La Ruta del Aventurero

Part 15

Chapter 154,188 wordsPublic domain

El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas, ojos claros y aspecto malhumorado.

Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que acababa de capitular de una manera más que sospechosa.

Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.

CUARTA PARTE

PRISIONERO

I

EL SALÓN DE CORTES

EL día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.

Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.

El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su secretario.

Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia militar, y a mí al Salón de Cortes.

El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería, que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un sombrero de copa.

--¿Ez uzté inglé?--me dijo.

--Sí, señor.

--No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.

Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores liberales presos.

El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.

Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron broma por mi falta de apetito.

--Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés--decía un viejo--, se traga todo lo que le pongan.

Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.

Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué estrepitosamente aplaudido.

Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si iba en serio o en broma.

La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de Sevilla.

Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón las familias, los parientes y amigos de los presos.

A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas, se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.

Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la guarnición.

Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.

El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de paz a los franceses.

A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.

II

LA SEÑORA LANDON

AL día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a pasear por los claustros del convento.

Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.

El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.

Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la cabeza para abajo y los pies para arriba.

Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina Mercedes.

--Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente.

--Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?

--Vengo por usted--me dijo la señora Landon--. Me hablaron ayer de un inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle.

Yo me incliné muy reconocido.

Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en libertad.

--Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a ningún tirano?

--No, no. A no ser en sueños.

--Entonces creo que le libraremos a usted.

Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una fonda mi comida y almuerzo.

--Señora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comeré toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios.

La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron que volverían al día siguiente y se fueron.

Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven capitán que se llamaba Iscar.

Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.

--Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla--me dijo el canónigo.

--Sí, la señora Landon.

--Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.

--No, no. Soy de familia modesta.

El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se abalanzó a él.

El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma, hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.

--Esto está lleno de misterios--me dijo el canónigo.

Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata. Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.

Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.

III

LA TORRE

EL último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el camino.

El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco por los realistas; a veces, que todo era una broma.

Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.

El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio, el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de guerra.

Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los extranjeros sospechosos.

--Así que tendrá usted que estar unos días más--terminó diciendo la señora Landon.

--No me importa gran cosa el encierro--le contesté--; lo que me desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.

--¿Adónde quiere usted que le trasladen?

--¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.

--Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.

Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora después entró la señora Landon con un comandante de artillería.

El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y los presos políticos.

--El único local vacío que hay--siguió diciendo--es una pequeña habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su oficina; pero le podemos decir que se vaya.

--Vamos a ver esa habitación--dijo la señora Landon.

--Vamos--repuse yo.

Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro, pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas. El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol hasta el primer piso.

La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la alcoba, una aspillera.

--¿Qué le parece a usted esto?--me preguntó el comandante.

--Muy bien. Me conviene.

--¿Le gusta a usted?--me dijo la señora Landon.

--Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la torre de Thompson.

El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme unos tomos de sir Walter Scott.

--Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante.

--Aprovecharé el permiso.

--¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?--me dijo luego el comandante al darme la mano.

--Si encuentro ocasión, creo que lo haré.

El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo mismo.

Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo Molinedo y el capitán Iscar.

De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda, los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no conocía y los tejados, bañados de luz plateada.

IV

«MARE SERENITATIS»

MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un poco de sentido es ésta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice así:

«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare Serenitatis_).

Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes y cráteres volcánicos.

Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la Serenidad en una región oculta e inexplorada...

¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un laberinto de montañas abruptas!

Este _mare serenitatis_ tendría un agua más sutil que la de las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un cielo claro y sin brillo.

Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad, la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.

Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos como un cristal brillando a la luz del sol.

Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese mar de la Serenidad».

V

EL FRAILE

EL segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía, siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar saldrían al día siguiente.

El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba libres a las más comprometidas.

El capitán Iscar me dijo:

--¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo vigilándole a usted por orden del alcaide?

--Sí. ¿Qué le ha ocurrido?

--Que se ha escapado.

--Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?

--¡Ca! Es un conspirador.

Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.

--Y ¿quién era ese hombre?

--Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y ha sido el brazo derecho del Empecinado.

--Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta. Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid. Y ¿usted le conocía de hace tiempo?

--Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí hablamos Aviraneta, él y yo.

Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol.

Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi cuarto acompañado del sargento guardaalmacén.

Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto, las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con virutas, y los ojos de míope.

--Hijo mío--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general aliviará tu alma.

--¿Es que han pensado ahorcarme?--pregunté yo al sargento, saltando en camisa de la cama.

--No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha querido verle a usted.

--¡Pues así se muera de repente!--murmuré para mis adentros.

--¿No quiere usted confesarse?--me preguntó el padre.

--No, yo no soy católico--exclamé--. Soy inglés y de la religión de mi país.

--Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.

--Si tengo que convertirme por la fuerza--murmuré yo--, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, los tomaré en cuenta.

No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la Cosa en sí.

El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros religiosos.

Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como aquella.

Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño portal.

--¿Quién está aquí? ¿Quién es?

--¡Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted.

--¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las caras.

Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de soldado.

--No diga usted nada, por Dios--exclamó.

--Yo qué voy a decir, si soy un preso.

--¿Es usted un preso?

--Sí.

--Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio, en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me vieran me he metido aquí.

--Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de mujer?

--No.

--Veremos qué se hace. Suba usted.

La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.

Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo que subir al campanario y pasar el día allí.

VI

EVASIÓN

AL día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una evasión.

Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín poblado de árboles.

Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a una altura de tres o cuatro varas.

Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al jardín vecino.

Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana; bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a la torre.

A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos, enviado para mí por el fraile.

Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.

--Y conmigo, ¿qué van a hacer?

--No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que le encierre con llave desde mañana.

--Pues es una broma.

Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.

La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.

Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana, llenándome de arañazos la cara y las manos.

Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé el jardín sin hacer ruido.

Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al patio y después a mi torre.

Hecha la excursión me lavé y me acosté.

Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había un artillero de centinela, con la bayoneta calada.

--¿Es que no puedo salir?--le pregunté.

--Esa es la orden que me han dado.

Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la torre con llave.

--Yo voy a ver si me escapo--continué diciendo.

--Hará usted muy bien--exclamó ella.

--¿Usted me podría ayudar?

--Sí, sí; dígame usted lo que necesita.

Yo tenía pensado mi plan.

--Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo meñique.

--¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?

--Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda.

--Muy bien.

--Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las enviará con el almohadón, como regalo.

--Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir?

--Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me descolgaré por la torre.

--¿Y después?

--Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la calle que va por ahí detrás.

La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por encima de la tapia.

--Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la señora Landon--. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la escapatoria?

--Sí, si usted me manda el almohadón.

--Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?

--De diez a diez y media de la noche.

--A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le esperará y le acompañará.

Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.

Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el campanario.

Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.

Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las calles estaban atestadas de gente.

--Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de labradores a pie y en caballerías.

--¡Pueblo estúpido!--exclamé yo elocuentemente--. Entusiásmate con tu Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas.

En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave. Escuché. No andaba nadie por el patio.

Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana.