

En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y se tocaba el piano.

De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.

VIII

URBINA

THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.

Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.

Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.

Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro reglas.

El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás oficiales.

No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra, se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo de los burócratas.

Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.

Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.

Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.

Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a obedecer.

El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.

Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:

--¿Qué vida hace la señora de Hervés?--le preguntó Thompson.

--Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus amigos.

--¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?

--No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca, rara, absurda.

--No es extraño.

--Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar, aunque sea exacta, le repugna.

--Así, tiene que tener muchas enemistades.

--Figúrese usted.

--No le perdonarán esta independencia de espíritu.

--No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.

--¡Lástima!