La Ruta del Aventurero

Part 16

Chapter 164,251 wordsPublic domain

--Yo bajaré primero--le dije a la Tránsito--; esperaré en el patio y silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos.

La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché por un agujero en el zaguán de la torre.

Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario, y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.

Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por el cuerpo.

Venía la muchacha rendida.

--Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito espectáculo--añadí.

Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la mecha.

Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.

Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo, cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.

Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.

--Yo me descolgaré primero--le dije a la Tránsito--; luego la recibiré en brazos.

Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al sostenerla.

Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.

--Ahora ¿qué hacemos?--preguntó la Tránsito.

--¿Usted tiene sitio adonde ir?

--Sí.

--Pues entonces cada cual por su lado.

La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no había un alma por aquellas inmediaciones.

Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una mujer de pobre aspecto.

Era la señora Landon.

--Sígame usted--me dijo.

La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de desharrapados.

Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a los herejes y a los negros.

VII

LA CASA ABANDONADA

SIEMPRE tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal, pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con viandas y me dijo:

--Cene usted y acuéstese.

--Muy bien. ¿Nada más?

--Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse por esta otra parte. La llave está en la puerta.

--Bueno. Entendido.

--¿Quiere usted alguna cosa?

--Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar al preso y ver lo que dicen de su fuga.

--Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.

Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo. Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.

Me levanté a esta hora y recorrí la casa.

Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.

Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo separaba de un convento.

Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la _Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España_.

Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.

Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me acercase.

Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había encontrado con los artilleros asombrados y risueños.

--El inglés ha volado--le dijo el sargento guardaalmacén.

--¿Cómo? ¿Ha huído?--le preguntó ella.

--Sí.

--¿Por dónde?

--Pues no se sabe. Es un misterio.

El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.

Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.

En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se había podido llevar a cabo la evasión.

Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la comida, y por la tarde me dediqué a leer.

Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.

El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre, que llegaba de Gibraltar.

Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la mano.

El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus trajes hechos.

La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.

Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.

--Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará usted por mi sobrino.

Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si fuera de verdad un pariente importuno.

VIII

DILEMA

LOS días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía, que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.

Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la señora Landon un gran odio.

Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:

--Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.

--Sí.

--Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un cuarto.

--Ciertamente que me convendría--le dije--; pero como yo, aunque sea un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.

--No me entiende usted--dijo la señora Landon--. No me parece mal que se dirija usted a ella.

--Pero hay un inconveniente, señora.

--¿Cuál?

--Que ella tiene un novio.

--Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.

--Pero ella le quiere.

--Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no, ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy de plazo.

Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto la señora Landon.

--Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento ningún Don Juan, me voy a marchar.

Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme con ella, Merceditas optó porque me marchase.

--¿Tiene usted dinero?--me dijo.

--No.

--Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco.

--No; no quiero.

--Las tendrá usted que tomar.

--Bueno; las tomaré.

--¿Y cuándo se va usted?

--Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de _Historia Natural_ de William Bowles.

--Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.

Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra.

Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al banquero de Sevilla.

El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada.

Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia.

Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta, crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena.

IX

DE VIAJE

TOMÉ mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol apretaba el calor, pero no de una manera molesta.

Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y fruta me alimentaba.

Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los frutos del madroño (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_) y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas. También tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_ o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo.

Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.

El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa, delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los labios rojos.

Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña, Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos se rieron mucho.

--Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo él--, que me va dando pena verle caminar a pie.

Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas polvorientas y lentiscos.

En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.

--¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella.

--Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?

--Quitarle la vida.

--¿Para qué?

--¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?--me preguntó él.

--A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?

--Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones. El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.

--¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?

--Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden, y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.

Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada curiosa e irónica.

Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la sierra, entre grandes encinas y algarrobos.

Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.

--¿Usted hará noche aquí?--me dijo el señor Juan.

--¿Es buena venta ésta?--le pregunté.

--Muy buena.

--Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a Algeciras y no me atrevo a gastarlas.

--No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.

Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.

Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan me presentó a ellos.

Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo; todos iban muy elegantes.

Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que eran sus mozos.

Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.

--¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!--me gritaban.

Estuvimos de broma hasta media noche.

Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un colchón y me quedé dormido.

Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie. Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.

Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos trabucos y varios paquetes.

¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.

Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos?

Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique.

Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre.

X

UN LOCO

PASÉ Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a mandar aduaneros.

Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer contrabando con la sangre de sus venas.

Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena.

Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con una voz bronca:

--¿Es usted godo?

Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que negativo.

El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo exclamó:

--Tome usted y lea usted.

Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano! ¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!

»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._»

Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el loco, agarrándome del brazo, me dijo:

--¿Me reconoce usted como soberano?

--Sí, señor.

--¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?

--Ahora mismo.

--¿Sabe usted dónde está ese pillo?

--Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.

--Ahora vengo con ella.

El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.

Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.

El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de ramaje y de hierba.

Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me indicó el camino de Algeciras.

XI

EL COPO

LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa sujeta con una piedra y me metí en el mar.

El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas y con arena.

El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha hambre.

Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.

Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la cabeza.

Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban hablando y riendo.

--Este es un gigante--decía uno.

--¡Ca! ¡Es un elefante!

--Pues las patas las tiene de camello.

--No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.

--¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?

--Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.

--Señores--dije yo, incorporándome--, no soy nada de lo que dicen ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre.

--¡Ah! Es un inglé--exclamaron todos.

--Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del copo con nosotros y tendrá usted su parte.

--Tiraré aunque sea de una carreta por comer.

Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.

Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.

Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.

--No cogeréis más de dos pájaros--nos dijo.

El pronunciaba _páharos_.

--Así revientes, pájaro de mal agüero--murmuré yo.

Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes, y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.

--¿Dónde coméis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compañeros míos de tirar del copo.

Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspiró más confianza. Comí en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la Miel, y fraternicé con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el _Chirri_, el _Rondeño_ y otros personajes distinguidos.

Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.

El joven se acercó a la mesa.

--Tú, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del _Nacional_ y dile que mañana esté listo para las siete.

El _Chirri_ se levantó inmediatamente y salió escapado.

--¿Quién es este señor?--pregunté yo, señalando al hombre del bigote.

--Este es Paquito, nuestro patrón--me dijeron--, el amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.

--¿El no suele estar allá?

--No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando, que se llama el _Lince_, y otra más pequeña, la _Consolación_.

Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que después se me acercó.

--El patrón--me dijo--quiere hablar con usted.

Me levanté y fuí a su mesa.

--Siéntese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera.

Me senté y pedí una taza de café.

Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.

--¿Es usted inglés?--me preguntó de pronto.

--Sí, señor.

--Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.

--Es verdad.

--¿Ha sido por capricho?

--No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero que traía...

--Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?

--No, vengo por Francia.

--Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?

--No.

Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del patrón.

--¿Le ha gustado a usted España?

--Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.

--Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de su parte.

--¿Y es?

--El ser liberal.

--Pues lo soy.

--Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?

--Yo, Thompson.

--Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.

--Muchas gracias.

--¿Qué necesita usted por el momento?

--Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.

--Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!

Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.

--Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pasé.

XII

LA FAMILIA DEL PATRÓN

ME presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto indiferente.