Part 2
Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches, solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de la guarnición.
III
LOS SOSPECHOSOS
UNA tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario. Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.
El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas.
El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de color de violeta.
En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina, hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes, pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en las calles voceando pescado.
En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los vientos...
En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas desplegadas, fantástico, como una alucinación.
El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco izó la bandera en el castillo de popa.
Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos.
Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las Dos Sicilias.
Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto que podía tener la polacra al acercarse a Ondara.
Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el muelle.
El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar desde la alta explanada de la ciudadela.
La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la polacra, que iba avanzando.
Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron tres hombres.
Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto, grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa. Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción aristocrática.
El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante, hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos con el fin de interrogarles.
Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
--¡Se van!--exclamaron los del público con sorpresa.
--No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón, rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.
--¡Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeño y rubio, dirigiéndose a la multitud--. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que ver. ¡Fuera!
En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial enviado por el coronel gobernador.
--¿De dónde vienen ustedes?--preguntó con voz seca.
--Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles--contestó el hombre alto y rozagante.
--¿Son ustedes españoles?
--No; somos ingleses.
--¿Qué hacían ustedes en Grecia?
--Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y tuvimos que escapar.
--¿Y por qué los han desembarcado?
--Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa dejar el barco.
Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz baja:
--No vayan a tener la peste.
El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que rodeaba a los tres hombres.
El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después dirigiéndose a los sospechosos:
--No pueden ustedes entrar en el pueblo.
--¿Por qué?--preguntó el hombre alto.
--Porque tienen que ir al lazareto en observación.
Los desconocidos se miraron unos a otros.
--¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro equipaje?--preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca--. Se le pagará lo que sea.
Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y que la traería.
Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación, dijo severamente a los supuestos apestados:
--Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de acercarse.
Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran apestados había corrido por el pueblo.
El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa, montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había unos escalones.
Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas lanchas podridas.
--Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aquí van ustedes a pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la caballería.
Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
--No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio: una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
--Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si limpiamos esto--dijo el hombre alto.
--Vamos allá--repuso el pequeño.
Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar el suelo limpio.
Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al aire libre.
El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del paisaje.
Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del crepúsculo.
Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con el aire misterioso de una alucinación...
IV
ENTIERRO
POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran enfermos.
Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera impedido el desembarco.
En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.
A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa abandonada de la playa.
Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y les preguntaron qué hacían.
--Aquí estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver si componemos este bote.
--¿Para qué?
--Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y cambiar de alimentación.
--¿Y el enfermo?--preguntó el médico.
--Está igual.
--¿Qué tiene?
--Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.
--Voy a verle. Soy médico.
El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas podía incorporarse con la debilidad.
El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las manos en un cubo de agua del mar.
--Este hombre está muy grave--dijo.
--Sí; ya se ve.
--¿Ha tomado quinina?
--Con poca constancia.
--¿Cómo se alimenta?
--Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo, que filtramos por una tela.
--Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.
--Veremos a ver si mejora--murmuró el hombre alto.
--No, creo que no--dijo el médico--. Está ya muy depauperado. No durará una semana.
Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.
--Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la desgracia--exclamo el doctor.
--Está uno acostumbrado a todo.
--Será difícil que pongan esta lancha a flote--saltó el oficial de artillería.
--Ya veremos--replicó el hombre delgado--. Se intentará.
--Les voy a enviar a ustedes--repuso el médico--un bote viejo que teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y sin pintar, pero no hace agua.
--¡Oh, muchas gracias!
Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba la lancha.
El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el bote sobre un banco, envuelto en un papel.
Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar la sepultura.
El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como aquéllos.
El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.
Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver, lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este, de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.
El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.
--Amigo Thompson--dijo el Capitán--, desde este momento cambio de nombre y de personalidad.
--¿Cómo?
--Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.
--Pero usted no sabe inglés, Capitán.
--No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la escuela de nuestro lord Byron.
Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán. Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía dentro veinte libras esterlinas.
--Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora--dijo Thompson.
--Mac-Clair ahora soy yo--replicó el Capitán--. No se le ocurra a usted decir que ha muerto.
--Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.
Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de costumbre.
Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.
Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el menor pretexto.
Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto como en un lugar de placer.
También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más mínimo.
--¡Qué gentes serán éstas!--se decían los ondarenses.
El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.
El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana. Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos hombres al pueblo.
Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde les contemplaron con sorpresa.
Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas, negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_.
V
EL TENIENTE EGUAGUIRRE
AL instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.
La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón corrido, que caía hacia un huerto.
Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según las horas, con luz diferente.
Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del castillo.
Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba un color de miel.
El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y troneras que limitaba el camino de ronda.
Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
* * * * *
El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.
En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.
En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la casa.
El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes.
La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas.
Juan Eguaguirre era poco querido.
Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían antipático.
Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada, ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo, con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo.
Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres, era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a comunicar a los otros.
Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué encausado durante la primera reacción de Fernando VII.
Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba con afectada indiferencia.
El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.
Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y cuyos bienes habían desaparecido.
Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el Capitán se sintieron hostiles.
El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito produjo enorme asombro.
No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a interrogarle.
--¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo.
Eguaguirre no contestó.
--¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvió a preguntar el Capitán.
--¿Por qué me lo pregunta usted?
--Por nada, por saberlo.
--¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus parientes, por curiosidad?
--No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece.
Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero de éste le produjo verdadera estupefacción.
Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán le preguntó de un modo frío y seco:
--¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?
--Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.
--¿Lo dice usted como censura?
--No; al contrario.
La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.